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16 feb. 2014

El edificio en llamas

En el centro de una gran ciudad, un viejo edificio abandonado empieza a arder súbitamente sin que nadie sepa explicarse el porqué. Los vecinos no tardan en llamar al cuerpo de bomberos, que despliega todos sus medios para intentar apagar las llamas antes de que se extiendan a los inmuebles vecinos.
Pero el fuego no remite. Las horas pasan inexorablemente y el edificio sigue ardiendo con más intensidad que cuando comenzó. Los bomberos, desconcertados, piden refuerzos, pero, a pesar del tesón y la voluntad de los profesionales, el fuego continúa sin dar señales de debilitamiento.
Los bomberos, contrariados e impotentes, se dan cuenta de que cuanto mayor es el esfuerzo para extinguir aquel incendio más se expanden las llamas, así que, tras dos días de incesante trabajo en vano, deciden finalmente rendirse, manteniendo únicamente dos patrullas para vigilar la zona.
Esa misma noche, una violenta tempestad azota la ciudad. Los vientos huracanados destrozan los edificios y las lluvias torrenciales inundan las calles. Las dos últimas patrullas de bomberos no pueden más que retirarse y confiar en que al menos la intensidad de la tormenta apague definitivamente las llamas.
Cuando amanece, la tempestad ha amainado, pero el edificio, insólitamente, continúa ardiendo. Sin embargo, los destrozos causados por la tormenta han alcanzado una proporción tal que a nadie le preocupa ya aquel fuego del viejo edificio abandonado.
Y así van pasando los días, y más tarde las semanas, y las llamas poco a poco van remitiendo, hasta que llega un momento en el que de aquel extraordinario incendio no quedan más que cenizas.
Pero para entonces la ciudad ya está sumida en la más atroz devastación.


Sólo con olvido, tiempo y paciencia se apaga el fuego del resentimiento. Si, por el contrario, persistimos y dejamos que estalle la tormenta, las consecuencias pueden volverse mucho más devastadoras.

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