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21 may. 2013

Las vías del tren


Era muy tarde, de madrugada, cuando mi amigo y yo llegamos a un lugar bastante alejado de la ciudad, por donde pasaban las vías del tren. Detuve el vehículo y nos bajamos.

—¿Nos vamos a las vías?
—Como quieras.

Empezamos a caminar. El paisaje a nuestro alrededor era rústico y daba la impresión de estar abandonado: grandes bancales cubiertos de malas hierbas se extendían en la distancia y descuidados árboles de ramajes secos nos franqueaban a derecha e izquierda. Lo único en aquel lugar que aún parecía conservar algo de esplendor eran las férreas y sutiles líneas de la vía.
Continuamos caminando. La Luna llena brillaba en el cielo, iluminando con su luz alba el eterno sendero de grava y hierro; una pequeña corriente de agua se deslizaba a nuestro lado, envolviendo con su susurro suave el sosegado silencio de la oscuridad; y una leve brisa soplaba entre nuestros cabellos, abanicando como una caricia la calidez de aquella noche de verano.
Y seguimos caminando. Anduvimos durante un largo rato. Mucho rato. Hasta que nos dimos cuenta de que nos habíamos alejado demasiado.

—Creo que deberíamos regresar ya al coche…

Dimos media vuelta. Pero el mundo entero se había transformado de repente en una bruma densa que lo cubría todo a nuestro alrededor. Ahora la Luna llena se ocultaba tras un manto de nubes negras, el fluir del agua se había detenido por completo y la plácida brisa había dado paso a una inquietante quietud.
Y entonces lo vimos. Un resplandor blanquecino centelleando amenazador en la distancia, el sonido de la maquinaria pesada avanzando implacable sobre las vías y el humo ennegrecido mezclándose frenético en la niebla ceniza de la madrugada.

—Será mejor que salgamos de las vías.
—No podemos salir de las vías.
—¿Qué?

Llevaba razón: no podíamos salir de las vías. Estábamos completamente inmovilizados, atrapados en mitad de aquellos raíles malditos y con el tren acercándose cada vez más, y más, y más…

—¡Joder, ¿qué coño hacemos?!

Desesperado, levanté la vista hacia mi amigo en busca de respuesta, pero, cuando encontré sus ojos, mi desesperación se tornó en terror. Su mirada, aquella mirada, heló cada gota de sangre de mi cuerpo. En ella no había humanidad, no había nada. Era una mirada muerta, vacía… Era como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. La Luna brillaba, el agua se deslizaba y el viento soplaba. Y yo aún seguía allí. Pero mi amigo había desaparecido sin dejar rastro, al igual que el tren.
Estaba paralizado, desconcertado, sin saber qué hacer, cuando una luz brilló a mi izquierda. Intenté avanzar hacia ella, pero algo me lo impedía. Era incapaz de dirigir mi cuerpo hacia cualquier dirección que no fuese hacia adelante, hacia el mismo lugar de donde segundos antes había surgido aquel tren de la Nada.
Empecé a andar. Y caminé durante un buen rato, pero aún podía percibir la misma luz a mi izquierda, estática, perenne. Eché a correr. Y aceleré hasta casi perder el aliento, pero la odiosa luz jamás quedaba atrás. No importaba cuánto intentara moverme, estaba anclado en aquel punto de las vías del tren.
Y entonces giré la cabeza hacia la luz. Y la luz desapareció. Consternado, volví a mirar hacia delante, pero una bruma densa lo cubría todo ahora. No había Luna, no había agua, no había brisa. Y lo vi: un resplandor blanquecino, el sonido de la maquinaria, el humo ennegrecido…
Permanecí quieto, esperando, mientras el tren se acercaba más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. Estaba en mi coche. Miré alrededor. Era el mismo lugar donde había dejado el vehículo antes de que mi amigo y yo nos dirigiésemos hacia las vías del tren. Escuché unos pasos afuera y me di cuenta de que la puerta del copiloto estaba abierta. Mi amigo entró y cerró tras de sí.

—Ya podemos irnos, cuando quieras.

No sabía qué acababa de pasar, pero estaba demasiado confuso y asustado como para intentar averiguarlo. Arranqué el motor con mano temblorosa y aceleré como si quisiera atropellar a la noche. Sólo me relajé cuando por fin estuvimos en marcha, de vuelta a nuestros hogares. Allí podría hacer tantas preguntas como quisiera.

—¿Sabes? He estado pensando en la conversación que hemos tenido y he llegado a una conclusión.

Guardé silencio. No tenía ni idea de de qué me estaba hablando.

—A veces el tren te atropella sin más.
—¿Qué?

Me volví hacia mi amigo, desconcertado. Pero, cuando vi su mirada, aquella mirada, un intenso escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Aterrorizado, frené en seco e intenté abrir la puerta, pero estaba atrancada. Y entonces me di cuenta: me había detenido en mitad de las vías del tren. Intenté acelerar, pero el coche no se movió.
Aturdido, giré de nuevo la cabeza y otra vez me encontré con su mirada, aquella mirada, en la que no había humanidad, en la que no había nada. Una mirada muerta, vacía… Como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y lo recordé: era la mirada de la Vida. La misma mirada que pude ver aquel día años atrás en los ojos de aquel médico que diagnosticó mi enfermedad; la misma que meses más tarde me observaría postrado en aquella cama de hospital donde hube de permanecer durante el resto de mis días; la misma que ahora, en aquellas vías malditas de las que jamás pude escapar, dejaba salir su último tren.
Pero esta vez no aparté la vista. Ya no sentía miedo, ya no sentía confusión… Sólo Vida. Y la miré a los ojos. Pero en ellos sólo vi Muerte.

—¿Por qué?

Pero, cuando quise darme cuenta, una luz cegadora brilló a mi izquierda.
Y el golpe fue brutal.

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