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11 ene. 2013

Coros y batutas


¿Alguna vez os habéis parado a pensar en qué es lo que queremos las personas y por qué lo queremos? Haced un esfuerzo, ¿cuántas veces a lo largo de vuestras vidas habéis visto algo y habéis dicho “Lo quiero”? Y ¿cuántas de esas veces lo habéis dicho por propia voluntad, porque realmente lo queríais, y no porque es lo que debíais querer?
Así funcionamos las personas: nos dicen qué hacer y nosotros lo hacemos, nos dicen qué pensar y nosotros lo pensamos, nos dicen qué querer y nosotros lo queremos. ¿Por qué complicarnos la vida siguiendo nuestro propio rumbo cuando lo más sencillo es tomar la dirección que otros ya nos han indicado? En la sociedad actual no somos nadie si no somos como los demás quieren que seamos.
Y no hay mejor ejemplo que las modas. Miles, millones, de personas que se lanzan como locas a comprar la ropa o los complementos “que se llevan ahora”; un auténtico ejército de zombies preparados para morder en cuanto reciban la orden, aunque lo que se les haya ordenado que muerdan sean sus propias identidades.
Por no hablar de las modas musicales, televisivas o cinematográficas. Peleles despojados de voluntad que creen tener el mundo bajo sus pies sólo porque unos cuantos titiriteros aprovechados y sedientos de dinero han sabido mover bien sus hilos. Peleles sin voluntad idolatrados por otros peleles sin voluntad; marionetas descerebradas que siguen a unos fetiches predeterminados sólo porque así les ha sido impuesto por esta sociedad del consumo. Mentes fáciles de controlar guiadas con destreza hacia un fanatismo descontrolado.
Y, cuando la función deja de ser rentable, el títere se arroja a la basura para que otro pueda ocupar su lugar. The show must go on.
Pero la peor moda de todas es, con diferencia, la que rige los cánones de belleza. Una moda que, en el caso de los hombres, va cambiando según lo vayan estableciendo los ídolos mediáticos: un día gusta un famoso afeitado y a todos los hombres les falta tiempo para ir a visitar su barbería más cercana; al día siguiente gusta una celebridad con barba y todos los hombres van corriendo a tirar a la basura sus maquinillas de afeitar recién estrenadas.
En el caso de las mujeres, sin embargo, no se da esa variación. Todo el mundo parece tener bastante claro desde hace algunos años que la mujer perfecta es la que más se acerca, sin pasarse, a su medida justa: el 90-60-90, donde el 60 simboliza el coeficiente intelectual del 90% de las mujeres y el 90% de los hombres que se toman esos números como una especie de ley divina de la belleza femenina, una obsesión.
Una obsesión que lleva a las mujeres al extremo de hacer dietas imposibles, vomitar o incluso dejar de comer con tal de acercarse a esas cifras impuestas por modelos de huesos sin carne y cabezas sin seso; mujeres tan obcecadas por esos falsos estereotipos de belleza que por ellos están dispuestas a caer en la enfermedad o incluso a morir. Morir por intentar ser lo que la sociedad les ha dicho que sean.
Una obsesión que lleva a los hombres a denostar a las mujeres que no cumplen con esos “requisitos indispensables” de belleza y a despreciarlas por pasarse unos kilos de los establecidos o por no llegar a ellos; perros descerebrados que babean en cuanto ven un par de pelotitas de goma y que se abalanzan sobre sus presas como lobos hambrientos a los que sus dueños han domesticado para que cacen lo que ellos quieren que cacen.
Pero la belleza, como cualidad abstracta y subjetiva que es, no puede medirse mediante cifras o estándares. La belleza no es un paradigma prefijado por nadie, sino una propiedad que se puede presentar bajo muchos y variados aspectos, independientemente de las medidas que unos pocos hayan estipulado y que no responden sino a un afán de satisfacer sus propios intereses mezquinos.
Lo mismo sucede con los gustos de cada persona, ya sean materiales o no: nadie debería poder decidir sobre ellos. Y, sin embargo, es prácticamente lo único que se ve: gente que quiere lo que otros quieren que quiera, que carece de sus propios gustos y que necesita dejarse dirigir por los que la sociedad le impone. Porque así son las personas: músicos sin ideas propias que cantan a coro las composiciones que otros les van entregando mientras los directores de orquesta los dirigen hábilmente con sus batutas.

2 comentarios:

  1. Lo estereotipado es este tipo de argumentos, muy trallados ya.

    Vale ya de echarle la culpa a la sociedad por establecer modas, la gente somos personas sociables y necesitamos aprovecharnos de ella, siempre. Todos nos dejamos llevar por modas porque aportan bienestar, o si no piensa, qué mas le da a aquella rubia tonta que compra un móvil de última generación sobre las modas y lo que afectan a la conducta? le da exactamente igual, ella es feliz siguiendo esa moda.

    Acaso tu no sigues modas? Acaso la sociedad no te ha aportado algo a ti? No te creas exento del resto. La sociedad no es solo un gran conjunto, son miles de pequeños conjuntos. Es muy ambiguo el decir que la gente se deja llevar por la televisión. La sociedad que realmente afecta a una persona es la cercana a ella misma. No le eches la culpa a un cani de ser como es, si en su infancia ha estado en un barrio bajo y rodeado de delincuentes. No le eches la culpa a una pija por ser como es, si su madre era más pija que ella y sus amigas también.
    Al igual que ellos tu también te has visto afectados por nuestra sociedad.

    Y en cuanto al tema de belleza. Qué mas da que el ideal de belleza lo haya establecido la sociedad? ni que fuese algo de hace 2 días. La belleza seguirá siendo subjetiva, y va apegada a nuestra propia concepción de belleza. Siempre buscamos personas de nuestro mismo atractivo, SIEMPRE. Quédate con eso man.<--

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    1. Las personas somos sociables, pero eso no significa que por regla tengamos que seguir modas. ¿Qué hay del pensamiento individual? Las personas somos plenamente libres de decidir si seguimos una moda o no, pero, si lo hacemos, que sea siendo consecuentes y sinceros con nosotros mismos y no porque “es lo que está de moda” y hay que seguirlo, que es lo que mucha gente hace.
      Yo sigo las modas que quiero, las que me gustan o me representan, no sigo una moda porque sí. Y tampoco me creo exento del resto, pero, aunque camine junto al resto de la sociedad, lo hago siguiendo mi propio rumbo, que a veces es el mismo que el de los demás y en muchas ocasiones, no.
      Has puesto el ejemplo de una rubia tonta que se ha comprado un móvil siguiendo una moda, y yo te pregunto: ¿qué más me da a mí esa rubia tonta? Lo que yo critico es que a lo mejor, y sólo a lo mejor, si esa rubia no fuera tan tonta y tuviese algo de personalidad, no habría comprado ese móvil sólo por seguir la moda.
      Y en ningún momento he hablado únicamente de la televisión; lo de las modas televisivas era un ejemplo entre tantos otros y con ello me estaba refiriendo a ciertos personajillos que se convierten en ídolos de masas sólo porque los que mueven sus hilos han sabido hacerlo bien.
      Por otro lado, lo de los canis, pijos y demás no son modas, sino grupos sociales, que es distinto. En un grupo social, quienes pertenecen a él comparten una forma de vivir, de pensar y de actuar, además de unos gustos y una apariencia similares. Y hay muchas personas que pueden clasificarse dentro de un grupo social, pero no es eso de lo que yo estoy hablando, no te confundas. ¿Qué me dices de las personas que en un momento determinado se visten como góticas sólo porque ser gótico es algo que en ese momento “se lleva”? De eso es de lo que yo estoy hablando, de gente que se deja guiar por la sociedad porque no tiene personalidad propia. Y esto es importante: si tú tienes personalidad, puedes asimilar cosas que la sociedad te aporte, pero no te dejas guiar por ellas; tú tienes el añadido de lo que te haya podido aportar la sociedad, pero sigues siendo tú mismo porque tienes una personalidad definida y actúas en consecuencia a ella, sin dejar de ser sincero contigo.
      Y, por último, me da igual que el ideal de belleza lo haya establecido la sociedad, la pregunta es: ¿por qué lo ha hecho? La belleza sigue siendo subjetiva, sí, pero esa subjetividad muy a menudo se ve condicionada por el ideal de belleza que la sociedad ha establecido. Además, si la belleza es algo subjetivo, ¿por qué la sociedad tiene que establecer un ideal de belleza? Es totalmente ridículo. Pero... pasa una cosa, y es que eso genera dinero. Y lo genera a costa del dolor de mucha gente que, en lugar de aceptarse tal y como es, se ve impulsada a intentar parecerse a esos estúpidos ideales de belleza, que ni siquiera son representativos.
      Como conclusión, mi argumento puede estar trallado y puede incluso considerarse estereotipado, pero eso no lo convierte, necesariamente, en falso.

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