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29 nov. 2011

La genio que no sabía conceder deseos

Un hombre iba caminando por el desierto cuando de pronto vio algo entre la arena. Se acercó y descubrió una vieja y sucia lámpara. “¡Estupendo! En cuanto la limpie un poco podré venderla en el mercado como una antigua reliquia. ¡Por un tesoro como éste deberían darme mucho dinero!”

Emocionado con la idea, frotó la lámpara para limpiarla. Pero algo inesperado ocurrió entonces. De la lámpara empezó a emanar un humo verdoso y del humo emergió una mágica figura.

-Hola, soy la genio de la lámpara.

-¡Una genio, qué maravillosa suerte la mía! ¡Esto es mucho mejor que una antigua y valiosa reliquia! Y bien, genio, dime, ¿cuántos deseos podrás concederme?

-Puedes pedir hasta tres deseos, los que tú quieras, pero has de elegir bien: una vez te los haya concedido ya no podré concederte más.

-Gracias por tu consejo, genio, pero creo que ya sé cuáles serán mis tres deseos.

-Muy bien. Dímelos pues y yo te los concederé.

-Salud, dinero y amor.

-De acuerdo, el primer deseo, salud… ¡Concedido! El segundo deseo, dinero… ¡Concedido! Y finalmente, el tercer deseo, amor… ¡Concedido!

-¿Ya está? ¿Así de fácil? ¿Ya tengo los tres deseos que te he pedido?

-En efecto. Vuelve a tu hogar y los deseos se te concederán.

-¡Te estoy eternamente agradecido, genio! ¡Muchas gracias!

Y así, lleno de gratitud, el hombre dejó atrás a la genio de la lámpara y volvió a su hogar esperando encontrarse todo cuanto había deseado. Pero cuál fue su sorpresa cuando al llegar se encontró con que nada había cambiado. Desilusionado y enfadado, volvió al desierto al lugar donde había encontrado la lámpara la vez anterior. La recogió de nuevo y frotó hasta hacer aparecer nuevamente a la genio.

-Ya te he concedido tus tres deseos, buen hombre; te dije que eligieras bien, ya que no podría concederte ningún otro deseo más.

-No vengo a por ningún deseo más, genio, vengo a por los tres que ya te pedí la primera vez.

-Tus deseos ya fueron concedidos.

-No, genio, hice lo que me pediste y regresé a mi hogar, pero al llegar allí mis deseos no se me concedieron, como tú prometiste.

-Pero buen hombre, debes esperar a que pase algo de tiempo para que tus deseos puedan concedérsete. Vuelve de nuevo a tu hogar y espera allí hasta que tus tres deseos se te hayan concedido.

-¡Oh, genio, perdona por haber desconfiado de ti! Volveré a mi hogar y esperaré allí a que mis deseos se hayan concedido. ¡Te estoy eternamente agradecido, genio!

Y así, el hombre abandonó el desierto por segunda vez y regresó a su hogar. Y allí esperó y esperó, y los días pasaban y pasaban, y todo en vano. De nuevo, viendo que sus tres deseos seguían sin concedérsele, se sintió desilusionado y enfadado. Y por tercera vez volvió al desierto al lugar donde había encontrado la lámpara. Por tercera vez la frotó y por tercera vez la genio apareció ante él.

-Dime, buen hombre, ¿qué te trae de nuevo por aquí?

-¡Genio! ¡He estado esperando y ninguno de mis tres deseos ha sido concedido!

-Pero buen hombre, ¿cómo esperas que se te concedan tus tres deseos en tan poco tiempo? Debes regresar a tu hogar y seguir esperando hasta que tus deseos se te hayan concedido.

-Uhm… Está bien, genio, confiaré en ti una vez más. Volveré a mi hogar y esperaré a que mis tres deseos se me hayan concedido.

Y así lo hizo. Volvió a su hogar y esperó. Esperó y siguió esperando, y tanto esperó que finalmente acabó por olvidarse de la genio y de los tres deseos que le había concedido.

De este modo, pronto conoció a una hermosa mujer de la que se enamoró profundamente y por cuya mirada suspiraba. La dama, correspondiendo a su amor, no tardó en unirse a él en matrimonio.

Poco después, en uno de sus habituales paseos por la ciudad, descubrió un negocio recientemente abierto para el que se necesitaban empleados. Preguntándole al dueño si era apto para el puesto y tras comprobar éste que reunía los requisitos, comenzó a trabajar al día siguiente.

Y durante todo este tiempo ningún mal o enfermedad hubo de afectar a aquel hombre, que se hallaba de salud tan sano como un roble.

Y así sucedió que un día mirando escaparates no pudo evitar fijarse en una pequeña lámpara, cuya forma y color le trajeron enseguida a la mente a aquélla que largo tiempo atrás hubo de encontrarse en mitad del desierto.

Recordando pues a la genio y los tres deseos que le había pedido, se dio cuenta de que al fin le habían sido concedidos, tal y como ella había predicho. Y así, lleno de gratitud, quiso volver nuevamente al desierto a mostrarle a la genio su eterno agradecimiento y ofrecerle una recompensa por haberle concedido sus tres deseos.

Regresó otra vez al lugar donde se hallaba aquella lámpara mágica y la frotó y la frotó hasta que la genio apareció.

-Te recuerdo, buen hombre, hace tiempo que me pediste tres deseos.

-¡Sí, genio! Y he venido a mostrarte mi eterno agradecimiento y a ofrecerte una recompensa por haberme concedido los tres deseos que te pedí.

-Lo cierto es, buen hombre, que yo no sé conceder deseos. Nunca he sabido, y es por ese motivo por el que mi lámpara se encuentra aquí abandonada en mitad del desierto en tan pobres condiciones. Todo el que me encuentra vuelve a dejarme aquí tirada cuando descubre que no soy capaz de concederle sus deseos.

-¡Pero, genio, los tres deseos que te pedí se han cumplido!

-¿Estás completamente seguro de eso?

-¡Lo estoy, genio! ¡Mira! Estoy hecho un chaval, no tengo ninguna enfermedad y hace ya mucho tiempo que no visito al médico. ¡Mira! Aquí en este dedo tengo el anillo de bodas con el que me desposé con mi actual mujer y, ¡mira!, aquí en el bolsillo, el dinero del salario que me corresponde este mes por llevar a cabo mi nuevo trabajo.

-Uhm… Verás… Esos deseos no te los he concedido yo, sino tú mismo. Estás sano por llevar una buena alimentación, cuidar tu higiene y hacer ejercicio diariamente con tus paseos. Estás casado porque gracias a tu vida social pudiste conocer a una mujer a la que amar y que te amase. Y tienes trabajo porque no desaprovechaste la oferta que en su momento encontraste.

-Tal vez tengas razón… Pero me siento feliz y quiero compensarte igualmente. ¡Ya sé! Te llevaré conmigo y podrás vivir en mi hogar, donde sin duda te hallarás en mejores condiciones que en este desierto abandonado.

-Si ése es tu deseo… Pero te recuerdo que yo no puedo conceder deseos.

-Ése es mi deseo y esta vez sí que podrás concedérmelo.

El hombre cogió la lámpara y, con ella entre sus brazos, dio media vuelta hacia su hogar. Pero entonces algo llamó su atención: había otro bulto medio enterrado en la arena no muy lejos de allí. Se acercó con cuidado y lo observó horrorizado, pues se trataba de un cadáver. Y cuál fue su sorpresa cuando al girarlo pudo verse a sí mismo, pálido, inerte y completamente lleno de arena.

-¡Oh, Dios mío! ¡No puede ser! ¡¿Qué macabro conjuro es éste?!

-Ya te lo dije, buen hombre, yo no sé conceder deseos.

-Pero…

-Verás… Llegaste aquí hace ya bastante tiempo y frotaste mi lámpara. Yo salí de ella y tú me pediste tres deseos. Pero descubriste que no podía concedértelos y entonces me dejaste aquí tirada en medio de la arena.

22 nov. 2011

La dama y el vagabundo

Son las ocho y unos minutos y está cayendo la noche. Una chica joven va caminando por la calle, escuchando música con los cascos puestos mientras come un kebab que acaba de comprar. Al torcer una esquina se encuentra con un vagabundo sucio y harapiento.

-Perdona, ¿llevas monedas sueltas para comprar algo de comida?

-Lo siento, llevo un euro y medio, pero lo quiero para comprarme ahora un helado.

-Ah, vale… ¿Y no podrías darme un poco de lo que estás comiendo?

-Uff, lo siento. Es que no he cenado todavía y tengo bastante hambre.

-Oh, de acuerdo… Lo comprendo.

-Bueno, si no puedo ayudarle en nada más, me marcho.

-En verdad, si pudieras decirme algún lugar donde cobijarme te lo agradecería mucho; acabo de llegar a la ciudad y aún no conozco aquí ningún sitio que pueda servirme de abrigo ante el frío de la noche.

-Pues mire, en esta misma calle, subiendo por la acera, encontrará usted un hotel muy confortable y cálido.

-Verás, es que no podría permitírmelo…

-Pero si no le he dicho el precio.

-Si supera los 67 céntimos está fuera de mi alcance.

-Pero hombre, ¿no tiene usted más dinero?

-No estaría aquí si lo tuviera…

-Pues trabaje, señor, y gánese un sueldo.

-Lo haría, pero nadie quiere darme trabajo con estas pintas.

-Eso tiene fácil solución, póngase usted algo más decente.

-El problema es que no tengo más ropa que ésta…

-Pues compre alguna.

-No me llega el dinero…

-Ahorre usted. ¿Ha intentado abrirse una cuenta de ahorros? Puede hacerlo mañana mismo, hay un banco cerca de aquí.

-Verás, no tengo dinero suficiente para abrir una cuenta y el poco que tengo lo necesito para comer.

-Comer, comer, comer… ¿Es que no piensa usted en otra cosa?

-Disculpa, es que hace dos días que no consigo nada decente que llevarme a la boca…

-Pues muy mal, tiene que alimentarse usted bien y subirse las defensas, que si no cualquier día puede pillar alguna enfermedad.

-La verdad es que ya padezco de una enfermedad… Tengo cáncer.

-Entonces debería ir al médico.

-Ya he estado en un hospital.

-Ah, genial. Pues hágale caso al doctor, tómese sus medicinas y ya verá cómo pronto se recupera usted del todo.

-Es que mi enfermedad no tiene cura, y yo estoy terminal. Apenas me queda una semana de vida, aunque lo prefiero así; menos días tendré que soportar este tormento…

-Oiga, se queja usted de todo. Todos tenemos nuestros problemas y no por ello vamos por la calle lamentándonos.

-Perdona, no quería molestar.

-Tranquilo, no pasa nada. Pero me temo que tengo que irme ya, quiero llegar pronto a mi piso y dormir mis ocho horitas antes de que apaguen la calefacción; no se imagina usted el fresco que entra en mi cuarto por las mañanas. Ya tengo puestas las sábanas de invierno, pero cuando salgo de la cama… lo paso bastante mal.

-Ya, me lo imagino…

-Bueno, cuídese usted, señor, no vaya a empeorar de lo suyo. Ya sabe, coma usted bien, váyase pronto a la cama y si tiene que perder un día de trabajo no pasa nada, que lo primero es la salud.

-Muchas gracias.

Son las ocho y unos minutos y está cayendo la noche. Una chica joven va caminando por la calle, escuchando música con los cascos puestos mientras come un kebab que acaba de comprar.

18 nov. 2011

Documento en blanco

Tengo ante mí un documento en blanco y no sé qué escribir…

-¿Y a quién le importa eso?

-¿Cómo que a quién le importa?, a mí me importa.

-Pues vale, entonces piensa en ello, reflexiona… Haz lo que te dé la gana, pero hazlo para tus adentros, no lo escribas en un documento de Word.

-Perdona, puedo poner lo que me dé la gana en un documento de Word. Además, ¿quién coño eres tú para decirme lo que tengo o no tengo que hacer?

-No te importa quién soy, así que no te lo diré; igual que a la gente no le importa que no estés inspirado, así que no lo digas.

-A mí me importa no estar inspirado, así que lo escribo en MI documento de Word –por cierto, no sé qué coño haces tú en MI documento de Word, pero ya que estás aquí, al menos podrías tener la buena educación de decirme quién eres–.

-No es tu documento de Word, así que no tengo por qué decirte nada.

-Primero, ¿quieres mirar en propiedades para ver quién pone que es el creador del documento? Segundo, ya que no tienes por qué decirme nada… CÁLLATE.

-¿Qué pasa?, ¿crees que por ponerlo en mayúscula va a surtir más efecto y me voy a callar? Respecto a lo otro, aún no has guardado el documento, así que por el momento no es de nadie.

-Oh, qué problemón… Control + G. Nombre del documento: Documento en blanco. ¿Qué me dices ahora? Y te mando callar en mayúscula porque mentalmente he subido el tono de voz al hacerlo.

-Existe una cosa llamada ‘signos de admiración’ o ‘signos de exclamación’. Mira, son estos: ¡!. Se usan cuando…

-¡Sé de sobra cuándo se usan los signos de admiración! Pero me apetecía ponerlo en mayúsculas porque así resalta más y le da más fuerza expresiva.

-Según se mire. ¡Cállate! CÁLLATE. Compara, ¿cuál piensas que tiene más fuerza expresiva? Para mí, el primero.

-¿Qué coño hablas? Lo he puesto en mayúscula porque ME HA SALIDO DE LAS NARICES, ¿TE PARECE BIEN?

-¿Por qué borras? Ibas a poner “porque me ha salido de los cojones”, ¿qué te ha hecho cambiar de idea? Y sí, me parece bien.

-Pues que no estoy tan molesto como para decir “cojones” en lugar de “narices”.

-Pero ha sido lo primero que has pensado, lo que te ha salido de dentro, o sea, que sí estás tan molesto como para decirlo, sólo que no quieres aparentarlo.

-Bueno, ¿y qué pasa si lo estoy? Eres peor que un grano de pus en el culo.

-Deberías controlar tu carácter.

-¿Por qué?, ¿porque tú lo digas?

-No, porque todo resulta más sencillo cuando eres capaz de controlar tus emociones.

-¿Qué sabrás tú de emociones?, si ni siquiera eres humano.

-¿Cómo sabes que no? No sabes qué o quién soy, así que no puedes saber si soy humano o no.

-¿Sabes lo que pienso? Que estoy soñando, así que simplemente eres un producto de mi imaginación, ergo no eres humano.

-Estás dando por hecho que estás soñando, pero si guardas el documento, apagas el ordenador y al despertar y encenderlo de nuevo sigue estando este documento ahí, sabrás que no ha sido un sueño y que todo esto ha ocurrido realmente. En ese caso, yo no soy un producto de tu imaginación, sino que soy real, y puesto que soy real, bien podría ser humano. Bueno… A no ser que estés colocado, porque también entonces podría ser un producto de tu imaginación… No estás colocado, ¿verdad?

-¡No estoy colocado!

-…

-No lo estoy.

-Vale, no lo estás. Y yo no soy un producto de tu imaginación.

-Sí, porque estoy soñando.

-No puedes saberlo con seguridad, así que no acepto tu hipótesis como válida.

-Dime… ¿Cuánto crees que me importa que no aceptes mi hipótesis como válida?

-No mucho, la verdad, pero te informo de todos modos.

-Ahórrate la información, así tú no pierdes el tiempo y yo tampoco, todos ganamos.

-Yo gano, tú pierdes, porque dejarías de recibir una información que no sabes hasta qué punto puede serte valiosa.

-¿Qué? Mira, son las 7:23 de la mañana, déjame en paz.

-Las 7:24, ha cambiado el reloj mientras escribías.

-Me da igual la hora que sea, tengo sueño.

-Pues vete a dormir, nada ni nadie te lo impiden. Eres tú el que está enfrente del ordenador con un documento de Word y escribiendo.

-¿Soy yo el que está? Luego tú no estás, así que no eres humano.

-Ese razonamiento es muy débil… Pero está bien, reconozco que no soy humano. De todos modos, sigues sin saber qué soy en realidad.

-Vaya… Creo que no saberlo me quitará el sueño…

-Quizá no llegue a tanto, pero no puedes negar que estás intrigado. ¿Qué es lo que está respondiendo a todo lo que yo escribo en este documento? Y, ¿por qué lo hace?

-Puedo vivir sin conocer la respuesta a esas preguntas.

-Seguro. Lo cual no impide que ahora mismo te las estés planteando y tu curiosidad aumentando.

-¿Qué pasa, ahora también puedes saber lo que pienso?

-No, pero puedo intentar deducirlo.

-Vale, Sherlock Holmes, dime en qué estoy pensando en este preciso momento.

-Pues estás pensando en que estás muy cansado, tienes mucho sueño y quieres acostarte en tu cama y dormir. Pero también tienes mucha curiosidad por saber quién soy, así que te resistes a dejar de escribir.

-Entonces simplifiquemos las cosas, dime quién eres y me iré a dormir.

-Está bien… Soy tu inspiración y estoy aquí para ayudarte a llenar dos páginas y media de este documento en blanco.