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30 nov. 2012

¿Quién detendrá mi caída?


¿Quién detendrá mi caída cuando ya no quede nada? ¿Quién detendrá mi caída cuando nadie esté ahí para salvarme? ¿Quién detendrá mi caída cuando sólo el suelo pueda frenarme? ¿Quién detendrá mi caída cuando mis restos reposen esparcidos por la fría superficie de un abismo sin fondo?
¿Quién detendrá mi caída? Sólo tú podrás detenerla. Tú, que me observas impasible desde las profundidades del vacío. Tú, que con tu mano tentadora me arrastras hacia una decadencia sin fin. Tú, que con tu voz seductora me recitas tu elegía cuando ya nadie puede oírla.
Sólo tú podrás detenerla. Pero no lo harás. Nadie detendrá mi caída.

28 nov. 2012

El demonio de ojos rojos


Un demonio de ojos rojos asciende de las profundidades del Infierno. Destroza la tierra y resquebraja las rocas a su paso. Se impulsa enérgico, nada puede detenerlo. Y alcanza la superficie. Hace frío, pero él no lo siente. El ardor de su cuerpo abrasa el aire a su alrededor.
El demonio de ojos rojos se estremece. No puede contener el fuego de su interior. Tiembla. Tiembla. Tiembla. La tierra tiembla. El demonio ha estallado. Sus llamas calcinan los bosques, yerman el suelo, secan las aguas… La violencia y la ferocidad son sus marcas. Marcas indelebles que sellan el mundo bajo su mirada cruel.
El demonio de ojos rojos no conoce límites. Sin piedad, sin compasión, extermina todo cuanto encuentra a su paso. Arrogante, invencible, es el amo del universo. Un déspota tiránico que domina el cielo y la tierra y los convierte en infiernos de cólera, odio y maldad.
El demonio de ojos rojos masacra el planeta con su frenesí sanguinario. Una brutal explosión destruye los últimos escombros de la muerte. Y, cuando ya no queda nada, una llamarada exterminadora atraviesa la devastación y le asesta un golpe mortal al demonio de ojos rojos. Y el demonio de ojos rojos, aniquilado por su propia llama, se consume lentamente en un infierno de desolación y vacío.

26 nov. 2012

Adrenalina


Experimental.


¡Salta! Sube al edificio.
¡Salta! Su cuerpo se estremece.
¡Salta! Dibuja una sonrisa.
¡Salta! Pero es una falacia.
¡Salta! Cierra los ojos y salta.
¡Salta! Salta del edificio.
Y grita.
¡Grita! Grita su dolor al mundo.
¡Grita! Su alarido quiebra el viento.
¡Grita! Los ventanales estallan.
¡Grita! Se precipita hacia el asfalto.
¡Grita! La caída es brutal.
¡Grita! Y su cuerpo revienta.

23 nov. 2012

La caja de metal


Hace mucho tiempo, en un rincón del sótano de una casa muy antigua, había una enorme caja de metal, totalmente sobria en su decoración y simétrica en su forma, que contenía montones de pequeños ornamentos de cristal minuciosamente tallados.
Un día, la vivienda volvió a tener dueños. Y los nuevos inquilinos, al bajar al sótano, repararon en aquella caja de metal olvidada. Los recién llegados se preguntaron qué habría en su interior e intentaron abrirla, pero no lograron forzar la cerradura. Previendo que no sería más que un estorbo inútil, decidieron desprenderse de ella.
Y la caja de metal fue sacada de aquel sótano oscuro y colocada en una vieja furgoneta que la conduciría hacia un destino desconocido. Enseguida emprendieron el viaje, pero, al poco de partir, un abrupto desnivel del camino pilló al vehículo por sorpresa.
Incapaz de reaccionar a tiempo, la furgoneta recibió un violento golpe que alcanzó de lleno a la caja de metal. Y la caja de metal, sin apenas inmutarse, permaneció intacta. Pero los pequeños ornamentos de cristal de su interior quedaron para siempre rotos tras la sacudida.

20 nov. 2012

Rawth


Un atronador rayo de fuego destrozó una roca al caer, reduciéndola a miles de diminutas partículas de ceniza y polvo.
Y no quedaron ni roca ni rayo.
Pero la tormenta persistió.

18 nov. 2012

Sirenas de la decadencia


Camino por la calle con paso firme. Llevo una maleta en una mano y la otra en el bolsillo. Un traje pulcro, recién comprado, con una corbata de estreno. El mundo entero está bajo mis pies. Tengo todo lo que quiero y aún más de lo que jamás podría llegar a querer. Y es poco. Si algo me llama la atención, ten por seguro que será mío.
Subo los escalones de mi empresa. Todo el mundo me saluda, soy el jefe. Pero yo sé que por dentro me odian. Y lo entiendo. Entiendo su envidia: he llegado mucho más lejos de lo que ellos nunca llegarán. Tomo el ascensor y entro a mi oficina. Cierro la puerta con llave.

—Buenos días, jefe. ¿Ha pasado buena noche?
—Como me pone que me llames jefe…

Mi secretaria me mira con lascivia. Suelto la maleta y me acerco. Tomo sus nalgas entre mis manos y la beso con lujuria. Ella agarra mis muñecas y las suelta con vigor; odia que la dominen. Y eso me pone muy cachondo. Me empuja hasta el sofá del despacho.
Nos desvestimos con pasión y empezamos a hacer el amor. Me besa con sus finos labios y muerde efusivamente los míos. Mis fuerzan comienzan a flaquear y noto una ligera sensación de mareo. Ella sigue besándome con su boca seductora mientras sus caderas se mueven acompasadamente sobre las mías.
Me siento cada vez más débil. Acelera el ritmo. Sus labios son ahora un arrebato de pasión que arrebatan mi pasión. Con cada beso, un pedacito de mi interior parece evaporarse y huir a través de mi garganta. El oxígeno apenas llega a mis pulmones, no puedo respirar.
Culmino. Mi secretaria despega sus labios de los míos. Su movimiento es ahora lento, pausado. El aire vuelve a entrar en mi cuerpo y empiezo a sentirme mejor. Poco a poco voy recuperando las fuerzas.

—Me dejas sin aliento, pequeña…
—Lo sé, jefe.

Ah… Codicia. Mi primera amante, mi preferida. No sé muy bien cómo logró hacerlo, pero me embaucó hace ya muchos años. Su dulce canto me atrajo sin remedio y, una vez hube probado su sabor, me convertí en esclavo de sus besos. Me enganché. Es como una adicción, igual que todas las demás. Avaricia, Prepotencia, Vanidad… Son sólo algunos de sus nombres.

7 nov. 2012

Poder relativo


“Yo soy la Vida y, como tal, también soy la Muerte. Yo tengo el poder de crear y de destruir, y vosotros no sois más que seres insignificantes que no podéis hacer nada salvo postraros ante mí y rendirme pleitesía. A mí, a vuestro único Rey y Señor; Rey de la Vida, Señor de la Muerte.”

—Sienta bien crear vida, ¿verdad?
—¿No sabéis llamar a la puerta? ¿A qué habéis venido?
—A hablar.
—Dame un motivo por el que debiera hablar con vosotros.
—¿Realmente crees que necesitamos darte motivos? Yo te he creado y ella puede destruirte. Si queremos hablar, hablaremos.
—¿Y por qué tendría que escucharos?
—No lo hagas si no quieres. Da igual, porque, al fin y al cabo, nunca lo haces, ¿no?
—¿A qué coño habéis venido?
—¿Qué pasa, tienes miedo? No pareces tenerlo cuando vas por ahí matando a otros como tú.
—Ellos no son como yo.
—¿Acaso no son seres vivos también? ¿Acaso no les di yo la Vida igual que hice contigo? Entonces ¿por qué habrían de ser distintos a ti, eh?
—Porque ellos no tienen poder.
—Así que es el poder lo que te hace diferente… ¿Diferente? No… Mejor que ellos, ¿verdad?
—Pues sí. Igual que vosotros tenéis el poder de hacer conmigo lo que queráis, yo lo tengo para hacer con ellos lo que quiera.
—¡Pero nosotros somos la Vida y la Muerte, ese poder nos es legítimo! A ti, sin embargo, nadie te lo ha dado, ¡necio!
—¿Ah, no? ¡Yo también soy la Vida y la Muerte si quiero serlo! Puedo crear y puedo destruir a mi antojo, puedo hacer lo que me dé la gana y vosotros no podéis impedírmelo.
—¿Sabes cuál es tu problema? Que te crees alguien sin ser nadie. No eres más que un maldito desgraciado al que jamás debí haber dado Vida. Pero no te preocupes, porque pronto llegará tu final. Tú mismo te arrastrarás a él y allí te esperará la Muerte para llevarte con ella.
—Y mientras tanto seguiré haciendo lo que me salga de los cojones, porque yo soy el Rey de la Vida y el Señor de la Muerte.
—Humano… Tú mismo te has condenado. Tus aires de grandeza te llevan a destruir toda la Vida que encuentras a tu paso, sin ser consciente de que eres exactamente igual que cualquier otro ser vivo. No pareces darte cuenta de que tu afán destructivo te está destruyendo también a ti. Tu poder relativo acabará con tu mundo y contigo, y entonces no vengas a pedirme que te devuelva la Vida. Una criatura que se considera con la capacidad de decidir sobre la Vida y la Muerte al margen de la Madre Naturaleza no merece ninguna compasión. La Muerte vendrá a recoger vuestros pedacitos cuando vuestras propias armas hayan acabado con los restos de unos seres que hace ya mucho tiempo que perdieron su camino. No puedes modificar el mundo a tu antojo, no puedes tomar decisiones sobre la Vida y la Muerte, porque, sencillamente, nunca se te ha concedido esa superioridad que crees tener. No eres más que un insignificante trozo de carne y hueso que jamás tendrá potestad sobre mí o sobre mi compañera. Pero tarde o temprano las atrocidades que estás cometiendo se volverán contra ti. No puedes hacer nada frente a nuestro poder, porque nuestro poder nos viene dado por la Madre Naturaleza; somos sus hijos predilectos, el verdadero Rey de la Vida y el auténtico Señor de la Muerte. Tú, sin embargo, no eres más que un grandísimo error. Pero, antes o después, tu tiempo acabará y entonces la Muerte te hará pagar por todos tus actos, ser humano.
—Ja… El mismo discurso de siempre… ¿Queréis venganza? Adelante… Entretanto, yo seguiré haciendo lo que me dé la gana sin nada ni nadie que pueda impedírmelo. Así son las cosas. Os gusten o no.