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15 mar. 2009

La Llama De La Vida

Cogió una cerilla y, tras prenderla, se quedó observando como si un hechizo atrapase su mirada en el hipnótico baile de aquella llama recién prendida. Veía cómo se retorcía entre lengüetazos de oro; veía cómo poco a poco iba consumiendo a aquella desgraciada cerilla... Qué aciago destino éste: nacer con el único e irremediable propósito de morir... nacer sin más objetivo en la vida que acabar consumida por el fruto de sus propias acciones... ¿Cómo podía algo tan a primera vista insignificante tener unas repercusiones hasta tal extremo fatales...?

¿Cuál era el sentido de la existencia de aquella infeliz cerilla si su único fin era desvanecerse lentamente entre las llamas que ella misma había provocado?

“Al menos, aunque compartamos el mismo destino que esta cerilla, las personas tenemos la posibilidad de elegir nuestro camino... Nosotros tenemos la oportunidad de decidir sobre nuestros actos... Y sin embargo... ¿cuántas veces nos equivocamos? ¿Cuántos errores cometemos a lo largo de nuestras vidas? ¿De qué nos sirve poder tomar decisiones si, a pesar de ello, vamos a errar igualmente?”

“Por otro lado... nosotros tenemos la capacidad de aprender de nuestros fallos... Quizá ahí se encuentre el sentido de nuestras equivocaciones. El dolor que nos produce el efecto de nuestros errores nos hace recapacitar y nos lleva a no volver a tomar una mala determinación, ya que no queremos sufrir de nuevo por culpa de algo que hemos hecho y que podríamos haber evitado. No obstante... existen muchas personas que yerran deliberadamente... personas que han logrado dominar su dolor de tal manera que el hecho de equivocarse no les implica daño alguno... Entonces, me pregunto... ¿qué sentido tienen sus errores? No aprenden de ellos. Tal vez, esas personas sean como simples cerillas: destinadas a morir consumidas lentamente en el fruto de sus actos...”

“Mas, una cerilla, cuando crea la chispa que hace nacer la llama, sólo se daña a sí misma. En cambio, nosotros, al cometer fallos, muchas veces también herimos, voluntaria o involuntariamente, a otras personas... Pero, ¿por qué? ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué una simple decisión, una simple acción, una simple palabra, deben tener tal trascendencia? ¿Por qué esa simple decisión, esa simple acción, esa simple palabra, tienen que convertirse necesariamente en un error que ha de afectar a otras personas que tal vez no se lo merezcan...?”

“Aún más, si alguien toma una simple decisión, realiza una simple acción, pronuncia una simple palabra, de las cuales se arrepiente... ¿por qué esa simple decisión, esa simple acción, esa simple palabra, han de ser a veces tan dañinas para la propia persona y han de tener a veces unas repercusiones más allá del alcance de su error y de lo que esa persona merece? ¿Por qué ha de ser así, si esa persona ha aprendido ya la lección? ¿Por qué ha de ser así, si esa persona sabe ya que ha errado y va a poner todo su empeño en remediar las posibles consecuencias de su equivocación...?”

Encendió otra cerilla y colocó encima su mano izquierda. Comenzó a sentir el calor, hasta que éste pronto quemó su mano.

“A veces una persona se involucra tanto con las decisiones, las acciones, las palabras, de otra persona, que acaba dañándose también a sí misma, en ocasiones tanto o más que la otra persona. Sin embargo, a pesar de haber sido elección propia... ¿por qué ha de ser así? ¿Por qué debe dañarse una persona por una responsabilidad que no le pertenece...?”

Siguió contemplando como aquella cerilla experimentaba el mismo destino que la primera. Lentamente, fue consumiéndose bajo el abrrasador paso de la imperturbable llama que, sin obstáculos en su camino, se iba abriendo camino por la madera, hasta que ésta no fue más que una simple estela de carbón duro. Finalmente, la llama se apagó.

“La llama... otro curioso y quizá cruel destino... la llama... la llama nunca, en ningún momento de su existencia, es libre... la llama, para existir, debe ser creada por la cerilla... la llama, para sobrevivir, debe ir consumiendo a la cerilla... y cuando la cerilla muere, la llama se desvanece como un espíritu errante entre niebla densa. La llama... la llama no es nada sin la cerilla... La llama... la existencia de la llama sólo tiene sentido si la ligamos a la existencia de la cerilla...”

“Entonces... así como la existencia de la llama sólo adquiere sentido cuando se encuentra unida a la existencia de la cerilla, también con las equivocaciones de las personas sucede lo mismo... ¿Qué sentido tienen los errores de una persona una vez que ésta ya ha muerto...?”

“Por otro lado, tampoco la cerilla tendría ningún valor ni su vida ningún significado si no coexistiese con la llama. ¿Qué valor tiene una cerilla que no es capaz de crear una llama?”

“Quizá una persona que sea incapaz de cometer errores no tenga ningún valor a la hora de la verdad... E, igual que el sentido de la existencia de los errores reside en el significado de la existencia de la persona que los comete, tal vez el sentido de la existencia de una persona resida en su capacidad para poder errar... No obstante, si esto es así, ¿por qué las personas no somos capaces de entender las equivocaciones de los demás? ¿Por qué juzgamos tan mal a quienes simplemente han cometido un fallo? ¿Por qué no sabemos ver desde un principio que el haber cometido un error es lo que quizá da sentido a la vida de esa persona? ¿Por qué no nos damos cuenta de que, al juzgar a esa persona por su error, estamos cometiendo nosotros un error aún mayor? Porque... tal vez ahí resida el sentido de nuestras vidas. Porque... tal vez estemos destinados a equivocarnos una y otra vez para que nuestras vidas tengan algún sentido...”

Volvió a encender otra cerilla que fue dejándose consumir lentamente por el fuego hasta que, finalmente, la llama se apagó.

1 comentario:

  1. Siempre disfrutaremos de tus palabras con ese sabor agridulce que a veces nos dan....


    Tu amiga, Lorena.

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