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25 dic. 2012

La correspondencia de Platón


Estimado/a amigo/a,

me llamo Platón y no, no soy el de la caverna. El de la caverna murió hace mucho tiempo y yo nací hace poco. Además, no soy filósofo ni nada que pueda parecérsele en lo más mínimo. Sólo soy un chico normal y corriente que escribe cartas y las envía. ¿A quién? Bueno, no quiero ser descortés, pero ¿no habéis oído nunca eso de que la correspondencia es privada? Pues eso.
El caso es que escribo muchas cartas. Una al día, para ser más exacto. Pero nunca recibo respuesta. Y miro el buzón cada mañana, pero o está vacío o sólo hay propaganda. Y por eso ahora os escribo ésta a vosotros, quienesquiera que seáis sus lectores; porque quiero desahogarme.
Más que querer, lo necesito. Escribir cada día una carta que sabes que no va a ser contestada es un tanto frustrante. MUY frustrante, de hecho. Sí, vale, la solución es obvia: dejar de escribir cartas. Pero no es tan fácil hacerlo como decirlo. No puedo evitarlo, y creedme cuando os digo que lo he intentado.
Me tomaréis por loco, quizá, o tal vez por idiota, pero es la verdad. No sé muy bien por qué, pero todos los días siento la necesidad de escribir una nueva carta hablando sobre las mismas cosas que ya conté el día anterior. Y una vez enviada no puedo dejar de pensar en ella. Incluso cuando duermo sueño con la carta.
Pensaréis que mi vida es un poco triste y probablemente lo sea, no os lo voy a negar, pero no sé qué hacer… Ya he intentado acabar con esto muchas veces y nunca lo consigo. Así que ¿qué remedio?, a seguir enviando cartas… Es lo que toca.
Y esto es todo. Muchas gracias por vuestra atención,
Platón.


* * *


Estimada Desconocida,

te quiero.

Sinceramente tuyo,
Platón.

12 dic. 2012

Ayúdame a morir entre gritos de dolor


Contenido explícito


Oscuridad y silencio. Estaba en una sala ovalada y sin luces, con la única compañía de mi respiración acompasada. Tenía los ojos vendados, el cuerpo completamente desnudo y los pies y las manos atados a una plataforma circular en posición vertical. Llevaba ya un buen rato esperándola.
Exhalé un tedioso suspiro y levanté la cabeza. Alguien se aproximaba por el pasillo. Abrió la única puerta de la estancia.

—Bien, ¿estás preparado?
—Lo que estoy es aburrido… ¿Dónde te has metido?
—Lo siento, he tenido que dar un rodeo… Pero ya estoy aquí con todas las herramientas. A ver, ¿te parece si empiezo por algo simple?
—Como tú veas.

Escuché varios ruidos metálicos no muy lejos de donde estaba. La mujer dejó algún tipo de receptáculo pesado en una mesa y se acercó. Algo se arrastraba junto a ella. Noté cómo lo levantaba del suelo y oí lo que parecía el chasquido de un látigo. Rozó con él mis costillas.
Volvió a golpear en el mismo punto con más fuerza. Y una vez más. Y otra vez. Y otra. Pronto un líquido empezó a emanar de la herida. Un delgado hilo de sangre cayó por mi costado y bajó por los muslos hasta llegar a los pies. La joven siguió maltratando la herida durante un par de minutos más y paró.

—¿Nada?

Negué con la cabeza.

—Está bien, pasemos a otra cosa.

Soltó el látigo y buscó entre sus herramientas alguna que pudiera serle de utilidad. Escuché más sonidos metálicos y entonces silencio. Se lo pensó durante varios segundos antes de decidirse. Caminó hacia mí y se apoyó contra la plataforma metálica. Dejó al lado un objeto que, por cómo sonaba, parecía bastante robusto.
Tomó mi mano y acarició mi dedo índice. Lo agarró y tiró de él con fuerza hacia arriba hasta quebrar el hueso. Repitió el proceso con el dedo corazón, pero esta vez con más saña. Lo movió en círculos sobre sí mismo y lo estrujó contra la mano. El dedo quedó completamente suelto.

—¿Ni una pizca?
—En absoluto.
—Bien… Eres más difícil de lo que pensaba.

Asió el utensilio que había colocado en el suelo y se alejó un par de pasos de mí. Se giró e inspiró una profunda bocanada de aire. Pasaron unos segundos antes de que el pesado objeto se desplomara con violencia sobre mi rodilla izquierda. Toda la plataforma tembló. Y aún seguía vibrando cuando otro brutal martillazo hizo astillas lo que aún quedaba de mi articulación.

—¿Algo?
—Tendrás que esforzarte más…
—Oye, antes de dejar el mazo… Tampoco puedes excitarte, ¿verdad?
—No.
—Qué pena…

Arrojó el martillo junto a la pared y fue directa hacia la mesa. Extrajo algo de su maletín y lo conectó a un enchufe de la pared. Volvió sobre sus pasos y siguió buscando más instrumentos. Cuando terminó se aproximó hacia mí y dejó caer varios útiles al suelo.

—Hoy es tu día de suerte, chaval. Vas a volver a casa depiladito y guapo…

Se agachó frente a mí y colocó una especie de tira pegajosa y caliente sobre el vello de mis testículos. Apretó con delicadeza y tiró con brusquedad. Tras comprobar que tampoco esto surtía efecto, cogió unas tijeras del suelo y sujetó mi pene con su mano libre.

—Sería bastante más divertido con una erección…
—Lo siento…
—Bueno…

Apartó el escroto con los dedos y lo seccionó con las tijeras. Las dejó y arrancó de un tirón la piel suelta. Acarició la punta del falo con los dedos mientras insertaba la punta de una púa oxidada. Aferró con fueza mi miembro y le asestó un martillazo a la púa y otro a los testículos.

—Macho, esto suele funcionar…
—Ya te dije que sería complicado.
—Está bien… Habrá que ser más dura.

Regresó a la pared donde había enchufado el aparato y comprobó que funcionaba. Un disco de acero giró a gran velocidad entre sus manos. Se detuvo el sonido y varios pasos se acercaron. Volví a escuchar el mismo ruido chirriante, mucho más cerca esta vez.
Y comenzó a cortar mi brazo por la mitad. La rueda metálica cercenaba huesos, músculos y venas a su paso. Llegó hasta el codo y paró. Cambió de lado e hizo lo mismo en el brazo izquierdo.

—¿Qué me dices?
—Que al final moriré sin dolor…
—Aún no he acabado.

Volvió a hacer girar la rueda y cortó con cuidado la piel que cubría mi pecho. Se desprendió de la herramienta y buscó varias más en su caja. Las tiró al suelo y asió con fuerza la carne sesgada de mi torso. Me despellejó dejando todos los músculos al descubierto.

—Estoy empezando a perder demasiada sangre. No sé cuánto tiempo más aguantaré con vida…
—No me presiones, anda… Hago lo que puedo.

Destapó una botella de alcohol sanitario y la comprimió para hacer salir un chorro a presión. Regó con él mi busto desollado hasta que el recipiente quedó vacío. Me dio varias palmaditas en el pecho.

—¿Qué? ¿Escuece, campeón?
—Ni un poquito…
—Entonces bebe esto. Es ácido. Quemará tus órganos internos mientras yo termino por fuera. Si tampoco así sientes dolor, lo siento mucho… Es todo cuanto puedo hacer.
—Te agradezco el esfuerzo…

Me hizo tragar un bote entero de ácido y fue a por la última herramienta. La conectó también a un enchufe y la activó. Sonaba como un taladro. Se acercó y lo colocó frente a mi ojo derecho. Lo hizo girar y penetró hasta alcanzar el cráneo. Lo perforó y trepanó el cerebro.
Extrajo el taladro con cuidado y lo situó de lado sobre los músculos descubiertos de mi torso. La broca rotó de nuevo mientras los minúsculos fragmentos de carne descuartizada salpicaban mi rostro. En mi interior mis órganos comenzaron a deshacerse. Sentí una arcada en el pecho, mi última expresión de vida. Estaba a punto de morir sin haber conocido el dolor, la alegría, la ira; las emociones… Estaba a punto de morir como un pelele vacío y sin sentimientos… Estaba a punto de morir sin haber experimentado jamás lo que es la vida.
La masa de vísceras ascendió por mi garganta. Una intensa sensación recorrió todo mi cuerpo, haciendo encoger mi corazón moribundo en una violenta contracción. Estaba a punto de morir sin haber experimentado jamás lo que es la vida… Y una lágrima solitaria escapó entonces por el único ojo que aún me quedaba.

—Grac…

4 dic. 2012

Los latidos de la Muerte



—Quiero entregarte esta moneda como símbolo de mi amor.

Acepté la moneda con una sonrisa y nuestros labios se acariciaron bajo las sombras de la noche muerta. Miré sus ojos ensangrentados. Una sutil pincelada escarlata se deslizaba por sus mejillas pálidas hasta la comisura de la boca. Alcé mi mano temblorosa y rocé su cuello mutilado.

—Te quiero…
—Y yo te quiero a ti, princesa… Más que a nada en la vida y más allá de la muerte…

Volví a besarlo. Éramos dos formas de vida absurdas y macabras condenadas a vagar en soledad en este mundo donde no le importábamos a nadie. Pero ahora, al fin, nos teníamos el uno al otro. Yo había pasado muchos años observándolo a escondidas, anhelando su amor entre las penumbras del silencio, pero él nunca se había fijado en mí.
Hasta hacía sólo unos pocos meses, en una lúgubre tarde de otoño. El Sol ya había caído y una oscura tormenta amenazaba desde el horizonte plomizo. Yo estaba apoyada en el tronco de un árbol marchito cuando él se acercó y se sentó a mi lado. Hablamos toda la noche y al día siguiente quedamos a la misma hora en el mismo lugar.
Y así empezamos a conocernos, atardecer tras atardecer, noche tras noche. Cada día compartíamos un pedacito más de nuestros corazones taciturnos hasta que él, poco a poco, fue enamorándose de mí. Y así el amor que le profesaba desde hacía tantos años comenzó a surgir también en su interior.

—Nunca me dejes sola, cielo…
—No lo haré, princesa… Te quiero y siempre estaré a tu lado.

Rodeé su cuerpo pútrido con mis brazos demacrados. Notaba los huesos quebrantados de sus costillas desgarrando los restos consumidos de las mías, el frío de su piel infecta invadiendo la mía corrompida. Aferrada a su cadavérica cintura, estrechada entre sus músculos descompuestos, sentí como mi corazón vacío se llenaba otra vez de vida. “Te quiero”, pensé.

—Te quiero, princesa…

Esa noche hicimos el amor por primera vez. Y amanecimos juntos bajo un manto de nubes negras. Llovía. Y una bruma densa ensombrecía el mundo. Yo sonreía feliz, acurrucada a su lado, abrazada a su cadáver aún dormido. Miré al cielo. Un relámpago hendió el alba azabache y un ensordecedor trueno rompió el repique continuo del agua al caer.
Y en ese momento una voz cruel atravesó la niebla.

—Ji, ji, ji… Buenos días, jovencita, vengo a por mi moneda.

Exaltada, me incorporé tan rápido como pude. Cogí la moneda y la sujeté con las escasas fuerzas que me permitieron mis manos macilentas.

—¡Busca otra moneda, ésta es mía!
—Ji, ji… No te resistas, chiquilla…

La anciana alzó la mano y susurró varias palabras ininteligibles. La moneda se desvaneció de entre mis dedos y se materializó en su palma abierta.

—¡Devuélvemela! ¡Esa moneda me la ha regalado él, es mía!
—Ji, ji… Lo sé, el símbolo de vuestro amor… Ji, ji, ji… ¿Y no te has parado a pensar en por qué lo es, en quién puso esa moneda embrujada en su bolsillo el día que os conocisteis?

Mi boca se abrió de par en par. La mandíbula me tembló al hablar.

—No… No es verdad…
—Ji, ji, ji… Sí, cariño… Los trucos sucios del amor… En cuanto rompa esta moneda él no recordará nada… Despertará aquí totalmente perdido y tú no serás más que una completa desconocida.
—¡No! No lo hagas, no la rompas… Por favor, no…

Empecé a llorar. Lágrimas de rabia, dolor e impotencia resbalaron por mis mejillas muertas.

—Ji, ji, ji…

La anciana chasqueó los dedos y él despertó sobresaltado. La miró y ella le mostró la moneda.

—¿Qué hace esa mujer con…?

Giró la cabeza hacia mí y vio mi rostro cubierto por las lágrimas.

—Princesa, ¿qué te ocurre?
—P-por favor… No lo hagas…

Mi voz apenas era un susurro apagado.

—Ji, ji, ji…

Un crujido sordo sonó entre los dedos de la vieja hechicera. Dirigí mi mirada hacia él. Parecía confuso.

—¿Dónde…? ¿Qué demonios…?

Me observó y volvió su rostro hacia la bruja.

—Ji, ji, ji… Ha sido una noche larga, muchacho, pero todo está bien ahora. Todo ha vuelto a la normalidad. Puedes irte si quieres.

Volvió a dirigirnos una mirada desorientada y se levantó para marcharse. Lo contemplé alejarse tras un torrente de lágrimas por aquel océano de niebla y rompí a llorar entre gemidos de dolor y desesperación.

—Ji, ji, ji…

La bruja se disipó entre la bruma. La vi desaparecer y desgarré las tinieblas con un alarido de dolor. Lágrimas de impotencia asaltaron de nuevo mis ojos abatidos. Arranqué mi corazón del pecho y lo arrojé con rabia al suelo. Me derrumbé sobre mis rodillas desvencijadas. Y mi corazón putrefacto comenzó a palpitar. Pum, pum… Un sonido seco. Pum, pum… Sobre el suelo frío. Pum, pum… Los latidos de la Muerte.

30 nov. 2012

¿Quién detendrá mi caída?


¿Quién detendrá mi caída cuando ya no quede nada? ¿Quién detendrá mi caída cuando nadie esté ahí para salvarme? ¿Quién detendrá mi caída cuando sólo el suelo pueda frenarme? ¿Quién detendrá mi caída cuando mis restos reposen esparcidos por la fría superficie de un abismo sin fondo?
¿Quién detendrá mi caída? Sólo tú podrás detenerla. Tú, que me observas impasible desde las profundidades del vacío. Tú, que con tu mano tentadora me arrastras hacia una decadencia sin fin. Tú, que con tu voz seductora me recitas tu elegía cuando ya nadie puede oírla.
Sólo tú podrás detenerla. Pero no lo harás. Nadie detendrá mi caída.

28 nov. 2012

El demonio de ojos rojos


Un demonio de ojos rojos asciende de las profundidades del Infierno. Destroza la tierra y resquebraja las rocas a su paso. Se impulsa enérgico, nada puede detenerlo. Y alcanza la superficie. Hace frío, pero él no lo siente. El ardor de su cuerpo abrasa el aire a su alrededor.
El demonio de ojos rojos se estremece. No puede contener el fuego de su interior. Tiembla. Tiembla. Tiembla. La tierra tiembla. El demonio ha estallado. Sus llamas calcinan los bosques, yerman el suelo, secan las aguas… La violencia y la ferocidad son sus marcas. Marcas indelebles que sellan el mundo bajo su mirada cruel.
El demonio de ojos rojos no conoce límites. Sin piedad, sin compasión, extermina todo cuanto encuentra a su paso. Arrogante, invencible, es el amo del universo. Un déspota tiránico que domina el cielo y la tierra y los convierte en infiernos de cólera, odio y maldad.
El demonio de ojos rojos masacra el planeta con su frenesí sanguinario. Una brutal explosión destruye los últimos escombros de la muerte. Y, cuando ya no queda nada, una llamarada exterminadora atraviesa la devastación y le asesta un golpe mortal al demonio de ojos rojos. Y el demonio de ojos rojos, aniquilado por su propia llama, se consume lentamente en un infierno de desolación y vacío.

26 nov. 2012

Adrenalina


Experimental.


¡Salta! Sube al edificio.
¡Salta! Su cuerpo se estremece.
¡Salta! Dibuja una sonrisa.
¡Salta! Pero es una falacia.
¡Salta! Cierra los ojos y salta.
¡Salta! Salta del edificio.
Y grita.
¡Grita! Grita su dolor al mundo.
¡Grita! Su alarido quiebra el viento.
¡Grita! Los ventanales estallan.
¡Grita! Se precipita hacia el asfalto.
¡Grita! La caída es brutal.
¡Grita! Y su cuerpo revienta.

23 nov. 2012

La caja de metal


Hace mucho tiempo, en un rincón del sótano de una casa muy antigua, había una enorme caja de metal, totalmente sobria en su decoración y simétrica en su forma, que contenía montones de pequeños ornamentos de cristal minuciosamente tallados.
Un día, la vivienda volvió a tener dueños. Y los nuevos inquilinos, al bajar al sótano, repararon en aquella caja de metal olvidada. Los recién llegados se preguntaron qué habría en su interior e intentaron abrirla, pero no lograron forzar la cerradura. Previendo que no sería más que un estorbo inútil, decidieron desprenderse de ella.
Y la caja de metal fue sacada de aquel sótano oscuro y colocada en una vieja furgoneta que la conduciría hacia un destino desconocido. Enseguida emprendieron el viaje, pero, al poco de partir, un abrupto desnivel del camino pilló al vehículo por sorpresa.
Incapaz de reaccionar a tiempo, la furgoneta recibió un violento golpe que alcanzó de lleno a la caja de metal. Y la caja de metal, sin apenas inmutarse, permaneció intacta. Pero los pequeños ornamentos de cristal de su interior quedaron para siempre rotos tras la sacudida.

20 nov. 2012

Rawth


Un atronador rayo de fuego destrozó una roca al caer, reduciéndola a miles de diminutas partículas de ceniza y polvo.
Y no quedaron ni roca ni rayo.
Pero la tormenta persistió.

18 nov. 2012

Sirenas de la decadencia


Camino por la calle con paso firme. Llevo una maleta en una mano y la otra en el bolsillo. Un traje pulcro, recién comprado, con una corbata de estreno. El mundo entero está bajo mis pies. Tengo todo lo que quiero y aún más de lo que jamás podría llegar a querer. Y es poco. Si algo me llama la atención, ten por seguro que será mío.
Subo los escalones de mi empresa. Todo el mundo me saluda, soy el jefe. Pero yo sé que por dentro me odian. Y lo entiendo. Entiendo su envidia: he llegado mucho más lejos de lo que ellos nunca llegarán. Tomo el ascensor y entro a mi oficina. Cierro la puerta con llave.

—Buenos días, jefe. ¿Ha pasado buena noche?
—Como me pone que me llames jefe…

Mi secretaria me mira con lascivia. Suelto la maleta y me acerco. Tomo sus nalgas entre mis manos y la beso con lujuria. Ella agarra mis muñecas y las suelta con vigor; odia que la dominen. Y eso me pone muy cachondo. Me empuja hasta el sofá del despacho.
Nos desvestimos con pasión y empezamos a hacer el amor. Me besa con sus finos labios y muerde efusivamente los míos. Mis fuerzan comienzan a flaquear y noto una ligera sensación de mareo. Ella sigue besándome con su boca seductora mientras sus caderas se mueven acompasadamente sobre las mías.
Me siento cada vez más débil. Acelera el ritmo. Sus labios son ahora un arrebato de pasión que arrebatan mi pasión. Con cada beso, un pedacito de mi interior parece evaporarse y huir a través de mi garganta. El oxígeno apenas llega a mis pulmones, no puedo respirar.
Culmino. Mi secretaria despega sus labios de los míos. Su movimiento es ahora lento, pausado. El aire vuelve a entrar en mi cuerpo y empiezo a sentirme mejor. Poco a poco voy recuperando las fuerzas.

—Me dejas sin aliento, pequeña…
—Lo sé, jefe.

Ah… Codicia. Mi primera amante, mi preferida. No sé muy bien cómo logró hacerlo, pero me embaucó hace ya muchos años. Su dulce canto me atrajo sin remedio y, una vez hube probado su sabor, me convertí en esclavo de sus besos. Me enganché. Es como una adicción, igual que todas las demás. Avaricia, Prepotencia, Vanidad… Son sólo algunos de sus nombres.

7 nov. 2012

Poder relativo


“Yo soy la Vida y, como tal, también soy la Muerte. Yo tengo el poder de crear y de destruir, y vosotros no sois más que seres insignificantes que no podéis hacer nada salvo postraros ante mí y rendirme pleitesía. A mí, a vuestro único Rey y Señor; Rey de la Vida, Señor de la Muerte.”

—Sienta bien crear vida, ¿verdad?
—¿No sabéis llamar a la puerta? ¿A qué habéis venido?
—A hablar.
—Dame un motivo por el que debiera hablar con vosotros.
—¿Realmente crees que necesitamos darte motivos? Yo te he creado y ella puede destruirte. Si queremos hablar, hablaremos.
—¿Y por qué tendría que escucharos?
—No lo hagas si no quieres. Da igual, porque, al fin y al cabo, nunca lo haces, ¿no?
—¿A qué coño habéis venido?
—¿Qué pasa, tienes miedo? No pareces tenerlo cuando vas por ahí matando a otros como tú.
—Ellos no son como yo.
—¿Acaso no son seres vivos también? ¿Acaso no les di yo la Vida igual que hice contigo? Entonces ¿por qué habrían de ser distintos a ti, eh?
—Porque ellos no tienen poder.
—Así que es el poder lo que te hace diferente… ¿Diferente? No… Mejor que ellos, ¿verdad?
—Pues sí. Igual que vosotros tenéis el poder de hacer conmigo lo que queráis, yo lo tengo para hacer con ellos lo que quiera.
—¡Pero nosotros somos la Vida y la Muerte, ese poder nos es legítimo! A ti, sin embargo, nadie te lo ha dado, ¡necio!
—¿Ah, no? ¡Yo también soy la Vida y la Muerte si quiero serlo! Puedo crear y puedo destruir a mi antojo, puedo hacer lo que me dé la gana y vosotros no podéis impedírmelo.
—¿Sabes cuál es tu problema? Que te crees alguien sin ser nadie. No eres más que un maldito desgraciado al que jamás debí haber dado Vida. Pero no te preocupes, porque pronto llegará tu final. Tú mismo te arrastrarás a él y allí te esperará la Muerte para llevarte con ella.
—Y mientras tanto seguiré haciendo lo que me salga de los cojones, porque yo soy el Rey de la Vida y el Señor de la Muerte.
—Humano… Tú mismo te has condenado. Tus aires de grandeza te llevan a destruir toda la Vida que encuentras a tu paso, sin ser consciente de que eres exactamente igual que cualquier otro ser vivo. No pareces darte cuenta de que tu afán destructivo te está destruyendo también a ti. Tu poder relativo acabará con tu mundo y contigo, y entonces no vengas a pedirme que te devuelva la Vida. Una criatura que se considera con la capacidad de decidir sobre la Vida y la Muerte al margen de la Madre Naturaleza no merece ninguna compasión. La Muerte vendrá a recoger vuestros pedacitos cuando vuestras propias armas hayan acabado con los restos de unos seres que hace ya mucho tiempo que perdieron su camino. No puedes modificar el mundo a tu antojo, no puedes tomar decisiones sobre la Vida y la Muerte, porque, sencillamente, nunca se te ha concedido esa superioridad que crees tener. No eres más que un insignificante trozo de carne y hueso que jamás tendrá potestad sobre mí o sobre mi compañera. Pero tarde o temprano las atrocidades que estás cometiendo se volverán contra ti. No puedes hacer nada frente a nuestro poder, porque nuestro poder nos viene dado por la Madre Naturaleza; somos sus hijos predilectos, el verdadero Rey de la Vida y el auténtico Señor de la Muerte. Tú, sin embargo, no eres más que un grandísimo error. Pero, antes o después, tu tiempo acabará y entonces la Muerte te hará pagar por todos tus actos, ser humano.
—Ja… El mismo discurso de siempre… ¿Queréis venganza? Adelante… Entretanto, yo seguiré haciendo lo que me dé la gana sin nada ni nadie que pueda impedírmelo. Así son las cosas. Os gusten o no.

31 oct. 2012

Todos los Santos van al Infierno


Era el Día de Todos los Santos. Mi padre y yo nos levantamos esa mañana a las nueve para ir al cementerio a limpiar las lápidas de mi madre y a cambiarle los ramos de flores del año anterior por unos nuevos que compramos la semana pasada.
Me duché, me puse un vestido negro y unos zapatos cómodos que guardaba bajo el armario y salí a la cocina a desayunar. Preparé un vaso de leche con cereales y me lo tomé en el salón mientras mi padre terminaba su tostada.
Nos montamos en el coche y partimos hacia el cementerio, a las afueras de la ciudad. No tardamos más de diez minutos en llegar, pero, como era de esperar, los accesos y los aparcamientos estaban abarrotados. Pasó un buen rato hasta que pudimos bajar del coche y, cuando por fin logramos estacionarlo, aún nos quedaron varios minutos más a pie.

-Te dije que deberíamos haber venido un par de días antes…
-No pasa nada, otro año lo haremos a tu manera.

Llegamos a la calle donde descansaba mi madre. Yo empecé a limpiarla con un trapo viejo mientras mi padre se encargaba de las flores. Aquél no era un lugar demasiado agradable y la tarea no resultaba precisamente entretenida, pero tanto a él como a mí nos reconfortaba saber que el lugar donde reposaban los restos de nuestros seres queridos permanecía siempre limpio y bien cuidado.
Aún continuábamos con nuestros quehaceres, acompañados únicamente por nuestros pensamientos y por el murmullo constante de la gente a nuestro alrededor, cuando no muy lejos de nosotros escuché de pronto varios ruidos sordos. Guiada por el sobresalto, giré rápidamente la cabeza, pero en ese momento otros sonidos similares retumbaron a apenas unos centímetros de mí.
Me volví sobrecogida y miré hacia el nicho de mi madre. Dentro, alguien parecía estar aporreando con fuerza alguna superficie sólida. En ese instante, aunque lo sabía imposible, una imagen espeluznante y macabra asaltó mi mente. Supuse que todo era un producto de mi imaginación afectada, pero, cuando busqué a mi padre con la mirada para comprobar que él no había escuchado nada, se desarrolló ante mis aterrados ojos una escena que superó los límites de la realidad.
Mi padre se retorcía de una manera sobrehumana al tiempo que, desde lo más profundo de su garganta, emitía un gemebundo y estremecedor gañido. Su rostro empalideció a una velocidad pasmosa y las marcas de la muerte asaltaron sin piedad todo su cuerpo, antes de que su cadáver cayese inerte al suelo.

-¡Papá!

Pero no fue el único. Mirara a donde mirase, a mi alrededor sólo había cadáveres. Todos los visitantes de aquel cementerio fueron golpeados súbita e inexplicablemente por las garras de la muerte. No sabría cómo describir la sensación que me invadió en ese momento, pero entonces me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: los muertos recobraban la vida y los vivos la perdían.
Paralizada ante la situación y sin saber qué hacer, hundí mi pupilas en mi padre. Su cadáver se descomponía lentamente ante mis ojos ahora llorosos. Me agaché ante él y tomé lo que aún quedaba de su mano muerta.

-Papá, levanta…

Los últimos restos de su carne se desvanecieron entre mis dedos temblorosos y varias lágrimas se deslizaron por mis mejillas. De mi corazón escapó un llanto desconsolado. Y sentí calor, un calor abrasador. Miré a mi alrededor. Enormes columnas de fuego se alzaban ahora por doquier arrasando todo a su paso. En pocos segundos no quedó nada salvo el cadáver de mi padre a mis pies.
Una voz me llamó entonces a mis espaldas. Me resultaba familiar. Giré la cabeza. Era mi madre. No podía ser, ella estaba en su tumba. Muerta. Pero volvió a llamarme. Y extendió su mano hacia mí. La sujeté con delicadeza. Por tercera vez pronunció mi nombre. La miré a los ojos. Miré a mi padre.
Y desperté de mi pesadilla. Todo había vuelto a la normalidad. Hacía frío afuera. Y los vivos deambulaban por el cementerio. Una mano conocida me asió el hombro. Me levanté. Y miré a mi madre con ojos lacrimosos. Todo había vuelto a la normalidad. Pero mi padre ya no estaba conmigo.
Y entonces lo recordé: hacía quince días que falleció. Levanté la mano y acaricié su lápida. Estaba fría. Pero mis manos ardían. Y mis lágrimas se habían convertido en ríos de fuego. El mismo fuego que me hervía las entrañas. Los condenados viven en paz en sus tumbas. Pero todos sus santos van al Infierno.

A todos los vivos les late el corazón, pero no todos los corazones latientes están vivos, pues ni siquiera el vivo latir de un corazón es capaz de evitar la muerte. En los cementerios no existe vida ni dentro ni fuera de las tumbas.