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29 mar. 2014

Pérdida

El sentimiento de pérdida, cuando no existe la posibilidad de la recuperación, es de los peores que pueden sentirse. Una parte de tu interior se marcha, dejando tras de sí un mero vacío lleno de recuerdos, y en tu interior se abre un profundo pozo donde sabes que el agua jamás volverá a sonar.
Tu corazón se convierte en un desierto por cuyas abrasadoras arenas caminas, consciente de que no encontrarás ningún oasis donde saciar tu sed; condenado a vagar bajo el Sol traicionero de la soledad hasta que la Muerte se digne a aparecer ante ti para ofrecerte el agua maldita de la resignación.
Estás perdido en medio de un mar de dunas y no sabes cómo has llegado hasta él o cómo salir de ahí. Y en medio de la soledad, de la desesperación, una pregunta acude a tu mente: ¿Por qué? ¿Acaso la pérdida es necesaria? ¿Por qué?
Y, cuando ya has perdido toda esperanza, la Muerte, majestuosa y temible, emerge de entre la arena portando en sus manos el ponzoñoso cuenco de agua hirviendo. Y ella te lo ofrece y tú bebes de él, porque sabes que es la única posibilidad de salvación. La Muerte se apodera entonces de tu ser y, tras mucho tiempo vagando sin rumbo por las arenas del desierto, por fin todo acaba. Cierras los ojos.
Y despiertas. Ya no hay desiertos infinitos. Ya no hay arenas abrasadoras. Ya no hay soles traicioneros. Pero en tu interior se ha abierto un pozo. Un pozo profundo y vacío, donde no existe más que el recuerdo de aquel manantial que una vez albergó tu corazón.
Y, aunque ya no sientas sed, sus aguas siempre te faltarán.

19 mar. 2014

Sedme sinceros

Sedme sinceros… ¿Realmente os gusta saber la verdad?

“A mí me gusta la gente que va con la verdad por delante, porque la sinceridad es fundamental cuando te relacionas con otras personas. Si tienen que decirme algo que va a disgustarme o a hacerme daño, que lo hagan; prefiero mil veces eso a que me tengan engañado. La verdad a veces duele, pero siempre es mejor conocerla.”
¿Cuántas veces habéis escuchado afirmaciones de ese estilo en boca de personas que posteriormente se han cabreado o, como mínimo, molestado cuando les habéis dicho una verdad hiriente o incómoda de oír? Seguramente en más de una ocasión. E incluso me atrevería a afirmar que vosotros mismos habéis sido alguna vez los ofendidos por esa verdad que tanto ansiabais conocer. ¿Me equivoco?
Siendo así, ¿por qué nos empeñamos en aseverar con tanta convicción que la sinceridad nos gusta y que queremos que nos la digan siempre, por muy desagradable que sea? ¿Por qué tanto afán en intentar erigirnos como baluartes de la sinceridad y la verdad si a la mínima oportunidad demostramos lo contrario?
La respuesta es tan simple como simple es la naturaleza humana: las personas siempre pretendemos controlarlo todo y esto conlleva conocer en todo momento cualquier eventualidad que suceda en nuestro entorno o tener constancia continua de cualquier cambio en las emociones o pensamientos de cualquier persona que nos rodee. En otras palabras: no nos gusta vivir al margen ni engañados.
Pero ¿significa eso que nos gusta la verdad? En absoluto. Porque una persona puede querer saber la verdad, pero eso no implica que esté preparada para saberla y mucho menos que le guste. A modo de comparación rápida, la gran mayoría de las personas queremos encontrar un empleo, pero no todos estamos cualificados y que me aspen si a alguien le gusta trabajar.
Y es que la verdad como concepto suena muy bonito e idílico y las personas, por lo general, tendemos a idealizarlo y a fijarnos sólo en su lado más positivo. De ahí que no tengamos ningún reparo al exigirla: no nos damos cuenta de la responsabilidad que conlleva su conocimiento (y que no todo el mundo posee) ni de las consecuencias desfavorables que su entendimiento puede llegar a encerrar.
Además, sucede que la verdad es relativa hasta cierto punto y lo que para unos lo es, para otros no. Tal es así que incluso una misma persona puede considerar algo como verdadero en un momento concreto y que más adelante deje de hacerlo, o viceversa. La pregunta que deberíamos plantearnos entonces es si realmente merece la pena conocer una determinada verdad o hasta qué punto la merece.
Porque, si no es así, o no lo suficiente, quizá no tengamos motivos para querer saberla. Si los tenemos, probablemente sí queramos conocerla, pero incluso en este caso, antes de poder exigirla, debemos asegurarnos de estar preparados para escucharla. Y, así y todo, nada puede garantizarnos que nos vaya a gustar. Porque, a la hora de la verdad, no siempre le llega su hora a la verdad.

5 mar. 2014

Amgore

Contenido explícito.


Lo miré a los ojos y aparté la cabeza. Él colocó su mano suavemente bajo mi mentón y atrajo mi rostro hacia el suyo, acercándolo hasta que pude escuchar su respiración relajada. Busqué de nuevo su mirada y sonreí. En ese momento supe que aquélla sería la primera y la última vez que nos amaríamos. Lo besé. Me mordió. Sangré.
Nos dejamos caer sobre las cálidas sábanas de su cama de terciopelo y acaricié su cuello terso con mis sedosos labios recubiertos de escarlata. Clavé mis dientes en su carne y escuché un suspiro junto a mi oído, antes de sentir cómo sus incisivos atrapaban mi lóbulo con firme dulzura. Apretó, mientras yo llenaba poco a poco mis pulmones con su aliento. Apretó, mientras un hilo de sangre resbalaba poco a poco por mi cuello hasta bañar mis pechos.
Le rompí la camiseta y lo tumbé contra el colchón, deslizando mis manos por su torso atlético. Besé su abdomen descubierto y clavé mis uñas en su pecho musculado. Enseguida sentí el líquido vital pugnando por salir de su interior mientras mis uñas rasgaban su piel lenta y sutilmente.
Él desgarró mi vestido y tomó mis senos entre sus fornidas manos, masajeándolos con suavidad antes de empujarme a un lado y colocarse sobre mi cuerpo semidesnudo. La sangre de su pecho lastimado goteó sobre mi boca, permitiéndome beber una pizca de su dulce jugo. Acercando su boca a la mía, limpió la sangre derramada con su lengua y mordió mi mejilla hasta que logró arrancar un buen pedazo.
Gemí de placer y me abalancé sobre su rostro, devolviéndole el mordisco y arrebatándole la mitad del labio superior. Los dos masticamos la carne del otro mientras nos mirábamos excitados a los ojos. Yo alargué la mano hasta su pantalón y lo desabotoné para agarrar su miembro en erección; el estiró su brazo y acarició mi vientre con delicadeza antes de introducir sus dedos bajo mi tanga.
Nos acercamos el uno al otro como dos lobos acechando a su presa y en un instante nos fundimos en un sangriento beso caníbal mientras con frenética excitación nos masturbábamos mutuamente. Despegamos nuestros labios bajo una lluvia de líquido carmesí y relamí mi mandíbula despedazada mientras él se inclinaba sobre mí y me penetraba con su pene robusto.
Solté un gemido y me aferré a su espalda, hincando las uñas y presionando sobre su recia piel hasta desgarrar poco a poco su carne y sus venas. Él me follaba con pasión a la vez que mordisqueaba mi delicado cuello con lascivia, triturando con avidez mis pechos turgentes. Estábamos abandonados a una exaltación incontrolable, la excitación que sólo el más puro deseo carnal y el más auténtico afecto espiritual pueden provocar.
Seguimos haciendo el amor con lujuria sobre las sábanas ahora cubiertas de sangre y, entre ardientes gritos de excitación, alcancé un éxtasis frenético. Él sacó su polla de mis intimidades y terminó de darse placer hasta correrse sobre mi busto mutilado. Se levantó de la cama y dio media vuelta para salir de la habitación, mostrándome su espalda maltratada; piel arrancada, carne hendida y músculos magullados entre los que lentamente se escurría el mar encarnado de la vida.
Cuando regresó, dejó caer un cuchillo sobre nuestro lecho de amor y lamió con lo que aún quedaba de su lengua mascada el semen y la sangre de mi pecho desmenuzado. Yo tomé el cuchillo suavemente entre mis dedos y rasgué su estómago de arriba abajo, dejando entrever las entrañas de su interior. Él hizo lo propio conmigo y juntos nos tumbados el uno contra el otro en posición de sesenta y nueve.
Sujetando su falo fláccido con mis manos, lo introduje en mi boca cercenada y lo chupé con ternura mientras él se deleitaba con el sabor de mi vagina humedecida. Cogió una de mis tripas y la frotó entre sus labios y los míos, dándole pequeños pero impetuosos mordiscos. Yo extrajé su bazo y le clavé los dientes con fruición mientras continuaba masturbándole el pene.
Poco a poco nos dejamos llevar de nuevo por los placeres de la carne y lentamente fuimos comiéndonos con delectación el uno al otro hasta que nuestras vidas, al fin, se desvanecieron bajo una embriagadora aura de afecto y deseo.

—Te quiero, cariño.
—Yo también te quiero, cielo. Más allá de la muerte.