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30 ene. 2013

The Unforgiven


Nota: aunque inspirado por las canciones de Metallica, el contenido de este escrito no tiene por qué corresponder con el de sus homónimas.


“Todos cometemos errores. Eso es lo que nos dicen a quienes cometemos errores cuando quieren hacernos sentir mejor, cuando quieren restarles importancia a nuestros fallos. Dicen también que equivocarse es de humanos y que la auténtica virtud se encuentra en aceptar y corregir nuestras equivocaciones. Lo que no nos explican es que virtud no significa necesariamente redención.”

Llovía. La noche era oscura, brumosa y fría, sin Luna y sin estrellas. Yo conducía mi coche por las calles desiertas de la ciudad con la única compañía de la radio. Eran las cuatro de la mañana. Una hora más que apropiada para estar en la cama descansando y recuperando energías. Pero no para mí.
Para mí era la hora de huir, de convertirme en fugitivo por el resto de mis días. La hora en la que el Imperdonado escapa de su prisión en busca de un perdón que jamás encontrará.

* * *

El teléfono sonó en la mesilla. Me removí entre las sábanas y desperté. ¿Qué hora era? Le eché un vistazo al reloj. Casi las cuatro de la mañana. El teléfono seguía sonando. Lo miré. Número oculto.

—Me cago en sus muertos…

Descolgué y solté un improperio. Demasiado precipitado. Enseguida me arrepentí de haberlo hecho, pero no había tiempo para disculpas. Debía coger el coche e ir al puerto. Y debía hacerlo ya.

* * *

—He cometido un gran error…

Salí de la habitación sin mirar atrás. No tomé ninguna de mis pertenencias, ¿para qué? ¿De que me servirían ahora? Bajé las escaleras tan rápido como pude y cogí las llaves. Alcancé la puerta principal y me dirigí al coche. Lo puse en marcha y desaparecí entre la niebla.

* * *

Llegué al puerto. Detuve mi vehículo y observé desde la distancia las decenas de barcos anclados en los muelles. No debía de andar muy lejos…

* * *

Dormía. O lo intentaba. Eran casi las cuatro de la mañana, pero esta noche no tenía sueño. Volví a dar otra vuelta en la cama, pero era inútil. Me acostara en la postura en la que me acostase, mi mente se empeñaba en mantenerme despierto.
Y entonces me incorporé. No lo soportaba más. Cogí el teléfono y marqué. Mi última llamada antes de huir. Una voz fatigada me recibió con un insulto no demasiado decoroso, pero no le hice caso.

—He cometido un gran error…

* * *

Estaba exhausto. Había recorrido todo el puerto de arriba abajo sin resultado. Tal vez había llegado demasiado tarde… Desesperado y sin saber qué otra cosa podía hacer, saqué el móvil del bolsillo y busqué en el registro de llamadas. No había ninguna recibida desde un número oculto.
Y entonces lo comprendí. No había buscado en el lugar adecuado. En el puerto, sí, pero no en el muelle. Miré al mar. A la inmensidad del mar. Y volví a escuchar el teléfono. Número oculto. Y entonces lo comprendí.

La llamada de la conciencia ahogándose en un mar de culpa.

27 ene. 2013

Caricias de metal


Experimental.


Extendió su mano y acarició afectuosamente mi rostro.
Su mano fría, dura, como el metal.
Acercó sus labios a los míos y los besó con ternura.
Sus labios fríos, duros, como el metal.
Unió su cuerpo al mío e hicimos el amor con pasión.
Su cuerpo frío, duro, como el metal.


Soledad… Fría. Dura. Como el metal.

23 ene. 2013

Caos


Experimental.


Caótico.
Quiero arder.
En este Infierno de desolación y caos.
Algo se ha quebrado.
No hay remedio para tu enfermedad.
No hay salida.
No hay escapatoria.
Estás atrapado en su jaula.
Un velo que envuelve las tinieblas.
Una ventana que no deja pasar la luz.
Rabia.
Sufrimiento.
Miedo.
¿Dónde está tu corazón?
No está.
¿Recuperaste tu guadaña?
¿Dónde estás?
Te has perdido.
Lo has perdido todo. No te queda nada.
El mundo no seguirá aquí para ti.
Tú no seguirás aquí para el mundo.
Abandonado. A tu propia suerte.
¿A quién recurrirás ahora?
No hay nadie al otro lado de esa puerta.
Cerrada.
¿Podrás encontrar la llave?
No hay llave.
Se acabó.
Todo acabó.
Muere.

Muere.

Muere.

18 ene. 2013

El canto de un ángel


—Te quiero, cielo…

* * *

Detuve mi vehículo frente al edificio. Era un antro pequeño y destartalado. Bajé del coche, cerré la puerta y suspiré. Estaba nervioso. Franqueé la entrada y caminé hasta una esquina. Le eché un vistazo al reloj mientras me sentaba en una de las mesas.

—Hola, guerrero.
—No te has hecho de rogar.
—¿Debería?
—Supongo que no.

Le sonreí y nos marchamos. Apenas había pasado una semana desde que la conocí. Yo me sentía solo y frustrado y ahogaba mis penas en un vaso de alcohol cuando apareció ella. Una stripper de pelo azabache y mirada penetrante que me cautivó desde el momento en el que la vi.

—¿Te apetece otra copa, guerrero?
—¿Sabes lo que de verdad me apetece?
—No… ¿Qué te apetece?
—Verte bailar para mí.

Introduje un billete en su tanga. Me sonrío con lascivia y comenzó su danza del amor. Yo la contemplaba hipnotizado mientras sus movimientos deleitaban mis sentidos.

—Oye, ¿qué haces tú aquí?

Acercó su rostro hasta que sus labios casi rozaron los míos y me respondió con un susurro sensual.

—Bailar para ti…
—Me refiero a que qué haces tú en un club de striptease.
—Por si no te has dado cuenta, guerrero, soy stripper.
—¿Llamas “guerrero” a todo el mundo?
—No… Sólo a ti, guerrero…
—Hablo en serio.

Dejó de bailar y me analizó con una mirada fría.

—Guerrero, no estoy aquí para hablar de mi vida, sino para ganar dinero.
—Te pagaré si me hablas de tu vida.
—Primero, mi vida no vale tanto como para que tengas que pagar por ella, y segundo, tu dinero no vale tanto como para pagar mi vida.

Sonreí y tomé un trago. Quise responder, pero me acalló con su dedo grácil.

—Guerrero, yo sirvo copas y bailo. Eso es todo cuanto debes saber de mi vida. Así que… ¿Qué te parece si te sirvo otra copa y hago un striptease sólo para ti?
—¿Y por qué no mejor te sientas un rato aquí conmigo?

Dejé un billete de cincuenta sobre la mesa y la miré.

—No te preocupes, tengo más.

Me observó, cogió el dinero y se sentó junto a mí. Cruzó las piernas y acercó su rostro al mío.

—¿Y bien, guerrero?
—Háblame de tu vida.

No sé muy bien cómo, pero finalmente conseguí que me contara un par de  cosas. Las suficientes como para hacerme volver al día siguiente. Y al otro. Y así durante toda la semana. Pero hoy era distinto. Hoy habíamos quedado por primera vez fuera del club. Podría decirse que era nuestra primera cita.

* * *

Rompí a llorar. No me importaba cuáles fueran su trabajo o su condición, yo la quería. Estaba enamorado de ella desde el mismo momento en el que la vi. No sé muy bien qué es, pero esa chica tenía algo… Algo que la hacía distinta, especial…

* * *

Su voz. Me encantaba oír su voz. Era dulce, melodiosa y provocativa, enigmática y misteriosa… Como el canto de un ángel.

—¿Me estás escuchando?
—Imposible no hacerlo.
—¿Ah, no? ¿Qué acabo de decir?
—No lo sé, escuchaba tu voz, no tus palabras.
—Ya… Bonita manera de reconocer que no me estabas escuchando…
—No, en serio, te estaba escuchando… Pero en algún momento he debido de perderme entre las suaves caricias de tu voz.

Ella siempre había querido ser cantante. Lo intentó en su momento, pero, obviamente, no lo logró. Se lo impidieron. Alguien truncó sus sueños y ella dejó de luchar. Su vida no había sido precisamente un paraíso.

—Anda… Déjate de cursiladas y vámonos.

Nos levantamos de la mesa y nos besamos. Llevábamos un par de meses viviendo juntos. Ella seguía trabajando en el club de striptease, pero eso me daba igual. Lo único que me importaba era nuestro amor.

* * *

Esa chica tenía algo que la hacía distinta, especial… Tal vez su mirada. Triste, apagada, solitaria, siempre perdida en un pasado del que no podía huir, reflejo de un dolor que no la dejaba escapar…

* * *

Llegamos a mi piso. Cerré la puerta y fui a la cocina mientras ella se arreglaba en nuestra habitación. Tomé un vaso de agua. Algo iba mal, podía notarlo… Su voz era la misma de siempre, pero sus palabras no sonaban igual. Estaba a punto de dejarme…
Dejé el vaso en el friegaplatos y salí de la cocina. Empujé taciturno la puerta del dormitorio y entré, pero no vi a nadie.

—¿Cielo?

En ese momento me fijé: había una nota en la mesilla. Me acerqué y la abrí.

“Mi vida no vale tanto como para que tengas que pagar por ella… Te quiero.”

Su cuerpo inerte se me reveló entonces en el suelo, yaciendo medio oculto tras la cama en la que tantas veces habíamos hecho el amor y que ahora, por primera vez, era testigo de nuestro amor deshecho.
Con los ojos lacrimosos y el corazón descompuesto, me acerqué a su cadáver, preguntándome cómo podría asumir su pérdida. O, simplemente, si podría hacerlo. Me arrodillé frente a ella y la miré a los ojos, blancos, sin vida. Y la tristeza desbordó mis mejillas.

—Te quiero, cielo…

* * *

Él ha sido la única persona que se ha preocupado por mí, la única a quien le he importado, la única que se ha esforzado por hacerme sentir bien… La única persona que alguna vez ha llegado a quererme. Pero yo nunca he sentido nada por él.
Ahora es demasiado tarde para echarme atrás, pero no quiero hacerle a él el mismo daño del que yo jamás he logrado escapar. Quizá él pueda pagar mi vida con su amor, pero mi vida no vale tanto como para pagar su amor…

* * *

Ella nunca me quiso, ahora me doy cuenta. Cuando la conocí me sentía solo y frustrado, estaba desesperado por encontrar a una mujer que me quisiera de verdad. Y la soledad y la frustración jamás han sido buenas consejeras… Al final, el dolor sólo conduce al dolor.
Las personas, por lo general, tendemos a necesitar el afecto de otros. Así que, cuando sentimos que no hay el suficiente en nuestras vidas, corremos a buscarlo en cualquiera en quien pensamos que podemos encontrarlo. La soledad nos empuja a la desesperación, la desesperación nos arroja a la mentira y la mentira nos arrastra a la soledad.
Y volvemos al principio… Nos sentimos solos, frustrados, desesperados, y no nos damos cuenta de que el único amor que necesitamos es el que con tan poca asiduidad nos hemos profesado a nosotros mismos… Sólo cuando no dependemos de nadie para ser felices podemos ser realmente felices. De lo contrario, sufrimiento será lo único que consigamos atraer a nuestras vidas y a las de las quienes nos rodean.
Pero yo he tardado demasiado en darme cuenta… Siempre he usado mi amor para pagar a personas que no han sabido pagar mi amor y ahora mi amor ha dejado de valer tanto como para pagar mi propia vida… Así que mi vida, en definitiva, ha perdido todo su valor…

Me despido con afecto,
un guerrero sin espada.

11 ene. 2013

Coros y batutas


¿Alguna vez os habéis parado a pensar en qué es lo que queremos las personas y por qué lo queremos? Haced un esfuerzo, ¿cuántas veces a lo largo de vuestras vidas habéis visto algo y habéis dicho “Lo quiero”? Y ¿cuántas de esas veces lo habéis dicho por propia voluntad, porque realmente lo queríais, y no porque es lo que debíais querer?
Así funcionamos las personas: nos dicen qué hacer y nosotros lo hacemos, nos dicen qué pensar y nosotros lo pensamos, nos dicen qué querer y nosotros lo queremos. ¿Por qué complicarnos la vida siguiendo nuestro propio rumbo cuando lo más sencillo es tomar la dirección que otros ya nos han indicado? En la sociedad actual no somos nadie si no somos como los demás quieren que seamos.
Y no hay mejor ejemplo que las modas. Miles, millones, de personas que se lanzan como locas a comprar la ropa o los complementos “que se llevan ahora”; un auténtico ejército de zombies preparados para morder en cuanto reciban la orden, aunque lo que se les haya ordenado que muerdan sean sus propias identidades.
Por no hablar de las modas musicales, televisivas o cinematográficas. Peleles despojados de voluntad que creen tener el mundo bajo sus pies sólo porque unos cuantos titiriteros aprovechados y sedientos de dinero han sabido mover bien sus hilos. Peleles sin voluntad idolatrados por otros peleles sin voluntad; marionetas descerebradas que siguen a unos fetiches predeterminados sólo porque así les ha sido impuesto por esta sociedad del consumo. Mentes fáciles de controlar guiadas con destreza hacia un fanatismo descontrolado.
Y, cuando la función deja de ser rentable, el títere se arroja a la basura para que otro pueda ocupar su lugar. The show must go on.
Pero la peor moda de todas es, con diferencia, la que rige los cánones de belleza. Una moda que, en el caso de los hombres, va cambiando según lo vayan estableciendo los ídolos mediáticos: un día gusta un famoso afeitado y a todos los hombres les falta tiempo para ir a visitar su barbería más cercana; al día siguiente gusta una celebridad con barba y todos los hombres van corriendo a tirar a la basura sus maquinillas de afeitar recién estrenadas.
En el caso de las mujeres, sin embargo, no se da esa variación. Todo el mundo parece tener bastante claro desde hace algunos años que la mujer perfecta es la que más se acerca, sin pasarse, a su medida justa: el 90-60-90, donde el 60 simboliza el coeficiente intelectual del 90% de las mujeres y el 90% de los hombres que se toman esos números como una especie de ley divina de la belleza femenina, una obsesión.
Una obsesión que lleva a las mujeres al extremo de hacer dietas imposibles, vomitar o incluso dejar de comer con tal de acercarse a esas cifras impuestas por modelos de huesos sin carne y cabezas sin seso; mujeres tan obcecadas por esos falsos estereotipos de belleza que por ellos están dispuestas a caer en la enfermedad o incluso a morir. Morir por intentar ser lo que la sociedad les ha dicho que sean.
Una obsesión que lleva a los hombres a denostar a las mujeres que no cumplen con esos “requisitos indispensables” de belleza y a despreciarlas por pasarse unos kilos de los establecidos o por no llegar a ellos; perros descerebrados que babean en cuanto ven un par de pelotitas de goma y que se abalanzan sobre sus presas como lobos hambrientos a los que sus dueños han domesticado para que cacen lo que ellos quieren que cacen.
Pero la belleza, como cualidad abstracta y subjetiva que es, no puede medirse mediante cifras o estándares. La belleza no es un paradigma prefijado por nadie, sino una propiedad que se puede presentar bajo muchos y variados aspectos, independientemente de las medidas que unos pocos hayan estipulado y que no responden sino a un afán de satisfacer sus propios intereses mezquinos.
Lo mismo sucede con los gustos de cada persona, ya sean materiales o no: nadie debería poder decidir sobre ellos. Y, sin embargo, es prácticamente lo único que se ve: gente que quiere lo que otros quieren que quiera, que carece de sus propios gustos y que necesita dejarse dirigir por los que la sociedad le impone. Porque así son las personas: músicos sin ideas propias que cantan a coro las composiciones que otros les van entregando mientras los directores de orquesta los dirigen hábilmente con sus batutas.

8 ene. 2013

Valga la redundancia


Experimental.


Quiero contaros un pequeño cuento. Un pequeño cuento sobre la tranquila vida que vivían unos pequeños y tranquilos animales de una pequeña y tranquila granja en un pequeño y tranquilo pueblo. Allí, en la tranquilidad de aquella pequeña y tranquila granja en aquel pequeño y tranquilo pueblo, los pequeños y tranquilos animales vivían tranquilamente sus tranquilas vidas sin que nada ni nadie perturbara su tranquilidad.
Pero esa tranquila vida que vivían pronto se vería perturbada, porque muchos de los pequeños y tranquilos animales pronto se quedaron dormidos y no despertaron. A los pequeños y tranquilos animales se les alargó el sueño y soñaron y durmieron y no despertaron durante una hora entera. Ni a la hora siguiente. Ni tampoco a la siguiente hora. Ni a la hora siguiente tampoco. Y ni siquiera a la siguiente hora.
Los otros animales, los que siguieron despiertos y no se quedaron dormidos y no soñaron, se preocuparon. Y tanto, tanto, tanto, tanto se preocuparon, que gritaron y gritaron y gritaron y gritaron y, en la pequeña y tranquila granja de aquel pequeño y tranquilo pueblo, los granjeros, que no eran tan pequeños ni tan tranquilos, vieron perturbado su sueño y no durmieron y estuvieron despiertos durante toda la noche entera, desde que el Sol se escondió y la Luna salió hasta que la Luna se escondió y el Sol salió.
Y así, de este modo, los pequeños y tranquilos animales de la pequeña y tranquila granja de aquel pequeño y tranquilo pueblo llamaron la atención de los no tan pequeños ni tranquilos granjeros. Y tanto, tanto, tanto, tanto la llamaron, que los no tan pequeños ni tranquilos granjeros llamaron a la policía, pensando que algún ladrón estaba robando los pequeños y tranquilos animales de su pequeña y tranquila granja.
Y los policías llegaron a la pequeña y tranquila granja del pequeño y tranquilo pueblo porque los granjeros, que estaban despiertos y no podían dormir y tampoco podían soñar, los habían llamado para que fuesen a su pequeña y tranquila granja a ver si algún ladrón estaba robando los pequeños y tranquilos animales de su pequeña y tranquila granja. Pero los policías, buscando encontrar a un ladrón, no encontraron a ningún ladrón por más que buscaron.
Sin embargo, aunque los policías buscaron y buscaron y buscaron y buscaron, y a pesar de que después de tanto, tanto, tanto y tanto buscar no encontraran a ningún ladrón, los policías sí que encontraron algo. Encontraron que muchos de los pequeños y tranquilos animales de la pequeña y tranquila granja de aquel pequeño y tranquilo pueblo estaban dormidos y soñando y no despertaban.
Y los granjeros, que no eran tan pequeños ni tan tranquilos como los pequeños y tranquilos animales, fueron a ver y vieron que los pequeños y tranquilos animales de su pequeña y tranquila granja habían muerto. Habían pasado de la vida a la muerte y, por lo tanto, estaban muertos. Y, además, valga la redundancia, no estaban vivos.

2 ene. 2013

Las cartas de la baraja


Levanté mis cartas y las miré. Dos ases. Observé al resto de jugadores. Tres no parecían tener nada y los otros dos creían que podían ganar. Primera ronda de apuestas. Lo que yo decía, sólo quedamos tres. Y sobre la mesa, otros dos ases y la jota de corazones. Yo voy, por supuesto. Diez de corazones. Uno de los apostantes se retira. Siete de corazones.

—All-in.

¿Va con todo? Es un farol clarísimo.

—Lo veo.
—Bien.

Sonrió con socarronería. No podía ser, es imposible.

—Escalera de color.

No me jodas… Una puta escalera de color…

—Has tenido mucha suerte, muchacho.

Me levanté de la mesa, cogí mi abrigo y salí a la calle. Aquél no era un juego cualquiera. Era importante, muy importante. Tanto, que acababa de perder dos millones de las antiguas pesetas. Doce mil euros. Y ¿por qué? Porque supuse que un puto póker de ases sería suficiente para ganar…
Soy idiota… Pude haberlo hecho y no lo hice… Una escalera de color, una maldita escalera de color, y la partida habría sido mía… Pero en lugar de ir sobre seguro, decidí jugar con un póker… ¡Joder! Saqué mi baraja del bolsillo y la arrojé con rabia al suelo. Todas las cartas cayeron con el reverso hacia arriba salvo los cuatro ases.

—¡Guau! ¡Eso ha sido genial!

Un niño pasaba en ese momento por mi lado agarrado de la mano de su madre.

—No, no ha sido genial… Genial habría sido si hubiese sacado escalera de color…

Pasé la mano por encima de cinco cartas y las naipes se giraron por sí solas, mostrando una escalera de picas. Dudo mucho que el chaval supiera algo de póker, pero aún así pareció fascinado.

—¡Hala, qué guapo!
—Oiga, ¿cómo lo hace? ¿Es algún truco de magia?
—Claro. Yo soy un mago de la baraja. Aunque en el número de esta noche no he tenido demasiado éxito, que digamos…
—Pues no lo entiendo, la verdad, parece usted un gran mago.
—Es posible… Pero en este mundo, por muy bueno que seas, si no eliges el truco adecuado no ganas… Incluso teniendo uno de los mejores trucos puedes perder si te confías…
—No pasa nada, la próxima vez le irá mejor, ya verá.
—Le agradezco sus palabras de ánimo. Le regalaré otro truco a cambio. Fíjese bien.

Me agaché y pase los brazos sobre las naipes, sin tocarlas. Cuando los retiré, toda la baraja estaba en mi mano diestra. La mujer sonrió asombrada y aplaudió con timidez.

—Y ahora dígame una carta.
—Uhm… El seis de corazones.

Chasqueé los dedos y las cartas levitaron de mi mano derecha a la izquierda. Todas excepto una. Se la enseñé.

—¡Guau!
—Vaya… Tiene usted un buen repertorio.
—¿Quiere que le cuente un secreto? No debería sorpenderse, porque…

Giré la mano zurda y fui volviendo las naipes una a una.

—¿Ve? Todas son el seis de corazones.

Sonreí ante la admiración de mis espectadores. Realicé un truco más y me despedí. Caminé por la calle bajo la luz de las farolas hasta llegar a mi motel. Saludé al recepcionista con la cabeza, subí a mi habitación y colgé el abrigo en el perchero de la entrada. Me senté en el borde de la cama y observé la baraja que sostenía en la mano.
Suspiré. Estaba arruinado… Había apostado en esa jugada todo cuanto tenía. Ni siquiera podría pagar aquel motelucho de mala muerte en el que me hospedaba. A la mañana siguiente sí que tendría que hacer verdaderos trucos para irme de allí… Si es que decidía irme… Porque ¿para qué? Ahora no tenía nada salvo una mísera baraja de póker…
Fui al cuarto de baño y cogí una cuchilla de afeitar. La puse sobre mi muñeca y cerré los ojos. Tragué saliva. Y pasaron los segundos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco… No, no podía hacerlo… Solté la cuchilla y abrí los ojos lacrimosos. ¿Qué haría ahora? ¿Qué podría hacer ahora? Lo había perdido todo…
Agaché el rostro mientras las lágrimas comenzaban a caer sobre la baraja. Giré una carta. El as de tréboles. No, no lo había perdido todo… Todavía me quedaban mis naipes. Dibujé una débil sonrisa. ¿Qué más da si no tenía dinero ni un lugar donde caerme muerto? ¿Qué más da si no tenía nada? Aún conservaba mi talento.