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25 abr. 2013

El calor de un "Te quiero"


El amor es la llama de la vela que ilumina nuestros corazones. Cuando salta la chispa, la cerilla prende y con ella se enciende el fuego dador de la calidez que con tanta desesperación anhelan nuestras mentes. Pero, al igual que todo buen fuego, la llama del amor también puede quemar.
Y las quemaduras, no importa cuán leves sean o qué las produzca, siempre resultan dolorosas. ¿O es que acaso no apartamos nuestro dedo cuando sentimos el calor demasiado cerca de la yema? El fuego siempre va acompañado del miedo, el temor inevitable de acabar sufriendo una mala quemadura.
Y, sin embargo, lo encendemos, porque en el fondo sabemos que lo necesitamos. El fuego nos calienta cuando hace frío y nos alimenta cuando estamos hambrientos; el fuego nos sirve para incinerar nuestro pasado, pero también para alumbrar nuestro futuro. Y el amor es la llama de la vida.
Pero la llama, a veces, nos quema. Pues no todas las cerillas pueden prender ni todas las velas sirven para iluminar. A veces intentamos hacer saltar la chispa y, antes de que nos demos cuenta, es la chispa la que nos ha saltado a nosotros. Y a veces queremos llevar luz a nuestros corazones y, cegados por su deslumbrante brillo, no vemos que, donde antes había una reluciente llama, ahora no queda más que cera derretida.
Y nos quemamos. Porque en eso básicamente consiste el fuego: en quemar. El fuego abrasa indomable nuestras entrañas mientras el frío, en una sutil y destructiva paradoja de la vida, comienza a invadir todo nuestro cuerpo. Es entonces cuando buscamos otra llama capaz de aplacarlo. Porque, aunque tengamos mantas con las que taparnos y chaquetas con las que abrigarnos, al final nada nos brinda más calor que un “Te quiero”.

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