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31 oct. 2012

Todos los Santos van al Infierno


Era el Día de Todos los Santos. Mi padre y yo nos levantamos esa mañana a las nueve para ir al cementerio a limpiar las lápidas de mi madre y a cambiarle los ramos de flores del año anterior por unos nuevos que compramos la semana pasada.
Me duché, me puse un vestido negro y unos zapatos cómodos que guardaba bajo el armario y salí a la cocina a desayunar. Preparé un vaso de leche con cereales y me lo tomé en el salón mientras mi padre terminaba su tostada.
Nos montamos en el coche y partimos hacia el cementerio, a las afueras de la ciudad. No tardamos más de diez minutos en llegar, pero, como era de esperar, los accesos y los aparcamientos estaban abarrotados. Pasó un buen rato hasta que pudimos bajar del coche y, cuando por fin logramos estacionarlo, aún nos quedaron varios minutos más a pie.

-Te dije que deberíamos haber venido un par de días antes…
-No pasa nada, otro año lo haremos a tu manera.

Llegamos a la calle donde descansaba mi madre. Yo empecé a limpiarla con un trapo viejo mientras mi padre se encargaba de las flores. Aquél no era un lugar demasiado agradable y la tarea no resultaba precisamente entretenida, pero tanto a él como a mí nos reconfortaba saber que el lugar donde reposaban los restos de nuestros seres queridos permanecía siempre limpio y bien cuidado.
Aún continuábamos con nuestros quehaceres, acompañados únicamente por nuestros pensamientos y por el murmullo constante de la gente a nuestro alrededor, cuando no muy lejos de nosotros escuché de pronto varios ruidos sordos. Guiada por el sobresalto, giré rápidamente la cabeza, pero en ese momento otros sonidos similares retumbaron a apenas unos centímetros de mí.
Me volví sobrecogida y miré hacia el nicho de mi madre. Dentro, alguien parecía estar aporreando con fuerza alguna superficie sólida. En ese instante, aunque lo sabía imposible, una imagen espeluznante y macabra asaltó mi mente. Supuse que todo era un producto de mi imaginación afectada, pero, cuando busqué a mi padre con la mirada para comprobar que él no había escuchado nada, se desarrolló ante mis aterrados ojos una escena que superó los límites de la realidad.
Mi padre se retorcía de una manera sobrehumana al tiempo que, desde lo más profundo de su garganta, emitía un gemebundo y estremecedor gañido. Su rostro empalideció a una velocidad pasmosa y las marcas de la muerte asaltaron sin piedad todo su cuerpo, antes de que su cadáver cayese inerte al suelo.

-¡Papá!

Pero no fue el único. Mirara a donde mirase, a mi alrededor sólo había cadáveres. Todos los visitantes de aquel cementerio fueron golpeados súbita e inexplicablemente por las garras de la muerte. No sabría cómo describir la sensación que me invadió en ese momento, pero entonces me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: los muertos recobraban la vida y los vivos la perdían.
Paralizada ante la situación y sin saber qué hacer, hundí mi pupilas en mi padre. Su cadáver se descomponía lentamente ante mis ojos ahora llorosos. Me agaché ante él y tomé lo que aún quedaba de su mano muerta.

-Papá, levanta…

Los últimos restos de su carne se desvanecieron entre mis dedos temblorosos y varias lágrimas se deslizaron por mis mejillas. De mi corazón escapó un llanto desconsolado. Y sentí calor, un calor abrasador. Miré a mi alrededor. Enormes columnas de fuego se alzaban ahora por doquier arrasando todo a su paso. En pocos segundos no quedó nada salvo el cadáver de mi padre a mis pies.
Una voz me llamó entonces a mis espaldas. Me resultaba familiar. Giré la cabeza. Era mi madre. No podía ser, ella estaba en su tumba. Muerta. Pero volvió a llamarme. Y extendió su mano hacia mí. La sujeté con delicadeza. Por tercera vez pronunció mi nombre. La miré a los ojos. Miré a mi padre.
Y desperté de mi pesadilla. Todo había vuelto a la normalidad. Hacía frío afuera. Y los vivos deambulaban por el cementerio. Una mano conocida me asió el hombro. Me levanté. Y miré a mi madre con ojos lacrimosos. Todo había vuelto a la normalidad. Pero mi padre ya no estaba conmigo.
Y entonces lo recordé: hacía quince días que falleció. Levanté la mano y acaricié su lápida. Estaba fría. Pero mis manos ardían. Y mis lágrimas se habían convertido en ríos de fuego. El mismo fuego que me hervía las entrañas. Los condenados viven en paz en sus tumbas. Pero todos sus santos van al Infierno.

A todos los vivos les late el corazón, pero no todos los corazones latientes están vivos, pues ni siquiera el vivo latir de un corazón es capaz de evitar la muerte. En los cementerios no existe vida ni dentro ni fuera de las tumbas.

24 oct. 2012

Políticamente correcto


Vivimos en un mundo políticamente correcto. ¿Qué quiere decir eso? Pues, por ejemplo, que una persona negra ya no lo es, ahora es de color. Y ¿verdad que lo primero os suena bastante peor? Claro que sí, porque “persona negra” está cargada de connotaciones negativas, dadas, por supuesto, por la gente que considera a los negros “personas de color”.
Os lo explicaré de otro modo para que quede más claro. Si yo tengo amigos negros soy racista; en cambio, si conozco a alguien que discrimina a las personas de color, esa persona no es racista. Porque, claro, vivimos en un mundo políticamente correcto, donde llamar “negro” a un amigo negro es impensable, pero discriminar a alguien de color por ser “de color” está perfectamente bien visto.
Ahora se me ocurre a mí una tontería que, desde luego, os va a resultar disparatada. ¿Qué os parecería si, en lugar de considerarlas personas “negras” o “de color”, las considerásemos simplemente “personas”? ¿Nadie lo ha pensado? Claro que no, es más fácil establecer diferencias.
Os pondré otro ejemplo más, muy de moda actualmente. Hoy en día, todos los miembros de la sociedad… Perdón, me he colado… Hoy en día, todos y todas los miembros y las miembras de la sociedad son igualos e igualas. Y precisamente por eso, porque somos iguales, nos vemos en la necesidad de establecer una distinción por medio del lenguaje para ser aún más iguales.
Sí, habéis leído bien: establecer una distinción para ser iguales. ¿No os suena un tanto paradójico? Y ahora digo yo… ¿No seríamos todos y todas más iguales si TODOS, mujeres y hombres, nos englobáramos dentro de una misma palabra en vez de emplear dos distintas para diferenciarnos?
Además, para los menos entendidos y las menos entendidas en gramática, os explicaré algo que todos y todas deberíamos tener claro: no es lo mismo el GÉNERO GRAMÁTICAL que el sexo. Es decir, el género gramátical de una palabra no determina el sexo de la realidad a la que hace referencia.
A modo de ejemplo, una mesa no es hembra ni un sillón, macho (pensar eso sería, cuanto menos, ridículo). Del mismo modo, no todos los miembros de la sociedad son hombres sólo porque el género gramátical de la palabra sea masculino. Hay miembros que son mujeres y miembros que son hombres, porque TODOS se englobarían dentro de un mismo término, independientemente de su sexo.
Como conclusión, os plantearé un par de preguntas. En lugar de usar el lenguaje y la gramática de manera arbitraria para ocultar vuestros prejuicios, ¿por qué no probáis mejor a enseñar a los niños desde pequeñitos que una persona negra es igual —perdón… DEBERÍA ser igual— en derechos y oportunidades a una persona blanca? ¿O que una miembro de la sociedad tiene —perdón… DEBERÍA tener— los mismos derechos y oportunidades que cualquier otro miembro? Vuestra demagogia barata resulta poco menos que vomitiva, así que dejaos de tanta hipocresía y, si de verdad queréis cambiar el mundo, hacedlo como debe hacerse: mediante la educación.
Ah, y podéis tildarme de racista o machista si queréis.

20 oct. 2012

¿Qué pasa si no te quiero?


—¿Qué pasa si no te quiero?
—No lo sé, no tiene por qué pasar nada si no me quieres.
—¿Entonces?
—Entonces ¿qué?
—Que por qué tendría que quererte.
—No tienes por qué quererme.
—De acuerdo. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Que si me quieres.
—¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad.
—¿Sólo?
—Sí. Me ha entrado curiosidad, simplemente.
—Pues… No lo sé, nunca me lo había planteado.
—Esas cosas no se plantean. O las sientes o no. ¿Sientes que me quieres?
—¿La verdad? No lo sé.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—No lo sé… Hay veces que no sabes lo que sientes. Y yo nunca me había parado a pensar en si te quiero o no, así que no lo sé.
—O sea, que podrías quererme y no saberlo.
—Podría.
—¿Y tú qué crees, que me quieres o que no?
—No creo nada. Si te quiero, ya me daré cuenta con el tiempo.
—Bueno, mejor así.
—¿Por qué?
—Pues porque yo no tengo por qué quererte y tú no sabes si me quieres. Las cosas, mejor recíprocas.
—Pero puede que no sean recíprocas en este caso. ¿Qué pasa si te quiero?
—No lo sé, no tiene por qué pasar nada si me quieres.
—¿Entonces?
—Entonces ¿qué?
—Que por qué no tendría que quererte.
—No tienes por qué no quererme.
—De acuerdo. ¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Que si no me quieres.
—¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad.
—¿Sólo?
—Sí. Me ha entrado curiosidad, simplemente.
—Pues… No lo sé, nunca me lo había planteado.
—Esas cosas no se plantean. O las sientes o no. ¿Sientes que no me quieres?
—¿La verdad? No lo sé.
—¿Cómo puedes no saberlo?
—No lo sé… Hay veces que no sabes lo que sientes. Y yo nunca me había parado a pensar en si te quiero o no, así que no lo sé.
—O sea, que podrías no quererme y no saberlo.
—Podría.
—¿Y tú qué crees, que me quieres o que no?
—No creo nada. Si no te quiero, ya me daré cuenta con el tiempo.
—Bueno, mejor así.
—¿Por qué?
—Pues porque yo no tengo por qué no quererte y tú no sabes si no me quieres. Las cosas, mejor recíprocas.
—Pero puede que no sean recíprocas en este caso. ¿Qué pasa si no te quiero?

15 oct. 2012

Tic, tac


Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac. Tic. Tac.
Un minuto de tu tiempo. Eso es lo que habrías perdido si hubieses leído el párrafo anterior siguiendo el segundero de un reloj analógico. Yo lo hice. Me pasé un minuto entero contemplando el inexorable avance de la aguja de los segundos (sí, la finita, la más alargada).
Ah… Los viejos relojes analógicos… Con los digitales se puede consultar la hora con más rapidez, pero, desde luego, no tienen esa magia que tienen los analógicos. Porque, claro, puedes contar los segundos a partir de cero: uno, dos, tres, cuatro… Pero ¿y el tic, tac?
Sí, vale, también puedes perder un minuto de tu tiempo a base de tic-tacs en un reloj digital, pero no es lo mismo… Tú sabes que el reloj digital no va a hacer “tic, tac”, y, en caso de que alguno lo haga, venga ya… ¿Te lo crees? ¿Dónde está acaso el segundero para que produzca ese sonido?
No, no es lo mismo. Seguir la aguja del reloj analógico mientras piensas “tic” y luego “tac”. ¿No os parece mágico? Qué tonterías digo, seguro que no… Pero, bueno, para mí sí lo es, ¿qué le voy a hacer? Podría mirar el segundero durante minutos enteros sin llegar a cansarme. Con el digital es distinto… Compruebo en un momento qué hora es y vuelvo a mis asuntos. No, no es lo mismo.
En fin… No sé muy bien a qué ha venido esta perogrullada sobre la magia de los relojes analógicos o si hay alguien a quien le importe… Tampoco sé cuántos tic-tacs me ha llevado escribirla, pero ¿qué más da? He disfrutado escribiéndola. Y, al fin y al cabo, eso es lo que importa, ¿no? Disfrutar del tiempo del que disponemos.
Tic. Tac.

10 oct. 2012

No me hables de amor


—¿Pablo? ¿Eres tú?
—¿Marcos?
—¡Acho, Pablito, cuanto tiempo! ¿Cómo te va la vida, cabronazo?
—¡Lo mismo te digo, desgraciado! A mí bien, tío, de puta madre. ¿Y tú qué?, ¿cómo tú por aquí?
—Pues nada, tío, que tengo que hacer un trabajo de investigación para la universidad y me he dicho: “Pues voy a hacerlo en el pueblo, que hace ya siglos que no me paso por allí”.
—Anda que sí… Vienes aquí al pueblo y no avisas ni nada, hijo de puta.
—Ja, ja, si es que no tengo tiempo. Voy de la biblioteca al ayuntamiento, del ayuntamiento a la biblioteca, y así estoy todo el día.
—Ah, pues muy bonito… O sea, ¿vas a visitar al alcalde y a mí no tienes tiempo siquiera para llamarme? Ya, ya… Ya me pedirás algo, desgraciado…
—Ja, ja, ja, eres tan cabronazo como siempre. Bueno, ¿y tú qué? ¿Aún sigues intentando sacarte la E.S.O.?
—Qué va, tío, yo me dejé los estudios hace ya… Buff… ¿Cuánto hace? ¿Cuándo te mudaste tú?
—¿Yo? Hace tres años, un poco más.
—Pues me dejé los estudios a los pocos meses de irte, hará dos años y pico o tres. Aquello no era lo mío, ya sabes las notas que sacaba, ja, ja.
—Pero eso es porque no estudiabas, cacho desgraciado.
—Ja, ja, será que tú, cabrón, seguro que las has cateado todas…
—Ja, ja, qué va, tío, me he enderezado y ahora saco buenas notas. Matrículas y todo.
—¿Matrículas? Las vueltas que da la vida… ¡Pero si no hacías nada en el bachiller! Que yo no sé ni como aprobabas, cacho cabrón.
—Ja, ja, ¡pues ya estudiaba más que tú!
—¡Pero eso tú y cualquiera!, ja, ja. Bueno, no… Yo en verdad sí que estudiaba… ¡Con la GameCube! ¿Te acuerdas de los piques al Mario Kart y al Smash Bros?
—Ja, ja, ya ves si me acuerdo… ¡Las palizas que te metía! Yo no sé cómo podías ser tan malo, macho.
—Anda, anda, ¡anda! No seas fantasma, no seas fantasma, que las veces que conseguías ganarme era por pava…
—Sí, sí, pava… Palizas que te metía…
—Claro, claro, tú sueña…
—Ja, ja. En fin… ¿Y que estás haciendo ahora si no estudias, desgraciado?
—Pues trabajando, hombre. Sacándome un dinerillo al mes. Quinientos eurazos por hacerle a mi tío unas tonterías en el taller.
—Anda que sí, qué suerte tienes, enchufado.
—Ja, ja, ya ves, y encima los fines de semana libres. ¡A tocarme los huevos!
—Ja, ja, pero eso lo haces tú toda la semana.
—Vaya, hombre, me has pillado… Ja, ja.
—Ja, ja.
—Bueno, ¿y a ti cuántos años te quedan allí? A ver cuando vienes para acá con tiempo, desgraciado, y nos tomamos una cervecilla en El Rodeo.
—Claro que sí, tío, yo te aviso cuando venga con más tiempo. Pues me quedan dos años todavía. Bueno, mentira… Uno y medio ya.
—Joder… Pues sí que es largo eso, ¿no?
—Cinco años, pero nah. Estudiando lo que a uno le gusta, el tiempo pasa volado.
—Y sacando notazas, cabrón.
—Ja, ja, es lo que tiene volverse responsable.
—Sí, sí, responsable… ¡Un empollón es lo que te has vuelto tú!
—Ja, ja, qué va, qué va… Si sólo asisto a clase y estudio lo justo y poco más.
—Pues ya está, tío, un empollón de toda la vida.
—Ja, ja, bueno, bueno, lo que tú digas. Ah, por cierto, que me acabo de acordar, ¿cómo llevas el quiste ese que te salió?
—Me lo extirparon, tío. Ya no lo tengo, por suerte. Estoy sano como un roble. ¡Y fuerte, mira qué músculos! Ni Schwarzenegger.
—Ja, ja, ¡estás mazao!
—Pues esto es del taller, ¿eh?, no de otra cosa, porque a mí eso del gimnasio ya sabes que no me va… Todo lo que sea deporte… Uff… Quita, quita.
—Ja, ja, pues yo sí que hago deporte allí en la universidad.
—¿Qué dices, cabrón? ¿Tú, deporte? Ja, ja. ¡Quién te viera y quién te vio!
—Ja, ja, ya ves. Si es que eso de estar todo el día tumbado en el sofá no es bueno… Así que cogí un día y me dije: “¡Qué coño!, me voy a apuntar a algún deporte aquí en la facultad”. Y fui y me apunté al fútbol.
—¿Al fútbol? Ja, ja, eso es para verlo, tío… ¡Pero si eras un manta en el colegio! Todo el mundo te dejaba para el último y te ponía de portero, desgraciado.
—¿Qué dices?, ¡tú flipas! ¡Pero si yo era el pichichi!
—Pichichi encajando goles, querrás decir… Ja, ja, ¡anda que no te habré metido yo golazos ni nada!
—¡Exagera más, anda! Una vez me puse de portero, que me acuerdo yo, y fue porque me dolía el tobillo un montón y no podía correr. ¡Así claro que me marcarías goles, no me jodas, con el tobillo roto!
—Ja, ja, inventa, desgraciado…
—Ja, ja, sí, inventa…
—Anda, anda… Bueno, tío, ¿y entonces qué?, ¿qué tal con la novia?
—Ahí vamos…

Silencio.

—¿Y tú qué?, ¿has conocido ya alguna por allí en la universidad?
—Bueno…

Silencio.

—Oye, que me voy ya, ¿vale?, que se me hace tarde. Yo te llamo cuando venga con más tiempo, ¿okay?
—Venga, tío, te tomo la palabra.

6 oct. 2012

Cuestión de estrategia


En el campo de batalla no hay tregua. Debes estar siempre alerta, atento a cualquier maniobra del enemigo. Y, si cometes un error, un sólo error, corres el riesgo de perder la batalla.
Pero eso es algo que no debería preocuparte. En la guerra se pierden muchas batallas. Y es que, cuando mantienes tantos frentes abiertos, son demasiados los factores que intervienen en cada caso y que debes tener en cuenta. Resulta muy difícil, casi siempre pasas algo por alto. Y lo pagas caro.
Además, hay batallas que no se pueden ganar. Batallas perdidas incluso antes de comenzar. Hagas lo que hagas. No importa cuánto te esfuerces ni si cometes o no errores, tu única opción es rendirte.
No es fácil ser comandante. Es mucho lo que está en juego y tú eres el responsable de no perderlo. Pero en el fondo, pensándolo bien, todo es una simple cuestión de estrategia. Para ganar cada batalla sólo debes colocar tus tropas en las posiciones adecuadas en los momentos oportunos. Si planificas bien tus movimientos, nada queda al azar.

5 oct. 2012

Orgullo viril


Los hombres por naturaleza son muy orgullosos y tienden a necesitar sentirse más fuertes que las mujeres y, ajustándonos a la verdad, también superiores a ellas. Exteriorizar sus sentimientos equivale a mostrar sus debilidades y eso los sitúa en una posición de inferioridad, algo que su orgullo no les permite hacer.
Lo que muchos hombres no tienen en cuenta es que es precisamente esa necesidad de la que dependen la que los hace débiles e inferiores, pues la necesidad de demostrar algo es, a menudo, la muestra más clara de la carencia de ese algo.

2 oct. 2012

El hombre que pudo volar a la Luna



Érase una vez un hombre que soñaba con volar a la Luna. Todas las noches de plenilunio, al caer el Sol, el hombre salía de su casa y caminaba un largo trecho hasta llegar a una roca saliente de un acantilado junto al mar. Allí, el hombre se sentaba y pasaba las horas contemplando con gran embeleso el brillo pálido de la dama alba.
Hechizado por su mágica belleza, el hombre se acurrucaba sobre la roca desnuda y se dejaba arrullar por el susurro lejano de las olas al romper. Y así, atrapado en el embrujo del tiempo, el hombre admiraba maravillado el resplandor blaquecino de la princesa de la noche. Ah… Suspiraba. La Luna. La Luna Llena. Su amor platónico.
Tan distante,  tan imposible… Una figura celestial en un mundo terrenal. Sobre su semblante inmortal no había lugar para caricias de amor fugaz. Bajo su mirada eterna no había lugar para visiones de amor perecedero. Tan dulce… Tan bella… Y, sin embargo, tan fría. La Luna. La Luna Llena.
El hombre la contemplaba desde su mundo lejano. Seducido. Fascinado. Y la Luna Llena una noche lo vio. Una figura triste y solitaria. Un hombre acurrucado sobre una roca desnuda, arrullado por las olas del mar. Y la Luna dejó caer su reflejo sobre la Tierra. Su reflejo acurrucado sobre una roca desnuda, arrullado por las olas del mar. Y el hombre lo observó en la distancia y lo deseó con amor profundo.
El hombre que pudo volar a la Luna.