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3 ene. 2012

A la soledad le gusta estar sola

Un hombre solitario caminaba por una carretera abandonada. Deprimido, sólo buscaba encerrarse en su propia soledad y olvidarse de lo que lo había llevado hasta allí. Pero a la soledad le gusta estar sola.

Se puso su ropa interior y los pantalones. Luego la camiseta. El reloj estaba en la mesilla, pero decidió que no lo necesitaría. Miró a la desconocida que lo había acompañado esa madrugada y se sintió peor. Bajó la mirada y anduvo cabizbajo hasta el baño.

En la orilla de la carretera había un charco. Se agachó y se observó. Tenía un aspecto horrible. La noche anterior había ahogado sus penas en un profundo pozo de alcohol, pero esta mañana el ahogado era él. Se levantó y orinó junto a un matorral antes de proseguir su deambular por aquella carretera.

Entró en la cocina y miró con desidia hacia el congelador. No tenía ganas de desayunar. No tenía ganas de nada. Cogió un papel de la sala de estar y le escribió una nota a la señorita que dormía en su cama. La dejó en la almohada y salió a la calle.

Miró hacia ambos lados de la carretera, pero no pasaba ningún coche. Tampoco había personas. Estaba solo. A su alrededor, desierto. Montañas y unos pocos árboles era todo cuanto podía ver. Continuó caminando por aquella carretera.

Giró la cabeza hacia un escaparate. Nada llamaba su atención. Miró al frente, pero sólo había farolas. Miró hacia atrás, sólo había farolas. Miró hacia ambos lados, pero sólo había viejos edificios. Dobló una esquina.

Un cuervo pasó volando frente a él. Dio varias vueltas a su alrededor y se posó en su hombro. Quiso apartarlo de un manotazo, pero el cuervo volvió. Quiso darle otro, pero el cuervo lo esquivó. Finalmente desistió y siguió caminando por aquella carretera.

Se encontraba en un callejón sin salida. A su espalda, la avenida que había dejado atrás. Delante, un muro que no podía escalar. Y paredes cortando los laterales. Dirigió su mirada al cielo, pero las nubes lo bloqueaban.

Caminando por aquella carretera abandonada llegó a la ciudad. Entró en una amplia avenida. No había coches. Tampoco personas. Sólo farolas y edificios. Dobló una esquina que daba a un callejón sin salida. Al final, un hombre. Se acercó y se miró a los ojos. Pero no vio nada. Y es que a la soledad le gusta estar sola.

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