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11 nov. 2011

El Rey de los Muertos

El Rey de los Muertos es un relato fantástico en el que la acción transcurre en la localidad de Lorca, Murcia. Por eso, y porque a este escrito le guardo un cariño especial, me gustaría hacer de él mi pequeño pero sincero recordatorio y homenaje a los damnificados por los terremotos ocurridos en Lorca, mi ciudad natal, el 11 de mayo de 2011, hace hoy exactamente seis meses.
Si bien este mínimo homenaje no ayudará a nadie, espero no obstante sí sirva para que aquellos a quienes en su día sacudió la desgracia no caigan por completo en el olvido*.
En homenaje a los damnificados por los terremotos de Lorca, 11/05/2011.

*Un olvido al que, edito, parecen haber sido arrastrados ya por la indiferencia y la vanidad de esos “importantes” señores de traje y corbata encargados de hacerles llegar unas ayudas que, como suele ocurrir en estos casos, nunca llegan, o tardan demasiado en hacerlo.




La noche estaba a punto de caer sobre la Plaza Las Columnas de Lorca. Una hermosa luz crepuscular se filtraba a través de los anchos pilares que daban nombre al lugar, esbozando una bella estampa que, sin embargo, no mucha gente se detendría a contemplar. La Tercera Guerra Mundial había entrado en una fase crítica y en España, como en muchos otros países del mundo, se había proclamado el toque de queda al anochecer.

La Ofensiva del Mediterráneo había logrado llegar hasta Murcia y las defensas de la capital se debilitaban con el paso de las horas. Contener al enorme ejército invasor se demostró pronto una tarea imposible para las últimas milicias de la Coalición murciana, que no podrían evitar que el enemigo se hiciese tarde o temprano con el control de la ciudad. Tras consolidar esta conquista, la ocupación de los restantes territorios de la Región no sería más que un mero trámite.

* * *

En menos de una semana la situación había empeorado considerablemente. La Ofensiva ya había partido de la capital y llegado a las puertas de la Ciudad del Sol. El frente lorquino de la Coalición luchaba día y noche por contener su avance, pero todos sabían que era cuestión de tiempo que la ciudad fuese tomada. No había esperanza para aquellos valerosos guerreros que no podían más que presenciar la marcha inexorable de los invasores.

Y en efecto, apenas un par de días después Lorca se encontraba completamente al mando de la Ofensiva. Bajo la prescripción del nuevo Gobierno militar, todos los ciudadanos que habían decidido permanecer allí fueron reunidos en el Huerto de la Rueda para decidir su destino. No eran muchos, empero, y a los pocos que quedaban nada les importaba la muerte.

Los soldados de la Ofensiva ya habían cercado el lugar y estaba a punto de dar comienzo el juicio público cuando una extravagante silueta encapuchada se perfiló sobre la cuesta de la Calle del Horno. A lomos de un escuálido caballo que parecía debatirse entre la vida y la muerte, el inesperado visitante desfiló lento y ceremonioso por la carretera desierta mientras decenas de miradas lo sometían a un suspicaz e inquisidor análisis.

Uno de los hombres, escoltado por la cohorte de ametralladoras, se adelantó y habló con voz tajante.

-¡Detén tu avance! ¡Identificación!

Pero no obtuvo respuesta. Impertérrito, el extraño continuó acercándose como si no hubiera escuchado su orden.

-¡Carguen! ¡Disparen!

Durante varios segundos el ensordecedor estruendo de los disparos inundó el cielo vespertino. Decenas de balas atravesaron el cuerpo de aquel forastero, que, sin inmutarse lo más mínimo, detuvo su montura junto a la rotonda que precedía la entrada al recinto. De pronto, para mayor desconcierto de sus incrédulos observadores, un estridente y cavernoso sonido similar a una desdeñosa carcajada emergió de lo que bien podrían ser las profundidades del infierno.

Y entonces habló, con una voz chirriante y áspera capaz de congelar hasta los más aguerridos corazones, pronunciando cada palabra con crueldad afectada y dilación desmedida, y marcando cada sílaba con un deje despectivo y punzante que casi dolía al oído.

-¡Necios! No se puede matar a quienes ya están muertos. ¡A mí mis guerreros!

A su voz aparecieron como de la nada centenas de figuras sin contorno, siluetas selladas a fuego con el timbrador de la muerte. Cientos de cadáveres consumidos, cientos de cuerpos sin vida, pero todos ellos más vivos que cualquiera de los que en aquel lugar se hallaban congregados.

-¿Q-qué demonios…?

Con un suspiro que heló la sangre de todo el séquito, el siniestro visitante se liberó de la capucha que le cubría el semblante y le mostró a su audiencia el aterrador rostro de la Muerte.

-Soy Rey de un ejército de Muertos y aquí os vengo a decir que tomo esta tierra como mi reino, y que ningún ser vivo volverá a pisar mi reino sin mi expreso consentimiento. ¡Mis guerreros! Dadles a estos soldados una cortés bienvenida al mundo de donde procedemos; borrad a vuestro paso cualquier rastro de vida no civil. ¡Exterminadlos!

De nuevo, una abismal carcajada retronó ante la aterrorizada mirada de las decenas de militares que rodeaban el Huerto de la Rueda. El Rey de los Muertos se recolocó la capucha y avanzó en su montura a través de las filas de soldados caídos. Franqueó la entrada al recinto y se detuvo de nuevo, observando la cruenta matanza que estaba teniendo lugar ahora en su interior.

Durante milenios, seres vivos y muertos habían vivido en paz y armonía, separados los unos de los otros en mundos distintos, aunque paralelos. Durante milenios, el antiguo y ya olvidado pacto de los dos grandes Reyes del pasado, el Rey de los Vivos y el Rey de los Muertos, había asegurado esa paz que en principio debía ser eterna.

Ambos Reyes firmaron aquel pacto sagrado con su existencia, evitando así que cualquier indeseable de cualquiera de los dos bandos pudiera deshacerlo a su antojo y trajera una indeseada discordia. Únicamente el Rey de los Vivos o el Rey de los Muertos podrían romper el pacto sagrado, y ellos desaparecieron para siempre de la faz de sus respectivos mundos.

Así que durante largos milenios la imposición de los dos requisitos inviolables, estar vivo para poder pisar el reino de los Vivos y estar muerto para poder pisar el reino de los Muertos, separó a ambas partes y obligó a cada cual a permanecer en el mundo que su propia naturaleza de vivo o muerto le dispusiera. Es por eso que cuando una persona expira, su esencia no puede seguir en este mundo y únicamente queda el cuerpo vacío que representó su existencia mientras residió en el mundo de los Vivos.

Sin embargo, milenios después de la firma de aquel pacto sagrado, algo inesperado por todos aconteció. Un nuevo Rey apareció entre los muertos. Alguien con la capacidad para deshacer aquel tratado y romper el equilibrio de los dos mundos, como así hubo de suceder. Convocó un ejército de muertos y atravesó la barrera invisible que separaba su mundo del nuestro.

Los medios de comunicación, alarmados y desconcertados, extendieron rápidamente la noticia entre la población mundial y todo el globo terrestre quedó paralizado ante lo que acababa de acaecer en la ciudad de Lorca. Los bandos participantes en la Tercera Guerra Mundial firmaron una tregua y el conflicto cesó temporalmente, a la espera del siguiente movimiento de aquel ejército inmortal.

Un movimiento que jamás llegó. El Rey de los Muertos tomó Lorca como su reino personal y su ejército abandonó las calles de la ciudad una vez la guerra se hubo prorrogado. La mayoría de los habitantes que habían permanecido allí y presenciado el extraordinario suceso en el Huerto de la Rueda, conscientes de que los muertos, sin explicación aparente, los habían liberado de sus invasores, prosiguieron con sus vidas con la máxima normalidad que les fue posible; esto es, con no demasiada.

A pesar de la gratitud que muchos sentían, nadie podía evitar sentirse receloso de aquel misterioso ser que con tanta discreción regía sus dominios. Multitud de preguntas acosaban sus mentes y, por extensión, las del mundo entero.

Pero no todo habrían de ser preguntas y, entre tanta duda, hubo una chica que supuso debía de haber también alguna respuesta; una chica que quiso ir más allá y dejar de hacerse cuestiones en vano para intentar averiguar quién era aquel Rey de los Muertos y por qué había venido a salvarlos, precisamente a ellos.

* * *

El Rey de los Muertos era esquivo y difícil de localizar. Había tomado dos lugares emblemáticos de la localidad lorquina como sus residencias habituales, pero la mayor parte del tiempo no se encontraba ni en uno ni en el otro.

Según informaron todos los medios de comunicación, el primero que ocupó fue el Castillo de Lorca. Tras la carnicería perpetrada por su ejército en el Huerto de la Rueda, el Rey se dirigió hasta aquel emplazamiento y allí hubo de permanecer hasta la prorrogación oficial de la Tercera Guerra Mundial, dos días más tarde.

Pero por algún motivo que únicamente él alcanzaba a conocer, inmediatamente después de la firma de la tregua el Rey de los Muertos abandonó el Castillo de Lorca y anduvo vagando por los alrededores de la ciudad hasta llegar a una pequeña torre de las afueras. La Torrecilla, como así era llamada, se ubicaba en el punto más alto de una pequeña colina rodeada por la naturaleza viva de la Sierra de la Torrecilla, dentro de la diputación del mismo nombre.

Desde aquel momento, el Rey de los Muertos comenzó a pasar buena parte de sus días recorriendo los parajes agrestes de las montañas cercanas, paseando por los caminos casi abandonados de la serranía y anhelando desde la muerte imbuirse de toda la vida que hallaba a su paso. Según se decía, sólo regresaba a la Torrecilla una vez caída la noche, para volver a marcharse al salir el Sol.

El Rey de los Muertos era esquivo y difícil de localizar, eso era lo que todos parecían asumir, aunque lo cierto es que cualquiera podía encontrarse con él si así lo deseaba. Sin embargo, creer en la inaccesibilidad del Rey de los Muertos los inducía a todos a un tranquilizador letargo del que nadie deseaba despertar.

Nadie, salvo una joven lorquina cuya ambición de respuestas era superior a cualquier miedo que pudiera sentir en su corazón. Necesitaba saber, y para saber debía investigar. Y no hay mejor investigación que la que se lleva a cabo en la fuente origen de aquello que se pretende averiguar.

-¡¿Cómo?! ¡¿Hablas en serio?!

-Sí. Esta tarde, antes del anochecer, iré a la Torrecilla y allí esperaré a que el Rey de los Muertos haga su visita nocturna.

-¡Estás como una puta regadera! Mira, lo primero es que no sabes si lo que dicen por la televisión y en Internet es cierto… Y lo segundo es que aunque lo fuera, ¿crees que el Rey de los Muertos va a ponerse a hablar contigo sólo porque tú quieras? ¿Crees que va a permitir que te cueles en su hogar así porque sí y empieces a atosigarlo con tus dudas y tus preguntas?

-No voy a atosi…

-¡No! No lo vas a atosigar, porque cuando ese muerto viviente llegue allí y te vea en SU torre, en el lugar que él mismo ha escogido como su hogar, ¿qué piensas que hará? ¿Darte las buenas noches e invitarte a un café? ¡Por favor! ¡Viste lo que hizo en el Huerto de la Rueda! Y cuando llegues allí no serás más que una intrusa, alguien que ha invadido su territorio, su residencia personal. Y, ¿para qué? Para importunarlo con preguntas a las que dudo muchísimo le apetezca contestar.

-Sólo una objeción: vi lo que hizo en el Huerto de la Rueda. Acabó, quizá de un modo no muy apropiado, es verdad, pero, sea como sea, acabó con el ejército de la Ofensiva y nos salvó la vida a todos los que fuimos llamados al juicio público. ¿Qué crees que hubieran hecho los del Gobierno militar? ¿Darnos las buenas noches e invitarnos a un café?

-Lo que… (Suspiró) Mira… Eres mi mejor amiga… Desde hace mucho tiempo. Y lo sabes. No quiero que te pase nada, ¿vale? Sé que nos salvó, pero mira cómo lo hizo. Y cuando llegues allí, tú serás la invasora, como lo era el ejército al que ordenó aniquilar aquella tarde.

-No es lo mismo. Te puede el miedo, pero yo sé que no me va a ocurrir nada. Confía en mí, cariño.

-Yo confío en ti… Pero no en ese Rey de los Muertos, nos haya salvado o no… Además, si quieres mi opinión, a ti no te importa, a nadie le importa en verdad, qué es esa cosa o por qué vino a ayudarnos. Lo hizo, y ahora, tal vez gracias a él, nosotros estamos aquí. Y… bueno, él está ahí… ¿Pero qué más te da a ti? ¿Qué más nos da a todos? Deja la situación estar, no quieras llegar demasiado lejos.

-No puedo… Necesito respuestas.

-¿Pero por qué?, no lo entiendo…

-No lo sé… Y tampoco lo entiendo. Lo único que sé y entiendo es que no podré descansar tranquila hasta que resuelva mis dudas.

Y así, con el corazón de su amiga en un puño y su propio miedo en otro, marchó hacia la torre del Rey de los Muertos al poco de caer la tarde. Atravesó toda Lorca en la vieja bicicleta regalo de su abuela y, ya en la Torrecilla, dejó atrás el cementerio, el colegio, el hospital y el tanatorio del lugar para llegar a una alambrada llena de autobuses junto a la que ascendía la carretera secundaria que habría de conducirla hasta su destino.

Apenas unos metros más adelante pudo avistar entonces el Bar Equis y la Venta Coronel. Había estado muchas veces allí siendo aún una cría. Su padre solía ir muchas tardes al Polígono Industrial de la zona a entregarle papeles y más papeles a un compañero suyo de trabajo, y ella siempre le pedía que la llevara con él.

-Anda que no sabes tú nada, bichillo…

Cada día que lo acompañaba al Polígono, su padre se detenía en la Venta Coronel y allí le compraba siempre algún refresco o tentempié. Y ahora, al ver de nuevo aquel lugar, un acervo de vagos recuerdos se conglomeraron de golpe ante las puertas de su mente. Recuerdos unos más bonitos, recuerdos otros más curiosos, pero todos igual de especiales.

Su memoria le trajo también una imagen de los alrededores del Polígono. Recordaba que a la vuelta solían atravesar un camino de tierra que a ella le gustaba mucho. Las carreteras siempre le habían parecido muy sosas; los senderos sin asfaltar, en cambio, eran infinitamente más divertidos. Las piedras que hacían temblar el coche, la nube de polvo que los perseguía sin descanso allá donde fueran y, por lo general, los bellos parajes que solían abrigar a estas sendas rudimentarias.

Evocando aquel retrato del pasado enseguida le vinieron a la mente un par de detalles más. Primero, la gran fábrica a cuya construcción tuvo el honor de asistir desde prácticamente el mismo momento de su comienzo. Para ella, la edificación de aquella obra era como un juego: cada día que pasaba por la zona intentaba averiguar qué cosas había nuevas que el día anterior no estaban allí. Normalmente no le resultaba muy complicado, aunque siempre se quedaba con la sensación de haber dejado algo en el tintero.

Y segundo, las contadas cuatro casas que ocupaban el margen izquierdo del camino. Una de ellas parecía estar abandonada. Otra permaneció vacía durante largos meses hasta que un día, como por arte de magia, volvió a llenarse de inquilinos. En la tercera apenas se fijó nunca, era bastante normalilla y no destacaba especialmente. Y por último, la vivienda que más le había llamado siempre la atención.

Era la casa más nueva, pero también la más chula. Tenía en la parte trasera un pequeño corralillo donde los dueños criaban a un buen número de animales, y en la parte delantera una placetuela rodeada de plantas muy hermosas y macetas con flores realmente vistosas. Allí acostumbraba a ver a una familia que casi todas las tardes aprovechaba para salir al aire libre a disfrutar de las maravillas que le ofrecía la vida en el campo y, de paso, ser objeto de la envidia infantil de la chiquilla.

-Papá, ¿por qué nosotros no vivimos también aquí?

-Ja, ja. Porque no tenemos dinero para comprar otra casa, hija. Además, esto está muy lejos de la ciudad y de tus amigas del colegio. Si quisieras ir a verlas no podrías hacerlo.

-No pasa nada, papi, aquí también hay colegio. Y en esta casa vive una niña de mi edad. ¡Me haría amiga de ella y la vería todas las tardes!

Pero los sueños de los niños son efímeros y, por suerte o por desgracia, pocas veces se vuelven realidad. Lo que sí era seguro una realidad en aquel momento es que la chica se había quedado parada en mitad del carril de bicis, observando absorta las viejas fotografías mentales de su infancia mientras una sonrisa nostálgica se coloreaba en su rostro apagado. Era la primera vez que sonreía desde hacía ya más de una semana.

Regresando de nuevo al mundo del presente, le lanzó una última mirada a la venta y comenzó el ascenso por la carretera que la llevaría hasta la torre. Era el tramo más duro del trayecto, pues a partir de ahora buena parte del camino sería cuesta arriba. Pero no le importaba. Se dejó llevar por la inercia en la que sería la única bajada antes de empezar la subida y, tras cruzar por debajo un puente, inició un afanoso y cansino pedaleo.

Tomó la carretera de la derecha en la primera intersección que encontró y dio la enorme curva que la encaminaría de nuevo en dirección a la Torrecilla. Continuó adelante hasta que llegó a la falda de la montaña, donde el asfalto se convertía de repente en un sendero de tierra que rodeaba toda la colina hasta la cima. A partir de ahí, el itinerario que debía seguir para llegar a la torre estaba bien señalizado y no tenía ninguna pérdida.

Lo siguió con gran esfuerzo durante un rato no excesivamente largo, pero que a ella se le atojó una eternidad. Desde luego, los tres meses que llevaba sin hacer ejercicio se dejaban notar bastante ahora, especialmente en los trechos más inclinados de la cuesta. Sin embargo, finalmente alcanzó la cumbre. Dejó su bicicleta en el suelo junto a unos matorrales y se inclinó sobre sus rodillas para reposar y coger aire. El desgaste había sido considerable, pero sin duda mereció la pena.

No sabría explicarlo con palabras, pero aquel lugar tenía algo mágico. Una fascinadora esencia podía respirarse en el aire fresco de la Torrecilla, una maravillosa inyección de bienestar que se introducía en su cuerpo y le inundaba todos los sentidos, llenando su mente y su corazón de una energía reparadora que le hacía olvidar por momentos que de verdad pudiera existir algo más allá de aquella torre y de sí misma.

Cerró los ojos, inspiró profundamente la brisa purificadora y volvió a abrirlos. Avanzó unos pasos hasta llegar a un peñasco saliente a su izquierda y allí se quedó de pie, inmóvil, contemplando el mundo a su alrededor. Las montañas de la sierra se extendían a lo largo de todo el cercano horizonte a sus espaldas y a su siniestra; a su diestra, la torre se alzaba magnificente sobre el cielo diáfano del atardecer; y frente a ella, toda Lorca y la diputación de la Torrecilla, y aún algunos pueblos de más allá, se postraban reverentes ante su regio porte.

Observó abstraída el esplendor de la cuasi-perfección y cuando al cabo de un rato el canto de una pequeña ave la hizo volver en sí, aprovechó para sentarse con las piernas cruzadas sobre aquella roca desnuda. Y así hubo de permanecer durante casi dos horas, su voluntad atrapada irremediablemente bajo el cautivador embrujo de la Torrecilla.

Cuando vino a darse cuenta, el día casi había cedido del todo su puesto a la noche y las primeras estrellas habían comenzado ya a prender el cielo nocturno, donde una fulgurante Luna Llena ascendía lentamente por la bóveda iluminando con su tenue brillo plateado la silueta esbelta y majestuosa de la Torrecilla.

Incorporándose con cierta torpeza, se dio la vuelta y se dirigió hacia la entrada al monumento. La traspasó y subió por la fría escalerilla de mano hasta la primera planta. Allí reparó en los cuatro minaretes que daban sentido a la construcción de aquella torre antaño usada para la vigilancia de sus inmediaciones, pero no les prestó demasiada atención y continuó ascendiendo hasta la planta superior.

Una vez arriba comprobó que las vistas eran incluso más hermosas desde aquella perspectiva. Caminó grácilmente por el suelo pétreo hasta la esquina oriental de la Torrecilla y apoyó los codos junto a la única almena que aún perduraba, para dejarse embelesar nuevamente por la magia del lugar.

De este modo les otorgó a los minutos plena libertad para transcurrir a la velocidad a la que ellos les pareciese más oportuna, y a la Luna, vía libre para desplazarse con holgura sobre la tierra sólo transitada por las estrellas de la noche.

Hasta que de repente un viento helado sopló desde el oeste y una presencia sobrenatural hizo recorrer por todo su cuerpo un escalofrío que le abrasó el corazón y le congeló la mente. Una voz chirriante y áspera quebró entonces el silencio embriagador en el que el universo al completo parecía haberse sumido hasta ese momento.

-Bienvenida a mi humilde morada.

La chica, cuyas pulsaciones habían iniciado un vertiginoso ascenso en su ritmo que ella consideraba bastante anormal, se giró sobre sí misma con tanta rapidez que incluso una bala disparada a corta distancia hubiera tenido dificultades para alcanzarla de lleno. Se encaró al recién llegado y miró de arriba abajo a aquella figura encapuchada que la observaba como si hubiese estado esperando su llegada desde el mismo día en que se confinó en aquellas montañas abandonadas.

-Sé por qué has venido. Buscas respuestas. Y yo te las daré, si eso es en efecto lo que deseas.

La chica, afectada por la sorpresa, no logró articular ningún sonido. Después del duro viaje en bicicleta y las largas horas de espera, no fue siquiera capaz de despegar sus labios para pronunciar un mísero ‘Sí’. El Rey de los Muertos hizo una pausa y, ante la ausencia de réplica, prosiguió su discurso.

-Todas tus preguntas quedarán contestadas, todas tus dudas resueltas, en cuanto te desvele mi rostro. Pero debo advertirte antes sobre dos riesgos que tendrás que asumir si realmente deseas encontrar lo que buscas: el primero es que ningún ser vivo ha sido hasta ahora capaz de soportar la visión de este semblante. Y el segundo, que una vez te lo haya mostrado no habrá vuelta atrás. Encontrarás aquello que viniste buscando, pero todo tu mundo cambiará en cuanto conozcas la verdad y no podrás hacer nada para evitarlo.

“La verdad conlleva una enorme responsabilidad, una responsabilidad que no muchos están dispuestos a afrontar. Y ahora yo te pregunto a ti: ¿estás segura de querer aceptar esa responsabilidad inherente a la verdad y que amenazará con alterar para siempre toda tu vida?”

Tras un breve silencio, la joven, algo más calmada aunque todavía asustada, elevó su voz en la oscuridad para contestar:

-Mi vida ya no me importa… Aceptaré cualquier responsabilidad, aceptaré lo que sea que deba aceptar. He venido hasta aquí por un impulso de mi corazón y no me iré sin encontrar lo que mi corazón anda buscando con tanto ahínco, aunque yo ni siquiera tenga una mínima idea de qué puede ser…

-Si ésa es tu decisión, te tomo la palabra.

Y ante la expectación de su joven huésped, el Rey de los Muertos se llevó ambas manos a la capucha negra que le cubría por completo la cara, y con gran ceremonia la retiró, dejando al descubierto el aterrador rostro de la Muerte.

-Oh, Dios mío…

* * *

-Hoy te he traído aquí para hacerte una pregunta.

-¿Ah, sí? Me pregunto cuál será…

-Qué tonta eres…

-Soy muy afortunada por tenerte a mi lado, no puedo pretender también ser lista.

-Anda, cállate.

-Hazme callar.

-Uh, uh, no hasta que respondas a mi pregunta.

-La respuesta es sí y lo sabes.

-La pregunta era si te gusta mi camiseta nueva, pero me alegro mucho de saber que sí.

-Qué imbécil…

-Lo sé… Cariño, me gustaría pasar el resto de mi vida a tu lado.

-Hasta que la muerte nos separe.

-Y aún después… ¿Quieres casarte conmigo?

-¿Tú qué crees?

-Está bien, devolveré el anillo…

-Anda, cállate y bésame.

La noche estaba a punto de caer sobre la Plaza Las Columnas de Lorca. Una hermosa luz crepuscular se filtraba a través de los anchos pilares que daban nombre al lugar, esbozando para aquella joven pareja la más bella de las estampas. Sentados en un banco cercano a las vías del tren, chico y chica se sumaron felices en un tierno beso que deslumbró al Sol con su halo de devoción rutilante.

Con el toque de queda asaltando ya sus pensamientos, los dos enamorados se levantaron del banco y se fundieron en un cálido abrazo mientras se susurraban al oído palabras de afecto que sólo ellos podían comprender. Melancólicos por la despedida, sus labios efusivos volvieron a dejarse llevar por el embriagador hechizo del amor antes de separarse finalmente hasta la llegada del nuevo amanecer.

La chica cruzó las vías del tren y se giró para contemplar a su amado una última vez antes de la caída de la noche. Como si pudiera intuirlo, el chico volvió la vista atrás y sus miradas cautivas se encontraron de nuevo en la distancia, segundos antes de que la nefasta bomba volara en pedazos el corazón de aquel joven enamorado que murió dichoso en los ojos de su amada.

* * *

-Oh, Dios mío…

La joven se llevó instintivamente su mano derecha a la boca abierta mientras un intenso asombro amenazaba con cortarle del todo la respiración.

-Es imposible…

Ante sus ojos atónitos se apareció la visión que menos hubiera esperado presenciar: la cara de su amado. La misma cara que con tanto embeleso contemplaba instantes antes de ser brutalmente pulverizada por la bomba.

Pero había algo en aquella faz humana que sobrepasaba todo lo humano. Algo inquietante, aterrador, macabro; algo que difícilmente podría explicarse con palabras y que trascendía todos los sentidos. La muerte se ocultaba tras cada rasgo vital, tras cada poro de su piel llena de vida. La vida y la muerte parecían haberse puesto de acuerdo para configurar aquel semblante que distaba mucho tanto de estar vivo como de estar muerto. La línea que separaba ambos estados parecía no tener cabida en aquel rostro sobrehumano.

-Eres tú…

-Sí. Soy yo.

-Pero… Tú…

-Sí. Es evidente que morí. De no ser así, no estaría aquí ahora.

-¿Pero cómo…?

-No sé cómo ocurrió. Lo único que recuerdo es que después de que aquella bomba acabara con mi vida desperté. Desperté en un mundo distinto del nuestro, rodeado de seres muy diferentes a los que estaba acostumbrado a ver aquí. Y cuando abrí los ojos, todos aquellos entes se inclinaron ante mí y me reconocieron como su rey, el Rey de los Muertos.

-Tú… ¿Pero por qué…?

-El por qué tardé en comprenderlo, pero cuando al fin me di cuenta supe que fue por amor. El amor que sentía por ti no sólo me ha mantenido en este estado a medio camino entre la vida y la muerte, sino que además me ha convertido en el Rey de los Muertos. Así que he venido a este mundo para protegerte y proteger ese amor que me ha transformado en lo que ahora soy.

La chica, sobrecogida por cuanto escuchaba y confusa por la brusquedad con la que la información le golpeaba las sienes, no pudo sin embargo ante aquella afirmación más que dejar escapar una sincera sonrisa de afecto. Se acercó feliz a su amado y quiso asirle la mano, pero, inesperadamente, el Rey de los Muertos la rechazó con sequedad y dio un paso atrás.

-No te confundas, solamente estoy aquí para protegerte.

-¿Cómo?

La sonrisa se borró de su rostro tan rápidamente como había surgido y una punzada le hirió el corazón mientras hablaba:

-Estás aquí por amor hacia mí, no me importa cuál sea tu estado… Yo quiero estar contigo siempre… En la vida y en la muerte, como te prometí.

-Hay un pequeño problema… Tú estás viva, y sé que me amas. Sin embargo, yo estoy muerto. Y los muertos no podemos amar.

-Pero has venido a protegerme…

-Así es.

-Eso significa que me amas a pesar de estar muerto.

-No. El amor que te profesaba antes de morir me ha mantenido en este estado para poder proteger el amor que tú puedes llegar a sentir en vida. He venido a protegerte porque mi amor muerto desea por encima de todo que el tuyo vivo no caiga en el mismo aciago destino al que fue arrastrado el mío. He venido a protegerte para que seas capaz de olvidar este amor muerto y aprendas a sentir de nuevo un amor vivo.

-¿Qué?

La joven escuchaba sin comprender lo que el Rey de los Muertos le decía. Durante apenas unos segundos la esperanza de recuperar un amor cuya pérdida le había arrancado todas las ganas de vivir, le devolvió a su corazón la única razón que necesitaba para aferrarse a una vida que por momentos pareció recobrar todo su sentido.

Ahora se negaba a que le arrebatasen de nuevo esa felicidad que durante tan poco tiempo había podido disfrutar.

-No puedes estar hablando en serio… Has venido a este mundo por mí, yo he venido a esta torre por ti, ¿y ahora me estás diciendo que voy a tener que perderte para siempre por segunda vez?

-Debes entenderlo… El amor no es para los muertos.

La chica, cada vez más afectada, dejó trazar desde sus ojos de cristal dos delicadas pinceladas de sal y, con una voz llorosa y apenas audible, sólo atinó a responder:

-Pero yo te quiero…

El Rey de los Muertos enmudeció y tras varios segundos de letal silencio sus palabras sonaron, bajo la luz pálida de la Luna, más frías aún que la propia muerte:

-El corazón de un muerto no late, así que no esperes recibir amor, pues el amor no es para los corazones muertos. Márchate de aquí, olvida que una vez me amaste y no vuelvas a poner un pie en mis dominios; a partir de este momento queda para ti prohibido el paso a esta torre y a todo cuanto se encuentra más allá del camino que conduce hasta ella.

-No puedes hacerme esto… No puedes alejarme de ti, me prometiste que siempre estaríamos juntos… Incluso después de la muerte…

-Las promesas… se rompen. Y bajo la autoridad que me otorga ser Rey de los Muertos, yo te ordeno que jamás vuelvas a acercarte a mí o a mis dominios. Tienes la oportunidad de empezar una nueva vida desde cero, lárgate y no la malgastes amando a quien ya no es capaz de recordar lo que es el amor… Aprende a olvidar y ama a un hombre cuyo corazón lata por ti, pues el mío nunca más volverá a hacerlo.

-Pero yo no quiero una vida nueva si no es contigo…

-Vete.

-No puedes hacerme esto…

-¡He dicho que te vayas!

La joven, cuyos sollozos se habían tornado paulatinamente un llanto perpetuo e incontenible, retrocedió sobre sus pasos sin apartar en ningún momento su vista de la Muerte. Con los sentimientos resquebrajados, la moral hundida y su voluntad agonizando de dolor, las pocas energías que aún guardaba en su corazón se disiparon con el viento y, ante los ojos de su amado, murió de amor.

Su cuerpo inerte se desplomó sin fuerzas sobre el suelo helado de la torre y su último hálito de vida se escapó entre la gélida brisa que soplaba en lo más alto de aquella colina. El Rey de los Muertos se acercó entonces a la joven y se agachó frente a ella, para comprobar que su corazón aún seguía latiendo por él.

Y así permaneció durante horas, que se hicieron días; y los días, semanas, meses, años… Y contempló cómo el cuerpo exánime de la chica se consumía lentamente con el paso del tiempo, mientras su corazón aún continuaba palpitando en sus entrañas, incapaz de morir, incapaz de dejar de sentir ese amor que la había despojado de su vida.

Y de este modo un día un fuerte vendaval azotó la Torrecilla, llevándose consigo los restos mortales de la chica, pero dejando tras de sí su corazón aún latiente, vivo, condenado a amar eternamente a quien en su corazón muerto jamás volvería a sentir amor.

Y de este modo el Rey de los Muertos jamás volvió a abandonar aquella torre ni a retirar su mirada de aquel corazón, por cuyo amor había sido eternamente condenado a vivir una muerte imperecedera sin amor. Pues el amor no es para los muertos.

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