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4 may. 2012

Un universo entre dos mundos

—Hola, bienvenido a mi mundo.

—Hola, ¿quién eres?

—Soy el escritor.

—¿Y quién soy yo?

—Eso no importa. ¿Ves el mundo que te rodea?

—No, no veo nada.

—Exacto, porque aún no he creado nada salvo a ti. Quiero que vueles. Vuela.

—No puedo.

—Puedes. Yo haré que puedas. Muévete.

El personaje comenzó a caminar. Anduvo lentamente durante varios segundos hasta que una extraña energía tiró de él hacia atrás. Quiso resistirse, forcejeó con todas sus fuerzas, pero aquellas manos invisibles enseguida lo hicieron trastabillar.

Sin embargo, el personaje no llegó a caer. Permaneció en el aire, levitando. Intentó volver al suelo, pero sólo consiguió elevarse aún más. Fascinado, quiso entonces volar. Y voló. Dio vueltas y más vueltas, giró sobre sí mismo, ascendió, descendió en picado. Era libre, podía hacer cuanto quisiera. No había gravedad, no había atmósfera, no había nada que le impusiera límites.

Y entonces apareció un océano bajo sus pies, un océano de aguas tranquilas que se extendía más allá de donde la vista pudiera alcanzar. Y sobre su cabeza, un cielo despejado con un Sol radiante que lo incitaba a darse un refrescante baño en aquel océano de libertad.

Dudó unos instantes antes de recordar que podía hacer cuanto quisiera. Bajó la mirada y se lanzó a gran velocidad hacia la superficie oceánica. En cuestión de segundos, su cabeza chocó contra las aguas y su cuerpo entero se sumergió en aquel maravilloso mundo submarino.

Y descubrió que podía respirar bajo el agua. Y buceó, regocijándose durante largo tiempo en las frescas y acompasadas caricias de aquel mar de libertad, antes de sentir de nuevo el deseo de volar. Ascendió entonces hasta la superficie y la golpeó con su cuerpo, haciendo saltar a su alrededor miles de pequeñas gotas de agua cristalina y pura.

Hechizado por la hermosa imagen, quiso detener el tiempo. Y el tiempo se detuvo. El mundo parecía ahora una fotografía, una fotografía tan real que se sintió maravillado por poder contemplarla. Pero aquella estampa paradisíaca le pareció, sin embargo, incompleta.

Y deseó que hubiera tierra y bosques y montañas, y frente a él emergió de las profundidades del océano un vasto bloque de tierra que extendía sus confines más allá del horizonte. Y sobre él crecieron rocosas montañas y sierras y cordilleras, y verdes bosques y valles y praderas. Y el personaje se regaló la vista con aquella visión.

Pero, de repente, todo a su alrededor desapareció.

—¡Eh! ¿Qué ocurre?

—Se acabó.

—¿Cómo que se acabó?

—He disfrutado con la experiencia, pero ya es hora de volver a la realidad.

—¿Y qué pasa con mi mundo?

—Aquí se quedará, conservado para siempre en estas líneas. Y tú con él.

—¿Y qué pasa contigo?

—Bueno… Yo debo regresar al mundo real.

—¿Por qué?, ¿acaso es mejor que éste?

—No… Pero debo regresar igualmente. Al fin y al cabo, ése es el mundo al que pertenezco. Aquí sólo estoy de paso, en busca de un poco de libertad.

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