Archivo de publicaciones


ARCHIVO DE PUBLICACIONES (Clic para expandir/ocultar)

Clasificadas por categoría


Amor Crítica Descripción


Ética y moralidad Experimental Filosofía de vida


Gore/Sexo Instropección Muerte/Decadencia/Soledad


Parábola Random Terror/Oscuridad


Mis comienzos


Clasificadas por género


Relatos Diálogos Soliloquios


Metáforas Otros


Búsqueda personalizada


Buscar en la web Buscar en el blog


31 ene. 2012

Como el perro y el gato

Experimental


-Buenas, felino.

-Hola, can.

-¿Qué tal el día?

-Meah… Tengo hambre…

-A mí mi amo me ha sacado hoy de paseo y hemos estado jugando a la pelota. Él me la tiraba y yo la recogía, él me la tiraba y yo la recogía, él me la tir…

-Meah… ¿Es verdad que han cortado el agua de la casa?

-Grr… Me gustaría saber qué haces tú para entretenerte…

-Pues me parece que tendrás que aguantarte, can.

-¡He visto millones de escarabajos!

-Meah… Yo no tengo ningún problema, puedo salir cuando quiera. No como tú, que estás atado con esa correa casi todo el día.

-Grr… Ridículo. Eso es lo que eres tú.

-Meah… ¿Qué me vas a hacer?, soy más ágil que tú.

-Grr… Tengamos la fiesta en paz, felino…

-Bueno, ¿qué más da? Meah…

-Vale, ¿y a qué has venido tú aquí?

-Estoy bastante aburrido, ¿y tú?

-Yo lo que tengo es sed, grr… Me arrancaría la piel a mordiscos por un cazo lleno de agua fresca…

-¿Es que no sabes hacer nada mejor?

-Me temo que sí.

-Pues el otro día estuve jugando con un escarabajo. Él se quedó quieto para hacerse el muerto. Meah… Se cree que me engaña. Por cierto, ¿has visto alguna vez un escarabajo?

-Creo que tú también, felino.

-Imagino que hablamos de lo mismo… Son esos bichejos negros y redondos tan subnormales que no saben ni ponerse en pie cuando les das la vuelta. Es ridículo.

-Grr… Por suerte para ti, felino.

-Tranqui, can, no te mosquees, que te pones muy baboso…

-Grr… Eso lo dices ahora, felino…

-De acuerdo, está bien. Meah…

* * *

-Hola, camaradas.

-Grr… ¿Tú quién eres?

-No lo sé, acabo de llegar.

-Meah… ¿Y qué haces aquí?

-Estoy en frente de vosotros, os puedo oír.

-Grr… Pues vaya… ¿Y qué se supone que es eso, felino?

-Meah… Vaya, eres un poquito corto, ¿no?

-Soy un camaleón.

-Grr… A mí me llama la atención su color… Qué raro es…

-No lo sé, can, pero parece un bicho muy extraño. ¿Será tan estúpido como los escarabajos?

-Seguro que no tanto como tú…

-Grr… Incluso más.

-Meah… ¿Y qué sabes hacer tú, camaleón?

-Grr… Lo mismo que sus ojos…

-¿Tú qué, dentudo?

-Meah… Pues qué lengua más larga tiene, debe de ser muy incómoda…

-Grr… Seguro que has venido en un platillo volante.

-Llamadme diferente, por favor.

-Meah… Original…

-Para nada.

-Grr… Seguro que estoy aquí desde antes de que tú nacieras…

-Meah… Debes de haberte caído de un árbol.

-Bigotudo, yo puedo hacer lo que me plazca.

-Grr…

-Meah…

-Me largo, no hay quien os entienda.

26 ene. 2012

Ceda el paso

Era medianoche pasada. Yo caminaba por la acera con los cascos puestos, escuchando una canción tras otra en el MP3 mientras, absorto en mis pensamientos, contemplaba los edificios de la ciudad.

Crucé cerca de un parquecillo infantil y pasé al lado de una parada de autobús vacía. Llegué a un paso de cebra y aminoré la marcha para evitar detenerse a un coche rojo. Anduve hasta la acera contraria y esquivé a un par de chicas que venían hacia mí.

Con la mente puesta en la fiesta, metí la tercera marcha y avancé calle abajo. Llegué a un paso de cebra y reduje a segunda. Un chico joven con cascos en los oídos me cedió el paso. Alcancé el final de la vía y observé la avenida antes de continuar. Me anticipé al único vehículo que vi venir y me incorporé al carril izquierdo.

Conduje hasta una tienda de alimentación 24 horas situada muy cerca de allí y señalicé mi parada con las luces de posición. Detuve el automóvil, desabroché el cinturón de seguridad y salí a la acera mientras una furgoneta blanca rebasaba mi coche.

Comprobé la hora en mi reloj. Eran más de las doce, así que volvería a llegar tarde. Sin preocuparme demasiado, seguí mi trayecto con normalidad. Un coche rojo se incorporó al carril izquierdo de la avenida unos metros por delante de mí. Paró enfrente de un pequeño comercio abierto y lo adelanté.

Seguí conduciendo hasta llegar a la siguiente rotonda, frené y le abrí la puerta a mi novia. Entró, la besé y me puse de nuevo en marcha. Hice un cambio de sentido mientras mi pareja me comentaba los planes para el día siguiente.

Llegué a un paso de peatones con semáforo en verde y lo crucé para meterme por una callejuela algo estrecha y oscura. Continué caminando hasta llegar al final y volví a encontrarme otro paso de cebra con semáforo en rojo para los vehículos. Anduve recto sin detenerme mientras seguía escuchando la música de mi reproductor.

Salí de la tienda de alimentación con las provisiones que acababa de comprar y entré en el coche. Lo puse en marcha, me até el cinturón y giré a la izquierda en la siguiente calleja que encontré. La atravesé hasta la señal de ceda el paso y me incorporé a la avenida.

Le pregunté a mi novia qué planes había hecho el grupo para el día siguiente. Querían ir al cine, luego a cenar y después a un bar de la zona. Seguí avanzando por la avenida desierta mientras ella cavilaba sobre qué pantalones le quedarían mejor con la camiseta de rayas.

Nos encontramos todos los semáforos en verde, así que continué conduciendo sin detenerme. De pronto, desde una callejuela a nuestra izquierda un coche rojo se incorporó sin mirar. Giré rápidamente el volante y esquivé al temerario vehículo. Sin reducir la velocidad, recuperé el control de la furgoneta y regresé a mi carril.

Mi novia, empalidecida por el susto, se giró en el asiento para mirar al coche rojo mientras yo le gritaba un insulto poco decoroso a su conductor. Volví la cabeza y toqué el claxon, sin percatarme de que el siguiente semáforo estaba en rojo.

Escuché un golpe sordo contra el capó y varios más a continuación y miré al frente sobresaltado. La furgoneta pasó por encima de algún bulto tirado en mitad de la carretera. Frené en seco, pero ya era demasiado tarde.

* * *

Era medianoche pasada. Yo caminaba por la acera con los cascos puestos, escuchando una canción tras otra en el MP3 mientras, absorto en mis pensamientos, contemplaba los edificios de la ciudad. Crucé cerca de un parquecillo infantil y pasé al lado de una parada de autobús vacía. Llegué a un paso de cebra y un coche rojo me cedió el paso. Anduve hasta la acera contraria y esquivé a un par de chicas que venían hacia mí.

Con la mente puesta en la fiesta, metí la tercera marcha y avancé calle abajo. Llegué a un paso de cebra y frené para cederle el paso a un chico joven con cascos en los oídos. Alcancé el final de la vía y me incorporé a la avenida detrás de una furgoneta blanca. Conduje hasta una tienda de alimentación 24 horas situada muy cerca de allí y realicé una parada con mi vehículo.

Comprobé la hora en mi reloj. Eran más de las doce, así que volvería a llegar tarde. Sin preocuparme demasiado, seguí mi trayecto con normalidad. Miré a través del espejo retrovisor y vi cómo un coche rojo se incorporaba al carril izquierdo de la avenida unos metros por detrás de mí. Seguí conduciendo hasta llegar a la siguiente rotonda, recogí a mi novia e hice un cambio de sentido.

Llegué a un paso de peatones con semáforo en verde y lo crucé para meterme por una callejuela algo estrecha y oscura. Continué caminando hasta llegar al final y volví a encontrarme otro paso de cebra con semáforo en rojo para los vehículos. Anduve recto sin detenerme mientras seguía escuchando la música de mi reproductor.

Salí de la tienda de alimentación con las provisiones que acababa de comprar y entré en el coche. Lo puse en marcha, me até el cinturón y giré a la izquierda en la siguiente calleja que encontré. La atravesé hasta la señal de ceda el paso y me incorporé a la avenida detrás de la furgoneta blanca de antes.

Le pregunté a mi novia qué planes había hecho el grupo para el día siguiente. Querían ir al cine, luego a cenar y después a un bar de la zona. Seguí avanzando por la avenida desierta mientras ella cavilaba sobre qué pantalones le quedarían mejor con la camiseta de rayas.

Continué conduciendo hasta que un semáforo me obligó a pisar el freno. Reduje paulatinamente la velocidad mientras un chico joven con cascos en los oídos cruzaba el paso de peatones. Simultáneamente, el mismo coche rojo de antes se situó a nuestra altura en el carril contiguo. Varios segundos después, el semáforo cambió a verde y mi novia y yo seguimos nuestro camino a través de la avenida.

20 ene. 2012

Trueque

-Disculpa.

-¿Sí?

-¿Qué precio estarías dispuesto a pagar por tu vida?

-¿Perdona?

-Verás, estás a punto de morir, pero yo puedo cambiar tu destino.

-Lo siento, tengo prisa.

El muchacho se colocó el auricular en el oído y siguió escuchando música. Se acercó al paso de peatones y esperó al verde del semáforo. Otro joven se adelantó y cruzó. El muchacho fue a imitarle, pero una visión fugaz lo detuvo. El conductor de un autobús no se percató de la imprudencia del chico y lo golpeó con violencia dejándolo tendido inerte en el suelo.

Una sobrecogida masa de curiosos se formó enseguida alrededor del accidentado. El muchacho, turbado, se acercó también al círculo de mirones y avanzó hasta la primera fila, donde vio el cuerpo mutilado del joven. Era el suyo.

Boquiabierto, su cerebro paralizado todavía luchaba por asimilar lo que estaba ocurriendo cuando una voz le habló a sus espaldas.

-¿Y bien?

-¿Q-qué…?

Miró al chaval que había predicho su muerte y se miró a sí mismo. Aunque estaba claro lo que acababa de suceder, no terminaba de creerlo.

-Bueno, como veo que no te decides, me largo.

-E-espera…

-Si quieres hablar, acompáñame hasta un lugar más tranquilo.

Lo siguió hasta un parque cercano y se sentaron en un banco vacío.

-Bien, la cuestión es… ¿Qué precio estarías dispuesto a pagar por tu vida?

-¿Cómo he…?

-¿Ésa es tu respuesta?

-¿Eh?

-Buff… ¿Por qué se mueren siempre los más idiotas?

-¡Oye! Ten un poquito de consideración…

-¿Consideración? Te estoy ofreciendo la oportunidad de recuperar tu vida.

-Y yo te estoy pidiendo un poco de tacto, que creo que es lo mínimo en mi situación…

-Bueno, lo que tú digas… ¿Vas a colaborar o no?

-¿Y por qué debería? No sé si lo que dices es cierto.

-Tú mismo… Si no colaboras me largo, no voy a perder el tiempo.

-Espera… Está bien, colaboraré, pero déjame preguntarte algo antes.

-¿El qué?

-¿Cómo sabías tú que estaba a punto de morir?

-Puedo hacer que recuperes tu vida, ¿responde eso a tu pregunta?

-No. ¿Qué eres?

-Encantado, me llamo Joseph.

-No te he preguntado cómo te llamas, sino qué eres. ¿Eres un ángel?

-No, pero puedes pensar que sí si eso te hace feliz.

-Si no eres un ángel, ¿qué coño eres?

-¿Por qué das por hecho que no soy humano?

-Pues no lo sé… ¿Tal vez porque predices la muerte de la gente y eres capaz de hacerla volver a la vida?

-En ningún momento he dicho que pueda hacer volver a nadie a la vida.

-Pero si lo acabas de decir.

-Yo he dicho que puedo hacer que la recuperes, no que vaya a resucitarte. Y si me hubieras hecho caso antes, ahora mismo estarías vivito y coleando. Así que, sí, puedo evitar la muerte de quien está a punto de encontrarse con ella y, sí, puedo hacer que alguien que acaba de morir recupere su vida, pero ¿resucitar? ¿Quién te crees que soy?

-Pues no lo sé, aún no me lo has dicho.

-Sí que te lo he dicho, soy Joseph. En serio, es irritante hablar con una persona que no se empapa de nada…

-Perdona, eres tú quien no responde a mis preguntas.

-Tal vez si tus preguntas fueran un poco menos estúpidas…

-¡Mis preguntas no son estúpidas!

-Como tú digas… En cualquier caso, tú tampoco has contestado a la mía.

-Está bien, entonces respóndeme tú a mí y después te contesto yo a ti, ¿te parece?

-Lo que me parece es una pérdida de tiempo, pero adelante… Pregunta.

-Pues… ¿Cómo puedes ser capaz de evitar la muerte de una persona?

-Cualquiera es capaz de evitar la muerte de una persona sabiendo con antelación dónde, cuándo y cómo va a morir. E incluso sin saberlo.

-Vale, muy bien, pero ¿cómo coño sabías que iba a morir?

-A eso te responderé después. Ahora me toca a mí preguntar.

-De acuerdo, ¿cuál es tu pregunta?

-Pues ya es la tercera vez que te la hago, pero… ¿Qué precio estarías dispuesto a pagar por tu vida?

-Pagaré cuanto haga falta, aunque no tengo mucho…

-No hablo necesariamente de cosas materiales, puedes ofrecerme lo que sea.

-¿Cómo qué?

-Pues lo que sea. ¿Es que no te enseñaron en el colegio lo que significa “lo que sea” o qué?

-Sí, sí me lo enseñaron… Pero no sé qué ofrecerte, ¿vale? Dime tú qué quieres.

-¿Yo? Yo no quiero nada. Eres tú quien está interesado en su vida, así que tú sabrás lo que piensas ofrecerme.

-Te estoy diciendo que no lo sé. Pídeme tú algo.

-Me largo, paso de hablar con alguien que no me hace ni caso.

-¡Eh, espera!

-Eres insoportable, ¿lo sabes?

-¿Yo lo soy?

-Sí. ¿Qué quieres?

-¿Cómo que qué quiero?

-Bueno, me has dicho que espere… Supongo que será por algo, ¿no?

-Sí, para que me digas qué quieres a cambio de mi vida.

-Piérdete.

-¡Espera!

-¡¿Qué?!

-Aún no has respondido a todas mis preguntas.

-Buff… ¿A qué preguntas quieres que te responda ahora?

-A cómo predijiste mi muerte, por ejemplo.

-¿Sinceramente? Nunca la predije.

-¿Perdona?

-Habría que estar loco para creer que realmente puedo hacer eso.

-¿Entonces cómo coño supiste que iba a morir?

-Verás, esto no te va a hacer mucha gracia, pero nunca lo supe. Simplemente te lo dije y ocurrió.

-¡¿Qué?! ¡¿Entonces estoy muerto por tu culpa?!

-Bueno, técnicamente no…

-¡¿Técnicamente no?! ¡Venga ya, ¿qué coño me estás contando?!

-No te estreses, chaval, esto tiene explicación.

-¡¿Que no me estrese?! ¡Estoy muerto por tu culpa!

-Bueno, eso no es del todo cierto… Estás muerto por tu culpa, por no escucharme cuando te ofrecí la oportunidad de hacerlo.

-¿Mi culpa? ¡¿Pero tú de qué vas?!

-Yo no voy de nada, pero, si me hubieras hecho caso antes, no habrías cruzado el paso de cebra y ahora mismo estarías vivo.

-¡¿Perdona?!

-Lo que oyes. Y, si no tienes más preguntas, yo me marcho ya.

-¡Y una mierda te marchas! ¡Haz que recupere mi vida, capullo!

-Puedes cabrearte si quieres, pero no te servirá de nada… Yo no puedo hacer que recuperes tu vida.

-¿Có-cómo?

-Pues lo que estás oyendo, yo ya no puedo hacer que recuperes tu vida.

-¿Me estás vacilando?

-Para nada. Te he ofrecido la oportunidad de hacerlo, pero la has desaprovechado y ya es demasiado tarde para darte otra. Verás, chaval, a veces la vida sólo te ofrece una oportunidad. O la tomas o la dejas. Y tú has dejado la tuya. Así que se acabó.