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25 dic. 2012

La correspondencia de Platón


Estimado/a amigo/a,

me llamo Platón y no, no soy el de la caverna. El de la caverna murió hace mucho tiempo y yo nací hace poco. Además, no soy filósofo ni nada que pueda parecérsele en lo más mínimo. Sólo soy un chico normal y corriente que escribe cartas y las envía. ¿A quién? Bueno, no quiero ser descortés, pero ¿no habéis oído nunca eso de que la correspondencia es privada? Pues eso.
El caso es que escribo muchas cartas. Una al día, para ser más exacto. Pero nunca recibo respuesta. Y miro el buzón cada mañana, pero o está vacío o sólo hay propaganda. Y por eso ahora os escribo ésta a vosotros, quienesquiera que seáis sus lectores; porque quiero desahogarme.
Más que querer, lo necesito. Escribir cada día una carta que sabes que no va a ser contestada es un tanto frustrante. MUY frustrante, de hecho. Sí, vale, la solución es obvia: dejar de escribir cartas. Pero no es tan fácil hacerlo como decirlo. No puedo evitarlo, y creedme cuando os digo que lo he intentado.
Me tomaréis por loco, quizá, o tal vez por idiota, pero es la verdad. No sé muy bien por qué, pero todos los días siento la necesidad de escribir una nueva carta hablando sobre las mismas cosas que ya conté el día anterior. Y una vez enviada no puedo dejar de pensar en ella. Incluso cuando duermo sueño con la carta.
Pensaréis que mi vida es un poco triste y probablemente lo sea, no os lo voy a negar, pero no sé qué hacer… Ya he intentado acabar con esto muchas veces y nunca lo consigo. Así que ¿qué remedio?, a seguir enviando cartas… Es lo que toca.
Y esto es todo. Muchas gracias por vuestra atención,
Platón.


* * *


Estimada Desconocida,

te quiero.

Sinceramente tuyo,
Platón.

12 dic. 2012

Ayúdame a morir entre gritos de dolor


Contenido explícito


Oscuridad y silencio. Estaba en una sala ovalada y sin luces, con la única compañía de mi respiración acompasada. Tenía los ojos vendados, el cuerpo completamente desnudo y los pies y las manos atados a una plataforma circular en posición vertical. Llevaba ya un buen rato esperándola.
Exhalé un tedioso suspiro y levanté la cabeza. Alguien se aproximaba por el pasillo. Abrió la única puerta de la estancia.

—Bien, ¿estás preparado?
—Lo que estoy es aburrido… ¿Dónde te has metido?
—Lo siento, he tenido que dar un rodeo… Pero ya estoy aquí con todas las herramientas. A ver, ¿te parece si empiezo por algo simple?
—Como tú veas.

Escuché varios ruidos metálicos no muy lejos de donde estaba. La mujer dejó algún tipo de receptáculo pesado en una mesa y se acercó. Algo se arrastraba junto a ella. Noté cómo lo levantaba del suelo y oí lo que parecía el chasquido de un látigo. Rozó con él mis costillas.
Volvió a golpear en el mismo punto con más fuerza. Y una vez más. Y otra vez. Y otra. Pronto un líquido empezó a emanar de la herida. Un delgado hilo de sangre cayó por mi costado y bajó por los muslos hasta llegar a los pies. La joven siguió maltratando la herida durante un par de minutos más y paró.

—¿Nada?

Negué con la cabeza.

—Está bien, pasemos a otra cosa.

Soltó el látigo y buscó entre sus herramientas alguna que pudiera serle de utilidad. Escuché más sonidos metálicos y entonces silencio. Se lo pensó durante varios segundos antes de decidirse. Caminó hacia mí y se apoyó contra la plataforma metálica. Dejó al lado un objeto que, por cómo sonaba, parecía bastante robusto.
Tomó mi mano y acarició mi dedo índice. Lo agarró y tiró de él con fuerza hacia arriba hasta quebrar el hueso. Repitió el proceso con el dedo corazón, pero esta vez con más saña. Lo movió en círculos sobre sí mismo y lo estrujó contra la mano. El dedo quedó completamente suelto.

—¿Ni una pizca?
—En absoluto.
—Bien… Eres más difícil de lo que pensaba.

Asió el utensilio que había colocado en el suelo y se alejó un par de pasos de mí. Se giró e inspiró una profunda bocanada de aire. Pasaron unos segundos antes de que el pesado objeto se desplomara con violencia sobre mi rodilla izquierda. Toda la plataforma tembló. Y aún seguía vibrando cuando otro brutal martillazo hizo astillas lo que aún quedaba de mi articulación.

—¿Algo?
—Tendrás que esforzarte más…
—Oye, antes de dejar el mazo… Tampoco puedes excitarte, ¿verdad?
—No.
—Qué pena…

Arrojó el martillo junto a la pared y fue directa hacia la mesa. Extrajo algo de su maletín y lo conectó a un enchufe de la pared. Volvió sobre sus pasos y siguió buscando más instrumentos. Cuando terminó se aproximó hacia mí y dejó caer varios útiles al suelo.

—Hoy es tu día de suerte, chaval. Vas a volver a casa depiladito y guapo…

Se agachó frente a mí y colocó una especie de tira pegajosa y caliente sobre el vello de mis testículos. Apretó con delicadeza y tiró con brusquedad. Tras comprobar que tampoco esto surtía efecto, cogió unas tijeras del suelo y sujetó mi pene con su mano libre.

—Sería bastante más divertido con una erección…
—Lo siento…
—Bueno…

Apartó el escroto con los dedos y lo seccionó con las tijeras. Las dejó y arrancó de un tirón la piel suelta. Acarició la punta del falo con los dedos mientras insertaba la punta de una púa oxidada. Aferró con fueza mi miembro y le asestó un martillazo a la púa y otro a los testículos.

—Macho, esto suele funcionar…
—Ya te dije que sería complicado.
—Está bien… Habrá que ser más dura.

Regresó a la pared donde había enchufado el aparato y comprobó que funcionaba. Un disco de acero giró a gran velocidad entre sus manos. Se detuvo el sonido y varios pasos se acercaron. Volví a escuchar el mismo ruido chirriante, mucho más cerca esta vez.
Y comenzó a cortar mi brazo por la mitad. La rueda metálica cercenaba huesos, músculos y venas a su paso. Llegó hasta el codo y paró. Cambió de lado e hizo lo mismo en el brazo izquierdo.

—¿Qué me dices?
—Que al final moriré sin dolor…
—Aún no he acabado.

Volvió a hacer girar la rueda y cortó con cuidado la piel que cubría mi pecho. Se desprendió de la herramienta y buscó varias más en su caja. Las tiró al suelo y asió con fuerza la carne sesgada de mi torso. Me despellejó dejando todos los músculos al descubierto.

—Estoy empezando a perder demasiada sangre. No sé cuánto tiempo más aguantaré con vida…
—No me presiones, anda… Hago lo que puedo.

Destapó una botella de alcohol sanitario y la comprimió para hacer salir un chorro a presión. Regó con él mi busto desollado hasta que el recipiente quedó vacío. Me dio varias palmaditas en el pecho.

—¿Qué? ¿Escuece, campeón?
—Ni un poquito…
—Entonces bebe esto. Es ácido. Quemará tus órganos internos mientras yo termino por fuera. Si tampoco así sientes dolor, lo siento mucho… Es todo cuanto puedo hacer.
—Te agradezco el esfuerzo…

Me hizo tragar un bote entero de ácido y fue a por la última herramienta. La conectó también a un enchufe y la activó. Sonaba como un taladro. Se acercó y lo colocó frente a mi ojo derecho. Lo hizo girar y penetró hasta alcanzar el cráneo. Lo perforó y trepanó el cerebro.
Extrajo el taladro con cuidado y lo situó de lado sobre los músculos descubiertos de mi torso. La broca rotó de nuevo mientras los minúsculos fragmentos de carne descuartizada salpicaban mi rostro. En mi interior mis órganos comenzaron a deshacerse. Sentí una arcada en el pecho, mi última expresión de vida. Estaba a punto de morir sin haber conocido el dolor, la alegría, la ira; las emociones… Estaba a punto de morir como un pelele vacío y sin sentimientos… Estaba a punto de morir sin haber experimentado jamás lo que es la vida.
La masa de vísceras ascendió por mi garganta. Una intensa sensación recorrió todo mi cuerpo, haciendo encoger mi corazón moribundo en una violenta contracción. Estaba a punto de morir sin haber experimentado jamás lo que es la vida… Y una lágrima solitaria escapó entonces por el único ojo que aún me quedaba.

—Grac…

4 dic. 2012

Los latidos de la Muerte



—Quiero entregarte esta moneda como símbolo de mi amor.

Acepté la moneda con una sonrisa y nuestros labios se acariciaron bajo las sombras de la noche muerta. Miré sus ojos ensangrentados. Una sutil pincelada escarlata se deslizaba por sus mejillas pálidas hasta la comisura de la boca. Alcé mi mano temblorosa y rocé su cuello mutilado.

—Te quiero…
—Y yo te quiero a ti, princesa… Más que a nada en la vida y más allá de la muerte…

Volví a besarlo. Éramos dos formas de vida absurdas y macabras condenadas a vagar en soledad en este mundo donde no le importábamos a nadie. Pero ahora, al fin, nos teníamos el uno al otro. Yo había pasado muchos años observándolo a escondidas, anhelando su amor entre las penumbras del silencio, pero él nunca se había fijado en mí.
Hasta hacía sólo unos pocos meses, en una lúgubre tarde de otoño. El Sol ya había caído y una oscura tormenta amenazaba desde el horizonte plomizo. Yo estaba apoyada en el tronco de un árbol marchito cuando él se acercó y se sentó a mi lado. Hablamos toda la noche y al día siguiente quedamos a la misma hora en el mismo lugar.
Y así empezamos a conocernos, atardecer tras atardecer, noche tras noche. Cada día compartíamos un pedacito más de nuestros corazones taciturnos hasta que él, poco a poco, fue enamorándose de mí. Y así el amor que le profesaba desde hacía tantos años comenzó a surgir también en su interior.

—Nunca me dejes sola, cielo…
—No lo haré, princesa… Te quiero y siempre estaré a tu lado.

Rodeé su cuerpo pútrido con mis brazos demacrados. Notaba los huesos quebrantados de sus costillas desgarrando los restos consumidos de las mías, el frío de su piel infecta invadiendo la mía corrompida. Aferrada a su cadavérica cintura, estrechada entre sus músculos descompuestos, sentí como mi corazón vacío se llenaba otra vez de vida. “Te quiero”, pensé.

—Te quiero, princesa…

Esa noche hicimos el amor por primera vez. Y amanecimos juntos bajo un manto de nubes negras. Llovía. Y una bruma densa ensombrecía el mundo. Yo sonreía feliz, acurrucada a su lado, abrazada a su cadáver aún dormido. Miré al cielo. Un relámpago hendió el alba azabache y un ensordecedor trueno rompió el repique continuo del agua al caer.
Y en ese momento una voz cruel atravesó la niebla.

—Ji, ji, ji… Buenos días, jovencita, vengo a por mi moneda.

Exaltada, me incorporé tan rápido como pude. Cogí la moneda y la sujeté con las escasas fuerzas que me permitieron mis manos macilentas.

—¡Busca otra moneda, ésta es mía!
—Ji, ji… No te resistas, chiquilla…

La anciana alzó la mano y susurró varias palabras ininteligibles. La moneda se desvaneció de entre mis dedos y se materializó en su palma abierta.

—¡Devuélvemela! ¡Esa moneda me la ha regalado él, es mía!
—Ji, ji… Lo sé, el símbolo de vuestro amor… Ji, ji, ji… ¿Y no te has parado a pensar en por qué lo es, en quién puso esa moneda embrujada en su bolsillo el día que os conocisteis?

Mi boca se abrió de par en par. La mandíbula me tembló al hablar.

—No… No es verdad…
—Ji, ji, ji… Sí, cariño… Los trucos sucios del amor… En cuanto rompa esta moneda él no recordará nada… Despertará aquí totalmente perdido y tú no serás más que una completa desconocida.
—¡No! No lo hagas, no la rompas… Por favor, no…

Empecé a llorar. Lágrimas de rabia, dolor e impotencia resbalaron por mis mejillas muertas.

—Ji, ji, ji…

La anciana chasqueó los dedos y él despertó sobresaltado. La miró y ella le mostró la moneda.

—¿Qué hace esa mujer con…?

Giró la cabeza hacia mí y vio mi rostro cubierto por las lágrimas.

—Princesa, ¿qué te ocurre?
—P-por favor… No lo hagas…

Mi voz apenas era un susurro apagado.

—Ji, ji, ji…

Un crujido sordo sonó entre los dedos de la vieja hechicera. Dirigí mi mirada hacia él. Parecía confuso.

—¿Dónde…? ¿Qué demonios…?

Me observó y volvió su rostro hacia la bruja.

—Ji, ji, ji… Ha sido una noche larga, muchacho, pero todo está bien ahora. Todo ha vuelto a la normalidad. Puedes irte si quieres.

Volvió a dirigirnos una mirada desorientada y se levantó para marcharse. Lo contemplé alejarse tras un torrente de lágrimas por aquel océano de niebla y rompí a llorar entre gemidos de dolor y desesperación.

—Ji, ji, ji…

La bruja se disipó entre la bruma. La vi desaparecer y desgarré las tinieblas con un alarido de dolor. Lágrimas de impotencia asaltaron de nuevo mis ojos abatidos. Arranqué mi corazón del pecho y lo arrojé con rabia al suelo. Me derrumbé sobre mis rodillas desvencijadas. Y mi corazón putrefacto comenzó a palpitar. Pum, pum… Un sonido seco. Pum, pum… Sobre el suelo frío. Pum, pum… Los latidos de la Muerte.