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23 feb. 2014

Ahórrate los detalles

—Tía, no te imaginas lo que me pasó el otro día…
—¿Qué pasó, tía?, cuenta.
—Pues a ver, resulta que estaba yo andando por la calle…
—Espera… ¿Por qué calle? ¿Era ancha o estrecha? ¿Había mucha gente o había poca? Es que, si la calle era ancha y había poca gente, probablemente te fijarías más en los viandantes que si la calle fuese ancha pero estuviese llena de gente. Por otro lado, si la calle era estrecha y pasaba mucha gente, la cantidad de peatones en relación con la estrechez de la calle probablemente te hiciera caminar más despacio y con mayor agobio que si fueras por una calle estrecha y poco transitada.
—¿Qué? No sé, tía… Era una avenida y había bastante gente, pero tampoco…
—Ya, ya, ahórrate los detalles. Venga, sigue contando.
—A ver… Yo iba caminando por una avenida con bastante gente…
—Un momento… ¿Qué clase de calzado llevabas? Porque, si eran tacones, probablemente saliste para encontrarte con alguien o para llegar a algún lugar concreto, pero, si era un calzado plano, la distancia que podrías recorrer seguramente sería mayor que con tacones y, por tanto, es más probable que hubieras salido simplemente para dar un paseo.
—Pues… Llevaba unos tacones, pero no sé que…
—Ya, ya, ahórrate los detalles. Venga, sigue contando.
—Si me dejas… Pues, a ver, como ya te he dicho, iba caminando por una avenida con bastante gente y llevaba puestos mis tacones…
—Para.
—¿Qué pasa, tía?
—Puesto que la calle era ancha y estaba transitada, probablemente no irías demasiado atenta a la gente o a los vehículos, y eso me plantea un par de cuestiones: ¿caminabas absorta en tus pensamientos o, por el contrario, ibas prestándole atención a algo? De ser así, ¿a qué le prestabas atención, a una sola cosa o a muchas? Porque, si caminabas prestándole atención a una sola cosa, es porque seguramente la llevases contigo y, en consecuencia, es bastante probable que caminaras cabizbaja y no te fijases demasiado en el mundo que te rodeaba. En cambio, si caminabas prestándole atención a muchas cosas, es porque posiblemente irías mirando hacia uno o varios puntos a tu alrededor y, en consecuencia, te fijabas mucho en el mundo que te rodeaba. Por otra parte, si caminabas absorta en tus pensamientos, probablemente irías mirando uno o varios puntos a tu alrededor, pero no estarías atenta a ellos, por lo que a buen seguro no te fijarías demasiado en el mundo que te rodeaba, pero posiblemente sí que lo harías más que si fueses cabizbaja.
—Yo iba mirando el móvil y lo que pasó fue que un coche estuvo a punto de atropellarme.
—Pero ¿el coche que estuvo a punto de atropellarte venía en dirección opuesta a ti o iba en tu misma dirección? Porque, si venía en dirección opuesta, es porque ibas caminando por la acera izquierda. Sin embargo, si iba en tu misma dirección, es porque ibas caminando por la acera derecha.
—Tía, joder, que casi me mata…
—Ya, ya, ahórrate los detalles… ¿En qué dirección iba el coche?

16 feb. 2014

El edificio en llamas

En el centro de una gran ciudad, un viejo edificio abandonado empieza a arder súbitamente sin que nadie sepa explicarse el porqué. Los vecinos no tardan en llamar al cuerpo de bomberos, que despliega todos sus medios para intentar apagar las llamas antes de que se extiendan a los inmuebles vecinos.
Pero el fuego no remite. Las horas pasan inexorablemente y el edificio sigue ardiendo con más intensidad que cuando comenzó. Los bomberos, desconcertados, piden refuerzos, pero, a pesar del tesón y la voluntad de los profesionales, el fuego continúa sin dar señales de debilitamiento.
Los bomberos, contrariados e impotentes, se dan cuenta de que cuanto mayor es el esfuerzo para extinguir aquel incendio más se expanden las llamas, así que, tras dos días de incesante trabajo en vano, deciden finalmente rendirse, manteniendo únicamente dos patrullas para vigilar la zona.
Esa misma noche, una violenta tempestad azota la ciudad. Los vientos huracanados destrozan los edificios y las lluvias torrenciales inundan las calles. Las dos últimas patrullas de bomberos no pueden más que retirarse y confiar en que al menos la intensidad de la tormenta apague definitivamente las llamas.
Cuando amanece, la tempestad ha amainado, pero el edificio, insólitamente, continúa ardiendo. Sin embargo, los destrozos causados por la tormenta han alcanzado una proporción tal que a nadie le preocupa ya aquel fuego del viejo edificio abandonado.
Y así van pasando los días, y más tarde las semanas, y las llamas poco a poco van remitiendo, hasta que llega un momento en el que de aquel extraordinario incendio no quedan más que cenizas.
Pero para entonces la ciudad ya está sumida en la más atroz devastación.


Sólo con olvido, tiempo y paciencia se apaga el fuego del resentimiento. Si, por el contrario, persistimos y dejamos que estalle la tormenta, las consecuencias pueden volverse mucho más devastadoras.

1 feb. 2014

Un viejo comienzo

El blog de Dew está de vuelta. Sin embargo, esto no supone tanto el comienzo de una nueva etapa como el cierre de la anterior. Cuando suspendí temporalmente la actividad del blog hace algunos meses, dejé sin publicar varios escritos que ya estaban acabados, así que he regresado para retomar lo que, por diversos motivos, decidí interrumpir.
Quizá esto, a priori, pueda sonar a punto y final, pero nada más lejos de la realidad; sigo escribiendo actualmente, sólo que las historias que ya he empezado a plasmar en un documento de Word no están destinadas a su publicación en El blog de Dew. Tengo algunos proyectos en mente desde hace años y, tras varios acercamientos durante este tiempo, considero que ha llegado el momento de atreverme a realizar una tentativa más seria, lo que inevitablemente me quitará gran parte del tiempo que antes dedicaba al blog.
Con todo, no descarto en absoluto seguir escribiendo relatos para El blog de Dew. Además, hay algo especial que me gustaría realizar en relación con él y, si todo va bien, no tardaréis demasiado en descubrir qué es. En tanto, espero que disfrutéis de los escritos que os iré ofreciendo semanalmente y mil gracias por vuestra paciencia.