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27 ago. 2012

Superhéroe

Hola. ¿Que quién soy yo? Soy Spiderman. No, es coña, sólo soy el narrador, y estoy aquí para contaros la historia de un superhéroe del que probablemente ninguno de vosotros haya oído hablar nunca.

Nuestro superhéroe no es el típico de vestimentas estrafalarias que se enfrenta una y otra vez a los malos con el objetivo de salvar al mundo y a su amada. No, este superhéroe es distinto. No tiene trajes pintorescos ni archienemigos declarados y tampoco tiene novia. Por no tener, no tiene ni nombre. Por cierto, tendremos que buscarle uno. ¿Cómo podríamos llamarlo? Tal vez… Ignotoman.

—Como me llames así te dejo la cara con más agujeros que la superficie lunar.

¿Qué tiene de malo?

—¡Que no me gusta, gilipollas!

Está bien, llamémoslo simplemente “Superhéroe”.

—¿Y por qué no me llamas simplemente por mi nombre? Si mi madre me bautizó como Juan, ¿por qué coño te empeñas tú en intentar ponerme motes ridículos?

Vale, perdona, no quería ofenderte. Te llamaré Juan.

Bien, ahora que ya sabemos cómo hemos de dirigirnos a él, proseguiré con el relato de sus asombrosas hazañas.

Juan caminaba por la calle, con las manos en los bolsillos y paso lento, cuando de repente…

—¿Por qué tengo que ir por la calle? Yo quiero estar en mi casa. ¿Y qué es eso de llevar las manos en los bolsillos y andar a paso lento? Yo siempre dejo las manos sueltas y camino deprisa. Además, no pretendo ser yo quien haga tu trabajo, pero… ¿No deberías empezar introduciendo un poco más y mejor al personaje en vez de ponerte directamente a contar sus peripecias?

Ehm… Bueno, vale, lo haremos a tu manera. A ver… Juan se encontraba en su casa, tumbado en el sofá viendo la tele, sin nada mejor que hacer. Era un día nuboso, aburrido y triste…

—Vaya una historia de mierda, yo quiero un día soleado y alegre. Y un granizado.

Uhm… El Sol lanzaba sus cálidos haces de luz sobre la ciudad y los niños jugaban contentos por las aceras. Juan, tumbado en su cama escuchando música, degustaba el fresco sabor de un granizado de limón mientras pasaba con sopor las páginas de sus viejos tebeos.

Apático y aburrido, se desperezó, se levantó y echó un vistazo a la calle desde la ventana.

—Si quieres que la historia sea realista, será mejor que no me saques de la cama.

Pero eso no tendría gancho para el lector. Además, te recuerdo que eres un superhéroe.

—Punto uno: ¿estar tumbado no tiene gancho para el lector, pero desperezarme y asomarme por la ventana sí? Punto dos: como si quiero ser el rey de Roma, los días que no tengo nada mejor que hacer me los paso tumbado en la cama.

Pero ¿cómo pretendes entonces que elabore una historia que resulte atractiva para la gente?

—Ah… Eso es cosa tuya, yo nunca te he pedido que escribas mi biografía.

Bueno, está bien, intentaré continuar… Juan seguía en su cama, relajado, sin nada mejor que hacer, cuando alguien llamó a la puerta de su habitación.

—Que llame cuanto quiera…

Tendrás que levantarte a abrir, digo yo.

—Quien quiera entrar, que pida permiso y, si se lo doy, entrará. Y no pienso dárselo, así que ya puede estar todo el día tocando la puerta.

Pero es tu madre.

—Mi madre ha ido al supermercado a comprar.

Acaba de volver y quiere que le eches una mano ordenando la compra.

—Claro, como buen superhéroe que soy.

Como buen hijo que eres.

—Vamos a ver si se te mete en la cabeza, narrador de pacotilla… QUE NO PIENSO IR A NINGÚN LADO. Ni superhéroe ni hostias. Y mi madre está viendo la telenovela ahora mismo, así que déjate de mierdas y lárgate de una puñetera vez.

¿Tanto te cuesta? Venga, te prometo que será divertido.

Juan se levantó de la cama…

—¿Pero tú eres subnormal o qué te pasa? ¡Que no quiero hacer nada, déjame ya en paz! Para un puto día que puedo relajarme y tiene que entrar un gilipollas en mi propia casa a tocarme los cojones. Manda huevos…

¡Vale, vale, está bien! Tampoco hace falta ponerse así… Ya me voy. Déjame al menos ponerle un desenlace a la historia…

Y así, Juan se quedó finalmente en su cama, escuchando música, disfrutando de su granizado y leyendo los viejos tebeos que tenía por casa. Porque Juan era un superhéroe, sí, pero no el típico superhéroe de cómic. Juan era un superhéroe sin trajes pintorescos ni archienemigos declarados; una persona normal y corriente que simplemente poseía un poder extraordinario: ser el único dueño de su vida.

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