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7 feb. 2009

La Eterna Pregunta

-Ya estamos aquí-dijo María. ¿Seguro que quieres volver tan pronto? Aún no es muy tarde y nosotras vamos a dar otra vuelta por el centro.
-Bueno, quien dice una dice dos-añadió Andrea sonriendo. Si quieres, ya sabes que puedes venir con nosotras.
-Lo sé-contestó Ana, pero tengo muchas cosas que hacer en casa y, además, seguro que mi marido me está esperando para que le prepare la cena.
-¿Otra vez tu marido?-preguntó María. Siempre pones la misma excusa. Él tiene que entender que tú necesitas tiempo para ti, para estar con tus amigas. No eres su esclava, Ana.
-Lo sé, pero…
-Desde que estás casada con él casi no nos vemos-la interrumpió Andrea, y cuando quedamos siempre tienes que volver pronto a casa porque te está esperando tu marido.
-Y esas marcas de golpes que te vemos de vez en cuando no son algo muy normal…
-Cuando se están haciendo las tareas domésticas, a veces, puedes darte un golpe-replicó Ana. ¿Vosotras nunca os habéis hecho ninguna herida mientras hacíais cualquier cosa?
-Por supuesto-concedió María, pero tú misma lo has dicho: a veces.
-Antes de casarte con ése no tenías tantos “accidentes domésticos”.
-¿Estáis insinuando que mi marido me pega?
-No lo estamos insinuando, Ana, te lo estamos diciendo, y tu actitud lo confirma.
-¡Vosotras no sabéis nada! Jaime me quiere un montón…
-Claro que sí-ironizó Andrea con tristeza. Después de pegarte las palizas.
-¡Mi marido no…!
-Tus vecinos no están sordos-la cortó María. Escuchan los insultos que te grita cada día. Oyen los golpes. Te oyen llorar después de cada paliza.
-Nos lo han contado, Ana-la informó Andrea. Llevamos tiempo queriendo hablar contigo de esto, pero no sabíamos cómo decírtelo.
-¡Ni teníais por qué hacerlo!-se exaltó Ana. ¡Nosotros tenemos nuestras discusiones, como todas las parejas, pero él nunca me ha levantado la mano!
-¿A quién intentas engañar, a nosotras o a ti?
-Yo no tengo por qué engañar a nadie-respondió Ana, y esta conversación no lleva a ningún sitio. Yo me subo a mi piso, que tengo cosas que hacer. Que os lo paséis bien en el centro.
-¡Ana, espera...!

Pero Ana no quería esperar. El sentimiento de culpa, por engañar a Andrea y a María, se mezclaba con el miedo a la posible reacción de Jaime, el hombre con el que llevaba mes y medio casada, impidiéndole seguir discutiendo sobre aquel asunto. Entró rápidamente en el edificio frente al cual habían estado conversando y subió al ascensor que la llevaría al segundo piso. Cuando éste se hubo detenido, avanzó hacia la puerta de la izquierda, por la que se filtraban las animadas voces y sonidos provenientes de la televisión y, tras sacar las llaves de su bolso para abrir, entró y volvió a cerrarla tras de sí.

-¡Hola, cariño!-saludó Ana. ¡Ya he llegado!
-¿Dónde estabas?-inquirió Jaime con malhumor.
-Sólo estaba con unas amigas. Hemos ido de tiendas un rato y luego me han acompañado hasta casa.
-¡Ah! Así que estabas con unas amigas-repitió Jaime. ¿Sabes dónde he estado yo esta última hora? ¡Esperando en este puto sillón a que a la señorita le diese la gana de venir para prepararme la cena!
-Lo siento…-se disculpó Ana con voz temerosa. No volverá a pasar… Lo siento…
-Ahora lo sientes ¿no, zorra? Te pasas la tarde “de pingoneo” con tus amiguitas, como si fueseis unas putas colegialas y, mientras, el marido a pasar hambre.
-Lo siento… Hay comida en la nevera… Si quieres, tú también puedes…
-¿Yo también puedo qué, eh?-la mano de Jaime pasó volando por la mejilla de Ana, dejando oír un golpe seco. ¿Cocinar? ¿Es eso lo que ibas a decir? Te voy a dejar algo bien claro: a mí no me sale de los cojones cocinar, ¿te enteras, puta? La que cocina aquí eres tú.
-Sí, cariño-Ana temblaba ante la furia de su marido que, como otras tantas veces, iba a descargar sobre ella. Tranquilo, no te enfades. Yo te cocino lo que tú quieras, mi amor, pero no te enfades.
-¡No me vengas ahora con que me cocinas lo que yo quiera!-con un brusco empujón, Jaime acorraló a Ana contra el sofá de la sala de estar, dejando a ésta con lágrimas de impotencia queriendo escapar de sus asustados ojos azules, los cuales se enfrentaban ahora a la dura mirada del joven marido. ¿No les habrás contado nada a las furcias de tus amigas, verdad?

La mente de Ana se bloqueó durante un instante. Había negado todas las verdades que le habían dicho, pero había algo que no podía negar: estaba sometida a aquel hombre que decía amarla, y ellas lo sabían.

-¡Contesta, hija de puta!-un segundo golpe más fuerte que el anterior, el cual provocó el tropiezo de la muchacha con el sofá y su caída al suelo, se escuchó a continuación, seguido de un lastimoso y débil quejido. ¿No les habrás contado nada?
-No…-la voz de Ana era apenas un susurro, reflejo de la debilidad de su corazón frente a aquella situación ya frecuente en su vida. No les he contado nada, cariño, te lo juro…
-Más te vale, so zorra, porque, como les hayas dicho algo, te juro por mis muertos que te mato-Jaime pareció tranquilizarse durante un momento e, inclinándose hacia la cara de su mujer, secó las lágrimas de ésta con dulzura fingida. Y no quiero que llores más. Tienes unos ojos muy bonitos pero, si lloras, pierden toda su belleza. Ya sabes que yo te quiero mucho y que, si te pego, no es por otra cosa más que por eso. Eres una mala esposa y, de algún modo, tengo que corregir tus errores, ¿no?

Ana permaneció inmóvil mirándole con temor creciente. La respuesta a esa pregunta comenzaba a ser una duda incluso para ella misma.

-¡Levanta, cojones!-gritó Jaime volviendo a enfurecer y golpeando a su mujer por tercera vez. ¿Qué coño quieres, eh? ¿Quieres que entre algún vecino y te vea ahí tirada en el suelo como una mierda? ¿Eh? ¿Quieres eso? ¿Quieres parecer una mierda? ¡Porque no eres más que eso, una mierda! ¡No sirves ni para prepararle la cena a tu marido después de que él se haya tirado todo el puto día trabajando!

El hombre se incorporó de nuevo y, con su pierna derecha, arremetió violentamente contra el estómago de la joven Ana, que tosió con brusquedad a causa de la enérgica patada. Tras esto, dio media vuelta y se quedó de pie durante un momento mientras le hablaba a su mujer con gran severidad.

-Me voy al bar a tomar unas copas con mis amigos-empezó a decir tras un corto silencio roto tan sólo por la siempre ajena y distante televisión. Cuando vuelva, espero encontrarme la cena preparada y espero también que te hayas disimulado un poco las señales de los golpes. ¿Entendido?
-Sí, cariño…-afirmó Ana. Te prepararé la cena más rica que hayas probado nunca.
-Bien, así me gusta, que te comportes como una esposa de verdad y no como una cualquiera-Jaime volvió a girarse y se acercó a la chica, que seguía tirada en el suelo del piso junto al sofá. Ahora dame tus llaves. Te vas a quedar sin salir unos días hasta que esas marcas empiecen a desaparecer. Sólo saldrás cuando tengas que hacer la compra y, en ese caso, quiero que vuelvas pronto y que no hables con nadie. Y si alguien te pregunta, ya sabes lo que tienes que decir.
-Sí, cariño…-Ana fingió una leve sonrisa, intentando disimular la angustia que se escondía en su interior. Aquí tienes mis llaves.

Jaime alargó su mano para cogerlas y, sin una palabra más, se fue alejando con tranquilidad hacia la puerta de entrada del apartamento. Salió y cerró con llave, dejando a Ana recluida dentro con su incipiente depresión.
Ésta, tan pronto como escuchó el sonido de la cerradura, se echó a llorar con gran amargura, rompiendo con su llanto las alegres voces de los famosos de la televisión que, despreocupados y libres de problemas, ofrecían a los televidentes productos y ofertas que no siempre resultaban ser tan maravillosos como parecían ser en un principio. Ninguno de esos anuncios logró captar su atención en aquel momento hasta que, tras uno en el que aparecía una apetitosa hamburguesa que pretendía llevar a quien la comiera a las puertas del paraíso, se llenó la pantalla de un color negro noche que daría paso a otro spot publicitario que atrajo fuertemente su mirada llena de tristeza. No era muy llamativo comparado con los demás, pero no necesitaba serlo, pues tenía algo de lo que el resto de anuncios carecía: veracidad, sentimiento, realismo. No había colores vivos, no había voces alegres, no había estrellas de cine. Tan sólo un número de teléfono, una frase que lo significaba todo para ella: “Si te marcan, marca”.
Esa frase quedó grabada en su cerebro. La repitió mentalmente y miró al teléfono que había a su derecha. Volvió a repetir esas cuatro palabras. “Si te marcan, marca”. Miró nuevamente al teléfono y, de pronto, una pregunta comenzó a recorrer su mente, una pregunta que podría cambiar su vida, una pregunta sin respuesta, la eterna pregunta: ¿Cómo sería tu vida sin ese hombre maltratándote continuamente?