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23 abr. 2013

Y por tu amor muero


Soy un hombre normal y corriente con una vida plena y feliz. Tengo una educación que me ha permitido evolucionar como individuo, un trabajo que me aporta los ingresos suficientes para vivir con cierto desahogo, un apartamento en alquiler que me ofrece la libertad necesaria para luchar por mi sueño y una chica estupenda a mi lado con quien me estoy planteando comenzar una relación seria.
Gracias a la educación que he recibido, he logrado desarrollar los ideales de vida y la visión del mundo que me han convertido en quien soy ahora. Me siento libre, sin ataduras que encadenen mi mente ni obstáculos que entorpezcan mi camino. Por primera vez en muchos años tengo la certeza de que por fin empiezo a ser yo mismo.
Gracias a mi empleo, en el que acaban de renovarme el contrato, puedo permitirme la vida que llevo: con mi sueldo pago el alquiler, las facturas y los gastos cotidianos, y aún me sobra dinero, haciendo, eso sí, algún que otro malabarismo económico, para costearme un curso de interpretación.
Gracias a mi apartamento puedo disfrutar de mi propio rinconcito de paz y tranquilidad donde trabajar mis capacidades interpretativas y recrearme con los placeres de la vida en soledad. La enorme libertad que el vivir solo me ha proporcionado es, probablemente, la mejor sensación que jamás he podido experimentar.
Gracias a la chica con la que llevo semanas compartiendo tantos momentos maravillosos, he recuperado la fe en el amor y he vuelto a creer en la felicidad que sólo una pareja puede darme. Después de muchos traspiés amorosos, ahora puedo decir casi con total seguridad que la suerte por fin se ha puesto de mi lado.
Y es que la vida, sin duda, me ha mostrado su sonrisa más agradable.

Dos años más tarde, las cosas han cambiado para mejor. Sigo viviendo en mi pequeño apartamento, pero ahora lo comparto con mi novia. La relación marchaba como nunca y cada vez pasábamos más tiempo juntos, así que sólo era cuestión de tiempo que al fin nos decidiéramos a dar ese importante paso.
El curso de interpretación, como imaginaréis, lo he tenido que dejar, pues, aunque tanto mi novia como yo trabajamos y eso supone más dinero, también los gastos que tenemos son mayores. Además, ese curso me quitaba bastante de mi tiempo con ella; ya sabéis lo que dicen: quien algo quiere, algo le cuesta.
Y yo a mi novia la quiero mucho. Tanto es así que, tres años después, he decidido pedirle matrimonio. Nos acabamos de mudar a un apartamento más grande, acorde a nuestra nueva vida en pareja, así que ¿qué mejor momento que éste? Además, con nuestros nuevos trabajos obtenemos mayores ingresos y, aunque la mayoría se nos va en gastos, hemos conseguido ahorrar una cantidad que debería ser suficiente para pagar la boda.
De mis antiguos sueños e ideales de vida ya no queda nada. Mi visión del mundo ha cambiado radicalmente desde entonces, y es que las personas nunca dejamos de transformarnos a lo largo de nuestras existencias. En ocasiones, incluso sin darnos cuenta. Pero la vida es así: para que algo nuevo nazca, algo viejo debe morir. Lo que a la hora de la verdad importa es que el cambio merezca la pena, y yo sé que el amor de mi pareja merece todos los cambios que sean necesarios.
En fin, ¿qué más puedo decir? Cuando nos conocimos, mi futura esposa y yo teníamos cada uno nuestros sueños y aspiraciones, pero con el tiempo nos hemos dado cuenta de que nuestro único sueño, nuestra única aspiración, es estar juntos. Ahora los dos somos un solo ser; no existen el ni el yo, sólo el nosotros. Porque ahora soy un hombre enamorado. Y, por el amor de mi pareja, yo muero.

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