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20 abr. 2012

Martillo, rodilla y alcohol

Martillo. Rodilla. Alcohol.
Podría emplear más o menos palabras para expresar lo mismo, pero he considerado que ésas serían suficientes, sin pasarme.
Y ahora vamos a jugar a un juego. Yo voy a seguir escribiendo y vosotros debéis adivinar qué es lo que he querido decir en el primer párrafo. No creo que jamás lleguéis siquiera a acercaros a su significado, pero ¿qué más da? Siempre es divertido jugar con las palabras, aun sabiendo que vais a perder.
La palabra es un arma de doble filo. Por un lado, nos encontramos con lo explícito, el concepto que la palabra por sí misma representa. Por otro, existe una parte implícita, lo que la palabra realmente significa. Normalmente una cosa guarda relación con la otra, pero no tiene por qué ser necesariamente así o, siéndolo, la relación entre ambas no tiene por qué ser próxima o fácilmente descifrable.
Os pondré este documento como ejemplo. Mientras lo leéis tal vez os parezca que estoy hablando de la palabra y de su magia, su versatilidad, su complejidad… Nada más lejos de la realidad. Lo que yo estoy intentando decir con todo esto no tiene nada que ver con la palabra.
Os preguntaréis quizá por el sentido que tiene escribir sobre algo a sabiendas de que probablemente nadie sepa jamás qué es eso sobre lo que estoy escribiendo. ¿No sería más sencillo exponer directamente ese algo? No necesariamente.
En cualqueir caso, hay ocasiones en las que es preferible redactar un escrito con el que no se dice nada antes que uno en el que se dice todo. Pensaréis que eso es una idiotez, pero, desde mi punto de vista, no lo es. ¿Por qué? Pues porque puede darse el caso de que quiera compartir algo con el papel ­—o con un documento de Word—, pero no con sus posibles lectores.
Quizá no terminéis de entender lo que os estoy diciendo, y, si lo entendéis, tal vez no lleguéis a comprender del todo el motivo por el que os hago a vosotros destinatarios de este documento. Si no quiero que sepáis lo que intento expresar, podría simplemente no publicarlo. Pero, en cierto modo, un escritor vive para ser leído, necesita a alguien que lo lea, alguien a quien dirigirle sus palabras.
Por otro lado, es lógico pensar que, si quiero escribir algo acerca de lo que las palabras con las que lo expreso no guardan relación alguna, podría ocurrir que con el tiempo yo mismo olvidara mi propio mensaje.
Debo puntualizar que no creo que eso llegue a suceder, pero, en caso de que me equivoque, ese algo que yo pretendo guardar tras estas palabras permanecería siempre oculto en ellas. He ahí la magia de las palabras y el motivo verdadero por el que estoy escribiendo esto: hay algo que no quiero que desaparezca por completo; algo que me gustaría conservar encerrado para siempre tras estas meras palabras que no significan nada.

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