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18 nov. 2012

Sirenas de la decadencia


Camino por la calle con paso firme. Llevo una maleta en una mano y la otra en el bolsillo. Un traje pulcro, recién comprado, con una corbata de estreno. El mundo entero está bajo mis pies. Tengo todo lo que quiero y aún más de lo que jamás podría llegar a querer. Y es poco. Si algo me llama la atención, ten por seguro que será mío.
Subo los escalones de mi empresa. Todo el mundo me saluda, soy el jefe. Pero yo sé que por dentro me odian. Y lo entiendo. Entiendo su envidia: he llegado mucho más lejos de lo que ellos nunca llegarán. Tomo el ascensor y entro a mi oficina. Cierro la puerta con llave.

—Buenos días, jefe. ¿Ha pasado buena noche?
—Como me pone que me llames jefe…

Mi secretaria me mira con lascivia. Suelto la maleta y me acerco. Tomo sus nalgas entre mis manos y la beso con lujuria. Ella agarra mis muñecas y las suelta con vigor; odia que la dominen. Y eso me pone muy cachondo. Me empuja hasta el sofá del despacho.
Nos desvestimos con pasión y empezamos a hacer el amor. Me besa con sus finos labios y muerde efusivamente los míos. Mis fuerzan comienzan a flaquear y noto una ligera sensación de mareo. Ella sigue besándome con su boca seductora mientras sus caderas se mueven acompasadamente sobre las mías.
Me siento cada vez más débil. Acelera el ritmo. Sus labios son ahora un arrebato de pasión que arrebatan mi pasión. Con cada beso, un pedacito de mi interior parece evaporarse y huir a través de mi garganta. El oxígeno apenas llega a mis pulmones, no puedo respirar.
Culmino. Mi secretaria despega sus labios de los míos. Su movimiento es ahora lento, pausado. El aire vuelve a entrar en mi cuerpo y empiezo a sentirme mejor. Poco a poco voy recuperando las fuerzas.

—Me dejas sin aliento, pequeña…
—Lo sé, jefe.

Ah… Codicia. Mi primera amante, mi preferida. No sé muy bien cómo logró hacerlo, pero me embaucó hace ya muchos años. Su dulce canto me atrajo sin remedio y, una vez hube probado su sabor, me convertí en esclavo de sus besos. Me enganché. Es como una adicción, igual que todas las demás. Avaricia, Prepotencia, Vanidad… Son sólo algunos de sus nombres.

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