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17 feb. 2010

Tumba de fuego

Las llamas continuaban imperturbables su crecimiento. Tras las cuatro paredes desiertas, bajo el techo inestable de su lúgubre morada subrepticia de dolor y auto-engaño, el eterno sufrimiento del amargo silencio, la pasión contenida por el llanto velado, la esperanza imperecedera del sentimiento lapidado antes de su nacimiento, crecían impasibles avivados por la abrasadora hoguera que circunvalaba con su cálido abrazo la estrecha habitación.
Él, inmóvil, perdido el control de sus músculos, de su mente, demasiado débil para abrir siquiera los ojos traicionados, incapaz de discernir su sombra mentirosa de su propio ser engañado, buscaba sin cesar, en vano, entre los cercanos murmullos de las llamas inmortales, una salida que nunca sería capaz de encontrar, que jamás alcanzaría el valor de sobrepasar.

-¡Ayúdame, por favor! ¡Ayúdame!- gritó, con aquella voz que sólo una persona podría escuchar. ¡Por favor, ayúdame!

Como un rayo de esperanza, una puerta antes invisible se abrió ante su mirada aterrada. Una visión sobrenatural, un contorno de misticismo embriagador, una esbelta silueta rodeada por un espectral halo de luz alba, franqueó la entrada sosteniéndole la mirada con su iris cobrizo, donde la magia de un corazón puro se perdía en la profundidad de aquel pozo de recuerdos y vivencias en el que jamás habría de haber espacio para el lejano sentimiento de la reciprocidad.
Bajo la larga cabellera azabache, un hermoso rostro de bellas facciones lucía una sincera sonrisa de afecto tras la que la perpetua esperanza de la pasión perdía su rumbo en el camino mutilado de la adoración fraternal. Entendiendo lo que nunca supo entender, comprendiendo lo que nunca quiso comprender, él alzó su vista hacia el incansable muro de fuego que lo cercaba sin remedio y, con un gemido de impotencia, rompió a llorar, al tiempo que su compañera, su amiga, su confidente, su soporte, alzaba su mano diestra empuñando el arma que, finalmente, sería la encargada de acabar con su tortura.

-He acudido a tu llamada- dijo la angelical voz, acorde con el resto de su presencia. He venido a salvarte.

El sonido del disparo, el olor de la pólvora, el tacto de la bala en su corazón horadado; en aquel último instante, en aquel último segundo, la ubicua presencia de la tranquilizadora luz de la esperanza se hundió bajo sus parpados pesados mientras su cuerpo inane caía inerte sobre el abrasador suelo de la habitación; mientras aquella maravillosa visión de falsa irrealidad se desvanecía entre las sombras de su último aliento.

Despertó sobresaltado en su cenotafio: la más gélida de las tumbas era demasiado des-acogedora morada para su incandescente corazón.