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10 jun. 2013

A la atención de quien pueda interesarle

Debido a cuestiones de índole académica y personal, el blog de Dew cesa TEMPORALMENTE su actividad. Volveré tan pronto como lo considere oportuno.
Aunque mi número de escritos terminados es más que suficiente para rellenar el tiempo que finalmente decida alejarme del blog, he preferido desconectar por completo y tomarme un descanso total. Así que, entre tanto, os animo a que releáis las publicaciones que más os hayan gustado y compartáis con cualquier persona a quien pueda interesarle cualquier escrito que creáis merezca la pena compartir.
Finalmente, sin ánimo de alargar más de lo necesario esta nota, me despido de la única forma como puedo hacerlo: con un sincero agradecimiento hacia cualquiera que haya dedicado aunque sea una pequeña parte de su tiempo a leer alguno de mis escritos y, en particular, a aquellas personas que han seguido el blog con regularidad. Muchas gracias a todos.


Joseph Dew Kennedy.

21 may. 2013

Las vías del tren


Era muy tarde, de madrugada, cuando mi amigo y yo llegamos a un lugar bastante alejado de la ciudad, por donde pasaban las vías del tren. Detuve el vehículo y nos bajamos.

—¿Nos vamos a las vías?
—Como quieras.

Empezamos a caminar. El paisaje a nuestro alrededor era rústico y daba la impresión de estar abandonado: grandes bancales cubiertos de malas hierbas se extendían en la distancia y descuidados árboles de ramajes secos nos franqueaban a derecha e izquierda. Lo único en aquel lugar que aún parecía conservar algo de esplendor eran las férreas y sutiles líneas de la vía.
Continuamos caminando. La Luna llena brillaba en el cielo, iluminando con su luz alba el eterno sendero de grava y hierro; una pequeña corriente de agua se deslizaba a nuestro lado, envolviendo con su susurro suave el sosegado silencio de la oscuridad; y una leve brisa soplaba entre nuestros cabellos, abanicando como una caricia la calidez de aquella noche de verano.
Y seguimos caminando. Anduvimos durante un largo rato. Mucho rato. Hasta que nos dimos cuenta de que nos habíamos alejado demasiado.

—Creo que deberíamos regresar ya al coche…

Dimos media vuelta. Pero el mundo entero se había transformado de repente en una bruma densa que lo cubría todo a nuestro alrededor. Ahora la Luna llena se ocultaba tras un manto de nubes negras, el fluir del agua se había detenido por completo y la plácida brisa había dado paso a una inquietante quietud.
Y entonces lo vimos. Un resplandor blanquecino centelleando amenazador en la distancia, el sonido de la maquinaria pesada avanzando implacable sobre las vías y el humo ennegrecido mezclándose frenético en la niebla ceniza de la madrugada.

—Será mejor que salgamos de las vías.
—No podemos salir de las vías.
—¿Qué?

Llevaba razón: no podíamos salir de las vías. Estábamos completamente inmovilizados, atrapados en mitad de aquellos raíles malditos y con el tren acercándose cada vez más, y más, y más…

—¡Joder, ¿qué coño hacemos?!

Desesperado, levanté la vista hacia mi amigo en busca de respuesta, pero, cuando encontré sus ojos, mi desesperación se tornó en terror. Su mirada, aquella mirada, heló cada gota de sangre de mi cuerpo. En ella no había humanidad, no había nada. Era una mirada muerta, vacía… Era como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. La Luna brillaba, el agua se deslizaba y el viento soplaba. Y yo aún seguía allí. Pero mi amigo había desaparecido sin dejar rastro, al igual que el tren.
Estaba paralizado, desconcertado, sin saber qué hacer, cuando una luz brilló a mi izquierda. Intenté avanzar hacia ella, pero algo me lo impedía. Era incapaz de dirigir mi cuerpo hacia cualquier dirección que no fuese hacia adelante, hacia el mismo lugar de donde segundos antes había surgido aquel tren de la Nada.
Empecé a andar. Y caminé durante un buen rato, pero aún podía percibir la misma luz a mi izquierda, estática, perenne. Eché a correr. Y aceleré hasta casi perder el aliento, pero la odiosa luz jamás quedaba atrás. No importaba cuánto intentara moverme, estaba anclado en aquel punto de las vías del tren.
Y entonces giré la cabeza hacia la luz. Y la luz desapareció. Consternado, volví a mirar hacia delante, pero una bruma densa lo cubría todo ahora. No había Luna, no había agua, no había brisa. Y lo vi: un resplandor blanquecino, el sonido de la maquinaria, el humo ennegrecido…
Permanecí quieto, esperando, mientras el tren se acercaba más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. Estaba en mi coche. Miré alrededor. Era el mismo lugar donde había dejado el vehículo antes de que mi amigo y yo nos dirigiésemos hacia las vías del tren. Escuché unos pasos afuera y me di cuenta de que la puerta del copiloto estaba abierta. Mi amigo entró y cerró tras de sí.

—Ya podemos irnos, cuando quieras.

No sabía qué acababa de pasar, pero estaba demasiado confuso y asustado como para intentar averiguarlo. Arranqué el motor con mano temblorosa y aceleré como si quisiera atropellar a la noche. Sólo me relajé cuando por fin estuvimos en marcha, de vuelta a nuestros hogares. Allí podría hacer tantas preguntas como quisiera.

—¿Sabes? He estado pensando en la conversación que hemos tenido y he llegado a una conclusión.

Guardé silencio. No tenía ni idea de de qué me estaba hablando.

—A veces el tren te atropella sin más.
—¿Qué?

Me volví hacia mi amigo, desconcertado. Pero, cuando vi su mirada, aquella mirada, un intenso escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Aterrorizado, frené en seco e intenté abrir la puerta, pero estaba atrancada. Y entonces me di cuenta: me había detenido en mitad de las vías del tren. Intenté acelerar, pero el coche no se movió.
Aturdido, giré de nuevo la cabeza y otra vez me encontré con su mirada, aquella mirada, en la que no había humanidad, en la que no había nada. Una mirada muerta, vacía… Como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y lo recordé: era la mirada de la Vida. La misma mirada que pude ver aquel día años atrás en los ojos de aquel médico que diagnosticó mi enfermedad; la misma que meses más tarde me observaría postrado en aquella cama de hospital donde hube de permanecer durante el resto de mis días; la misma que ahora, en aquellas vías malditas de las que jamás pude escapar, dejaba salir su último tren.
Pero esta vez no aparté la vista. Ya no sentía miedo, ya no sentía confusión… Sólo Vida. Y la miré a los ojos. Pero en ellos sólo vi Muerte.

—¿Por qué?

Pero, cuando quise darme cuenta, una luz cegadora brilló a mi izquierda.
Y el golpe fue brutal.

16 may. 2013

Ghost walking


Nota: aunque inspirado por la canción de Lamb of God, el contenido de este escrito no tiene por qué corresponder con el de su homónima.


 Soy un fantasma que camina entre fantasmas, una sombra más oscura que la propia oscuridad, una muerte tan letal que ni la vida misma puede hacerme frente. Soy un fantasma que camina entre fantasmas.
En la vastedad de la noche, bajo la Luna resplandeciendo sobre la ciudad, camino entre sucias bolsas de plástico y malolientes contenedores de basura. Las calles están muertas y los edificios duermen. Las luces de las farolas titilan débiles, pero su brillo apenas es el reflejo de un ocaso prematuro.
Camino sigiloso, desapercibido entre los espíritus de la decadencia. Seres inconscientes y sin voluntad que bailan al son del tambor de la canción de la degeneración. Pom. Otro sorbo más. Pom. Bebida de reyes destronados, de dioses olvidados, de muertos que ríen y vivos que lloran su pérdida. Pom. Y se hace el silencio.
Camino sigiloso, desapercibido entre la decadencia de los espíritus. Otro más ha caído; otra víctima del veneno invisible del exceso, del amargo brebaje recorriendo sus venas como un virus erradicador. Me aproximo a él y me agacho junto a su cuerpo tumbado en el frío asfalto. Acerco mis labios a los suyos y expulso mi gélido vaho sobre su aliento alcoholizado. Incapaz de moverse, el adolescente cierra los ojos y su corazón toca un redoble estertor antes de detener la percusión. Pom.
Soy un fantasma que camina entre fantasmas. En la vastedad de la noche, bajo la Luna resplandeciendo sobre la ciudad, prosigo mi viaje entre sucias bolsas de plástico y malolientes contenedores de basura. Vuelvo la cabeza y echo un último vistazo al botellón. Mi nariz, asqueada, hace una mueca. El mundo apesta.

3 may. 2013

La lluvia siempre cae hacia abajo

El día que llueva hacia arriba saldré a la calle y bailaré sobre la lluvia.


Llueve. Y las gotas caen hacia el suelo. ¿Evidente? Es probable. Pero ¿y si cayeran hacia el cielo? ¿Y si las gotas de lluvia comenzaran de repente a salir de la tierra y ascender hacia las nubes? ¿Qué ocurriría entonces, lo habéis pensado?
Lo primero que yo me imagino es la sorpresa generalizada de la gente. Todos estarían totalmente desconcertados y el acontecimiento no cesaría de aparecer por activa y por pasiva en todas las cadenas de televisión; no sólo en los programas informativos, sino en cualquier mierda donde no tuviesen nada mejor de lo que hablar. Me atrevería a afirmar que incluso interrumpirían la programación habitual para ofrecer algún que otro especial. Algo así no se ve todos los días, ¿no?
Lo segundo en lo que he pensado es en que los paraguas ya no servirían para nada y las personas no tendrían, a priori, con qué protegerse de esta lluvia a la inversa. Eso supondría que muchos se quedarían en sus casas para evitar mojarse, por lo que en las calles apenas se vería un alma. Todos observarían maravillados la lluvia desde sus ventanas o a través del cristal de la televisión.
En tercer lugar, se me viene a la mente que, ante semejante acontecimiento, más de uno no podría evitar sentir miedo. Probablemente existiría una corriente de pensamiento más o menos extendida que creyera que se trataría del fin del mundo, y seguro que no faltarían tampoco los típicos pesimistas que parecen estar esperando la mínima ocasión de “peligro apocalíptico inminente” para suicidarse a la primera de cambio. También habría personas que aprovecharían la situación de desconcierto general para causar cuantos más caos y confusión mejor; éstos nunca fallan.
Y, por último, me imagino la pregunta que todo el mundo repetiría sin cesar en sus cerradas cabecitas: “¿Cómo es posible? Esto tiene que tener alguna explicación…” Porque todo en esta vida parece deber tener alguna explicación, es inconcebible que algo ocurra sin más o que alguien haga algo porque sí, ¿no? Siempre hay un motivo que lo justifica todo, y la gente no dejaría de buscarlo y de crear sus propias teorías e hipótesis mediante las que darían una justificación razonable y lógica de lo que estaría sucediendo. Algunos incluso las tomarían automáticamente por verdaderas, como si lo necesitaran para poder continuar con sus vidas.
Pero, siendo de verdad razonables y lógicos, ¿qué es exactamente lo que hay de razonable y lógico en el hecho de que la lluvia caiga hacia arriba? Nada. Porque, a diferencia de lo que el mundo pueda pensar, no todo en esta vida tiene o necesita una explicación. Hay cosas que, sencillamente, ocurren, a veces porque lo normal es que ocurran y otras… bueno, ¿quién sabe? ¿O es que acaso alguien podría saber por qué de repente empieza a llover hacia arriba?
Sin embargo, las personas son así. Rómpeles sus esquemas predefinidos y sus pequeñas mentes darán vueltas sin parar como ratitas desorientadas en un laberinto sin salida. Si una pieza no encaja en los monótonos puzles de sus vidas homogéneas e iterativas, todo su puzle se desarma entonces. A nadie se le ocurre pensar que quizá haya otros puzles distintos a los que ellos están acostumbrados o que la pieza, simplemente, no encaja en ninguno. No están preparados.
Y es que el mundo es así: un lugar en el que la gente se rige por la necesidad de que llueva hacia abajo, para poder coger sus paraguas y salir tranquilamente a la calle sin miedo a que las gotas de agua empiecen de repente y sin ningún motivo a caer hacia arriba y empapen de liberación sus pautas prefijadas.
Pero hay algo en lo que la gente no suele pensar, y es que, a veces, la lluvia también cae de lado.

29 abr. 2013

Mercado de valores


Una manzana puede alimentarte si está sana o enfermarte si está podrida.


—¡Dos euros! ¡Tres kilos de hipocresía por dos euros! ¡La tenemos en oferta, señora! ¡Llevésela, que me la quitan de las manos!
—¿Dos euros, dice? Dejámela en uno, anda, que estamos en crisis.
—Dos euros, señora. Más barata no puedo.
—Venga, dos euros y me pones cinco kilos.
—Me está pillando los dedos, señora. Mire, vamos a hacer una cosa: usted me da los dos euros y sus principios y yo le pongo seis kilos de hipocresía y, de regalo, otro más de vanidad, ¿qué me dice?
—Si te doy mis principios dejámelo todo por un euro, ¿no?
—No puedo, señora… Qué más quisiera yo, pero es que los principios ya casi no tienen valor. Si no, fíjese en los que hay ahí, de esta mañana todos; y esto se pudre enseguida… Así que, venga, dos euros y no hay más que hablar.

* * *

—Perdona, ¿la envidia a cómo la tienes?
—Pues la envidia la tengo baratica, baratica, a euro el kilo. Y es de la buena, oiga; mire, coja un poco.
—Sí, sí que parece buena, sí.
—Entonces no se hable más: un euro y es suya.

* * *

—¡Orgullo! ¡Tenemos orgullo fresquísimo, del día! ¡No se lo piensen y cómprenlo antes de que se nos acabe!
—Disculpe.
—Sí, dígame.
—¿Me pone cuatro kilos de orgullo y dos de rencor, por favor?
—Claro que sí, ahora mismo.
—Muchas gracias, ¿cuánto es?
—Cinco eurillos, nada más.
—Oiga, ¿le puedo pagar con amistad?
—Pues depende… ¿De cuántos años es?
—De unos cinco-seis años.
—Uf… A ver, déjame que piense… Uhm… Un poco de amor no tendrás también, ¿no?
—Algo tengo, sí.
—Entonces, venga, cuatro kilos de orgullo y dos de rencor a cambio de tu amor y tu amistad.
—Hecho.

* * *

—Perdone, ¿a cuánto está la generosidad?
—Generosidad no me queda, señora. Hace ya tiempo que dejaron de traernos, lo siento mucho.
—¿Y dignidad tampoco tienes?
—Pues voy a mirar, pero creo que… A ver… Uhm… No, no me queda nada, lo siento. Pero, si quiere, mire, aquí tengo avaricia de sobra y muy barata. O egoísmo, que últimamente se vende como churros. También hay desprecio, codicia… Eche un vistazo a ver qué le gusta.
—Es que, no sé, no me llama la atención nada… Sinceridad no te queda tampoco, ¿verdad?
—De eso es que ya no se produce…
—¿Ni bondad?
—Mire, señora, esas cosas ya no se venden… No las compra nadie y al final se acaban pudriendo. Si quiere, puede usted buscar en otro sitio, pero ya le digo que no las va a encontrar.

25 abr. 2013

El calor de un "Te quiero"


El amor es la llama de la vela que ilumina nuestros corazones. Cuando salta la chispa, la cerilla prende y con ella se enciende el fuego dador de la calidez que con tanta desesperación anhelan nuestras mentes. Pero, al igual que todo buen fuego, la llama del amor también puede quemar.
Y las quemaduras, no importa cuán leves sean o qué las produzca, siempre resultan dolorosas. ¿O es que acaso no apartamos nuestro dedo cuando sentimos el calor demasiado cerca de la yema? El fuego siempre va acompañado del miedo, el temor inevitable de acabar sufriendo una mala quemadura.
Y, sin embargo, lo encendemos, porque en el fondo sabemos que lo necesitamos. El fuego nos calienta cuando hace frío y nos alimenta cuando estamos hambrientos; el fuego nos sirve para incinerar nuestro pasado, pero también para alumbrar nuestro futuro. Y el amor es la llama de la vida.
Pero la llama, a veces, nos quema. Pues no todas las cerillas pueden prender ni todas las velas sirven para iluminar. A veces intentamos hacer saltar la chispa y, antes de que nos demos cuenta, es la chispa la que nos ha saltado a nosotros. Y a veces queremos llevar luz a nuestros corazones y, cegados por su deslumbrante brillo, no vemos que, donde antes había una reluciente llama, ahora no queda más que cera derretida.
Y nos quemamos. Porque en eso básicamente consiste el fuego: en quemar. El fuego abrasa indomable nuestras entrañas mientras el frío, en una sutil y destructiva paradoja de la vida, comienza a invadir todo nuestro cuerpo. Es entonces cuando buscamos otra llama capaz de aplacarlo. Porque, aunque tengamos mantas con las que taparnos y chaquetas con las que abrigarnos, al final nada nos brinda más calor que un “Te quiero”.

23 abr. 2013

Y por tu amor muero


Soy un hombre normal y corriente con una vida plena y feliz. Tengo una educación que me ha permitido evolucionar como individuo, un trabajo que me aporta los ingresos suficientes para vivir con cierto desahogo, un apartamento en alquiler que me ofrece la libertad necesaria para luchar por mi sueño y una chica estupenda a mi lado con quien me estoy planteando comenzar una relación seria.
Gracias a la educación que he recibido, he logrado desarrollar los ideales de vida y la visión del mundo que me han convertido en quien soy ahora. Me siento libre, sin ataduras que encadenen mi mente ni obstáculos que entorpezcan mi camino. Por primera vez en muchos años tengo la certeza de que por fin empiezo a ser yo mismo.
Gracias a mi empleo, en el que acaban de renovarme el contrato, puedo permitirme la vida que llevo: con mi sueldo pago el alquiler, las facturas y los gastos cotidianos, y aún me sobra dinero, haciendo, eso sí, algún que otro malabarismo económico, para costearme un curso de interpretación.
Gracias a mi apartamento puedo disfrutar de mi propio rinconcito de paz y tranquilidad donde trabajar mis capacidades interpretativas y recrearme con los placeres de la vida en soledad. La enorme libertad que el vivir solo me ha proporcionado es, probablemente, la mejor sensación que jamás he podido experimentar.
Gracias a la chica con la que llevo semanas compartiendo tantos momentos maravillosos, he recuperado la fe en el amor y he vuelto a creer en la felicidad que sólo una pareja puede darme. Después de muchos traspiés amorosos, ahora puedo decir casi con total seguridad que la suerte por fin se ha puesto de mi lado.
Y es que la vida, sin duda, me ha mostrado su sonrisa más agradable.

Dos años más tarde, las cosas han cambiado para mejor. Sigo viviendo en mi pequeño apartamento, pero ahora lo comparto con mi novia. La relación marchaba como nunca y cada vez pasábamos más tiempo juntos, así que sólo era cuestión de tiempo que al fin nos decidiéramos a dar ese importante paso.
El curso de interpretación, como imaginaréis, lo he tenido que dejar, pues, aunque tanto mi novia como yo trabajamos y eso supone más dinero, también los gastos que tenemos son mayores. Además, ese curso me quitaba bastante de mi tiempo con ella; ya sabéis lo que dicen: quien algo quiere, algo le cuesta.
Y yo a mi novia la quiero mucho. Tanto es así que, tres años después, he decidido pedirle matrimonio. Nos acabamos de mudar a un apartamento más grande, acorde a nuestra nueva vida en pareja, así que ¿qué mejor momento que éste? Además, con nuestros nuevos trabajos obtenemos mayores ingresos y, aunque la mayoría se nos va en gastos, hemos conseguido ahorrar una cantidad que debería ser suficiente para pagar la boda.
De mis antiguos sueños e ideales de vida ya no queda nada. Mi visión del mundo ha cambiado radicalmente desde entonces, y es que las personas nunca dejamos de transformarnos a lo largo de nuestras existencias. En ocasiones, incluso sin darnos cuenta. Pero la vida es así: para que algo nuevo nazca, algo viejo debe morir. Lo que a la hora de la verdad importa es que el cambio merezca la pena, y yo sé que el amor de mi pareja merece todos los cambios que sean necesarios.
En fin, ¿qué más puedo decir? Cuando nos conocimos, mi futura esposa y yo teníamos cada uno nuestros sueños y aspiraciones, pero con el tiempo nos hemos dado cuenta de que nuestro único sueño, nuestra única aspiración, es estar juntos. Ahora los dos somos un solo ser; no existen el ni el yo, sólo el nosotros. Porque ahora soy un hombre enamorado. Y, por el amor de mi pareja, yo muero.

18 abr. 2013

Las lágrimas del corazón


Hay veces que queremos llorar y, por mucho que lo intentamos, no lo conseguimos. La razón por la que esto ocurre es muy sencilla: nuestro corazón ya está llorando por nosotros. ¿Qué sentido tiene llenar nuestros ojos de lágrimas cuando nuestras venas ya están colmadas de ellas?
Hay veces que cada latido de nuestro corazón es como una puñalada que escinde nuestras venas y pugna por atravesar nuestros ojos e inundar nuestros rostros con las amargas lagunas de la desolación. Pero ¿qué sentido tiene verter nuestras lágrimas cuando la sangre ya ha sido derramada?
Hay veces que nuestro corazón necesita llorar y nosotros queremos ayudarle, pero no podemos. Y es que hay heridas que nuestro corazón necesita seguir llorando, pero que nosotros, sencillamente, ya lo hemos hecho demasiado. Cuando eso ocurre, lo mejor es darle tiempo a nuestro corazón, dejarlo solo para que pueda desahogarse por sí mismo, porque ¿qué sentido tiene abrir una herida que para nosotros ya está cerrada? Las lágrimas del corazón, del corazón son.

16 abr. 2013

Una bola de fuego en una botella rota


Una bola de fuego dormita inmóvil en el interior de una botella rota. De repente, una violenta ráfaga de aire se levanta, haciendo oscilar a la botella, y la bola de fuego, sobresaltada, comienza a arder con fuerza.
La botella intenta reprimirla, pero sus paredes resquebrajadas crujen impotentes. La bola de fuego crece imparable, su calor intensificándose inexorablemente; anhela escapar de su celda y la botella rota a duras penas logra ya contenerla.
Finalmente, la bola de fuego, en un furioso estallido de luz y calor, hace añicos la prisión de cristal que durante tanto tiempo la ha confinado y por doquier esparce su furia desatada, creando a su alrededor un Infierno de destrucción y caos.

14 abr. 2013

Adalides de la soledad


Las relaciones humanas son cada vez menos humanas.


Somos guerreros adalides de la soledad. Luchamos con nuestras espadas en honor a nuestra diosa y defendemos con nuestros escudos sus ideales destructores.
Somos guerreros adalides de la soledad. Degollamos sin piedad los cuellos de nuestros enemigos y los despojamos sin contemplaciones de sus vidas vacías.
Somos guerreros adalides de la soledad. Nuestra bandera ondea solemne bajo el cielo escarlata de vuestro ocaso sempiterno, sobre la tierra devastada de vuestros corazones largo tiempo cautivos.

En esta era de decadencia social y muerte personal, no queda luz para quienes viven recluidos entre las sombras de su lúgubre prisión tecnológica. Somos guerreros adalides de la soledad.

8 abr. 2013

Sesenta y nueve


El sesenta y nueve es un número bastante simbólico debido a sus más que conocidas connotaciones sexuales, pero, si nos paramos a pensar más detenidamente en él, ¿qué es exactamente el sesenta y nueve?
El sesenta y nueve es, por un lado, un número compuesto por dos cifras, el seis y el nueve, ambas múltiplos de tres. Tres multiplicado por dos da seis y tres multiplicado por tres da nueve. Y, si multiplicamos tres por trece, el resultado es sesenta y nueve. Nueve menos seis es igual a tres. Tres. El sesenta y nueve lleva en cada curva de su perfil la esencia del número tres.
Por otro lado, el sesenta y nueve es el número que se utiliza para designar el sexo oral mutuo entre dos personas —y no tres. Esto se debe a que su representación gráfica, 69, se asemeja bastante a la posición de los dos amantes al practicarlo. Sin embargo, el sesenta y nueve es, como ya he dicho antes, un número ligado al tres, y no al dos. Así que, reflexionando sobre esto, he llegado a una conclusión: entre todo este simbolismo sexual falta algo, un número, un elemento.
Algunos podrían decir que el elemento que falta es el amor, pero el amor no sólo no tiene por qué estar necesariamente ligado a la práctica del sesenta y nueve, sino que me atrevería a afirmar que en muchos casos realmente no lo está.
No, el elemento que falta es algo más físico, algo que, quizá por su evidencia, resulte fácil de obviar: el placer. Porque, al fin y al cabo, el objetivo del sesenta y nueve como práctica amorosa no es otro que dar y recibir placer o satisfacción sexual. En otras palabras, el número tres.
Por tanto, ante la cuestión de qué es exactamente el sesenta y nueve, podríamos afirmar que el sesenta y nueve es un número formado por dos cifras gráficamente iguales, aunque de perspectivas diferentes, que se enlazan en busca de una satisfacción recíproca y compartida. En definitiva, y aunque pueda resultar bastante paradójico, el sesenta y nueve no es más que la representación gráfica de lo que comúnmente denominamos “amor”.
Pero yendo aún más lejos, fuera del terreno amoroso-sexual, el sesenta y nueve, por naturaleza, no es más que el símbolo de la vida misma. Porque ¿qué es el sesenta y nueve? Son dos cifras que, ya sea solas o acompañadas, nunca dejan de compartir un elemento que las hace comunes: el tres, el placer de vivir. Pues para disfrutar de la vida no es necesario el sesenta y nueve; basta con recordar que, así como el tres siempre está presente en la esencia misma de cada seis y de cada nueve, la capacidad para encontrar la satisfacción en nuestras vidas constituye hasta el mismo momento de nuestra muerte una parte inherente de cada uno de nosotros.

4 abr. 2013

Futuro negro


Escrito complementario de Sueños de desesperanza.

He visto mi futuro, un futuro negro.

Estaba tumbado en mi viejo y destartalado sofá con mi viejo y destartalado portátil sobre las piernas. Mi mano derecha se dejaba caer sin fuerzas hacia el suelo, sosteniendo láguidamente entre los dedos un Jeam Bean medio vacío, mientras la zurda aferraba con persistencia mi frente, temiendo que explotara de un momento a otro. Me llevé la botella a la boca y empecé a escribir con pesadez.
“Era una nubosa noche de tormenta en la que el infernal estallido de los relámpagos quebraba por momentos la perfecta oscuridad que sumía a la ciudad.”
Hacía bastante tiempo que no salía al mundo exterior. Yo prefería vivir en el mío rodeado de soledad, monotonía y decadencia. Era un mundo ruinoso y sombrío, sin lujos y con pocas comodidades, pero para ir al Infierno no hace falta limusina.
“Las gotas de lluvia golpeaban el cristal de la ventana con tanta energía que parecía que se hubieran puesto todas de acuerdo para intentar atravesarlo.”
Salpicado por las inclemencias de la vida, la mía acabó hundiéndose aquel gélido día de noviembre, hace ya muchos años. Después de aquello, era natural que tarde o temprano acabara donde estoy ahora; tan sólo debía permanecer quieto y dejarme arrastrar por la corriente.
“Cansado y apático, me levanté y miré al exterior sin lograr ver nada. Había demasiada oscuridad fuera.”
No sé en qué momento se transformó mi mundo de sueños e ilusiones en esta desesperanzadora pesadilla sin fin, ni cuándo decidí tirar la toalla o por qué dejé de creer en mí. Sólo sé que nada de eso importa ahora, pues lo que he visto, al fin y al cabo, no es más que el reflejo indefinido de un miedo débil e infundado.
Porque mi futuro será negro, de eso no me cabe ninguna duda, pero negro no significa necesariamente malo.

2 abr. 2013

Sueños de desesperanza


Escrito complementario de Futuro negro.



Era una nubosa noche de tormenta en la que el infernal estallido de los relámpagos quebraba por momentos la perfecta oscuridad que sumía a la ciudad. Las gotas de lluvia golpeaban el cristal de la ventana con tanta energía que parecía que se hubiesen puesto todas de acuerdo para intentar atravesarlo. Cansado y apático, me levanté y miré al exterior sin lograr ver nada. Había demasiada oscuridad fuera.
Suspiré abatido y cerré los ojos mientras tomaba otro trago de la vieja botella que sostenía entre los dedos. Me pasé la mano por la cara, guiándola hacia mis párpados, y volví a observar la tempestad. No sabía si era la nostalgía haciéndome una de sus cada vez más habituales visitas o que se me estaba pasando el efecto de la coca, quizá ambas cosas, pero en ese momento una lágrima escurridiza resbaló por mi cara, salpicando con suavidad el frío vidrio de la botella casi consumida.
Me sequé el rostro humedecido con un golpe de muñeca y fijé mi mirada en el vaho que se formaba sobre el cristal deslustrado de la ventana. Alcé el brazo con pesada dificultad y, con la torpeza que sólo un borracho acabado podía exhibir, dibujé una palabra sobre la tormenta. FAILURE. ‘Fracaso’. Porque eso era mi vida, un fracaso.
Una segunda lágrima se escurrió entre mis dedos ahora temblorosos y mi mano pálida se dirigió en acto reflejo al maltrecho estómago. Una arcada subió hasta mi garganta y, tambaleante, me apresuré como pude al cuarto de baño. Hinqué las rodillas en el suelo y agaché la cabeza sobre la taza del váter segundos antes de que una masa repulsiva escapase de mi cuerpo derrotado por el alcohol y las drogas.
Cuando creí haber terminado de expulsar toda la mierda que saturaba mis entrañas, me puse en pie y me volví hasta quedar enfrentado a la espectral figura que me observaba con decepción profunda desde el espejo. No sabía en qué momento, desde que la arcada ascendió por mi garganta hasta que vertí toda mi desgracia en el váter, había ocurrido, pero, en algún punto del tortuoso trayecto, la tempestad había estallado también en mi interior, regando mi rostro con desolación y muerte.
Aquel llanto incontenible no era más que la culminación del viaje al Averno que había emprendido hacía muchos años. Por aquel entonces ya me preguntaba hasta cuándo sería capaz de seguir remando río arriba y si no desfallecería en el intento, abandonándome a la corriente que tarde o temprano habría de arrastrarme hacia las profundidades de mi propio océano infernal.
Pero ahora, inclinado sobre el lavabo, con los ojos encharcados en lágrimas, la boca embadurnada de vómito y una botella de whisky dilapidando los últimos restos de mi existencia, no tuve la menor duda: nunca fui capaz.
En ese momento una visión dolorosa y temible asaltó mi mente: una mano trémula, regada por la amargura, sostenía con débil convicción el filo de la cuchilla que acababa de profanar la piel empalidecida de un brazo tatuado por la muerte. Los sanguinarios sabuesos del Infierno habían sido liberados finalmente de sus jaulas para recoger los minúsculos pedazos que aún quedaban de su presa moribunda.
Había escrito acerca de la decadencia en numerosas ocasiones, pero jamás había tenido ocasión de experimentarla como durante aquellos largos minutos de agónica perdición. El charco de sangre se extendía cada vez más, el vómito no tardó en acompañarlo y las lágrimas nunca habían dejado de hacerlo. Mi cruel destino había venido al fin a por mí y todos los esperanzadores sueños por los que un día luché habían acabado por diluirse definitivamente en un turbulento y deprimente océano de dolor y desesperanza.

15 mar. 2013

Día Internacional


“Vida mía, cielo, tesoro, amor, ¿te he dicho alguna vez cuantísimo te quiero, te amo y te adoro?” “Sí, muchas, pero nunca me cansaré de oírlo”, responde ella con ternura. “Eso espero, porque jamás dejaré de sentirlo… Eres mi vida entera, mi todo; eres cada uno de los latidos de mi corazón, la razón y la sinrazón de mis pensamientos… Eres el aire que me hace respirar cada día, a cada hora; cada segundo de mi vida cobra sentido sólo porque tú estás en ella. Te quiero con toda mi alma y con todo mi corazón, cariño mío.”
“Y te dejo ya, ¿vale?, que mi novia me está esperando para celebrar San Valentín. Voy a regalarle un peluche, que es algo que siempre queda bien, y una rosa, como no podía ser de otro modo. Además, la llevaré a cenar a algún sitio romántico y, por la noche, a un hotelillo con encanto donde podremos manifestarnos nuestro amor sin ataduras. Pero no te preocupes, vída mía, cielo, tesoro, tú sabes que lo que siento por ti es sincero y que esto de San Valentín sólo es un día.”
Sólo es un día. Un día especial, para demostrar. Para demostrar ¿qué?, os preguntaréis. Nuestros sentimientos, os respondo yo. Porque, cuando albergas un sentimiento en tu interior, sea del tipo que sea, debes demostrarlo. Y ése es justamente el objetivo de todas esas fechas señaladas —con rojo o no— a lo largo del año en nuestro calendario.
Como el Día de la Madre, por ejemplo. Porque madre no hay más que una, porque nos dio la vida, nos crió y nos educó, y porque ella siempre está a nuestro lado y con nosotros permanecerá en todo momento, cada día de su vida. Y nosotros, por supuesto, se lo agradecemos, porque apreciamos sinceramente, de corazón, todo lo que nuestra madre ha hecho por nosotros durante todos y cada uno de los días de su vida. Y nosotros, por supuesto, se lo agradecemos.
Un día al año.
Y es que es normal sentir un profundo agradecimiento hacia las mujeres, porque ¿qué sería del mundo sin ellas? Las mujeres son un pilar fundamental de la sociedad, así que debemos darles las gracias por todo cuanto han hecho y hacen continuamente por nosotros. Y ¿qué mejor modo de agradecérselo que estableciendo el Día Internacional de los Derechos de la Mujer? Porque los miembros viriles del capitalismo son perfectamente conscientes de que la mujer merece gozar de los mismos derechos y oportunidades que los hombres, y así lo demuestran.
Un día al año.
Algo parecido sucede en el caso de las personas con Alzheimer o con Síndrome de Down, por poner un par de ejemplos. Personas que en algún momento de sus vidas han adquirido una enfermedad intratable o personas que, por la lotería de la genética, han nacido con una discapacidad con la que van a tener que convivir el resto de sus días; personas que, no obstante, son tan importantes para esta sociedad y merecen ser tomadas tan en consideración como cualquier otra. Y así se lo demostramos nosotros.
Un puto día al año.
Porque así somos las personas. Llega el día de San Valentín y todo es amor, aunque al día siguiente ni te acuerdes de por qué te enamoraste de tu pareja. Llega el Día de la Madre y todo son agradecimientos, aunque al día siguiente ni te acuerdes de quién te está ayudando con ese problema que tanto te agobia. Llega el Día Internacional de los Derechos de la Mujer y todo son reivindicaciones, aunque al día siguiente ni te acuerdes de que tu compañera de trabajo cobra la mitad que tú. Llega el Día Internacional contra el Síndrome de Down y todo son buenas voluntades, aunque al día siguiente ni te acuerdes de que tu vecino, con Síndrome de Down, ya ni te saluda por tal de evitar tu mirada de menosprecio.
Así que, por todo esto y mucho más, a mí me gustaría proponer humildemente desde aquí la celebración del Día Internacional de la Hipocresía. Porque así somos las personas. Porque nos lo merecemos. Y porque a lo mejor así dejamos de ser hipócritas los otros 364 días del año.