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9 mar. 2013

El jardín


Hola, me llamo Paula, soy licenciada en Magisterio y, desde hace un par de meses, también profesora en un colegio de educación infantil y primaria. De momento sólo trabajo como interina, pero no me quejo. Al fin y al cabo, antes de echar a volar hay que aprender a planear, ¿no?
Y yo me siento feliz planeando. Estoy donde siempre he querido. No como una meta, sino como el camino que me conducirá a mi sueño. ¿Cuál? Tener un jardín. Sí, sé que dicho de esta manera probablemente resulte un tanto extraño, así que permitidme que os explique mi pequeña iniciativa. Quizá así lo entendáis mejor.
A principios de curso les propuse a mis alumnos una actividad que llevaríamos a cabo entre todos durante los meses que duraran las clases. El ejercicio es muy sencillo, consiste simplemente en plantar y cuidar dos rosas, una roja y otra blanca, y su propósito es que los niños aprendan a cultivar desde pequeñitos el valor de la igualdad.
Una anécdota os ayudará a comprender mejor la idea. La semana pasada, al acabar una de las clases, un alumno se me acercó quejándose porque su rosa roja no crecía tanto como la blanca. Cuando le pregunté si las regaba las dos todos los días, me respondió que la blanca sí, pero que a veces olvidaba regar también la roja.

—Si no riegas la roja con el mismo esmero que la blanca, ¿cómo esperas que crezca igual de sana?

Y es que mis alumnos, en especial los chicos, tienden a sobreestimar las propiedades de la rosa blanca en detrimento de las de la roja. ¿El motivo? No podría ser más superficial: la mayoría considera a la rosa roja más frágil y delicada que la blanca. Inferior, dicen algunos, sin intentar ver más allá de esas trivialidades.
Y eso es exactamente lo que yo pretendo que descubran con esta tarea: que hay mucha fuerza escondida bajo esa apariencia frágil y delicada y que, aunque cada rosa tenga sus rasgos particulares, ambas poseen igual valor y deben cuidarse con la misma diligencia.
Porque que sean distintas en lo insubstancial no significa que también lo sean en lo esencial. O, lo que es lo mismo, ni la blanca es superior por ser blanca, ni la roja, inferior por ser roja. Todas son iguales, porque, al fin y al cabo, todas son rosas, ¿no? Entonces, ¿por qué no debería merecer la roja las mismas atenciones que la blanca?
Y ése es mi sueño. Siempre he querido llegar a donde estoy ahora, pero no por el hecho de ser profesora, sino por la oportunidad que eso me ofrece de educar a los niños, desde las más tempranas edades, en la idea de que mujeres y hombres somos todos iguales en derechos y oportunidades.
Porque es así, mediante la educación, como se puede lograr este objetivo. Y sí, ahora sólo estoy planeando, pero yo me siento feliz, porque sé que algún día el mundo será un precioso jardín sobre el que podré volar libre, sin tener que soportar la frustración de ver cómo las rosas rojas, regadas por la injusticia, se marchitan cada día un poco más en medio de un desierto de desigualdad.

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