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15 mar. 2013

Día Internacional


“Vida mía, cielo, tesoro, amor, ¿te he dicho alguna vez cuantísimo te quiero, te amo y te adoro?” “Sí, muchas, pero nunca me cansaré de oírlo”, responde ella con ternura. “Eso espero, porque jamás dejaré de sentirlo… Eres mi vida entera, mi todo; eres cada uno de los latidos de mi corazón, la razón y la sinrazón de mis pensamientos… Eres el aire que me hace respirar cada día, a cada hora; cada segundo de mi vida cobra sentido sólo porque tú estás en ella. Te quiero con toda mi alma y con todo mi corazón, cariño mío.”
“Y te dejo ya, ¿vale?, que mi novia me está esperando para celebrar San Valentín. Voy a regalarle un peluche, que es algo que siempre queda bien, y una rosa, como no podía ser de otro modo. Además, la llevaré a cenar a algún sitio romántico y, por la noche, a un hotelillo con encanto donde podremos manifestarnos nuestro amor sin ataduras. Pero no te preocupes, vída mía, cielo, tesoro, tú sabes que lo que siento por ti es sincero y que esto de San Valentín sólo es un día.”
Sólo es un día. Un día especial, para demostrar. Para demostrar ¿qué?, os preguntaréis. Nuestros sentimientos, os respondo yo. Porque, cuando albergas un sentimiento en tu interior, sea del tipo que sea, debes demostrarlo. Y ése es justamente el objetivo de todas esas fechas señaladas —con rojo o no— a lo largo del año en nuestro calendario.
Como el Día de la Madre, por ejemplo. Porque madre no hay más que una, porque nos dio la vida, nos crió y nos educó, y porque ella siempre está a nuestro lado y con nosotros permanecerá en todo momento, cada día de su vida. Y nosotros, por supuesto, se lo agradecemos, porque apreciamos sinceramente, de corazón, todo lo que nuestra madre ha hecho por nosotros durante todos y cada uno de los días de su vida. Y nosotros, por supuesto, se lo agradecemos.
Un día al año.
Y es que es normal sentir un profundo agradecimiento hacia las mujeres, porque ¿qué sería del mundo sin ellas? Las mujeres son un pilar fundamental de la sociedad, así que debemos darles las gracias por todo cuanto han hecho y hacen continuamente por nosotros. Y ¿qué mejor modo de agradecérselo que estableciendo el Día Internacional de los Derechos de la Mujer? Porque los miembros viriles del capitalismo son perfectamente conscientes de que la mujer merece gozar de los mismos derechos y oportunidades que los hombres, y así lo demuestran.
Un día al año.
Algo parecido sucede en el caso de las personas con Alzheimer o con Síndrome de Down, por poner un par de ejemplos. Personas que en algún momento de sus vidas han adquirido una enfermedad intratable o personas que, por la lotería de la genética, han nacido con una discapacidad con la que van a tener que convivir el resto de sus días; personas que, no obstante, son tan importantes para esta sociedad y merecen ser tomadas tan en consideración como cualquier otra. Y así se lo demostramos nosotros.
Un puto día al año.
Porque así somos las personas. Llega el día de San Valentín y todo es amor, aunque al día siguiente ni te acuerdes de por qué te enamoraste de tu pareja. Llega el Día de la Madre y todo son agradecimientos, aunque al día siguiente ni te acuerdes de quién te está ayudando con ese problema que tanto te agobia. Llega el Día Internacional de los Derechos de la Mujer y todo son reivindicaciones, aunque al día siguiente ni te acuerdes de que tu compañera de trabajo cobra la mitad que tú. Llega el Día Internacional contra el Síndrome de Down y todo son buenas voluntades, aunque al día siguiente ni te acuerdes de que tu vecino, con Síndrome de Down, ya ni te saluda por tal de evitar tu mirada de menosprecio.
Así que, por todo esto y mucho más, a mí me gustaría proponer humildemente desde aquí la celebración del Día Internacional de la Hipocresía. Porque así somos las personas. Porque nos lo merecemos. Y porque a lo mejor así dejamos de ser hipócritas los otros 364 días del año.

9 mar. 2013

El jardín


Hola, me llamo Paula, soy licenciada en Magisterio y, desde hace un par de meses, también profesora en un colegio de educación infantil y primaria. De momento sólo trabajo como interina, pero no me quejo. Al fin y al cabo, antes de echar a volar hay que aprender a planear, ¿no?
Y yo me siento feliz planeando. Estoy donde siempre he querido. No como una meta, sino como el camino que me conducirá a mi sueño. ¿Cuál? Tener un jardín. Sí, sé que dicho de esta manera probablemente resulte un tanto extraño, así que permitidme que os explique mi pequeña iniciativa. Quizá así lo entendáis mejor.
A principios de curso les propuse a mis alumnos una actividad que llevaríamos a cabo entre todos durante los meses que duraran las clases. El ejercicio es muy sencillo, consiste simplemente en plantar y cuidar dos rosas, una roja y otra blanca, y su propósito es que los niños aprendan a cultivar desde pequeñitos el valor de la igualdad.
Una anécdota os ayudará a comprender mejor la idea. La semana pasada, al acabar una de las clases, un alumno se me acercó quejándose porque su rosa roja no crecía tanto como la blanca. Cuando le pregunté si las regaba las dos todos los días, me respondió que la blanca sí, pero que a veces olvidaba regar también la roja.

—Si no riegas la roja con el mismo esmero que la blanca, ¿cómo esperas que crezca igual de sana?

Y es que mis alumnos, en especial los chicos, tienden a sobreestimar las propiedades de la rosa blanca en detrimento de las de la roja. ¿El motivo? No podría ser más superficial: la mayoría considera a la rosa roja más frágil y delicada que la blanca. Inferior, dicen algunos, sin intentar ver más allá de esas trivialidades.
Y eso es exactamente lo que yo pretendo que descubran con esta tarea: que hay mucha fuerza escondida bajo esa apariencia frágil y delicada y que, aunque cada rosa tenga sus rasgos particulares, ambas poseen igual valor y deben cuidarse con la misma diligencia.
Porque que sean distintas en lo insubstancial no significa que también lo sean en lo esencial. O, lo que es lo mismo, ni la blanca es superior por ser blanca, ni la roja, inferior por ser roja. Todas son iguales, porque, al fin y al cabo, todas son rosas, ¿no? Entonces, ¿por qué no debería merecer la roja las mismas atenciones que la blanca?
Y ése es mi sueño. Siempre he querido llegar a donde estoy ahora, pero no por el hecho de ser profesora, sino por la oportunidad que eso me ofrece de educar a los niños, desde las más tempranas edades, en la idea de que mujeres y hombres somos todos iguales en derechos y oportunidades.
Porque es así, mediante la educación, como se puede lograr este objetivo. Y sí, ahora sólo estoy planeando, pero yo me siento feliz, porque sé que algún día el mundo será un precioso jardín sobre el que podré volar libre, sin tener que soportar la frustración de ver cómo las rosas rojas, regadas por la injusticia, se marchitan cada día un poco más en medio de un desierto de desigualdad.

3 mar. 2013

Las manecillas del reloj


Giré las manecillas del reloj. Las once… Las diez… Las nueve… Y así hasta las cinco. Las cinco y ocho minutos de la tarde. La hora en la que todo cambió. La hora en la que el mundo decidió que mi vida ya no era lo suficientemente divertida como para seguir jugando con ella.
Porque todos hemos sido niños alguna vez, ¿no? Niños caprichosos que un día adoran su juguete nuevo y al siguiente ya ni se acuerdan de que una vez fue suyo. Así es el mundo. Un niño caprichoso que un día se harta de tu vida y la destroza como si de un muñeco viejo y polvoriento se tratase.
Pero así es el mundo. O, al menos, así es como lo hacemos nosotros. Porque ¿qué es el mundo? El mundo no es más que un enorme globo de agua y tierra sobre el que vagamos siete mil millones de personas. Así que el mundo no es otra cosa que lo que nosotros, esos siete mil millones de personas, hacemos de él.
Y nosotros hacemos del mundo un mundo. Es tanto lo que nos rodea… Tanto y tan complejo… ¿Verdad? Mentira. Lo único que hay son las mismas cosas una y otra vez. ¿Hay realmente siete mil millones de personas? No. Sólo un mismo elemento repetido siete mil millones de veces.
Entonces, ¿por qué coño nos gusta tanto complicarnos la vida? ¿Por qué nos empeñamos en creer que hay siete mil millones de elementos distintos cuando lo más sencillo es pensar que solamente hay uno que se repite siete mil millones de veces?
Pero no, eso no nos sirve. Nos gusta concebir el mundo como algo complejo, algo lleno de elementos. Y, lo que es peor, queremos indagar y saber cómo son todos y cada uno de esos elementos. Y ¿para qué? Para al final darnos cuenta de que ni conocemos el mundo ni nos conocemos a nosotros mismos.
Y bueno, ¿qué importa? Al fin y al cabo sólo somos una más de las siete mil millones de personas que vagan por este mundo, ¿no? Pues no. De nuevo, nos empeñamos en pensar que hay algo más; que hay todo un mundo debajo. Y ¿qué es el mundo? El mundo no es más que un niño caprichoso que juega con tu vida hasta que un día se harta y la destroza como si de un muñeco viejo y polvoriento se tratase.
Y así somos nosotros. Un mundo. Niños caprichosos que jugamos con nuestras vidas hasta que un día nos hartamos y las destrozamos. Porque de todo nos gusta hacer un mundo. Y no nos damos cuenta de que, en el fondo, el mundo no es sino lo que nosotros hacemos de él.
Suspiré. El reloj marcaba ahora las cinco. Las cinco y ocho minutos de la tarde. La hora en la que todo cambió. La hora en la que decidí que mi vida ya no era lo suficientemente divertida como para seguir jugando con ella.