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29 abr. 2013

Mercado de valores


Una manzana puede alimentarte si está sana o enfermarte si está podrida.


—¡Dos euros! ¡Tres kilos de hipocresía por dos euros! ¡La tenemos en oferta, señora! ¡Llevésela, que me la quitan de las manos!
—¿Dos euros, dice? Dejámela en uno, anda, que estamos en crisis.
—Dos euros, señora. Más barata no puedo.
—Venga, dos euros y me pones cinco kilos.
—Me está pillando los dedos, señora. Mire, vamos a hacer una cosa: usted me da los dos euros y sus principios y yo le pongo seis kilos de hipocresía y, de regalo, otro más de vanidad, ¿qué me dice?
—Si te doy mis principios dejámelo todo por un euro, ¿no?
—No puedo, señora… Qué más quisiera yo, pero es que los principios ya casi no tienen valor. Si no, fíjese en los que hay ahí, de esta mañana todos; y esto se pudre enseguida… Así que, venga, dos euros y no hay más que hablar.

* * *

—Perdona, ¿la envidia a cómo la tienes?
—Pues la envidia la tengo baratica, baratica, a euro el kilo. Y es de la buena, oiga; mire, coja un poco.
—Sí, sí que parece buena, sí.
—Entonces no se hable más: un euro y es suya.

* * *

—¡Orgullo! ¡Tenemos orgullo fresquísimo, del día! ¡No se lo piensen y cómprenlo antes de que se nos acabe!
—Disculpe.
—Sí, dígame.
—¿Me pone cuatro kilos de orgullo y dos de rencor, por favor?
—Claro que sí, ahora mismo.
—Muchas gracias, ¿cuánto es?
—Cinco eurillos, nada más.
—Oiga, ¿le puedo pagar con amistad?
—Pues depende… ¿De cuántos años es?
—De unos cinco-seis años.
—Uf… A ver, déjame que piense… Uhm… Un poco de amor no tendrás también, ¿no?
—Algo tengo, sí.
—Entonces, venga, cuatro kilos de orgullo y dos de rencor a cambio de tu amor y tu amistad.
—Hecho.

* * *

—Perdone, ¿a cuánto está la generosidad?
—Generosidad no me queda, señora. Hace ya tiempo que dejaron de traernos, lo siento mucho.
—¿Y dignidad tampoco tienes?
—Pues voy a mirar, pero creo que… A ver… Uhm… No, no me queda nada, lo siento. Pero, si quiere, mire, aquí tengo avaricia de sobra y muy barata. O egoísmo, que últimamente se vende como churros. También hay desprecio, codicia… Eche un vistazo a ver qué le gusta.
—Es que, no sé, no me llama la atención nada… Sinceridad no te queda tampoco, ¿verdad?
—De eso es que ya no se produce…
—¿Ni bondad?
—Mire, señora, esas cosas ya no se venden… No las compra nadie y al final se acaban pudriendo. Si quiere, puede usted buscar en otro sitio, pero ya le digo que no las va a encontrar.

1 comentario:

  1. Es una lástima de la que no se puede vender que ésto sea el reflejo perfecto de lo que nos acucia hoy en día. Perdemos valores que no valorábamos y adquirimos unos valores negativos que siempre hemos criticado. Y todo por saber llegar a la cumbre de un grano de arena.

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