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5 mar. 2014

Amgore

Contenido explícito.


Lo miré a los ojos y aparté la cabeza. Él colocó su mano suavemente bajo mi mentón y atrajo mi rostro hacia el suyo, acercándolo hasta que pude escuchar su respiración relajada. Busqué de nuevo su mirada y sonreí. En ese momento supe que aquélla sería la primera y la última vez que nos amaríamos. Lo besé. Me mordió. Sangré.
Nos dejamos caer sobre las cálidas sábanas de su cama de terciopelo y acaricié su cuello terso con mis sedosos labios recubiertos de escarlata. Clavé mis dientes en su carne y escuché un suspiro junto a mi oído, antes de sentir cómo sus incisivos atrapaban mi lóbulo con firme dulzura. Apretó, mientras yo llenaba poco a poco mis pulmones con su aliento. Apretó, mientras un hilo de sangre resbalaba poco a poco por mi cuello hasta bañar mis pechos.
Le rompí la camiseta y lo tumbé contra el colchón, deslizando mis manos por su torso atlético. Besé su abdomen descubierto y clavé mis uñas en su pecho musculado. Enseguida sentí el líquido vital pugnando por salir de su interior mientras mis uñas rasgaban su piel lenta y sutilmente.
Él desgarró mi vestido y tomó mis senos entre sus fornidas manos, masajeándolos con suavidad antes de empujarme a un lado y colocarse sobre mi cuerpo semidesnudo. La sangre de su pecho lastimado goteó sobre mi boca, permitiéndome beber una pizca de su dulce jugo. Acercando su boca a la mía, limpió la sangre derramada con su lengua y mordió mi mejilla hasta que logró arrancar un buen pedazo.
Gemí de placer y me abalancé sobre su rostro, devolviéndole el mordisco y arrebatándole la mitad del labio superior. Los dos masticamos la carne del otro mientras nos mirábamos excitados a los ojos. Yo alargué la mano hasta su pantalón y lo desabotoné para agarrar su miembro en erección; el estiró su brazo y acarició mi vientre con delicadeza antes de introducir sus dedos bajo mi tanga.
Nos acercamos el uno al otro como dos lobos acechando a su presa y en un instante nos fundimos en un sangriento beso caníbal mientras con frenética excitación nos masturbábamos mutuamente. Despegamos nuestros labios bajo una lluvia de líquido carmesí y relamí mi mandíbula despedazada mientras él se inclinaba sobre mí y me penetraba con su pene robusto.
Solté un gemido y me aferré a su espalda, hincando las uñas y presionando sobre su recia piel hasta desgarrar poco a poco su carne y sus venas. Él me follaba con pasión a la vez que mordisqueaba mi delicado cuello con lascivia, triturando con avidez mis pechos turgentes. Estábamos abandonados a una exaltación incontrolable, la excitación que sólo el más puro deseo carnal y el más auténtico afecto espiritual pueden provocar.
Seguimos haciendo el amor con lujuria sobre las sábanas ahora cubiertas de sangre y, entre ardientes gritos de excitación, alcancé un éxtasis frenético. Él sacó su polla de mis intimidades y terminó de darse placer hasta correrse sobre mi busto mutilado. Se levantó de la cama y dio media vuelta para salir de la habitación, mostrándome su espalda maltratada; piel arrancada, carne hendida y músculos magullados entre los que lentamente se escurría el mar encarnado de la vida.
Cuando regresó, dejó caer un cuchillo sobre nuestro lecho de amor y lamió con lo que aún quedaba de su lengua mascada el semen y la sangre de mi pecho desmenuzado. Yo tomé el cuchillo suavemente entre mis dedos y rasgué su estómago de arriba abajo, dejando entrever las entrañas de su interior. Él hizo lo propio conmigo y juntos nos tumbados el uno contra el otro en posición de sesenta y nueve.
Sujetando su falo fláccido con mis manos, lo introduje en mi boca cercenada y lo chupé con ternura mientras él se deleitaba con el sabor de mi vagina humedecida. Cogió una de mis tripas y la frotó entre sus labios y los míos, dándole pequeños pero impetuosos mordiscos. Yo extrajé su bazo y le clavé los dientes con fruición mientras continuaba masturbándole el pene.
Poco a poco nos dejamos llevar de nuevo por los placeres de la carne y lentamente fuimos comiéndonos con delectación el uno al otro hasta que nuestras vidas, al fin, se desvanecieron bajo una embriagadora aura de afecto y deseo.

—Te quiero, cariño.
—Yo también te quiero, cielo. Más allá de la muerte.

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