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12 ene. 2012

Necrófago

Este relato contiene lenguaje soez, violencia y contenido sexual explícito. Algunos fragmentos podrían no ser aptos para personas muy sensibles.


“Nadie me entiende, pero no necesito la comprensión de nadie. Mi vida es un sinsentido, pero ¿por qué tendría que tener sentido? Me llaman loco, enfermo, psicópata… ¿Pero qué sabrán los demás? Que un lobo me diga que lo que hago está mal no significa que lo esté. ¿Qué sabrá un animal salvaje de lo que está bien y lo que está mal? El lobo mata a sus presas antes de comérselas. ¿Por qué está mal si lo hago yo?”

“Sí, soy necrófago, ¿y quién no? Soy caníbal, ¿y qué?, todos tenemos nuestros gustos. Mis presas no sufren, las mato sin dolor y después me sacio con su sangre, con su carne. Es un sabor delicioso, adictivo. Lo necesito. Como un heroinómano su chute. No… Lo necesito como tú puedes necesitar tu plato de comida al mediodía. ¿No te gusta la carne humana? Pues no la comas. Pero deja de tocarme los cojones, es la base de mi dieta.”

Llovía. Era una noche oscura, sin Luna y con nubes. El callejón era estrecho y si tenía salida, mi vista no alcanzaba a distinguirla. Quizá la muchacha sí la veía. O tal vez sólo buscaba el portal de su piso. ¿Pero qué más da? Jamás llegaría a su destino.

-Uhm… Ñam, ñam, estás muy buena. ¿Te lo han dicho alguna vez?

-Piérdete.

La muchacha aceleró el paso, creyendo que podía escapar de mí. Qué ilusa. Aceleré el mío y me interpuse en su camino.

-Oh… Borde. Cómo me pones…

-Tío, déjame en paz, no pienso follar contigo.

Intentó esquivarme, pero no se lo permití.

-No es sexo lo que busco.

Al menos no exclusivamente, la tía estaba para comérsela. Bueno, ya me entendéis.

-¡Suéltame!

Sonreí. Bajo aquella impetuosidad tan sólo escuché miedo.

-Está bien, te suelto.

Apresuró el paso hasta casi correr. La dejé avanzar unos metros mientras me deleitaba con el sensual contoneo de sus caderas al moverse. Apreté los puños y bajo el techo de la calle desierta me abalancé como un lobo sobre su presa. No la dejé gritar. Golpeé con mi puño su nuca y su nuca contra el suelo. Sangre… Sangre humana.

El mentón comenzó a temblarme. Me relamí y recorrí con mi sedienta lengua sus carnosos labios de azúcar. Los mordí, como un niño su golosina. Y apreté hasta que por su boca de caramelo se escurrió un hilo de delicioso jugo escarlata. Volví a relamerme, como haría cualquier infante ante tan irresistible sabor.

Y le rompí la camisa. Y el sostén. Acaricié su torso desnudo con mi lengua ensangrentada. Saboreé cada curva de aquella Venus caída. Su piel era suave, tierna, como un conejillo de campo joven, sin tiempo apenas para que su carne haya madurado. Un excelente manjar para alguien como yo.

La arrastré hasta un rincón de aquella callejuela muerta y arranqué con impaciencia lo que quedaba de su ropa mojada. Yo me bajé los pantalones. Podéis llamarme necrófilo si queréis, pero ¿quién podría resistirse a una belleza como la que tenía ante mis excitados ojos?

La penetré con una sacudida que aumentó mis ansias de poseerla. A ésa la siguió otra y luego otra, y los minutos volaron en aquel frío y húmedo callejón. El sexo con una muerta es de las mejores experiencias que he probado: no gasto en condones y puedo correrme en su interior; una sensación sólo mejorable con un poco de lubricante. Pero no vamos a ponernos exquisitos.

Me subí los pantalones y la contemplé con éxtasis liberado. Ahora se me antojaba más bella incluso que antes. Me arrodillé ante su figura inerte y ensalivé mi dedo índice para recorrer con él cada rincón de su cuerpo entumecido. Sonreí lujurioso y con un movimiento ágil y elegante clavé mis dientes sobre su delicado y apetecible cuello.

Un brillo de complacencia bailaba en mis ojos desorbitados mientras me extasiaba con los placeres de su carne. Y así habrían de transcurrir las tres siguientes horas, tres dulces horas en las que hube de calmar todos mis apetitos.

“Mujeres jóvenes y hermosas, pero también hombres ancianos y decrépitos. Adultos… Y jóvenes. Tengo hambre. Y tengo que saciarla. Además están mis necesidades sexuales. Las tengo, también, como cualquier ser humano normal. Necesito nuevas presas. Cada día. Tengo hambre. Y tengo que saciarla.”

El piso se me caía literalmente encima. Una mierda de salón con cocina, un cuartucho al que llamaba dormitorio y un baño con el espacio justo para poder apenas aplacar mis necesidades básicas. Además, viejo, con las paredes llenas de grietas y varias goteras en el techo. Putos vecinos.

Me dolía la cabeza. Me dolía mucho. No soportaba más tiempo encerrado en aquella cueva del paleolítico, así que me largué. Cerré la puerta y bajé los escalones con pesadez en las piernas. Quería correr, pero no podía; quería gritar de rabia, pero logré contenerme. Salí a la calle y allí estaba otra vez. Ese maldito lobo que no dejaba de seguirme a todas partes. Jadeaba y me miraba, como esperando que yo comenzara la conversación.

-Déjame en paz de una puta vez, lobo cabrón.

No apartó la vista de mí ni movió un solo músculo de su cuerpo. Solamente la lengua. Parecía que quisiera burlarse de mí. Sabía que yo no podía hacerle nada y se aprovechaba de ello. Decidí pasar de él, no estaba de ánimo para sus jueguecitos.

-Que te follen, maldito animal.

Seguí mi camino por entre la jungla de farolas, coches y personas. La gente me miraba al pasar, pero por mí podían irse todos a la puta mierda.

-¿Necesita ayuda, señor?, ¿se encuentra bien?

-No, no estoy bien, maldita vieja asquerosa, así que aparta tus sucias y arrugadas manos de encima y déjame seguir mi camino.

Se fue farfullando, miró hacia atrás y le saqué la lengua como había hecho el lobo conmigo. No necesitaba la fútil compasión de nadie.

-Ojalá te hubiera pillado a solas, vieja…

Continué caminando, irritado. Ya no era sólo la gente, también los búhos. Búhos observándome, vigilándome. Estaban por todas partes, posados sobre las ramas más altas de los árboles y mirándome con altanería, creyéndose superiores a mí, como si realmente lo fueran. ¡Ja! Búhos puñeteros… Medio ocultos entre los claroscuros de la ciudad iluminada por la Luna Llena, subidos a sus ramas distantes… Acechando con ese desprecio recargado a quienes caminamos por el suelo, expuestos y vulnerables.

Doblé la siguiente esquina, que daba a una calle más pequeña y despoblada, y dejé atrás la jungla de la ciudad. Los búhos, las personas, los árboles y los coches. El único que aún me seguía era el lobo. Firme, sosegado, siempre con la lengua colgando, jadeando y mirándome fijamente con aquellos ojos inexpugnables.

-Necesito una farmacia, lobo hijo de perra. Llévame hasta una.

Permaneció ahí, quieto, analizándome, como siempre.

-¡Maldita sea, necesito una puta farmacia!

Dejó de jadear. Se pasó la lengua por el hocico y se sentó. Torció la cabeza sin dejar de observarme y se levantó. Comenzó a andar con gran parsimonia, pero acelerando a cada paso. No miraba atrás. Lo seguí.

Me llevó por varios callejones mugrientos habitados por sucios vagabundos muertos de hambre. Presas perfectas, aunque demasiado escuchimizados. Y en una calle más amplia el lobo se detuvo. Se sentó, jadeando, con la lengua colgándole por la mandíbula inferior.

-Oh, perrito bueno, perrito guapo.

Lo miré con desprecio. Era lo único que podía sentir por él. Un imperecedero desprecio. Crucé la calle y entré en la farmacia. El lobo entró conmigo.

-Buenas noches, ¿qué desea?

-Quiero algo contra el dolor de cabeza.

-Claro. Uhm… Aquí tiene. Si ya ha cenado, tómese una ahora mismo. Si no, le aconsejaría cenar antes un poco.

-Aún no he cenado… Tengo bastante hambre.

-Pues ya sabe. Si vive muy lejos, aquí cerca hay un bar que no es muy caro.

-No me gusta la comida que sirven en los bares.

-Bueno, era sólo una sugerencia. ¿Desea algo más?

-Uhm… Tal vez.

-¿Y bien?

El farmacéutico comenzaba a sospechar de mis intenciones. No había que ser un genio para darse cuenta de que me percibía como a un vulgar ladronzuelo de poca monta. Agg… Sólo por eso merecía morir. Me preguntaba a qué sabría su carne. Carne adulta, no precisamente tierna, pero con una madurez sencillamente exquisita. Tendría unos cuarenta y tantos años, la edad perfecta. Ni demasiado joven ni demasiado viejo. Su carne sería deliciosa. Miré atrás, no había nadie fuera. Bajé la voz.

-¿Me pone también una caja de preservativos, por favor?

-Claro.

Sonrió.

-Pero no se avergüence, hombre, es lo más normal del mundo.

Se encontraba más relajado. Era el momento. Me abalancé sobre él con un salto, esquivando el mostrador, y clavé mis dientes en su cuello mientras le golpeaba la cabeza contra la estantería pegada a la pared. De nuevo, sangre. Me excité, mis pupilas se dilataron en cuanto el sabor de su carne rozó mis labios, en cuanto el olor de su sangre acarició mi lengua. El lobo miraba, jadeando, con la suya colgándole por la mandíbula inferior. Como siempre. Pero no me importaba. Volví hasta la puerta y la cerré.

El lobo vigilaba atentamente mi presa, como esperando que en cualquier momento se levantara y huyese. Necio. Una vez muertos ya no pueden erguirse de nuevo. Regresé y lo desnudé. Me bajé el pantalón. Tal vez no fuese mi plato favorito, al menos, no sexualmente hablando; pero estaba cachondo y necesitaba correrme.

-Mira, lobo cabrón, ¿te gusta?

Le sonreí lascivo y seguí a lo mío. Reconozco que en el fondo la situación me ponía. Me ponía mucho. Le lancé al farmacéutico una segunda dentellada al cuello mientras con la mano derecha me masajeaba el falo erecto. Le clavé los dientes hasta que mis encías tocaron su piel endurecida por la edad y tiré del bocado hacia mí. Mastiqué con gran avidez aquel manjar de dioses y tragué, antes de humedecer mis labios con la sangre derramada por su pescuezo.

Acaricié con la mano izquierda su torso velloso y bajé hasta el vientre. Arremetí contra su costado, llevado esta vez por un violento frenesí. Le arranqué un buen trozo de carne y me lo llevé a la boca para gozar de nuevo con su excelsa degustación. Las vísceras quedaron entonces al aire y su visión me causó un incontenible furor que me quemó las entrañas.

Degusté con fervor el pedazo de carne que le había extraído y rápidamente me incliné a por el tercer bocado, el más embriagador, el más suculento. No había nada que pudiera superar el indescriptible sabor de los órganos internos de un humano adulto.

Durante la siguiente media hora larga me dediqué a seguir descuartizando mascada a mascada el torso y las vísceras de aquel desgraciado farmacéutico. Finalmente eyaculé en su boca y me puse de nuevo la ropa. Sexualmente no tenía ni punto de comparación con una hermosa jovencita de veinte años, pero por el momento sería suficiente para calmarme.

Lo miré de arriba abajo, de abajo arriba. Deslicé mi lengua por su garganta profanada y culminé con un apasionado beso. Mi boca escarlata contra la suya nacarada. Nuestros fluidos se amalgamaron en un cóctel tan repulsivo como estimulante antes de deslizarse por mi garganta reseca.

Y durante otras dos horas más continué desmenuzando el cuerpo inerte de mi presa mientras aquel lobo hijo de perra nos contemplaba, inalterable y solemne, jadeando, con la lengua colgándole por la mandíbula inferior.

“Era una noche completamente oscura. No había Luna ni tampoco estrellas, sólo una espesa niebla que cubría todo a mi alrededor. Apenas podía ver nada a partir de un radio de poco más de un metro, pero sabía perfectamente dónde me encontraba. Estaba en un cementerio. Era capaz de percibir claramente las decenas, centenas de muertos que dormían pacíficamente en sus nichos.”

“Pero algo iba mal. No estaba solo. Una sensación ya conocida en mi interior me advertía del peligro. Levanté el rostro y las vi de nuevo. Decenas, centenas de sombras. Sombras observándome entre las sombras, exhalando sus fríos hálitos en mitad del aire frío de la noche. Giré sobre mí.”

“Y allí estaba él otra vez. Su rostro mutilado a menos de un palmo del mío. Aquel niño cadáver que siempre me acompañaba en mis falsas vigilias. Mirándome a los ojos con sus cuencas negras y vacías. Respirando lenta y dificultosamente a través de aquel horrendo orificio que tenía por nariz. Hablándome endebles palabras con lo que aún conservaba de su mandíbula quebrantada.”

“Alzó su mano hacia mí. Aferró mi corazón y lo sostuvo con firmeza. Examiné el suyo. Menguado, pútrido, carcomido por los gusanos que ya se habían convertido en parte intrínseca de aquella existencia macabra. Bajé la mirada y contemplé su cuerpo en descomposición. Las lombrices surgían de cada músculo, de cada víscera. Apenas quedaban de él sino huesos y restos aún no devorados de carne muerta y putrefacta.”

“Apretó con su mano consumida mi corazón latiente. Sentí un fuerte pinchazo. Apretó, apretó. Cerré los ojos. Apretó, apretó. No lo soportaba más. Apretó, apretó. Solté un alarido de rabia, impotencia y dolor.”

“Y entonces abrí los ojos y lo vi. A aquel lobo hijo de puta, con su vista fija en mí, jadeando, sereno, con la lengua colgándole por la mandíbula inferior.”

Desperté. Estaba completamente sudado y casi no podía respirar. El aire se escapaba de mis pulmones como si intentara huir de aquel niño cadáver, pero no quería volver a entrar. Me llevé la mano al corazón en un vano intento por frenar su desbocada carrera hacia el exterior de mi pecho. Y alcé la mirada.

Ahí seguía. No se había marchado. El niño cadáver a los pies de mi cama, analizándome con aquellos ojos muertos. Salté de mi lecho y escapé corriendo de la habitación. Atravesé el salón y salí al rellano. Descendí tan rápido como pude por las escaleras y abrí la puerta al mundo exterior. Y allí estaba otra vez. Ese maldito lobo que no dejaba de seguirme a todas partes.

-¡Déjame en paz de una puta vez, lobo cabrón!

Y comencé a caminar a lo largo de la acera desierta. Era media madrugada y la oscuridad lo cubría todo. Las nubes, negras, amenazaban tormenta. La niebla, densa y gélida, configuraba un tétrico manto que envolvía toda la ciudad. Y los murciélagos, abundantes y bulliciosos, volaban por el cielo apagado de la urbe conformando una vasta bóveda móvil de sombras imprecisas e irritantes reverberaciones.

Con su interminable aleteo y su continuo ir y venir, esas molestas ratas con alas tenían la fastidiosa capacidad de conducir a cualquiera a la demencia. Me tapé los oídos con ambas manos, cerré los ojos y me lancé a la carrera hacia la desesperante búsqueda de algún lugar apartado de aquel desquiciante alboroto.

Pero era imposible, fuera a donde fuera me encontraba con sus contornos difusos y sus escandalosos ecos. Exasperado por aquella persistente confusión, solté un colérico rugido que habría de estremecer hasta a los más imperturbables oídos. Y eché nuevamente a correr. Quería salir de la ciudad cuanto antes, no soportaba más aquella locura absurda.

Sin embargo, desde algún rincón perdido de los suburbios algo irrumpió de pronto en mi camino. Un perro callejero famélico inició su propia galopada, persiguiéndome obstinado mientras profería reiterados ladridos. Me detuve en seco y le lancé una mirada letal, que dudo supiera interpretar. Me imitó y frenó en seco, sin cesar en sus ladridos.

-¡Deja ya de ladrar, maldito perro sarnoso!

Gruñó mostrándome sus imponentes colmillos y le enseñé yo los míos. Avancé amenazador hacia él y retrocedió desafiante. Sin apartar mi vista de la suya, seguí acercándome e intimidándole hasta que en seguida comenzó a doblegarse. El fiero perro cazador se convirtió en la presa acorralada e indefensa.

Emití entonces mi propio gruñido y me abalancé sobre él. Dejó escapar un chillido agudo y dio media vuelta para huir, pero sus reflejos no le acompañaron. Caí encima aplastándolo y solté el puño golpeándole la cabeza.

Pero a tanto había llegado mi estado de enajenación que no logré controlar la fuerza del impacto. Le destrocé el cráneo y el cerebro reventó, esparciéndose sus restos por la acera. Estimulado por la visión de la muerte bajo mis piernas, enseguida olvidé la perturbación causada por los murciélagos y mis cinco sentidos confluyeron en un solo pensamiento: la creciente gula de mi apetito insaciable.

Aunque esa noche ya había cenado, fui incapaz de contener mi instinto ante la imagen de sangre derramada y sesos diseminados. Subyugando sin resistencia a mi voluntad, la necesidad imperiosa de alimentarme me asaltó ineluctablemente.

Me aparté de la presa y me agaché cuanto pude hasta rozar con los labios el suelo helado de la noche. Sin repulsión ni escrúpulos, pasé la lengua por la acera recogiendo con fruición los pedazos disgregados. Tal vez no fuese una persona, pero aquel animal poseía en su carne y su sangre, tanto como cualquier ser humano, el deleitoso placer de la muerte.

Y entonces me percaté de la figura que se alzaba frente a mí, observándome con indolencia.

-¿Qué te parece, lobito? Éste debía de ser algún primo tuyo…

Le dirigí una sonrisa sañuda, pero no pareció importarle lo más mínimo. Aquel lobo hijo de puta permaneció impasible, como siempre. Desdibujé la sonrisa y continué recogiendo mi alimento.

Y en apenas hora y media no quedó en aquella calle desierta un solo rastro de la brutal matanza. Únicamente murciélagos. Millares de murciélagos y un lobo hijo de perra. Pero ya nada me importaba. La cabeza me daba vueltas y el estómago me rugía gemebundo. Dos presas en una sola noche eran demasiadas. Me sentía fatal.

Quise andar, pero las piernas me temblaban. No podía aguantar más. Me incliné junto a la pared maloliente de un edificio cercano y expulsé todo cuanto había ingerido en la última hora. Durante un buen rato estuve vomitando una masa pastosa llena de enormes tropezones que me destrozaban la garganta al salir.

Y al fin, me derrumbé. Ni siquiera me quedaron fuerzas para resistirme a la incesante baraúnda de murciélagos sobre mi cabeza. Mientras, aquel lobo hijo de puta se mofaba de mí con su lengua colgándole por la mandíbula inferior, jadeando, sin dejar de observar en ningún momento la patética escena.

-Déjame en paz, lobo cabrón…

“¿Cómo empezó todo? No lo sé. Lo único que soy capaz de recordar de mi primera presa es el olor de su sangre. No la maté yo, de eso estoy seguro. Simplemente la encontré. Y una vez encontrada, una sensación que nunca antes había experimentado brotó en mí, como la semilla de una flor que durante mucho tiempo se ha estado gestando bajo tierra hasta que al fin logra hallar la luz.”

“Recuerdo que aquella primera vez me sentí horrorizado y profundamente asqueado por lo que ese incontrolable estímulo interno pretendía obligarme a hacer. Intenté resistirme con mis escasas fuerzas, luché con la poca voluntad que conseguí reunir, pero finalmente no pude más que rendirme. Fui incapaz de controlar mi instinto. Y aún hoy sigo siéndolo.”

“Así fue como empezó todo. Una vez recuperado de la primera impresión, el sabor de la carne muerta no me pareció tan malo. Al contrario, me resultó sublime. Y comí y comí hasta que mi estómago casi reventó. Me costó un gran esfuerzo al principio acostumbrarme a aquel hartazgo que me provocaba la ingestión de tanta comida. Fueron incontables las veces que acabé potando por las esquinas.”

“Pero con el paso del tiempo mi estómago fue adaptándose a mis nuevos y peculiares hábitos alimentarios. Hoy pueden contarse con los dedos de las manos los días que vomito, y cuando eso ocurre, la razón no se encuentra en la insuficiencia de mi estómago, sino en el exceso de mi alimento.”

“Por eso sólo cazo una presa al día, cada noche, antes de ir a dormir. Como lo mínimo imprescindible para poder mantenerme en pie y conservar mi grotesca existencia. Y no, no pretendo excusarme. A vosotros no os gusta lo que hago, lo sé, pero eso a mí me importa una mierda. Además, ¿quiénes cojones os creéis para juzgarme? ¿Acaso lo que hacéis vosotros es distinto? Los seres humanos normales sois peores que yo.”

“Soy un necrófago y me alimento de carne muerta. Pero por motivos que ni siquiera yo llego a comprender del todo, soy incapaz de poner un pie en un cementerio. Les tengo fobia por culpa de una pesadilla recurrente. Cruel ironía… Pocas semanas después de descubrir mi auténtico yo, un sueño repetitivo comenzó a asaltar mi mente.”

“Estoy solo en un cementerio, medio tumbado en el suelo. De pronto aparecen unas sombras a mi alrededor y, cuando me giro, un niño cadáver. Bueno, ¿qué os voy a contar?, ya lo habéis leído. Es una pesadilla que no sé controlar. Las noches que me deja en paz puedo dormir con apacibilidad y reparo, pero cuando ese maldito niño cadáver se me presenta en mitad de la noche no me queda más remedio que huir. No he vuelto a pisar un cementerio desde la primera vez que soñé esa realidad onírica. Tampoco he vuelto a comer niños desde entonces.”

“Sin embargo, tengo que alimentarme. La comida tradicional no me sienta nada bien, lo descubrí hace bastante tiempo. Necesito carne muerta. Durante las primeras semanas me esforzaba por matar animales, pero no era suficiente. La carne de animal podía suplir la de humano, pero por pocos días.”

“Y enseguida me vi forzado a matar gente, hasta que el asesinato acabó convirtiéndose en algo cotidiano. Debo cazar al menos una presa al día o moriré de inanición. No lo hago porque quiera, sino por necesidad. Sois vosotros o yo. Y yo quiero vivir. Lo merezco más que la mayoría de vosotros.”

“Así que, si queréis juzgarme, adelante, sois totalmente libres de hacer lo que os dé la real gana. Pero antes, en lugar de juzgarme a mí, probad a hacerlo con vuestros propios actos. Yo soy necrófago. ¿Qué excusa tenéis vosotros?”

El hombre es un lobo para el hombre.

1 comentario:

  1. Llegué esta entrada por recomendación de un amigo y ¿qué puedo decirte en primer lugar, Dew? ¿Has ido a un psicológo? Sólo por si acaso, es decir... según la introducción de tu blog, escribes para encontrarte a ti mismo, así que si te encontraste a ti mismo escribiendo esto... wow... hay que, bueno, pensar bastante. u_ú

    En segundo lugar, lo primero fue en broma x'D En realidad, fue bastante impactante lo que acabo de leer, así que quise bromear un poco antes de comentarte qué entendí y que, no estoy segura si sea exactamente lo que intentaste proyectar.

    No es para nada mi estilo y sin embargo, ha valido la pena. Me gustó mucho la manera en como narraste, y como lograste proyectar el sentimiento de, según yo, ese hombre esquizofrénico canival, que es fuertemente atormentado por su condición, bastante avanzada, y cuando digo condición, me refiero a la esquizofrenia.

    Es la percepción que logro tener del hombre. Y ese lobo, según lo que logré entender, no es más que la visión de lo que él es, creí entender que en cierta forma o de algún modo, éste hombre tiene cierta repulsión de sí mismo, poco a poco fue aceptando y está tan consciente de que él es diferente y de cierta forma igual al vulgo, que se proyecta así mismo en el lobo. Es decir, él dijo que la raza de lobos, mataba de igual manera para comer carne. Cuya acción él hace noche tras noche. Si su gusto, lo hace diferente, pero lo hace para alimentarse, igual que los humanos normales, cosa que él hace de una manera bastante grotesca cabe resaltar.

    Y no sé porqué mierdas yo estoy explicándote lo que tú creaste y que conoces más que nadie, pero es quizás, te repito, mi impresión ante esto. Fui capaz de imganiar todo.

    Eres muy bueno, Dew.
    Bueno, me despido. ='3

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