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22 feb. 2013

The Oceanwalker


“¿Alguna vez habéis caminado sobre el agua? Yo lo hice.”

Abrí la ventanilla para dejar entrar un poco de aire fresco. Estiré el brazo y suspiré con hastío. Llevaba horas conduciendo y no había visto más que autovía. Y, por si fuera poco, la radio, mi único entretenimiento, había dejado de funcionar. Probé con otro CD. No sé ni para qué.

“Y así fue como comenzó mi historia: conduciendo aburrido por una carretera monótona. Pero no os preocupéis, que a partir de ahora el relato se vuelve más interesante. Sobre todo, prestad especial atención al siguiente fragmento, porque lo que sucedió entonces cambió por completo mi rumbo y, con él, mi destino.”

Tomé la salida. Al fin… Qué ganas tenía ya de dejar la autovía.

“No sé si ha quedado del todo claro lo que sucedió… ¿Podéis imaginaroslo? Eso es, me equivoqué de salida.”

¡Demonios! Era imposible que estuviese tan lejos… Según mis cálculos debí haber llegado hacía más de media hora. ¿Por dónde cojones me había metido? Volví a mirar el mapa. Mi destino estaba a la izquierda. Para llegar sólo debía coger un desvío y seguirlo todo recto.
Pero no había un maldito desvío en todo el puto camino. Estaba conduciendo por un sendero de un solo sentido, sin asfaltar, totalmente rodeado de árboles y alejado de cualquier rastro de civilización. Y, para colmo de males, el indicador de la gasolina estaba a punto de alcanzar la reserva. Como me quedase sin combustible, estaría jodido.
Y eso no era todo. Hacía tanto tiempo que salí de mi hogar que el día se había ido consumiendo lentamente y empezaba a dar paso ya a la oscuridad de la noche. La Luna venía a ocupar su lugar mientras el Sol, al otro lado del mundo, recargaba sus energías para regresar de nuevo al amanecer.
Pero yo no podía esperar hasta el amanecer. Pasar la noche en un vehículo sin gasolina en mitad de la nada no era precisamente mi mayor deseo en aquellos momentos. Maldita la hora en la que decidí hacer aquel viaje… Aún me sigo preguntando por qué, con lo a gusto y tranquilo que estaba en mi casa…
Suspiré y me removí en mi asiento. Volví a mirar por enésima vez a través del espejo retrovisor. No sé qué coño esperaba ver. Lo único que había a mi alrededor eran árboles y más árboles. Ni siquiera alcanzaba a distinguir ya el horizonte, esa maravillosa línea que en alguna ocasión a lo largo del trayecto me había hecho pensar que este camino realmente tenía un principio y, quizá, un final.

“Y ésta era la situación en la que me encontraba poco antes de que ocurriera todo cuanto podía ocurrir. Esperando un desvío que nunca llegaba, la gasolina bajó a niveles más que críticos y, entre tanto, la noche cayó. ¿Qué pasó entonces?, se preguntará el lector. Pues, simple y llanamente, nada.”
“Y, puesto que en la siguiente parte de mi historia no sucedió nada, lo mejor será, creo, que dé un salto temporal y proceda a narrar lo que aconteció inmediatamente después del fragmento en el que, repito, no ocurrió absolutamente nada.”

¡Increíble! No daba crédito… Cuando ya había perdido toda esperanza, aparece como de la nada mi salvación. ¡Una gasolinera! ¡Al fin una puta gasolinera! Después de todo, parece que la suerte no me había abandonado por completo. Ahora podría repostar y aprovechar para recuperar fuerzas antes de continuar.
Además, el hecho de que hubiera una gasolinera allí debía de significar que ya no estaba demasiado lejos de la civilización. Podría preguntar y los empleados seguro sabrían indicarme hacia dónde debía tomar y cuánto quedaba para llegar a mi destino. ¡Me sentía eufórico!

“Aquí sí ocurrió algo.”

—Buenas noches.
—¡Muy buenas! El tanque lleno, por favor. Y ¿podría decirme también cuánto falta para la ciudad más cercana?
—Por supuesto, está a unos veinte kilómetros siguiendo el camino.
—Muchas gracias. Otra pregunta, ¿la tienda está abierta?
—Las veinticuatro horas, no se preocupe. Entre, y mi compañero ya le cobra todo.
—De acuerdo, ¡muchas gracias!

Hice lo que el simpático muchacho me dijo y entré a la tienda mientras él llenaba el depósito de mi vehículo.

“Jamás habría sido capaz de imaginar lo que me aguardaba al salir de la gasolinera. Aquello superaba todos los límites de la realidad.”

—¿Qué cojones…?

“Agua. Y no me estoy refiriendo a un pequeño charco en el suelo, no; un océano entero. Ahora sí que podía ver perfectamente la —ya no tan maravillosa— línea del horizonte. De hecho, era lo único que podía ver. Todos los árboles que durante tantas horas me habían acompañado ya no estaban. Incluso la gasolinera había desaparecido. Por no haber, no había ni suelo bajo mis pies. Únicamente agua. Agua y más agua. Sin saber siquiera cómo coño había sucedido, me encontraba ahora sobre la superficie de un inconmensurable océano que ni en el mismo horizonte hallaba su fin.”
“¿Qué hice entonces?, se preguntará el lector. Pues, simple y llanamente, nada. Caminé y caminé y seguí caminando, sin rumbo, sin destino, hasta que al final no tuve más remedio que aceptarlo: las personas no podemos caminar sobre el agua.”
“Y el océano me engulló.”

* * *

Creo que debo sincerarme del todo con vosotros. ¿Recordáis esa parte de mi historia en la que no pasó absolutamente nada. Bueno, pues en realidad sí que ocurrió algo. A decir verdad, ocurrió algo y no ocurrió nada. ¿Cómo explicarlo? Veréis… Mientras seguía conduciendo de noche, con el tanque vacío y sin descubrir ningún desvío, me di cuenta de algo: hacía un buen rato que debí haber dado media vuelta.
Pero mi obstinación en seguir aquel camino me impidió verlo. Sólo cuando al fin salí de la gasolinera y me encontré rodeado por el enorme océano comprendí el error: si nos empeñamos en conducir por una carretera equivocada, acabaremos perdiéndonos irremediablemente. Y, peor aún, si no somos capaces de darnos cuenta de que estamos perdidos y rectificar a tiempo, tarde o temprano llegará un momento en el que no haya la posibilidad de dar media vuelta. De pronto nos veremos rodeados por las consecuencias de nuestro error y quizá algunos puedan seguir caminando sobre ellas durante algún tiempo, pero, al final, no tendrán más remedio que aceptarlo: todo el que camina sobre el agua acaba ahogándose.

15 feb. 2013

Los eternos amantes de la noche muerta


Contenido explícito


“En la noche muerta no hay lugar para el amor. En la noche muerta no hay lugar para la vida.”

La agarré bruscamente de la larga cabellera azabache y golpeé su cabeza contra el frío muro de piedra. Un grito ahogado escapó de sus labios color pasión y el reflejo pálido de la Luna iluminó la zona de su cuello que había quedado al descubierto. Le mostré una sonrisa despiadada y hundí mis colmillos bajo la piel tersa.

* * *

Había algo macabro, oscuro y temible en ese chico, algo que no lograba comprender. Desde luego no estaba en su físico, nada del otro mundo: melena castaña, ojos marrones y cuerpo más bien delgaducho. Tampoco en su interior, pues apenas lo dejaba ver y lo que mostraba no pasaba de resultar bastante anodino.
No, había algo más… Algo imposible de localizar en su apariencia física o en su mundo interno; algo que escapaba por completo de su ser, que trascendía de todo cuanto aquel chico era o podía llegar a ser. Algo casi sobrenatural. Y, a decir verdad, ese algo era lo único que me llamaba la atención de él.
La noche transcurrió como cualquier otra: ríos de alcohol fluían por mis venas mientras los inapreciables coqueteos iniciales daban paso poco a poco a una exacerbada muestra de pasión desenfrenada y morbosa. Me habría follado al chico allí mismo, en la sucia barra de aquel infesto bar, si no me hubiese llevado antes a su piso.
Subimos las escaleras entre risas flojas y toqueteos indecentes y entramos en su estudio bajo los efectos de un hechizo de lujuria y deseo. Me empujó contra el sofá-cama y se agachó lascivo sobre mí. Cuando me mordió el cuello, mi cuerpo entero se estremeció; estaba cachonda, y una cálida humedad impregnó la tela de mi tanga cobrizo. Sus finos dedos se deslizaron por mi cuerpo como una sedosa rueda de fuego, tan sutil como ardiente; sus labios buscaron los míos y sorbí de nuevo su dulce sabor a muerte; introduje la mano en su pantalón y con las yemas de los dedos acaricié su pene excitado. Él volvió a mordisquear mi cuello con hambrienta fogosidad y deslizó su boca por los delicados recovecos de mi piel, hasta alcanzar la suave calidez de mis senos turgentes; jugueteó con mis pezones endurecidos como un niño con su caramelo, antes de internarse con su lengua en la fogosidad de mis intimidades deseosas. Se deleitó con la esencia de mis entrañas mientras su mano izquierda masturbaba rítmicamente su miembro y la diestra exploraba con avidez cada curva de mi cuerpo, cada rincón de mi ser. Con la pasión encendida, yo me dejé arrastrar por el agradable frenesí del sexo sin ataduras: las manos enredadas en su cabellera despeinada, el cuerpo meciéndose con un vaivén incontrolable y la mente abandonada a un éxtasis desenfrenado.

—Quiero sentirte dentro de mí—, murmuré vehemente. Él, levantando el rostro hasta mi cuello, lo mordisqueó con ardoroso ímpetu mientras su polla me penetraba con una sacudida salvajemente placentera. Gemí de puro goce, consciente de que aquél no era más que el comienzo de una noche sin fin.
Follamos durante toda la madrugada por cada rincón de aquel desvencijado apartamento en tantas posturas como nuestras imaginaciones desatadas fueron capaces de concebir. Cuando el alba amenazó con destronar a la noche, los efectos del alcohol en mi mente se habían desvanecido casi por completo, pero por entonces yo ya había perdido totalmente el control de mis actos. Y no me importaba en absoluto. Esa noche nada importaba, ni siquiera cuando el chico estampó mi cabeza contra la pared y me sonrió con aquella sonrisa inhumana y salvaje. Esa noche nada importaba, salvo el dulce tacto de su piel sobre la mía, el ardiente roce de su lujuria dentro de la mía, la letal caricia de sus colmillos perforando mi cuello… Esa noche nada importaba, y, mientras nada importaba, me corrí por última vez antes de que la vida iniciara su lenta retirada a través de mi garganta horadada.

10 feb. 2013

El guerrero


Soy un guerrero sin nombre de un ejercito innombrable. He librado miles de batallas y llevado a cabo numerosas empresas; realizado cientos de conquistas y vencido a incontables enemigos. Me he deleitado, en más ocasiones de las que jamás llegaréis a imaginar, con el más dulce sabor que jamás podréis concebir.
Pero por encima de todo he sufrido, en cada poro de mi piel, en cada vena de mi cuerpo, el más amargo dolor que jamás seréis capaces de soportar. Han tullido mis músculos, fraccionado mis huesos y cercenado mi piel; me han batido en innumerables ocasiones y obligado a postrarme sobre la gélida y tortuosa roca de la derrota. He ganado mucho, pero mucho más he sacrificado. He aprendido mucho, pero mucho más he tenido que olvidar. Y ahora yazgo aquí.
Aquí yazgo ahora, lejos de mi sino y mi camino; de cualquier hogar que un día considerase mío. Aquí yazgo ahora, sobre un suelo yermo, bajo un cielo negro; cargadas mis espaldas con la lid de toda una vida. Aquí yazgo ahora, abatido y exhausto, aguardando el toque de gracia que ha de sentenciar para siempre mi existencia largo tiempo condenada.
Todos los guerreros, algún día, se cansan de luchar. Y yo he perdido la fuerza para proseguir mi batalla. Mi escudo está quebrado y mi armadura, desgastada; el filo de mi espada ya no corta y no quedan saetas en mi carcaj. Mi corazón aún late, pero ha dejado de sentir. Débil, cansado, moribundo… Aquí yazgo ahora.

9 feb. 2013

Y la araña tejió su tela


Y la araña tejió su tela. Fina seda de delicados trazos irisados bordada con esmero sobre la gris monotonía de una jungla sin fin; ornamentada con la dulce esperanza de apresar sin compasión a la fascinante delicatessen que, bajo su liviana nube de despreocupación, volaba inocente en derredor de su fatal perdición.
No sabe la mosca que la araña ha tejido su tela; no sabe la mosca que la araña ha tejido su fin, que la araña ha tejido su fin; no sabe la araña que ha tejido su fin.

7 feb. 2013

Promesas de amor eterno


No creo en promesas de amor eterno.

Y, sin embargo, crees en la magia.

Quiero creer en la magia.

¿Y no quieres creer en promesas de amor eterno?

Creer en la magia no es peligroso.

¿Y las promesas de amor eterno sí?

El amor implica sufrimiento. No quiero sufrir eternamente.

El amor eterno no implica sufrimiento, sólo felicidad.

Quizá en los cuentos de hadas.

También en la realidad.

En la realidad no existen los cuentos de hadas.

Sí, si crees en ellos.

Hubo un tiempo en el que solía hacerlo… Pero en los que yo leía el amor nunca triunfaba.

Entonces has leído los cuentos equivocados.

¿Y cuándo leeré el adecuado?

No lo sabrás hasta que lo leas.

Tengo miedo de abrir un libro en cuyas páginas sólo encuentre dolor…

Ciérralo.

No es fácil… No cuando te has enamorado de su historia.

La historia acabará. Todo libro tiene un final.

Por eso no creo en promesas de amor eterno… Todo libro tiene un final.