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29 jun. 2012

No existe eso que llamas 'futuro'

Nada ni nadie podrán nunca cambiar la historia. El porvenir, por el contrario, siempre está en continua transformación. Cada decisión de cada persona en cada rincón del mundo desemboca en un cambio, más o menos trascendental, para el futuro de esa persona, de las que la rodean y, por extensión, del mundo en su conjunto.

Por una parte, eso significa que hay muchas cosas que escapan a nuestro control. Demasiadas, tal vez. Y eso sin contar con las innumerables e inevitables intervenciones de la propia naturaleza en la cotidianidad de nuestras vidas.

Por otro lado, nos encontramos con el hecho indiscutible de que también hay muchas cosas en las que nosotros podemos interferir. Demasiadas, tal vez. Y esto me lleva a una cuestión: ¿hasta qué punto somos capaces de controlar nuestro futuro?

Pues de que lo somos no tengo ninguna duda, en tanto que poseemos la facultad de tomar decisiones. Pero no son las nuestras las únicas que nos afectan. Nuestro futuro se ve a menudo influido por disposiciones en las que nosotros no hemos tomado parte. Y en la mayoría de los casos, no podemos evitarlo.

¿Hasta qué punto somos entonces capaces de controlar nuestro futuro? No tengo respuestas. Cada cual debe conocer sus propias barreras y hacerles frente. ¿Hasta qué punto somos capaces de controlar nuestro futuro? No lo sé, pero no es algo que me preocupe. ¿Qué más da el futuro?, si las decisiones se toman en el presente.

Lo único que verdaderamente importa, al fin y al cabo, es la libertad. Tenemos que ser libres, libres para tomar nuestras propias decisiones. Pero, para ser plenamente merecedores de esa libertad, debemos ser responsables y entender que nunca sabremos con exactitud cuál es el alcance real que nuestras decisiones podrían llegar a tener.

25 jun. 2012

El vals del amor

May I love you?

El amor es como un vals que se baila a ciegas. Estoy sentado solo, en mi mesa, ajeno a todo, y la música empieza a sonar. Cada nota es un delicado murmullo que se desliza por mis oídos y estimula mis sentidos. Acaricia mis pensamientos y aviva mi pasión. El ritmo es contagioso y me dejo llevar.

Me levanto, es inevitable. El sonido es agradable y mi corazón late al compás. Lo sigo. Mis pies tiemblan y mi cuerpo se estremece. No conozco los pasos, ni siquiera sé bailar. Pero no importa, me muevo al son de la música. La siento. Despierta mis emociones y me nubla la razón.

Salto a la pista de baile, ya no hay vuelta atrás. La cadenciosa melodía envuelve mi visión del mundo. Me invade una exaltación febril. Un hormigueo sutil recorre mi estómago. Y el vals se vuelve un susurro. Un susurro lento. Siento tu presencia y todo se desvanece. Sólo quedamos tú y yo. Esta bella sinfonía y nosotros dos. ¿Me concedes este baile?

22 jun. 2012

Paranoia

Escrito rescatado del baúl de los recuerdos.

—Hola.

—Hola.

—¿Qué tal?

—Bien, ¿y tú?

—Bien.

—Me alegro.

—Y yo.

—Yo más.

—Vale.

—¿Quieres que hagamos algo?

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no sé quién eres.

—Soy Gio.

—Vale.

—Ahora sabes quién soy.

—No. Sólo sé tu nombre.

—Y ¿qué más quieres saber?

—Nada.

­—¿Por qué?

—Porque no, eres un pesado.

—¿Te estoy molestando?

—Sí.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—Sí que pasa. ¿Puedo hacer algo para compensarte?

—No.

—¿De verdad? Porque me sentiría mejor.

—En ese caso puedes dejar de hablarme.

—No, no puedo.

—Pues te elimino del msn.

—No puedes.

—¿Ah, no?

—No.

—¿Por qué?

—Porque ni siquiera te he agregado.

—O me has agregado y no me acuerdo.

—Sabes que no.

—Ah, ¿no? ¿Entonces cómo es que estás hablándome?

—No te estoy hablando.

—¿Me estás vacilando?

—No.

—Venga ya, paso de ti.

—No puedes.

—¿Qué me lo impide?

—Que no sabes cómo puedes estar hablando conmigo si nunca nos hemos agregado.

—Eso me da igual.

—No te da igual.

—¿Tú qué sabes?

—Yo sé todo lo que piensas.

—¿Y qué pienso ahora?

—Que llevo razón y que estás asustada.

—Vale, muy bien, ahora dime cómo lo haces.

—Yo no hago nada, eres tú.

—¿Perdón?

—Yo sólo soy un producto de tu imaginación.

—¿Y por qué iba yo a imaginarme a alguien como tú?

—Porque no puedes controlarme.

—Si eres un producto de mi imaginación puedo hacer lo que quiera contigo.

—No. Tú sólo haces que exista.

—No te sigo.

—Una vez que tu imaginación me ha creado, yo existo por mí mismo.

—Mira, déjame en paz ya, ¿vale? Ahora sí que me estás asustando.

—Aún no te he dado motivos.

—Tu existencia es un motivo.

—No lo es.

—Para mí sí.

—Entonces esto te va a cagar.

—¿El qué?

—Eso.

19 jun. 2012

La mujer de negro

Escrito rescatado del baúl de los recuerdos.

Con la única compañía de su triste mirada, la mujer de negro camina por un bosque perdido. Sobre el cielo, el fuego de una estrella olvidada la arrulla con cálidas caricias. Pero el tacto de sus llamas ya no puede prender las cenizas. Hace tiempo que la mujer de negro dejó de sentir calor en su rostro frío.

La mujer de negro persigue incesante su objetivo: el orbe de la salinidad. Hace tiempo que el mar perdió su sabor salado y ella es la única capaz de devolvérselo. Pero necesita el orbe. Sin él, el mar nunca volverá a ser salado y el Sol jamás calentará de nuevo su triste mirada.

La mujer de negro alcanza la salida del bosque. El viaje ha transcurrido sin demasiados sobresaltos, pero ella se encuentra extenuada. Ha caminado inagotable durante muchos días, esquivando y afrontando los diversos peligros que se le han presentado a lo largo del trayecto.

Y no le importa. La mujer de negro puede hacer frente a cualquier dificultad. Sin embargo, ahora, en los límites de aquel bosque alejado de la civilización, rodeada de una embriagadora aura de paz y armonía, la mujer de negro comprende que necesita un descanso. Un buen descanso.

Decidido, buscará un refugio donde dormirá durante horas. Retrasará su avance, pero no le importa. Su mente lo necesita.