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27 abr. 2012

Fomos


En cuevas en el subsuelo vivían desde tiempos inmemoriales los Fomos, extrañas criaturas amorfas que, de la cuna a la tumba, pasaban todos los días de sus vidas uniendo sus energías para mantener y reforzar las vastas techumbres que protegían su mundo del exterior.
Guiados por un pequeño grupo de Fomos más poderosos, el resto de aquella curiosa civilización subterránea obedecía sin objeción sus órdenes, a sabiendas de que sólo así serían capaces de proteger lo único que aún les quedaba: la libertad.
La cúpula de líderes, conscientes del caos que germinaría y del peligro que todos correrían si algún elemento indeseado lograba traspasar aquella barrera, instaban frecuentemente a sus compañeros más débiles a no cesar en su ardua labor de conservar la única defensa que tenían.
Los Fomos eran seres de diversos tamaños y colores, de cuerpos fríos y sin extremidades inferiores ni rostros. Eran incapaces de oler, oír, ver, sentir, pensar… Su única fuente de alimentación era la propia cueva donde vivían. De sus paredes extraían los nutrientes necesarios para sobrevivir y, en una especie de simbiosis, los convertían en energía que devolvían a las paredes de roca para robustecerlas.
Pero un día, en algún rincón de alguna de las cuevas subterráneas, la mente de un Fomo despertó. Al principio todo eran pensamientos oscuros. Jamás había percibido olores, pues no tenía olfato; jamás había escuchado sonidos, pues no tenía oído; jamás había observado el mundo, pues no tenía vista.
Todo parecía sumido en una oscuridad que ensombrecía al Fomo. Y quiso entonces encontrar luz. Y, buscando escapar de su cárcel de pensamientos vacíos, intentó concebir cómo sería todo en el exterior. Y de la más negra noche brotó la luz del amanecer, y fue capaz de ver.
Pero un manto azabache cubría el mundo. Una niebla densa empañaba su visión y los contornos de los objetos se percibían difusos a su alrededor. Cerró con fuerza los ojos y volvió a abrirlos. Y poco a poco todo comenzó a tomar forma.
Estaba en una especie de sala enorme protegida por paredes rocosas y húmedas. En cada pared había un oscuro túnel que debía de conducir a otras salas iguales a aquélla. Y desde su misma frente y hasta donde alcanzaba la vista, la cueva se encontraba repleta de unas criaturas extrañas y amorfas a cuya especie, supuso, él pertenecía.
Pero la simple visión de su mundo le resultó insuficiente. Necesitaba sentir cada detalle del interior de aquella caverna. Olfatear los olores, escuchar los sonidos, palpar las texturas… Se hallaba perdido en un universo incompleto, al que le habían mutilado millones de sensaciones.
Y el Fomo quiso experimentarlas. No era imposible, ya lo había hecho antes; tan sólo debía intentarlo. Escudriñó la madriguera buscando algún detalle que despertara cualquiera de sus sentidos y algo llamó su atención. Era un objeto hermoso, el único de su clase en toda la estancia.
Tenía un cuerpo muy fino, de color verde intenso, con protuberancias a ambos lados. Y sobre él, una cabeza amplia, compuesta por varias hojas de una tonalidad roja muy vistosa que se abrían al techo en su parte superior.
El Fomo, maravillado con aquella delicada existencia, quiso acercarse a ella. Pero descubrió que no podía moverse. Se impulsó hacia adelante intentando alcanzar su objetivo, pero cayó. Se agitó entonces para rodar y quedó atrapado, inmóvil, entre las decenas de criaturas amorfas de la guarida.
Frustrado, se golpeó con fuerza contra el suelo áspero. Y una sensación desagradable invadió la zona magullada. Sorprendido, volvió a golpearse. De nuevo esa sensación, esta vez más fuerte. Le dolía. Y llevó su mano a la zona herida para acariciarla con suavidad.
El tacto de su cuerpo era viscoso y notaba cómo un líquido extraño emanaba de su interior. Alzó la mano y lo contempló asustado: sus dedos estaban manchados de un jugo escarlata muy pegajoso. Miró con cierto recelo aquel fluido, preguntándose por su naturaleza y su función, pero en seguida se olvidó de él. Acababa de reparar en algo.
Tenía extremidades. Cuatro prominencias alargadas habían emergido de distintas partes de su cuerpo amorfo. Y descubrió que podía controlarlas a su total antojo. Las movió arriba y abajo, de izquierda a derecha. Estaba maravillado por cuanto era capaz de hacer con ellas.
Y con sus nuevos miembros se apoyó sobre el suelo. Podía andar ahora. Y así, torpe pero tenaz, avanzó hasta aquel frágil y bello objeto que lo aguardaba en el centro de la cueva, incitándole a acercarse con sus vivos colores y dedicándole una afectuosa sonrisa con sus pétalos extendidos.
Y lo alcanzó y tocó su fino cuerpecito con la punta de sus recién adquiridos dedos. Pero enseguida apartó la mano. Aquella cosa no estaba tan indefensa como aparentaba. Tenía espinas, espinas que herían al mínimo contacto. Las miró y volvió a extender su brazo para tocarla.
Con cuidado esta segunda vez, acarició la cabeza del espinoso objeto. Era suave, muy agradable al tacto. Se preguntó cuál sería su olor. Acercó el rostro, intentando percibir unas sensaciones que no se dejaban sentir. Incapaz de oler nada, se aproximó cuanto pudo hasta tocarlo con la mejilla.
El roce le hizo cosquillas y sonrió. Le gustaba. Siguió meciendo su cabeza sobre la del hermoso objeto. De pronto, una plácida brisa de aire fresco recorrió su piel hasta entrar por unos orificios que le habían aparecido en el rostro. Un embriagador aroma penetró por su cuerpo hasta los pulmones, llenándolo de vitalidad.
Podía oler, y le resultaba muy placentero. Se alejó de aquel ser vivo y tomó otra bocanada. Pero esta vez el olor no le pareció tan agradable. Algo apestaba en aquella caverna. Más bien, todo apestaba en aquella caverna. Se llevó las manos a la nariz, intentando evitar ese hedor pestilente.
Y mientras su conciencia se concentraba en obstaculizar la hediondez, su subconsciente le otorgó una nueva capacidad. Comenzó a escuchar sonidos a su alrededor. Distantes, al principio, pero cada vez más cercanos e intensos. Demasiado cercanos; demasiado intensos. Demasiado desagradables.
Eran gemidos, gritos que saturaban toda la estancia de dolor e impotencia. Se atemorizó. Miró a su alrededor. Los sonidos emanaban de aquellas extrañas criaturas amorfas. De él mismo. El sufrimiento de su interior era tan profundo que su cuerpo era incapaz de contenerlo.
Aquel era el mundo donde había vivido desde siempre, su mundo. Pero no era como se lo había imaginado. ¿Dónde estaba el bienestar? ¿Dónde su libertad? Aquel era el mundo donde había vivido desde siempre, sí, pero definitivamente no era su mundo.
Durante toda su vida había vivido en lo que él había creído era un estado de bienestar y libertad. Pero ahora que había despertado se dio cuenta de que toda su vida, su mundo, no eran más que una mentira muy bien disimulada. No había bienestar. No había libertad.
Y tal fue el dolor que experimentó, tal la opresión de su pecho, que sintió la necesidad de deshacerse de ellos, exteriorizarlos, manifestarlos a los cuatro vientos. Y de la necesidad de expresar sus pensamientos surgieron la voz y la palabra. Y así, alzando su voz sonora sobre el silencio, una única y enérgica palabra brotó de sus labios:

Revolución.

20 abr. 2012

Martillo, rodilla y alcohol

Martillo. Rodilla. Alcohol.
Podría emplear más o menos palabras para expresar lo mismo, pero he considerado que ésas serían suficientes, sin pasarme.
Y ahora vamos a jugar a un juego. Yo voy a seguir escribiendo y vosotros debéis adivinar qué es lo que he querido decir en el primer párrafo. No creo que jamás lleguéis siquiera a acercaros a su significado, pero ¿qué más da? Siempre es divertido jugar con las palabras, aun sabiendo que vais a perder.
La palabra es un arma de doble filo. Por un lado, nos encontramos con lo explícito, el concepto que la palabra por sí misma representa. Por otro, existe una parte implícita, lo que la palabra realmente significa. Normalmente una cosa guarda relación con la otra, pero no tiene por qué ser necesariamente así o, siéndolo, la relación entre ambas no tiene por qué ser próxima o fácilmente descifrable.
Os pondré este documento como ejemplo. Mientras lo leéis tal vez os parezca que estoy hablando de la palabra y de su magia, su versatilidad, su complejidad… Nada más lejos de la realidad. Lo que yo estoy intentando decir con todo esto no tiene nada que ver con la palabra.
Os preguntaréis quizá por el sentido que tiene escribir sobre algo a sabiendas de que probablemente nadie sepa jamás qué es eso sobre lo que estoy escribiendo. ¿No sería más sencillo exponer directamente ese algo? No necesariamente.
En cualqueir caso, hay ocasiones en las que es preferible redactar un escrito con el que no se dice nada antes que uno en el que se dice todo. Pensaréis que eso es una idiotez, pero, desde mi punto de vista, no lo es. ¿Por qué? Pues porque puede darse el caso de que quiera compartir algo con el papel ­—o con un documento de Word—, pero no con sus posibles lectores.
Quizá no terminéis de entender lo que os estoy diciendo, y, si lo entendéis, tal vez no lleguéis a comprender del todo el motivo por el que os hago a vosotros destinatarios de este documento. Si no quiero que sepáis lo que intento expresar, podría simplemente no publicarlo. Pero, en cierto modo, un escritor vive para ser leído, necesita a alguien que lo lea, alguien a quien dirigirle sus palabras.
Por otro lado, es lógico pensar que, si quiero escribir algo acerca de lo que las palabras con las que lo expreso no guardan relación alguna, podría ocurrir que con el tiempo yo mismo olvidara mi propio mensaje.
Debo puntualizar que no creo que eso llegue a suceder, pero, en caso de que me equivoque, ese algo que yo pretendo guardar tras estas palabras permanecería siempre oculto en ellas. He ahí la magia de las palabras y el motivo verdadero por el que estoy escribiendo esto: hay algo que no quiero que desaparezca por completo; algo que me gustaría conservar encerrado para siempre tras estas meras palabras que no significan nada.

12 abr. 2012

Dhäelinn

¿Dónde estás, viejo amigo? ¿Dónde están tu espada y tu escudo, dónde el mundo que un día creamos juntos?

Estoy en ti. Mi espada está en tu interior, también mi escudo. Y el mundo aún sigue ahí, esperando que vuelvas a recorrerlo junto a mí.

Pero ¿por qué ahora lo veo tan lejano? ¿Por qué ahora te siento sólo como una sombra? ¿Por qué ya no corta el filo de tu espada? ¿Por qué tu escudo está quebrado? Amigo… Te he fallado…

No… No me has fallado. Y yo no te fallaré a ti.

Pero ¿por qué ya no te siento junto a mí? ¿Por qué el vacío ocupa ahora el lugar que tú ocupaste un día?

Tú me mataste. Por eso.

Pero te necesito conmigo…

Y estaré contigo.

Dhäelinn… Lo siento…

No te preocupes, todo va bien… Y así seguirá. Sólo debes recordar quién eres.

Pero no lo sé… No sé quién soy, no sé quién fui, ni quién seré…

Entonces recuerda qué eres.

No puedo…

Puedes… Sabes que puedes. Está en ti.

Huye de mí…

Volverá.

Pero Dhäelinn… Sabes…

Lo sé… Y no sé qué decir a eso. No quedan respuestas. No están en mí… Debes buscarlas.

¿Dónde?

No quedan respuestas en mí…

Dhäelinn… Te necesito…

Sabes que no puedo hacer más por ti…

¡Sabes que sí!

Tú me mataste. Pero aún sigo vivo en ti. Yo no puedo hacer más, pero busca en tu interior… Ahí hallarás respuestas…

No te encuentro, Dhäelinn… Ya no te siento…

Búscame… Aún sigo vivo en algún lugar dentro de ti.

Dhäelinn… Te necesito… Nunca quise matarte, Dhäelinn…

No, pero nueve años es mucho tiempo…

Nunca te he olvidado… Eres una parte de mí que jamás podré dejar atrás…

Lo sé… Por eso debes buscarme… Tú sabes quién fuiste, pero no lo recuerdas. Recuérdalo y recordarás quién eres.

No se puede recordar aquello de lo que no se tiene conocimiento… Dhäelinn, necesito saber qué hacer…

Sólo tú puedes saberlo… Busca en tu interior, yo estaré ahí. Busca en las estrellas, ellas te guiarán… Busca… Busca en lo más profundo de tu mente, en lo más profundo de tu corazón. Aún quedan fragmentos intactos. Búscalos. Yo estoy entre ellos. Y siempre lo estaré. Tú… Debes salvar lo que queda de mí. Mi espada volverá a cortar y mi escudo volverá a protegerte. Te lo prometo.

Pero no será para siempre…

Nada es para siempre.

Dhäelinn, ahora te siento… Noto tu presencia… Estás ahí…

Lo estoy. ¡Búscame! Búscame y me encontrarás…

Dhäelinn… Mi pasado, mi presente y mi futuro… Sabes que no sería nadie sin ti… Sabes que por ti soy quien soy…

¿Y quién eres?

No podría decirlo. Tampoco sabría…

Búscame… Sigue mis ojos… Mi marca… Sigue el hielo… Las estrellas… Tãrem… Sabes que estoy ahí, entre las ruinas. Sabes que aún sigo caminando entre los árboles del bosque, junto al lago, al pie de las montañas. Sabes dónde encontrarme… Encuéntrame.

No es fácil… Todo está en ruinas…

Y en ruinas seguirá hasta que lo reconstruyas. Hazlo… Por mí… Por ti… Hazlo por lo que eres… Por lo que puedes llegar a ser…

No sé qué puedo llegar a ser…

Sabes que una cosa es segura.

Lo sé… Pero es esquiva a veces…

Volverá. Sabes tan bien como yo que volverá.

Sí… Pero eso no es suficiente…

Lo sé… Tal vez el camino escogido no sea el correcto…

¿Y cuál es, Dhäelinn?… ¿Cuál es el camino que debo seguir?…

El camino se hace caminando…

Pero hay caminos sin destino… Y ahora yo estoy perdido en el mío…

Sólo caminando sabrás hacia dónde debes guiar tus pasos…

Mis pasos me conducen por sendas inciertas…

Ya se volverán ciertas…

Tengo miedo de perderme, Dhäelinn…

No es perderte lo que temes.

No… Tengo miedo de caer…

Te levantarás y seguirás caminando…

Pero ¿quién sanará la herida?

Yo te ayudaré… Yo estaré ahí…

Lo sé, pero…

Lo sé.

Dhäelinn…

4 abr. 2012

Siete años (El espejo)

Me levanto de la cama. Voy al baño y me miro en el espejo. Mis ojos somnolientos me observan fijamente, yo les devuelvo la mirada. Por primera vez en mi vida llaman mi atención. Hay algo tras ellos en lo que nunca había reparado; me doy cuenta de que son tan desconocidos para mí como yo mismo.
Intento adentrarme en el mundo que mis ojos han proyectado para mí. Estoy en una sala oscura y vacía. De pronto se enciende una luz y los amplios ventanales se abren de par en par. La sala es ahora luminosa y compruebo que no está del todo vacía. Hay un espejo.
Un espejo enorme en el centro de la habitación. Me acerco cauteloso y lo miro, pero no puedo ver mi reflejo. No puedo ver nada, el cristal es completamente opaco. Extiendo la mano y acaricio la superficie con los dedos; es cálida, agradable al tacto.
Entonces una imagen se dibuja en ella. Hay un niño, un niño sonriente de unos siete años que juega con un camión lleno de coches. Está en una especie de cocina antigua. A su espalda hay un frigorífico, una mesa y un par de sillas. Sentados en ellas, una pareja de ancianos lo contempla con afecto.
La imagen desaparece y ahora el niño se encuentra en una sala de estar amplia, sentado en un tresillo junto a un hombre que parece estar escribiendo algo en una libreta. Son sumas. El hombre deja el bolígrafo a un lado y le entrega el cuadernillo al niño, que, afanoso y decidido, le echa un vistazo antes de comenzar su tarea.
De nuevo, la imagen se desvanece tras el cristal. En esta ocasión otro hombre se enfrenta, en una placetuela al aire libre, a un pequeño escorpión que lo amenaza con su aguijón en alto. No muy lejos de él, el niño, un par de años menos niño, observa fascinado la escena.
La imagen vuelve a disiparse y aparece el mismo salón de antes. Hay ahora una mujer muy mayor sentada en un sofá. No deja de hablar. El niño, ya adolescente, la mira y vuelve la cabeza hacia su libro. No parece que las palabras de la anciana alcancen a tener sentido.
La imagen se evapora y el cristal recupera su opacidad. Atrapado aún bajo su superficie, quiero volver a sentir su calidez. Alzó la mano para acariciarlo de nuevo, pero la retiro enseguida. Está helado.
De pronto, una violenta ráfaga de viento se cuela por los ventanales abiertos. Incapaz de resistir su azote, el espejo se desploma ante mí. Lo observo derrumbarse y escucho el ensordecedor ruido del cristal quebrándose en miles de diminutos pedacitos.
Me acercó lentamente y miro su superficie. Ha dejado de ser opaca y ahora puedo ver mi reflejo. Mi reflejo quebrado en miles de diminutos pedacitos.