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19 nov. 2009

Untitled

Octubre, jueves 1 (22:37 – 22:38)

-Quedan menos de 25 minutos. ¿En serio crees que llegarás a tiempo?
-No lo sé, pero debo intentarlo. Si no lo hago, no tendré ninguna posibilidad.
-No creas que ahora tienes muchas...
-Lo sé...
-... Te deseo suerte entonces.
-Gracias. Tal vez la necesite...
-Venga... Corre. Y no tardes.

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-Lo siento...
-No sé qué decirte, la verdad... ¿Por qué?
-No podía contártelo... Eso lo comprendes, ¿verdad?
-Lo intento.
-Sabes que de haber podido lo hubiera hecho.
-Sí, pero ¿por qué no podías? Nada te impedía decírmelo.
-Miedo.
-¿Miedo?
-Sí... Miedo. Temor a cómo te lo tomases.

Septiembre, miércoles 30 (16:23 – 16:24)

-Lo siento, pero ella no está aquí.
-¿Me puedes decir, por favor, dónde está?
-Me hizo prometer que no te explicaría nada.
-Oh, venga... Soy yo... Necesito tu ayuda, por favor...
-Eres un gran chico, pero no puedo romper la promesa que le he hecho a mi hija.
-Lo más importante para un padre es el bienestar de sus hijos. Y ella me necesita en estos momentos.
-Lo más importante para un padre es el bienestar de sus hijos, pero lo que ella necesita en estos momentos es estar sola.

Octubre, jueves 1 (22:37 – 22:38)

-Venga... Corre. Y no tardes.
-Procuraré no hacerlo... Hasta ahora.

“Veintidós minutos... Mierda... No llegaré a tiempo. Si al menos pudiera coger un autobús... Pero ninguno pasa por esa zona...”

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-¿Miedo a cómo me lo tomase?...
-¿Verdad que no te ha hecho ninguna gracia?
-Por supuesto que no. Pero peor me ha sentado que hayas pretendido ocultármelo y que hayas esperado a no tener otra alternativa para hablarme de ello. Porque de haber podido evitarlo, ni siquiera ahora sabría nada, ¿cierto?
-Cierto... Pero, cielo, escúchame...
-No. Escúchame tú a mí. Prometimos ser sinceros el uno con el otro; yo siempre te lo he contado todo y siempre he confiado en que tú hicieses lo propio conmigo. Jamás hubiera imaginado que me ocultaras algo así. Menos aún cuando eso me afecta a mí. Que me hubiera sentado mal no te lo niego, pero eso no es motivo para esconderme la verdad.

Septiembre, miércoles 30 (16:23 – 16:24)

-Pero necesito verla, por favor...
-He dicho mi última palabra. Déjala sola en estos momentos. Lo necesita. Y me atrevería a decir que a ti tampoco te vendría mal...
-Por favor...
-Lo siento, chico. Una promesa es una promesa, sobre todo si se le hace a una hija. Te avisaré cuando ella esté en condiciones para hablar, ¿de acuerdo?
-No...
-Lo siento mucho. Adiós.

Octubre, jueves 1 (22:42)

“Dieciocho minutos y ya empiezo a estar cansado. No podré mantener este ritmo mucho tiempo...”

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-Claro que eso no es motivo... Pero no se trata únicamente del daño que ésto te haría en el momento de sincerarme contigo, sino de tu reacción y tus heridas posteriores. Nada de lo que ha pasado entre nosotros durante este tiempo hubiera sucedido... ¿Acaso no dijiste que estabas viviendo los mejores momentos de tu vida?
-Sí... Te lo dije... Y lo mantengo. Pero no tenías ningún derecho a esconderme algo así.
-¿Y qué hubiera ocurrido si te lo hubiera contado? Estas dos últimas semanas no habrían “existido”. Yo solamente quería que fueses feliz...
-Lo sé. De verdad que lo sé, y te lo agradezco con todo mi corazón, pero es algo que me afecta especialmente a mí; yo debí haberlo sabido desde el principio... No a... a... apenas tres días...

Septiembre, miércoles 30 (19:12 – 19:14)

-¿Diga?
-“Buenas tardes, **.”
-¡**! Buenas tardes, ¿qué querías?
-“Bueno... En primer lugar, me gustaría pedirte disculpas en nombre de mi marido por haberte echado esta tarde de nuestra casa de esa manera. Está preocupado por nuestra hija y no quería que tú también lo estuvieses.”
-¿Preocupado? ¿De qué?
-“Mi marido te dijo que nuestra hija nos hizo prometer que no te hablase acerca de su paradero, ¿verdad?”
-... Bueno, sí... Me dijo que él le había hecho esa promesa a su hija y que debía mantenerla. ¿Por...?
-“Lo cierto es que no tenemos ni idea de dónde está nuestra hija. Salió esta mañana de casa, deprimida, sin decir adónde iba a ir... Suponemos que está bien y que volverá pronto, pero en nuestro interior la duda es cada vez mayor...”

Octubre, jueves 1 (22:49)

“Aún quedan 11 minutos. ¡Todavía puedo llegar...!”

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-Cariño... Piensa en cómo transcurrirían estos tres días si no supieras nada... Estaríamos pasando ahora un rato estupendo... Habría preparado de nuevo algo especial para ti. Cielo, lo siento, sinceramente, lo siento... pero lo hice por ti... porque te quiero...
-Sé de sobra que me quieres. Y sé de sobra que lo hiciste con tu mejor intención. Pero eso no justifica el engaño... Además, ¿qué pasa contigo? ¿Qué pasará cuando...?
-Sacrificarse por alguien no es doloroso cuando quieres a la otra persona de la manera en que yo te quiero a ti...
-... Eres un encanto y un cielo de persona; me considero muy afortunada de tenerte a mi lado. Y siento haberme enfadado al principio; entiendo lo qué hiciste, por qué y sé que tú estabas convencido de que era lo mejor...
-Lo...
-Pero... tú también tienes que entender algo...

Septiembre, miércoles 30 (19:12 – 19:14)

-¡¿Qué?! ¡¿Por qué me lo habéis ocultado?!
-“Para que no te preocuparas. Sabemos que lo estás pasando mal. Tal vez no debimos cargarte con aquella responsabilidad. Lo siento...”
-Se me ha negado el derecho de tomar decisiones acerca de mi propia vida. Tal vez esa responsabilidad debió haber sido compartida por los tres... hace dos semanas. Teníamos que habérselo contado en su momento...
-“Es probable, pero ya es demasiado tarde para eso... … **, te dejo, ¿vale? Sólo te llamaba para que supieras lo de mi hija.”
-De acuerdo. Muchas gracias por decírmelo. Cualquier novedad, me telefoneas, ¿de acuerdo?
-“De nada, hijo... Te avisaré en cuanto sepa algo.”

Octubre, jueves 1 (22:54)

“Necesito parar... No aguanto más... Joder, 6 minutos... ¡No, mierda!”

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-Pero... tú también tienes que entender algo... Al ocultarme esa... situación, haya sido con buen o con mal propósito, se me ha negado el derecho de tomar decisiones acerca de mi propia vida. Agradezco de todo corazón lo que hiciste, pero debiste habérmelo contado desde el principio...
-...
-Ahora quiero pedirte un favor: sé que habíamos quedado esta noche, pero necesito ir a mi casa y hablar con mis padres. Ellos también me deben una explicación. Porque también lo saben, ¿verdad?
-Sí... Pero te dirán lo mismo que yo...

Septiembre, martes 29 (13:16)

-Queremos que seas tú quien se lo diga a nuestra hija. Eres la persona más adecuada para ello.
-Pero ¿y vosotros?
-Bueno... En la vida de una persona, los padres son siempre muy importantes, pero cuando se alcanzan ciertas edades, llega un momento en el que nosotros pasamos a un segundo plano.
-Vosotros siempre seguiréis siendo tan importantes para vuestra hija como lo habéis sido siempre.
-Gracias. Y lo sabemos... Pero eso no es óbice para que nuestra hija pueda conocer a otra persona que con el tiempo llegue a significar más para ella que nosotros.
-...
-Por eso queremos que seas tú quien hable con ella sobre este asunto.

Octubre, jueves 1 (22:57)

“Tres minutos... Estoy cerca.... No puedo... rendirme ahora...”

Septiembre, martes 29 (21:39 – 21:44)

-No me importa. Me digan lo mismo o no, tengo que oírlo de ellos. Además, también necesito un tiempo para estar sola. Ya te llamaré.
-¿Te vas?...
-Sí. Y déjame ir sola.
-...
-Escucha... Eres una de las personas más importantes de mi vida. Tú eres quien cambió mi mundo cuando llegó a él y con quien querría compartir el resto de mi existencia. Significas para mí mucho más de lo que te imaginas. Te quiero...
-Yo también te quiero...
-Adiós...
-...

Septiembre, martes 29 (10:34 – 10:36)

-Si no se lo dicen ustedes, se lo diré yo.
-Por favor, no nos haga esto...
-La chica tiene derecho a saberlo, y no seré yo quien cargue con este peso en la conciencia.
-Ella está bien así. Decírselo sólo le causaría dolor.
-Pues tendrá que afrontarlo. Lo siento, señores. Les doy hasta mañana. Si para entonces no se lo han dicho, yo mismo lo haré.
-¿Es que no le importan los sentimientos de nuestra hija?
-Claro que sí. Pero ella tiene todo el derecho a conocer la verdad.
-Hay verdades que es mejor mantener ocultas...
-Es probable... pero no ésta. Mis más sinceras disculpas, pero me veo en la obligación de cumplir con lo que les he dicho. Tienen hasta mañana.

Octubre, jueves 1 (22:58)

“Sólo... dos minutos... Estoy... a punto de... desfallecer por el cansancio... ¡Ánimo!... Sólo necesito... un poco... más... Estoy cerca...”

Octubre, jueves 1 (22:36 – 22:37)

-¿Sí?
-“**, tienes que buscar a mi hija...”
-¿Qué? ¿Dónde está? ¿Está bien?
-“Va... va a suicidarse...”
-¡¿Qué?! ¡No puede...!
-“Va a ir al puente ** a las 23.00 de esta noche... ¡Por favor, tienes que ir hasta allí...! Por favor, evita que mi hija cometa una tontería... Por favor...”
-¡¿En el puente ** a las once?! ¡Estamos a más de tres cuartos de hora de allí! ¡¿Por qué no han ido ustedes en el coche?!
-“Estamos saliendo, pero no llegaremos... Ya sabes dónde vivimos... Oh, Dios mío...”

Octubre, jueves 1 (22:59)

“La última calle... Y el último... minuto... Lo voy a... conseguir...”

Octubre, jueves 1 (22:36 – 22:37)

-¡Joder, joder!... ¡Voy a por ella...! Un momento... ¿cómo saben con seguridad que está allí?
-“Acabamos de leer su diario. Antes de marcharse de casa dejó eso escrito en la última página...”
-De acuerdo. Voy a por ella. Pero no llegaré a tiempo... Adiós.
-“Adiós...”

-¡¡Joder, mierda...!! ¡¿Por qué?! ¡No tiene ningún sentido!
-Cálmate, ¿vale? Lo siento mucho...
-No... No, no lo sientas... Aún puedo impedirlo.
-¿Cómo? Quedan menos de 25 minutos. ¿En serio crees que llegarás a tiempo?

Octubre, jueves 1 (23:00 – 23:01)

-¡¡Por favor...!! … ¡¡No!!


Con un respingo, la muchacha giró su cabeza hacia el lugar de donde provenía el grito. Su novio, apenas iluminado por la escasa luz de las farolas que alumbraban la calle, se acercaba a ella corriendo precipitadamente por la acera. Las manos le temblaron, los lagrimeantes ojos se inundaron y la inseguridad volvió nuevamente a dominarla.

-¡¡No!! … ¡¡Por... Por favor...!!

La calle, situada a las afueras de la ciudad, era angosta y de escaso o nulo tránsito tanto automovilístico como peatonal. De su zona central partía un pequeño y arcaico puente, ya prácticamente en desuso debido al nuevo que había sido construido dos años atrás a unas tres manzanas al noroeste.
Bordeando la calle y el puente, una serie de pilastras de vieja piedra tallada, de altura no superior a un metro, se hallaban dispuestas en una interminable hilera rectilínea que continuaba avanzando por la vía desierta hasta desaparecer en la distancia, tragada por un edificio mediano tras el que viraba bruscamente adentrándose en el barrio antiguo de la ciudad. Uniendo la larga fila de columnas en una sola construcción de vasta longitud, un seudo-arquitrabe pétreo de medio metro de anchura hacía las veces de baranda y de asiento para quienes quisieran deleitarse con la belleza y la fuerza del impetuoso río que cruzaba bajo el puente a una caída de más de treinta metros.
Sobre esta plataforma de piedra, la joven observaba con rosto humedecido la carrera de su novio, viendo cómo se dejaba caer al suelo exhausto a un metro de distancia de donde ella se encontraba y cómo le dirigía una suplicante y atemorizada mirada al tiempo que, con voz entrecortada por el fuerte cansancio y por la dificultad para respirar, le decía:

-He llegado... a tiempo... Por favor... No... lo hagas... Te quiero...

La chica, con la mirada clavada en los ojos de su pareja, rompió a llorar con intensidad y, guiada por la vehemencia de sus sentimientos, saltó.

Septiembre, martes 15 (09:35 – 09:36)

-Lo que tengo que decirles no es una buena noticia. Antes de contarles nada, quiero que sepan que, con sinceridad, lo lamento muchísimo y, aunque tal vez no sea lo más apropiado reprenderles ahora, debieron haber venido aquí muchos años atrás. Entonces tal vez... ésto hubiera tenido una solución. Ya es demasiado tarde.
-Por favor... díganos ya de qué se trata. Si hemos cometido algún error, nos haremos responsables de nuestros actos y asumiremos las consecuencias.
-Su hija está enferma... mortalmente enferma.
-...
-Lo lamento muchísimo. Lo único que hemos podido hacer por ella es determinar el tiempo de vida que le queda... Aún dispone de 18 días. Digánselo... y aprovéchenlos. Lo siento...

Octubre, jueves 1 (23:00 – 23:01)

La chica, con la mirada clavada en los ojos de su pareja, rompió a llorar con intensidad y, guiada por la vehemencia de sus sentimientos, saltó.
Lanzándose a una altura de algo menos de un metro, cayó a los pies de su novio y, sollozando y con los ojos cubiertos de lágrimas, se fundió con él en un enardecido abrazo que ambos llevaban días añorando.

-Te quiero...
-Si llegas... a saltar... te juro que salto... para matarte por... lo que me has hecho pasar...

Una sonrisa floreció en el melancólico, pero finalmente feliz rostro de la chica, que con inmenso cariño respondió:

-Respira...

Septiembre, martes 29 (10:34 – 10:36)

-Como persona, quise que su hija tuviera el consuelo de escuchar la mala noticia de labios de sus padres, pues pensé que ése debía ser un momento de intimidad entre ustedes y ella y que su hija preferiría enterarse de esto en su hogar gracias a las personas que más la quieren y a las que más quiere, y no en una consulta médica de boca de alguien a quien sólo ha visto una vez en su vida y ha sido para esto...; pero como profesional, no puedo permitir que un paciente desconozca lo que le ocurre. Tal vez a otros doctores no les importe, pero para mí supone una carga moral que no estoy dispuesto a llevar. Tanto si ésto le afecta de manera positiva como si lo hace de forma negativa, ella tiene todo el derecho de saber qué le sucede. Y ni ustedes ni nadie podrán hacerme cambiar de opinión. Así que... si no se lo dicen ustedes, se lo diré yo.
-Por favor, no nos haga esto...

Octubre, jueves 1 (23:05)

-Aún nos queda un día... Y quiero que sea el día más feliz de tu vida y el que yo jamás olvidaré- deshaciendo aquel eterno y cuasi-utópico abrazo, el muchacho fijó sus ojos en los de su compañera. No te imaginas cuánto me alegro de que no hayas saltado...
-Y yo...- los últimos indicios de tristeza habían desaparecido de sus hermosos rasgos y las lágrimas que flotaban sobre la calidez de su piel se habían tornado ahora una radiante expresión de felicidad. Viviremos mañana como si fuera nuestro último día...

El joven no pudo evitar que una resignada sonrisa emergiese en su boca, que en seguida, atraída por un silencioso imán de cariño, se dispuso a acercarse a los dulces labios de su amada y con tierna dilección se encontró con ellos en una afectiva caricia que, rompiendo las limitaciones de la naturaleza, detuvo el tiempo a su alrededor en una infinita exhalación de amor eterno y perpetua pasión.

Octubre, sábado 3 (23:00)

“Hace dos días, en este mismo lugar, conseguí llegar a tiempo... Hoy, hace apenas unas horas, el tiempo escapó de nuestras manos... Sin embargo, siempre permanecerá en mi memoria aquel maravilloso último día que vivimos juntos...”

12 nov. 2009

La Botella

Sobre un diminuto río, junto a una cascada no más grande pero de aguas torrenciales, dos grandes botellas de cristal han permanecido unidas durante largo tiempo, a pesar de las inclemencias de la fuerte corriente, y han logrado juntas superar muchas vicisitudes, dificultades, problemas... Hace ya mucho tiempo que las botellas se colocaron juntas y, desde entonces, una y otra se ayudaron para conseguir llenarse mutuamente de agua y lograr ser más fuertes y más resistentes ante la gran caída de la catarata que siempre ha amenazado con llevarlas río abajo hasta un inmenso océano donde quedarían destinadas a tocar irremediablemente fondo y ver hundidas sus posibilidades de subsistencia.
Durante bastante tiempo, ambas se hallaron rebosantes de diáfano líquido, hasta que las sacudidas de su propia fuente de alimento les hicieron zozobrar y las afiladas rocas del fondo les provocaron heridas que lentamente, alternando unas pocas situaciones de paz y sosiego con otros muchos momentos de constante peligro y frecuentes caídas, llevaron a las dos botellas a perder todo el agua del que con tanto esfuerzo se habían colmado mucho tiempo atrás.
Sin embargo, el poder que las unía y fortalecía resurgió finalmente de sus interiores y en muy poco tiempo, las dos botellas recuperaron todo aquello por lo que tanto habían luchado. Pero una de ellas aún no estaba por completo llena y su compañera se afligía por esto.
“Sé que no ha transcurrido mucho tiempo desde que nos recuperamos de la tempestad que nos abatió durante largos y frustrantes momentos, pero me provoca una gran desazón no haber sido capaz de hacer que reúna todo el agua necesaria para completarse. He batallado con energía, con voluntad, con optimismo, dando lo mejor de mí misma y, a pesar de ello, mi compañera botella aún no está a rebosar de este agua que riega el fruto de nuestra continua cosecha interior. Si continúo peleando por salir ambas adelante, sé que lograré que ella alcance su máximo de líquido contenido, pero, aún así, no sé cuando sucederá esto y tengo cierto miedo a perder mi camino y no alcanzar mi meta. Sé que lo lograré, tengo plena confianza en mí, en que sea así y llegue hasta el final, y sé que más tarde o más temprano conseguiré hacerlo y, sin embargo, no puedo evitar sentir ese incierto, pero descorazonador temor...”
“Además, esa tercera botella que desde hace tanto llevo pegada a mi costado y que es ya una parte de mí ha sido siempre una gran carga y cada vez lo va siendo más. Hasta ahora he logrado mantener fijo el corcho que impide que ella se alimente también de agua y haga que mi compañera botella pierda la suya, pero me asusta lo que pueda ocurrir si algún día su tapón pasa a mí... Tal vez las consecuencias sean buenas, quizá mi segundo yo botella es quien deba permanecer al lado de mi compañera y no este yo que hasta ahora he sido, pero si no fuera así, los probables daños que causaría podrían ser muy graves y gran parte del agua que mi compañera botella ha logrado recolectar gracias a mí correría el riesgo de acabar derramándose, y posiblemente esta vez no pudiera ayudar a que la recuperase... Por mi parte, tal vez también yo perdiese algo del líquido que gracias a mi compañera he reunido y, si así aconteciera, dudo que recobrarlo se tornara tarea fácil...”
“Tengo miedo de dejar que el corcho deje libre mi segunda botella y me bloquee a mí, pero en muchas ocasiones creo que es lo mejor que podría pasarnos a mí y a mí compañera botella. Sin embargo, pienso que para ella ciertamente es preferible el yo que hasta ahora he sido y que ese cambio no haría sino causarnos a ambas problemas e incomodidades. Lo único seguro es, a pesar de mis vanos temores, continuar siendo yo misma, ya que así mi compañera se colmará pasado más o menos tiempo y las dos tendremos más poder para superar todos nuestros contratiempos juntas... Pero si mi segundo yo se fortaleciera, probablemente no tendría la capacidad para combatirlo y acabaría por derrotarme y relevarme. No sé si seré capaz de soportar su ataque ni por cuanto tiempo; tampoco sé si podré aguantar el tormento que me provoca tener esta botella formando siempre parte de mí. Lo único de lo que ahora estoy segura es de que no había estado tan bien desde hacía mucho tiempo y que yo sólo quiero que mi situación vaya a mejor y que no se derrame de nuevo toda nuestra agua.”

5 nov. 2009

La Pequeña Gran Civilización

Idea original: Theill



Ésta es la historia de unos seres que han logrado establecerse clandestinamente en el mundo actual, tras varias décadas conservando su identidad y manteniéndose a salvo de los fenómenos extraños que se han ido dando en los últimos tiempos –como el reciente descubrimiento del ser humano–.
El grupo habita en una enorme cueva que les hace las veces de refugio cuando se acerca alguna amenaza. La caverna se sitúa en mitad de un bosque gigantesco, aún desconocido para ellos debido a los grandes riesgos que su exploración conllevaría: incluso enviando a los expedicionarios a una travesía corta con abundantes suministros, las eventualidades que podrían encontrar son desconocidas.
Sin embargo, hubo un día un intrépido explorador que quiso desafiar los peligros de aquel bosque. Y así, con más valor que convicción, se introdujo en la oscura espesura. Tras una jornada de incesante marcha, trepó a la copa de un colorido árbol para descansar relajadamente y mantenerse a salvo de cualquier incidente.
Pero cuál fue su sorpresa cuando alzó la vista al horizonte y divisó una criatura majestuosa de proporciones descomunales: el ser humano. El asustado joven tomó rápidamente el camino de vuelta a su hogar y alertó a sus congéneres. Éstos, impresionados, no podían creer lo que su maravillado y atemorizado compañero acababa de ver. En seguida, el grupo se reunió y, entre todos, constituyeron un pequeño equipo de reconocimiento que partió a las pocas horas.
Durante los días siguientes, todos los habitantes se dedicaron a ampliar y mejorar las medidas de seguridad mientras esperaban noticias del grupo de batidores. Nadie sabía con certeza cuánto podría durar la expedición ni cuánto peligro entrañaba.
Y entonces una tarde, de repente, el cielo se nubló y fuera de la cueva una fuerte lluvia comenzó a caer precipitadamente, inundando el bosque del exterior hasta llegar a penetrar por la abertura que tenían por entrada. El protocolo que siguieron fue el usual en casos como éste: antes de que el agua alcanzase el piso inferior, todos se guarecieron en los niveles superiores a esperar a que la tormenta amainase.
Varias horas después el clima se calmó, aunque no los corazones de los habitantes, revueltos por el más que probable destino de aquellos valientes que habían arriesgado sus vidas por el afán de buscar un mayor conocimiento del mundo del exterior.
Los siguientes días transcurrieron con normalidad, aunque con un incesante miedo palpitando en sus corazones: la angustia por la falta de noticias de los rastreadores que partieron hacía más de una semana flotaba en el ambiente y la esperanza de que aún siguiesen vivos era prácticamente nula.
Y en efecto, al poco se les dieron por muertos. Convencidos por un creciente pesimismo de que no regresarían, celebraron otra reunión para decidir qué hacer. Discutieron durante horas intentando tomar una resolución que no parecía querer llegar. Y ocurrió entonces algo que nadie esperaba.
Un compañero se les acercaba en condiciones deplorables: la túnica de fibra de hojas que vestía se encontraba notablemente deslucida y el cinturón, del mismo material, no corrió mejor suerte. Aquel desafortunado era uno de los miembros de la búsqueda, pero a pesar de la magnífica noticia que suponía para todos su llegada, pronto se torno ésta en desgracia: el resto de sus compañeros se hallaban en grave peligro y sin garantías de sobrevivir. Los infames seres humanos habían canalizado todo su poder hacia ellos en forma de agua desde el cielo –impedirán bajo cualquier concepto que logremos alcanzar su guarida–.
Entre los pequeños seres se respiraban la inseguridad y la tensión propias de aquella situación; no podían permitir que el despotismo de los humanos prevaleciera y que su superior ventaja física les diese libertad para aniquilar su raza. Por consiguiente, después de deliberar detenidamente y aceptar las consecuencias que sus próximos actos conllevarían tanto para ellos como para las personas, no encontraron más que una única solución: preparar una ofensiva definitiva, concibiendo un buen ataque como la mejor defensa.
Todos participamos directamente en la terrible acometida: los lanceros afilan sus temibles astillas de madera; el osado escuadrón de jinetes de hormigas aguarda el momento de la espectacular carga; las catapultas se acumulan en la entrada de la guarida; los arietes se encuentran preparados... Hemos permanecido ciegos hasta este momento, pero ahora conocemos la verdad y estamos concienciados para hundir el reinado de maldad e injusticia con el que nos han sometido durante tanto tiempo.
Todo marchaba hasta el momento según lo esperado. Pero entonces nos dimos cuenta del grave error que habíamos cometido: no supimos darnos cuenta de que tan sólo estábamos siendo un juego para ellos. Tan pronto lanzamos nuestro ataque fuimos sorprendidos por una enorme bestia salvaje que atendía las órdenes del poderoso enemigo.
Se trataba de una gigantesca y violenta criatura de color oscuro, espalda redondeada y unas patas picudas que le proporcionaban la capacidad de escalar rápidamente cualquier superficie. Su arma más letal, sin embargo, era el demoníaco cuerno con el que segaba las vidas de mis queridos compañeros...
Días más tarde he llegado a la conclusión de que soy el único superviviente de este devastador ataque. Yo era un jinete de hormiga del escuadrón alfa que logró escapar de aquella bestia inmunda, pero ahora... Este acto no quedará impune...

29 oct. 2009

La Verdad Oculta

-Hola, ¿cómo estás?
-Buenos días. Pues estoy bastante bien; ¿y tú?
-Yo ídem. No me puedo quejar, la verdad. Y me alegro mucho de tu buena situación.
-También a mí me agrada saber que todo te va bien.
-Pues nada...
-Bueno...

* * *

-Hola, ¿cómo estás?
-Buenos días. Pues estoy bastante jodido, por diversos problemas, pero a ti no te voy a contar nada. Tú ¿cómo estás?
-Oh, yo ahora, de puta madre, la verdad. Espero que mi situación dure mucho. Y lo cierto es que me importa una mierda que no me hables sobre lo que te ocurre: sólo el hecho de saber que tú estás mal hace que yo me sienta aún mejor.
-Ya... lo suponía. A mí también me importa un bledo cómo te encuentres tú, aunque debo reconocer que me repatea enormemente que las cosas te vayan mejor que a mí.
-¡Ja, ja! Bueno, peor para ti... ¡Ja, ja!
-Sí, desde luego...

22 oct. 2009

El Crimen

-Hola, agente. ¿Está llevando un buen día?
-No te hagas el simpático conmigo, chaval. Te haces una idea de por qué estás aquí, ¿verdad?
-Refrésqueme la memoria.
-Intento de asesinato en primer grado.
-Yo no he matado a nadie.
-Por suerte para ti, no. Pero estás jodido, ¿lo sabes?
-No entiendo el motivo.
-No te hagas el tonto. Sabes muy bien lo que has hecho.
-No he hecho nada.
-Lo pretendiste y con eso es suficiente.
-A nadie le dan una medalla por intentar alcanzar el podio.
-¿Te sientes mejor haciéndote el graciosillo después del crimen que quisiste perpetrar anoche?
-No.
-Entonces será mejor que evites ese tipo de comentarios. Mi objetivo es ayudarte, pero necesito tu total colaboración.
-Muy bien... ¿Qué debo hacer, señor agente?
-Para empezar, deja de emplear ese tono de voz.
-Si quiere, me callo.
-Si no vas a cooperar, mejor así.
-Está bien. Escucharé lo que tenga que decirme y después me marcho. No soy culpable de nada.
-Prestarás atención a todo lo que yo diga y seguirás al pie de la letra mis instrucciones. En caso contrario, si prefieres salir por esa puerta, acabarás tarde o temprano cumpliendo tu destino.
-Está bien. Usted hable y yo decidiré qué quiero hacer.
-En primer lugar, reconoce lo que sucedió ayer.
-¿Por qué?
-Porque sabes que es verdad.
-Y si lo fuera, ¿qué?
-Intentaría ayudarte.
-Muy bien, es cierto: intenté cometer ese asesinato.
-¿Por qué?
-Porque odio a ese imbécil.
-Y ¿a qué se debe eso?
-Es todo lo contrario del tipo de persona que a mí me gusta.
-Y supongo que eso es causa suficiente para pretender matar a alguien, ¿verdad?
-No.
-¿Entonces?
-Entonces, ¿qué?
-Entonces... dame una buena razón para haberlo hecho.
-No lo sé. Simplemente no me gusta cómo es.
-De acuerdo, quedas libre de condena.
-¿Me está tomando el pelo?
-Lo mismo podría haberte preguntado yo a ti cuando me has explicado tu motivo para matar. ¿Acaso no sería mucho mejor que te esforzases por aceptarlo tal y como es?
-Sí, pero también es mucho más difícil.
-No lo pongo en duda, pero ¿no te han enseñado nunca que jamás se debe tomar el camino más sencillo y que en el esfuerzo personal se halla la auténtica virtud?
-Por supuesto que me han enseñado tales verdades, pero una cosa es conocerlas y otra bien distinta, llevarlas a la práctica.
-En efecto, y es ahí donde se demuestra tu verdadera fuerza de voluntad y tu valía como persona.
-Ya. Sin embargo, no confío en él, y eso me origina un sentimiento de rechazo que no puedo combatir simplemente con fuerza de voluntad.
-Y ¿por qué no confías en él?
-No creo en él como persona porque no tiene cualidades para ser alguien en la vida; no es nadie y nunca lo será. Por eso, aunque batallase contra mis ganas de matarlo, éstas serían más poderosas que yo y me derrotarían: fracasaría e intentaría hacerlo de nuevo... Yo por mí mismo tengo pocas probabilidades de terminar con ésto.
-Exacto. Y me alegra que lo admitas, porque ahí es donde entro yo: no estás sólo, nunca; me tienes a mí, un profesional; y tras esa puerta se encuentran muchas otras personas que están también dispuestas a ayudarte en cualquier asunto y bajo cualquier concepto: tus amigos y tu familia siempre permanecerán a tu lado. Pero para que ellos puedan ofrecerte su apoyo, primero debes permitir que te lo proporcionen.
-Lo sé, pero... aún así... dudo que sea capaz de vencer a mis ganas de acabar con él.
-Si quieres y te lo propones, podrás hacerlo; requerirá mucho esfuerzo y supondrá una gran dificultad, pero te puedo afirmar con total seguridad que, si realmente quieres y de verdad te lo propones, saldrás adelante, paso a paso... Y cuando eso suceda, habrás logrado evadirte del suicidio, conseguido aceptarte a ti mismo, aprendido a confiar en ti como persona y sabrás creer en tus posibilidades y en el enorme valor de tus capacidades.

20 oct. 2009

Paréntesis

Paréntesis. Eso han sido los dos últimos meses: un paréntesis de descanso que se cierra ahora con la promesa de nuevos títulos que pronto serán subidos a este blog:

-Jueves, 22/10 - "El crimen".
-Jueves, 29/10 - "La verdad oculta".

No serán, sin embargo, los únicos. Les seguirán algunos como "La pequeña gran civilización" (escrito por Theill & Dew y ya publicado en http://theillelescritordelanoche.blogspot.com/); o "La botella", un escrito que en sus orígenes nunca atisbó la esperanza de ver la luz, pero al que finalmente he decidido hacer su correspondiente hueco en mi pequeño blog de sueños de escritor; y otros, aún sin escribir, tales como "5 minutos". Y más ideas, unas comenzadas, otras sin ningún pie todavía colocado sobre el pedestal de lo escrito, bullen inquietas aguardando cada una su propio momento de ser dadas a conocer al público.

Me gustaría, asimismo, agradecer con total sinceridad a quienes han decidido pasarse un momento por este blog a leer mis relatos, y a quienes han optado, además, por quedarse.
Escribir es únicamente la mitad trabajosa, aunque vivificante y entusiasta, del camino que lleva a la total satisfacción del escritor cuando éste contempla con gozo que sus historias son leídas. Por completar mi, hasta ahora pequeño, sendero, gracias.

Y no puedo despedirme sin hablar de una cuestión que se me ha planteado en este blog: ¿es sensato publicar relatos cortos en la red? Bien, la respuesta depende: ¿puede demostrar de algún modo el escritor que los relatos le pertenecen a él de manera legítima? ¿Se encuentran los relatos protegidos por algún tipo de copyright o licencia, por ejemplo, creative commons (http://creativecommons.org/)?
Me dirijo ahora personalmente a Edward Blunt: protegiendo tus escritos debidamente, SÍ es sensato hacer cualquier tipo de publicación. Espero haber respondido a tu pregunta y haberte ayudado, a ti como a otros que tengan dudas similares, con mi recomendación de esa página gratuita que es creativecommons.

Así que, quien haya escrito algún relato interesante y quiera mostrarlo al público, que no permita que la voracidad de los faltos de ética se lo impida.

Un cordial saludo a mis lectores.

13 ago. 2009

La Posada

EDAD +18. Violencia, contenido sexual explícito/implícito.

Esta narración no pretende hacer apología de ningún acto en ella descrito. Cualquier parecido con la realidad es meramente simbólico.


El hombre abrió los ojos. Se encontraba en un lugar desconocido. Estaba tumbado en una litera sucia, dentro de una pequeña habitación en la que apenas había mobiliario. Un viejo ropero junto a la puerta era lo único que hacía compañía a su solitario lecho.
El hombre se levantó, preguntándose cómo había podido acabar en un antro como aquel. Lo único que recordaba era haber pasado el día anterior junto a su sobrina pequeña. Nada más. No sabía qué había ocurrido desde entonces, cuándo había llegado allí, cuánto había dormido... Muchas preguntas invadieron su mente en aquel momento. No recordaba haber bebido... tampoco era propio en él. ¿Lo habían drogado? Para desánimo suyo, esta última opción era la más probable de cuantas en ese momento podía imaginar. Además, eso seguramente implicase que lo mantenían secuestrado. Pero ¿para qué iba nadie a querer drogarlo o secuestrarlo? Tan sólo era un adulto cansado con una vida no menos normal ni monótona que la de cualquier otra persona de su edad. Por otro lado, si aquello fuese un secuestro, ¿realmente lo dejarían estar suelto y sin ningún tipo de vigilancia?
Entonces se fijó en la puerta de la habitación. No parecía estar cerrada con llave. Se acercó y giró el pomo. Efectivamente, no lo estaba. Tiró de ella hacia adentro y se asomó por el dintel para observar qué había al otro lado. Se encontró con un pasillo y dos hileras de puertas cerradas, una a cada lado del corredor. Miró entonces a derecha e izquierda y, al ver que no había nadie allí, decidió salir de su minúsculo habitáculo para dirigirse hacia unas escaleras que se hallaban al fondo. A medida que se acercaba, empezó a oír unos leves sonidos que provenían de la planta inferior. Cuando llegó, asomó ligeramente la cabeza por el pasamanos. Varias personas pasaban el tiempo discutiendo con apatía sobre algún asunto que debía de ser de importancia para ellos. No parecían en absoluto ser secuestradores. Además, pudo contarlas y eran once. ¿Once personas para llevar a cabo su rapto? La idea del secuestro perdió intensidad. Lo más probable es que aquella gente estuviera en su misma situación. En tal caso, quizá pudieran ayudarle.
Al fin, se decidió a bajar. Mientras lo hacía, fue fijándose en aquella abandonada y fría sala. Por su aspecto y los aposentos del piso superior deducía que se encontraba en una especie de posada antigua. Sin embargo, nada parecía indicar que alguna vez alguien pudiera haberse hospedado allí, o que alguien pudiera haber parado para descansar y refrescar su garganta o llenar su estómago. De hecho, no daba la impresión de que en el pasado alguna persona hubiera ofrecido en esta posada alojamiento, comida ni bebida. En el interior de aquellas añejas paredes de piedra, el vacío llenaba un espacio demasiado grande y la soledad era una compañía demasiado empalagosa. Y ni su presencia ni la del resto de personas que se encontraban reunidas en aquel amplio salón contribuían a darle algo de vida. Ellos no parecían ser más que personajes encajados a la perfección en un tétrico cuadro colmado de ausencia: ausencia de alegría, ausencia de ánimo, ausencia de vida. Mientras bajaba los estrechos escalones de madera, este sentimiento le hizo sentir cierta congoja en su corazón. Empezó a echar de menos su hogar y su familia, quienes seguramente ya se habrían dado cuenta de que algo extraño pasaba y estarían preocupados por lo que le hubiera podido suceder.
Se dispuso a bajar los últimos peldaños, al tiempo que continuaba mirando a su alrededor. A su derecha, al fondo, había un mostrador de madera que se extendía de lado a lado de la sala. La madera, muy simple en su talle y ornamentación, parecía haber vivido mejores tiempos, a juzgar por su desgaste. De similar aspecto era el armario que sobresalía tras la barra y que, por su altura y su anchura, parecía haber sido diseñado expresamente para permanecer encajado en aquella pared. Sus anaqueles contenían una gran variedad de botellas de bebidas alcohólicas, todas ellas diferentes entre sí. Más de cien podría haber contado él de haber querido y, sin embargo, no había un sólo par de igual forma, altura y grosor. No obstante, todos poseían una característica común: ninguno de aquellos receptáculos contenía una sola gota de líquido.
Siguió ahora con la mirada las paredes situadas enfrente y a izquierda suyas. Colgados sobre ellas, varios cuadros servían de únicos adornos para aquel sitio. Sin embargo, estos lienzos estaban también impregnados de ese toque gélido y solitario que parecía invadirlo todo en aquella posada: su única pintura era un intenso albor que fácilmente hacía pensar que nadie había pintado nunca nada sobre ellos, salvo esa misma Nada que todo lo colmaba de su esencia.
Al momento, se fijó en la puerta. Hecha de madera, ésta se situaba perfectamente centrada en el muro izquierdo, bajo el mayor de todos esos cuadros. A primera vista, debido a su robustez, calidad y cuidada apariencia, se le antojó aquella una entrada infranqueable, lo cual llevó al hombre al desánimo. Además, un pequeño detalle, que despertó en él un ligero miedo y cierta pesadumbre, llamó su atención: la puerta carecía de cerradura y pomo. Una nueva duda cruzó entonces por su cabeza, no contribuyendo en absoluto a aminorar su desaliento: ¿podría salir alguna vez de aquel tétrico edificio?
Finalmente bajó el último escalón. Su vista pasó entonces a observar el interior casi vacío de aquella sala, donde tan solo había una gran mesa circular con doce sillas en derredor, en las que seis féminas y cinco varones habían dejado de hablar debido a la presencia del recién llegado. Éste avanzó unos pocos pasos y se dispuso a presentarse ante todos. Sin embargo, en ese momento le sucedió algo extraño que lo alteró bastante: no conseguía recordar su nombre.

-Tú tampoco sabes cómo te llamas, ¿eh?- dijo un hombre con una sonrisa mezcla de diversión y frustración.

Finalmente, ante la mirada seria y expectante del último invitado a aquella posada, una mujer lo miró con desgana y le explicó las circunstancias en las que se hallaban.

-Ahora que ya estás aquí, te contaré lo poco que sé acerca de nuestra situación.
“Somos doce personas en esta sala: seis hombres y seis mujeres. Todos hemos ido despertando en cada una de las doce habitaciones del piso superior cada poco tiempo, hasta llegar a ti. Tú eres el último."
"Además, tal vez te interese saber que no hay salida de aquí. Muchos hemos intentado abrir esa puerta y también encontrar otra forma de abandonar este lugar, pero no hemos tenido ningún éxito. Cuando tú has venido, todos estábamos intentando planear una manera de salir, pero con escaso resultado, por no decir nulo...”


* * *


-¡Eh! Mirad los cuadros de la pared.

Al poco del despertar del último hombre y de su llegada a la sala inferior de aquella pequeña posada, unas tenues marcas comenzaron a aparecer en los lienzos de los muros. Segundos después, estas marcas adoptaron formas definidas. En cada cuadro podían verse ahora un número y una inscripción:

1 - “La sangre derramada fluye por las venas”
2 - “El defecto crecido doblega a la virtud creciente”
3 - “El deseo oculto daña la pasión manifiesta”
4 - “La vida peleada motiva la lucha por la muerte”
5 - “El vicio desmedido aniquila la razón comedida”
6 - “La unión del espíritu absorbe el espíritu de la unión”
7 - “La abundancia impropia se paga con la carencia propia”
8 - “El líquido infesto destruye el sólido afecto”
9 - “La protección extrema vulnera lo protegido”
10 - “El poder de la fuerza rompe la fuerza del compromiso”
11 - “El rechazo a la vida fomenta la vida de rechazo”
12 - “La unión innatural debilita la vida natural”

La consternación se extendió ahora por el pequeño grupo de hombres y mujeres; nadie sabía qué significado podía tener aquello.

-Echadle un vistazo a éste.

El lienzo sobre la puerta principal, cuya única diferencia respecto del resto era su mayor tamaño, mostraba otra inscripción:

“NUNCA ES DEMASIADO TARDE PARA LUCHAR”

-Otra nota. ¿Y?
-Ésta no lleva número y está escrita en mayúscula.
-¿Qué puede significar todo esto?
-No lo...
-Yo he sido la novena en bajar...

Todos volvieron las cabezas hacia el mismo punto. Durante unos instantes, el silenció reinó en el lugar; la mujer que acababa de intervenir no se decidía a seguir hablando y los demás no entendían la relación entre sus palabras y lo que estaba sucediendo.

-Yo... me siento identificada con lo que está escrito en el cuadro con el número 9- se atrevió finalmente a decir la fémina.

Un hombre del grupo se aproximó y con voz fuerte leyó lo que allí estaba expuesto.

-“La protección extrema vulnera lo protegido”. ¿Qué significa?
-Desde que vine a este lugar, hay algo que no deja de atormentarme. Dije que no recordaba nada sobre mi vida, al igual que todos vosotros, pero la verdad es que hay ciertas memorias que no puedo quitarme de la cabeza...
“Hay varias imágenes de varios momentos de mi vida... Desde pequeña he sido una persona que lo ha pasado muy mal. De niña era maltratada constantemente... y a partir de entonces, he sufrido mucho en muchos otros aspectos. Por eso, tenía miedo de que lo mismo les sucediera a mis hijos... Nunca me había dado cuenta, hasta que desperté en esta posada: los estoy sobreprotegiendo, pero lo único que consigo con ello es debilitarlos... Nunca los he dejado salir ni relacionarse con otra gente, los he asfixiado constantemente con cuidados excesivos e innecesarios muchas veces, he intentado que permanecieran siempre a mi lado sin darles la posibilidad de tomar decisiones propias, todo ello por miedo a que algo malo pudiera ocurrirles. No he dejado que se enfrenten solos a la vida y ahora... tengo miedo de que no sean lo suficientemente fuertes como para luchar ellos mismos por sus propias existencias... Mis hijos no están preparados para plantar cara a lo que en su futuro próximo o lejano pueda devenirles.”

Llegado a este punto, las lágrimas ya brotaban de los afligidos ojos de la mujer.

-Y... ni siquiera los he podido proteger bien... Mi marido les pegaba frecuentemente mientras aún estaban en etapa de crecimiento; los castigaba sin motivo y en exceso, se desahogaba con ellos cuando estaba enfadado... Una de las cosas que recuerdo con mayor viveza es el día en el que él encerró con llave a mi hijo mayor en el armario durante varias horas... y yo no sólo no hice nada por protegerlo, sino que incluso defendí a mi esposo... Si el oxígeno hubiera llegado a acabársele...

El llanto de la fémina cobró intensidad. El resto de personas la contemplaban con cierta palidez en sus rostros, sin saber qué hacer o decir.

-He protegido demasiado a mis hijos... y a pesar de ello no he sido capaz de darles la protección que necesitaban cuando realmente les hacía falta...

La mujer se sentó finalmente en una silla mientras su lloro se hacía más fuerte. El dolor por la equivocación que durante muchos años de su vida había estado cometiendo se acumulaba en su interior y ahora no podía siquiera articular palabra. Otra mujer de la sala se acercó a ella e intentó animarla.
Mientras tanto, varias personas se acercaron a la pared y observaron con detenimiento sus respectivos mensajes, hasta que finalmente, un hombre habló.

-Yo he sido el cuarto en bajar. Mi escrito es el número 4: “La vida peleada motiva la lucha por la muerte”. Y al igual que esa mujer, yo también tengo ciertos recuerdos que he preferido mantener ocultos hasta ahora...
“La vida peleada a la que se refiere lo que está aquí escrito es la de mi padre... Él siempre ha sido una persona fuerte, que ha tenido que atravesar situaciones muy difíciles para lograr salir adelante. De joven tuvo que emigrar, por culpa de la guerra, para poder alimentar a su familia y ofrecerles un nivel de vida mínimamente decente. Destinaba a eso prácticamente todo el dinero que conseguía trabajando. Más tarde, en tiempos de posguerra, la situación no sólo no mejoró en relación al conflicto, sino que a los pocos años murió mi madre y él tuvo que hacer un gran esfuerzo para que nosotros pudiéramos vivir dignamente. Éramos tres hermanos, de los cuales yo soy el menor, aunque durante mucho tiempo hemos sido únicamente dos, ya que el segundo de nosotros fue mortalmente alcanzado por una bala perdida cuando tan sólo era un niño. Cómo murió es algo que no recuerdo en estos momentos...”
“Por todas estas circunstancias, mi padre siempre ha sido también un hombre muy duro y estricto que sabía imponer disciplina; lo hacía con dureza, pero nunca de manera excesiva y, por supuesto, siempre sin llegar al maltrato. Golpeaba, pero sabía cómo y cuándo debía hacerlo. De esta manera, ha sabido criarnos a mí y a mi hermano y hacernos personas “de provecho”, como suele decirse. Mi hermano está casado y vive con su familia; yo, por contra, soy soltero. Por este motivo, aún sigo viviendo con mi padre y, ahora que ya es un anciano - aunque sigue teniendo vitalidad y fuerza, ya no es el joven que era hace años –, soy yo quien se encarga de cuidarlo para que él esté bien y no le ocurra nada. Sin embargo...”

A estas alturas de su relato, el hombre hizo la primera pausa. Tomó aire y, tras pensarlo un momento, continuó.

-Sin embargo, no siempre ha sido así... No siempre he sabido cuidar bien de él. En más de una ocasión llegué a... maltratarlo, tanto física como psicológicamente... Hace años me cansé de su dura forma de ser y comencé a defenderme, hasta tal punto que mis defensas se tornaron pronto constantes ataques contra él... En poco tiempo, le había anulado toda su libertad de expresión, pues cada vez que pretendía decir algo o hacer cualquier cosa que a mí no me pareciera bien, lo insultaba, despreciaba y humillaba. Una frase que recuerdo haberle dicho muchas veces es que no es más que un viejo sin vida que no ha sabido nunca hacer las cosas bien... y que el mejor sitio para él es el cementerio, en una tumba junto a la de mi madre...
“Hace dos años se vio obligado a utilizar una silla de ruedas. Y, como supondréis, fui yo quien provocó la caída que le invalidó sin remedio sus extremidades inferiores... Estando él bajando las escaleras, le di un empujón para que se apartase... Pudo haber muerto allí...”

Un sonido de resignación y un gesto similar a una triste sonrisa acompañaron el final de este fragmento:

-Aunque tal vez la muerte hubiera sido lo mejor para él: al menos así se hubiera librado de mis maltratos y hubiera descansado en paz...
“Sin embargo, sobrevivió a la fuerte caída y, por supuesto, yo le obligué mediante la fuerza a mantener en secreto la causa de su “accidente”, para que aquello quedase entre nosotros dos.”
“A raíz de aquello, debido al miedo que comencé a sentir por la posibilidad de que la gente descubriese lo que había sucedido, las amenazas aumentaron y el maltrato físico comenzó. Al principio, cuando aún era capaz de andar, se defendía y me plantaba cara, pero él es muy mayor y no tiene la fuerza suficiente para aguantar la enorme y continua vejación a la que lo he estado sometiendo durante todo este tiempo...; esto, añadido a su inmovilidad, han hecho de él un auténtico saco de boxeo en estos últimos años... Sin causa alguna, le golpeaba a menudo con toda la fuerza que mis puños me permitían; además, le retorcía en muchas ocasiones los brazos afirmando que así estaría compensada la inmovilidad de sus piernas, o le amenazaba con navaja, llegando más de una vez a hacerle incluso varios cortes de gravedad... Y estos son sólo algunos ejemplos de los muchos ataques y humillaciones que mi pobre padre se ha visto obligado a afrontar con completa resignación y ninguna oportunidad de defenderse...”
“Éstos son recuerdos a los que en este momento me resulta imposible sacar de mi mente, que no dejan de atormentarme... y de los que sólo ahora me doy cuenta de lo terribles que son... Por eso, no puedo continuar describiendo más de estas escenas, pero...”

El hombre se dejó caer en la pared y lentamente cayó hasta el suelo mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.

-Pero... no es necesario que cuente más para que veáis la clase de persona que he llegado a ser...

Todos escucharon con atención su relato. Al acabar, un varón tomó la palabra ante el mutismo general.

-Creo que ninguno aquí podemos juzgar los actos de los demás... Yo tampoco he sido un ángel... Aún así, considero innecesario dar tantos detalles...- miró de reojo a las dos personas que acababan de narrar sus respectivas historias.
-Necesitaba desahogarme...
-Y yo.
-... En cualquier caso, yo no lo necesito... Soy el décimo en bajar y mi cuadro es el número 10: “El poder de la fuerza rompe la fuerza del compromiso”. Sencillamente, he maltratado a mi mujer desde que nos casamos... Maltrato físico y psicológico... Creo que eso es todo lo que debéis saber...

El adulto se dirigió a una silla y se sentó. A pesar de la dureza del rostro, sus ojos denotaban una gran aflicción por los deleznables actos que había estado cometiendo durante largos años.

-Me gustaría ser la siguiente en desahogarme – yo sí lo necesito- su mirada se dirigió al asiento recientemente ocupado. Soy la primera: “La sangre derramada fluye por las venas”, y debo advertir que mi narración va un paso más allá de lo hasta ahora contado aquí...
“Mi madre enfermó del corazón hace ya mucho, al poco de morir su marido, padre de seis hijas de las que yo soy la menor. Durante los primeros años, sólo cuatro de nosotras se encargaban de sus cuidados – una de mis hermanas ya estaba casada y yo aún era muy joven, por lo que nosotras dos simplemente ayudábamos en lo que podíamos.”
“Sin embargo, poco a poco todas fueron contrayendo matrimonio, hasta que sólo yo quedé soltera. Desde entonces, mi madre y yo hemos vivido juntas durante muchos años, y he sido yo quien, prácticamente sola, ha estado cuidando de ella durante ese tiempo. Y por aquel entonces, ya no se trataba únicamente de su problema de corazón: varios meses antes de que se casara la última de mis hermanas, los médicos detectaron en mi madre un brote de alzheimer que fue empeorando progresivamente con el paso de los años. Además, la vejez dejaba su huella en ella cada vez más manifiestamente.”
“Bajo esta coyuntura, llegó también mi momento y encontré un hombre del que me enamoré. Al poco nos casamos y tuvimos un hijo; y fue a partir de entonces cuando surgieron todos los problemas. Todas mis hermanas habían podido disfrutar de sus vidas maritales y de los pequeños que cada una había gestado. Pero cuando yo me desposé, ninguna quiso hacerse cargo de mi madre; les dije que podrían ocuparse de sus cuidados durante una temporada, pero no aceptaron, ya que no querían que aquello afectase a la cotidianidad a la que ya estaban acostumbradas. Así que, durante algo más del primer año de vida de mi criaturilla, seguí prestándole toda la atención que podía a mi madre, pero eso, obviamente, me robaba tiempo para estar con mi hijo y mi marido. El corazón de mi madre cada vez estaba más débil y el alzheimer ya le afectaba muy fuertemente: no reconocía a nadie, no podía comer ni beber sin ayuda, era incapaz de andar, de hablar... era por completo un vegetal...; y yo tenía otras dos personas con quienes estar: mi hijo fue criado en mayor medida por mi esposo, ya que yo apenas estuve con él en su primera etapa de crecimiento... Igual pasó con mi marido: al nacer el bebé, a él le dieron algunos meses libres para estar con nosotros... Un tiempo que yo quise aprovechar para disfrutarlo a su lado y no pude... Además, yo tengo mis necesidades como mujer... unas necesidades que no podía satisfacer porque siempre estaba demasiado cansada del ajetreo diario. Durante aquel primer año y tres meses, podrían contarse las veces que hice el amor...”
“Así que un día, cansada de perderme todo esto, no pude aguantar y, aprovechando que mi marido había ido al parque con mi hijo... le provoqué un infarto a mi madre... y con él, la muerte...”
“Nadie sospechó nada de mí; sin embargo, yo empecé desde aquel momento a culpar a mis hermanas de lo que había sucedido... Les espetaba con dureza cada vez que tenía la oportunidad que si ellas se hubieran encargado de mi madre, nada hubiera ocurrido, porque ellas tenían más tiempo libre y podían haberla cuidado mucho mejor que yo.”
“Por eso, el hecho de haber matado a mi madre, un acto ya por sí mismo de lo más deleznable, se vio empeorado por cómo sobrellevé lo que hice: en lugar de importarme siquiera un mínimo haber acabado con la vida de la persona que me la dio a mí, me alegré por ello... y brotó en mi interior un agradable sentimiento; disfruté matándola, incluso... y jamás me arrepentí de lo que hice... Hasta que llegué a esta posada, claro...”

Una corta pero insoportable pausa preludió sus últimas palabras.

-Tampoco me importó nada estar peleada con mis hermanas... Gozaba con mi situación... De hecho, aun en diversas ocasiones planeé matar a algunas de ellas para que no interfieran de ninguna manera en mi vida... Y, por desgracia, uno de esos planes se materializó... Terminé asesinando también a una de mis hermanas, tan sólo por la rabia y por el odio injustificados que había empezado a sentir hacia todas ellas...”

De nuevo, el llanto y la amargura fueron los encargados de poner el punto y final a la historia. La mujer se llevó las manos a la cara y en vano intentó contener su lloro, esperando que otra persona principiara el relato de sus recuerdos.
No obstante, nadie parecía atreverse a narrar su experiencia personal en esta ocasión. Un ambiente de profunda depresión parecía haberse formado en aquel melancólico lugar y todos parecían estar demasiado avergonzados de sus propios actos como para querer confesarlos ante el resto del grupo.
Al fin, una dama se pronunció.

-Yo soy la número siete: “La abundancia impropia se paga con la carencia propia”, y las imágenes que tengo en mi mente guardan algo de relación con lo que acabamos de escuchar.
“Yo me casé hace cuatro años con un hombre rico; como podréis deducir, mi enlace fue únicamente por dinero. Mi idea incluso antes de contraer matrimonio era asesinar a mi marido y quedarme con toda su fortuna. Durante los primeros meses me dedicaba a pensar en una forma de acabar con él sin que nadie sospechara nada... Además, no podía matarlo estando recién casados, ya que sería demasiado sospechoso..."
“Sin embargo, surgió un problema: me enamoré de él. Aquellos meses que pasé a su lado me hizo sentir como jamás nadie lo había hecho hasta ese momento. Hasta tal punto que dudé en seguir con mi plan y pasar el resto de mi vida a su lado... Y ojalá hubiera sido así... Pero una mañana, a los ocho meses de la boda, todo acabó...”
“A partir de aquel día, fui perdiendo a todas las personas a quienes he amado y me han querido a mí. Mi marido, y poco después, mi familia y amigos, cuando se enteraron de que yo provoqué esa muerte... Nunca han podido encontrar pruebas para llevarme a juicio, pero ante ellos manifesté lo que jamás hubiera confesado a un juez... Y, obviamente, nadie pudo darme su apoyo en esto... Perdimos todo tipo de contacto y yo me quedé sola... Con una gran mansión, mucho dinero y abundantes lujos... pero sola...”
“Y aunque yo me sentía vacía en mi interior, nunca hasta ahora me había importado. Siempre he pensado que tomé la mejor decisión cometiendo aquel crimen y no me he arrepentido en ningún momento, pues para mí merecía la pena: poseía cualquier cosa material que pudiera desear... y eso lo compensaba todo... Sin embargo, no es lo que yo realmente quiero... Quiero a mi familia, quiero a mis amigos, quiero a mi marido a mi lado...”

La mujer se derrumbó, incapaz de mantenerse en pie. El sonido de sus sollozos colmó la sala, pero nadie era capaz ya de intentar animarla. El abatimiento comenzaba a superar las fuerzas de quienes estaban allí.

-Ya que al parecer se ha tomado la tácita resolución de contar todos nuestras experiencias, seré la siguiente. Mi cuadro es el número 3 y su inscripción: “El deseo oculto daña la pasión manifiesta”. El motivo por el que estoy aquí es también un problema con mi marido.
“Llevo casada doce años con él y siempre hemos llevado una vida feliz y sin ningún contratiempo importante. En verdad, entre nosotros no existen peleas ni disgustos, salvo los que podría haber en cualquier relación normal...; el problema se encuentra en mí.”
“Las personas muchas veces podemos sentirnos atraídas físicamente por otra gente. Esto sucede antes y después de tener pareja. Es algo puramente instintivo. Sin embargo, el ser humano es racional y no tiene por qué seguir necesariamente sus instintos. Pero yo... en algún momento de mi vida dejé de usar la razón en este aspecto y comencé a dejarme llevar por mis impulsos sexuales; hace cinco años que engaño a mi esposo con otros hombres...”
“Y, la verdad, yo disfruto mucho haciendo el amor con mi marido; él sabe darme lo que yo necesito: es dulce, tierno y también apasionado. Nadie me hace el amor como él; sus caricias, sus besos, sus abrazos... Con frecuencia consigue hacerme llegar al orgasmo. Además, nuestra vida sexual nunca ha sido monótona: al contrario, siempre hemos probado nuevas experiencias cuando nos ha apetecido hacerlo.”
“Por ello, nunca he tenido ningún motivo para ponerle los cuernos; aunque, realmente, no debería existir un motivo para esto... No obstante, con o sin causa, yo lo hice. En estos momentos me resulta difícil pensar en un por qué y me cuesta entender qué ha estado cruzando mi mente durante este largo quinquenio de infidelidad para que llegase a hacer algo así... Con él tenía todo lo que pudiera pedir, pero aún así, quise más. Quise probar cómo sería practicar sexo con otros hombres. Cada uno tiene una manera diferente de hacer el amor, con cada uno la sensación es distinta y experimentar con ellos me haría sentir completa en ese terreno... Esa era mi opinión hasta que desperté en este lugar...”
“Pero ahora – al igual que todos – me arrepiento de lo que he estado haciendo estos años... Mi pareja depositó en mí una confianza que yo he traicionado, engañándolo durante tanto tiempo y arriesgando de tal modo nuestro matrimonio... Hemos vivido cinco años, por culpa mía, con un mal secreto que podría destruir nuestra relación y sumirle a él en una depresión de la que quizá no lograra salir... Sé que me quiere de corazón y sé lo enamorado que está de mí... Igual que yo de él... Por eso, el daño que le hago a él y a nosotros como pareja es enorme... Y él no se merece eso... Lo nuestro tampoco... Jamás debí haberle sido infiel...”

Con desconsuelo en la mirada y aguantando a duras penas el llanto, calló para dar paso a un silencio momentáneo, sólo roto por los casuales plañidos de una de las mujeres que anteriormente habían hablado.
Pocos segundos pasaron hasta que un varón tomó la iniciativa y se dispuso a exponer sus recuerdos.

-Lo que yo tengo que contar está también relacionado con el sexo. He sido el último en bajar y mi lienzo es el 12: “La unión innatural debilita la vida natural”. Yo soy un hombre casado y con un hijo pequeño. Por otro lado, tengo un hermano también desposado y con dos hijas. Y aquí da comienzo mi historia.
“Una de las dos pequeñas de mi hermano tiene siete años, la otra, sólo dos. Desde que la segunda chica nació, sus padres dejaban a la mayor a mi cuidado con cierta frecuencia. Yo soy su único tío y ellos querían que ella pasara más ratos conmigo, así que el nacimiento de su otra hija fue la excusa perfecta para que estrechase relaciones con mi sobrina mayor.”
“El problema apareció cuando dichas relaciones se tornaron demasiado estrechas... Muchos días, mi hermano me dejaba a la chiquilla por la mañana. A esas horas, mi mujer trabaja y mi hijo va a la escuela, así que yo me quedaba a solas con la niña... El resto se puede imaginar... No pasó nada al principio, las primeras veces que estuve con ella, pero muy pronto sucedió... Un día a mí me apetecía tener sexo; desde luego, aquello no era nada de vital importancia y fácilmente podría haberlo evitado, pero en ese momento vi a la niña y no pude eludir los obscenos pensamientos que de pronto asaltaron mi mente. Imagine que la llevaba hasta mi cama de matrimonio, le quitaba toda la ropa y comenzaba a penetrarla hasta correrme... No suponía ningún peligro, ya que a esa edad no tenía la regla y no había riesgo de embarazo. Además, siendo tan pequeña, ella no sabría qué es lo que estaba haciendo, así que podría fácilmente plantearle aquello como un simple juego, para que no dijera nada... De todas formas, aunque se le escapase algo, nadie la creería... Tenía ante mi la situación perfecta. Y al final hice realidad mis pensamientos. La llevé hasta mi habitación, tras haberla convencido de que íbamos a “jugar a algo muy chulo”, y allí cometí aquel terrible acto. Me aproveché de su inocencia y de su ingenuidad para calmar mis instintos naturales... La violé... Ella no podía hacer nada. Yo sé que ella no quería hacerlo, pero jamás hubiera sido capaz de resistirse... Ella no era más que una niña, sin voluntad ni poder de decisión ante mí...”
“Así que aquello se repitió la vez siguiente, y la posterior... Y cada día que nos quedábamos a solas en mi casa, aquello ocurría de nuevo, hasta ayer... Ayer fue la última vez que la vi, la última que estuve a solas con ella y la última vez que la violé... Y espero que siga siendo así... No soy más que un cerdo desgraciado... Sólo de pensar en el daño, físico, pero sobre todo psicológico, que he podido causarle a mi sobrina me dan escalofríos...”

Con gran vergüenza y derrotado por el pensamiento de sus propias acciones, el hombre cayó junto a la pared con lágrimas en la mirada.
Varios minutos pasaron esta vez hasta que alguien retomó la palabra.

-Ya que nadie más se determina a decir nada, continuaré yo... Soy la número 11 y en mi inscripción se lee: “El rechazo a la vida fomenta la vida de rechazo”. Mi historia comienza también con mi boda, hace cuatro años, pero lo que tengo que contar tiene que ver con mis hijos...
“Mi marido y yo hemos tenido dos bebés en este tiempo. El primero fue un niño que nació once meses después de nuestra boda y el segundo, una niña que tuvimos hace cerca de un año. Sin embargo... esas criaturillas no fueron deseadas... Ni él ni yo hemos querido aún formar una familia. El problema es que nuestras prácticas sexuales no son siempre seguras... De todos los métodos anticonceptivos, el único cuyo empleo nos hemos planteado es el preservativo. No obstante, no lo utilizamos con la frecuencia que deberíamos, y en muchas ocasiones mi esposo recurre a la marcha atrás para evitar mi embarazo... Pero ésta no es una medida fiable... Dos veces nos ha fallado y dos veces he quedado encinta... La primera de ellas nos sumimos durante varias semanas en una importante crisis conyugal. No estábamos preparados para tener hijos ni queríamos tenerlos... No sabíamos qué hacer... Así que pronto ideamos una mentira que hicimos creer a todo el mundo: el feto tenía un problema y existía el riesgo de que naciese muerto...”
“Y para que nadie pudiese descubrirnos, decidimos recurrir a los servicios de algún médico lejos de nuestra ciudad. Si nos preguntaban por su nombre, diríamos uno falso – nadie podría imaginar que mentíamos, por lo que nadie sospecharía nada y no se molestarían en intentar descubrir la verdad. Eso confiábamos y de esta forma sucedió.”
“Así pues, al poco logramos encontrar un médico que nos atendería y, a los meses, di a luz. El parto transcurrió sin complicaciones y el niño nació sano y sin problemas. Pero aquel bebé debía nacer muerto, tal y como habíamos contado mi marido y yo... Por esa razón, ningún familiar o amigo sabía que había tenido ya al bebé: el momento del parto no era para ellos más que una inspección rutinaria.”
“En consecuencia, mi esposo y yo estábamos solos en aquel hospital, lejos de cualquier conocido. Fue entonces cuando terminamos nuestro plan. Al día de nacer el pequeño, su padre lo sacó del edificio con la excusa de llevarlo a su hogar para que su familia pudiera conocerlo y estuviese ya en nuestra casa. No hubo ningún problema al respecto, pues el tiempo que debía permanecer el niño allí era tan sólo dos días. A partir de ahí, dado que no había ningún tipo de contratiempo, quedarnos más era simplemente una recomendación.”
“Por otro lado, debido a mi estancia más larga de lo normal en aquel sitio, se sucedieron las llamadas de seres queridos preguntando por mí y mi hijo. Mi marido solucionó esto evitando coger el teléfono al principio y, finalmente, haciendo creer a todos que el alumbramiento aconteció repentinamente y con ciertas dificultades, pero que tanto yo como mi hijo estábamos bien.”
“A la cuarta mañana después del nacimiento, abandonamos el hospital agradeciendo a los enfermeros su ayuda y diciéndoles que a partir de ese momento acudiríamos al centro médico de nuestra ciudad. De camino, yendo en el coche, supe qué ocurrió con el bebé... Llorando sin cesar y atado a una roca fue como lo lanzó a un pequeño río que cruzaba cerca de la zona... Cuando me dijo eso mi pareja, lo primero que hice fue suspirar aliviada y, a pesar de todo lo que había pasado hasta entonces, me alegre de poder recuperar nuestra vida anterior... Nunca me importó lo más mínimo la vida de mi pequeño...”

Con la respiración entrecortada y sin poder articular ningún sonido, la mujer lagrimeaba intensamente desde el fondo de la habitación. Sólo cuando al fin recuperó el aliento pudo proseguir con su narración, a pesar de ese dolor que apenas le permitía expresarse con fluidez.

-No quiero seguir describiendo esto... Sólo tengo que decir que con mi hija pasó algo similar, pero esa vez fui yo quien se encargó de hacer el “trabajo sucio”... Cuando me quedé embarazada por segunda vez, nos fuimos de vacaciones durante diez meses, para estar lejos de todos y poder hacer con mayor facilidad lo mismo que la anterior vez... Al nacer mi niña, le... vendé la cara con un esparadrapo para que no pudiera respirar ni se escuchara su llanto... y la tiré a un contenedor de basura...

La fémina empezó a respirar de nuevo con dificultad y las palabras se atropellaron en su garganta.

-... Nada de esto debió haber ocurrido nunca... Quizá lo mejor hubiera sido cuidar de mis dos hijos y aprender a amarlos... O, de no haber podido hacer eso, haber sido precavidos y no exponernos a futuros arrepentimientos que nos llevasen a hacer aquellos actos tan horribles... Incluso el aborto hubiera sido mejor... Pero nunca me preocupé por el hecho de que esas criaturillas son personas humanas... Y lo único que supe hacer fue tratarlos como a desechos carentes de valor..."

La debilidad que ya antes se había apoderado de ella la llevó ahora a perder los nervios, entrando en un estado de desesperación momentánea que superó por completo sus fuerzas. Una situación de incomodidad general se adueñó del ambiente y nadie se atrevía a hacer o decir nada para tranquilizar a la mujer.
Varios minutos tuvieron que pasar para que el anterior ambiente de silencio roto y desdicha contenida se restaurase por completo. Un hombre tomó entonces la palabra.

-Yo soy el número 8: “El líquido infesto destruye el sólido afecto”, y mi historia se remonta a mi juventud.
“Mi problema es el alcohol. La primera experiencia la tuve a los dieciséis años. Al principio no le daba ninguna importancia y, de hecho, en aquellos momentos no la tenía, pero poco a poco, con el paso de los años, la situación fue empeorando... Un pequeño trago de alcohol una noche se convirtió en una borrachera cada vez que salía y de ahí ha acabado pasando a una completa dependencia en la bebida... Sin embargo, aunque ser alcohólico de por sí es malo, no lo es tanto como el hecho de que, con o sin intención, eso afecta a todos mis seres cercanos...”
“De joven, mis padres no sabían que yo tomaba. Sólo se percataron cuando aquello se hizo patente. Intentaban convencerme de que no siguiese bebiendo, pero yo nunca les hice caso: aunque mi mente me instaba a atender sus consejos, mi cuerpo no me lo permitía. Por supuesto, no me encontraba en el mismo grado de dependencia que en el que estoy ahora, pero sí era lo suficientemente avanzada como para impedirme muchas veces pensar por mí mismo y tomar mis propias decisiones. Aquella etapa de mi existencia supuso mi mayor fracaso. El alcohol y la fiesta, para mí términos ligados por aquel entonces, me hicieron naufragar en todos los aspectos de mi vida: como estudiante, como amigo, como persona... pero especialmente como hijo... Trataba mal a mis padres, les robaba, llegué a levantarles la mano... Su imagen de un hijo prometedor que lograba triunfar en la vida se vino abajo junto con la voluntad para seguir luchando...”
“Más adelante conocí a mi novia y por un tiempo las cosas parecieron mejorar. Me desenganché hasta cierto punto de aquel vicio, dándoles a todos una esperanza a la que durante bastante tiempo se aferrarían con enorme ímpetu y constancia... Pero todo se acabó pronto, al poco de formalizar la relación con mi pareja y establecernos como matrimonio. Mi esposa conservaba la ilusión de que sólo estuviese atravesando una mala racha y que pronto me recuperaría del todo y volvería a ser el hombre que era antes... y al que ella nunca ha llegado a conocer por completo; la persona con la que juró vivir eternamente no era más que un sueño, un espectro al que ella ansiaba ver materializado con el paso del tiempo, pero con el que únicamente acabó sintiéndose defraudada y decepcionada cuando éste demostró que la realidad que ella fervientemente añoraba no era más que que una simple quimera...”
“Durante una temporada, la confianza de todos se mantuvo firme, colocada ciegamente en mí y en la cada vez más remota posibilidad de que superase aquel bache, pero la cosa fue a mayores y en poco tiempo llegué a tocar fondo de nuevo, esta vez de manera definitiva... La situación con mis familiares y amigos, con mi mujer... se volvieron insostenibles...”

Una larga pausa de debilidad, ignominia y autocompasión rompió la supremacía de la única voz que en los últimos minutos había dominado aquella sala, hasta que el adulto retomara su letanía.

“Durante los dos años que experimenté mi mejora y di la sensación por vez primera de poder recuperarme de esta adicción, el apoyo de todos fue enorme. Nadie me negó en ningún momento su ayuda, todos me aconsejaban, me animaban y me apoyaban... Y lo único que yo les he dado a cambio han sido decepciones, depresiones, disgustos... He tenido un problema durante muchos años... Y en lugar de solucionarlo cuando tuve la oportunidad, volví a caer de nuevo en él, arrastrando conmigo a todos mis seres queridos... No supe decir que no cuando aún podía hacerlo, no supe tener la fuerza de voluntad necesaria cuando hube de tenerla... y por culpa de eso, todos han pagado por ello... Tal vez no les haya causado heridas físicas, pero el daño psicológico que les he provocado ha sido enorme para todos ellos... He destrozado las expectativas que mis padres muchos años atrás tenían hacia mí, he hecho añicos el sueño de mi mujer, he llevado al límite las capacidades de los únicos y escasos buenos amigos que he tenido...”

El varón, abatido, agachó la cabeza. Aunque pretendía disimularlo, una lágrima se deslizó por su rostro. Todos sus allegados habían hecho un gran esfuerzo por ayudarle a superar su mal y él, en cambio, jamás supo corresponderles de la misma manera.
Inmediatamente después de finalizar este último relato, otro adulto dio un paso adelante y principió la narración de sus actos y sus sentimientos.

-Yo tengo un defecto similar al tuyo- dijo dirigiendo su mirada al último hombre en hablar. Mi cuadro es el número 2, “El defecto crecido doblega a la virtud creciente”, y mi problema es la drogodependencia.
“Yo, al igual que tú, he hecho mucho daño a mis familiares, amigos, esposa... Pero sobre todo a mi hijo. Eso es lo que esconde el mensaje de mi lienzo y en eso centraré lo que he de decir. Mi bebé nació a los diecisiete meses de mi enlace con quien hasta entonces era mi novia. Desde su nacimiento han transcurrido ya dieciséis años; dieciséis largos años de una vida truncada por una de las personas que se la dieron...”
“Mi adicción tardó bastante en ser descubierta pero, como todo, terminó por salir a la luz, cuando mi niño sólo tenía dos años. A mí también intentaron ayudarme – continúan haciéndolo –, pero nunca lo han conseguido. En consecuencia, drogadicto profundo, no pude evitar, ni me esforcé por hacerlo, aquello de lo que más me he arrepentido en la vida... A los cuatro años fue cuando le hice probarla. Su primera calada... Como era lógico, pues la droga es una sustancia muy fuerte, el chico quedó desde aquel instante enganchado a ella. Yo siempre le decía que aquel sería nuestro pequeño secretillo y que, mientras lo guardara, yo le seguiría dando un poquito de vez en cuando. Pero él pronto empezó a pedirme más y a mí no me importó proporcionársela... Así que progresivamente fui subiendo la cantidad y frecuencia de ese veneno que le había dejado probar. A los diez años ya había caído por completo en esa misma trampa en la que yo llevaba años metido y que yo, deliberadamente, le tendí...”
“No cabe duda de que yo defraudé a todos mis seres queridos...; sin embargo, no fue tanto esto como lo que le he hecho a mi hijo... Le he roto roto la vida... Lo he metido en un agujero del que existen muchas probabilidades de que jamás pueda salir... Yo ya estoy perdido... Llevo demasiado tiempo con este vicio y mi fuerza de voluntad hace años que dejo de serme útil en este aspecto, a pesar de la ayuda incondicional y constante que todos me han ofrecido siempre; pero que ya no hubiera esperanza para mí nunca debió significar que arrastrara también a mi hijo hasta la misma perdición que está consumiendo a su padre... Temo que ya sea muy tarde para él... No sé cómo pude hacerle eso...”

Con sonidos quebrados acabó su historia. Las dos personas que aún no habían hablado permanecieron unos instantes en silencio, contemplando al último confesor, hasta que, lanzándose una mutua mirada, el único varón que quedaba se adelantó.

-Soy el número 6, “La unión del espíritu absorbe el espíritu de la unión”. Como todos vosotros, hay algo en mi vida de lo que me arrepiento; una equivocación que ha afectado a mis seres más cercanos.
“Todo comenzó hace doce años. En la empresa en la que llevaba por aquel entonces catorce años de constante trabajo hubo un cambio considerable de plantilla con el que pretendían llevar a cabo un rejuvenecimiento del personal. Yo fui uno de los despedidos. Perdí mi empleo y, como consecuencia de ello, mi matrimonio entró en crisis. Con cuatro hijos menores de edad, mi esposa sola no ganaba el dinero suficiente para poder mantenernos dignamente a todos; además, su salud comenzó a empeorar a causa del estrés y de nuestra mala situación; y mis hijos no acababan de entender por qué ahora su anterior vida de relativas comodidades y sin excesivas dificultades había sufrido un cambio tan drástico.”
“En consecuencia, en esta complicada tesitura, me sumergí en una profunda depresión que durante varios meses fue agravándose al mismo ritmo al que lo iban haciendo nuestros problemas económicos y familiares... Pero un día se me apareció de pronto la oportunidad de sacar adelante mi hogar.”
“Encontré un grupo de personas que me prometían solucionar nuestro estado actual y mejorar nuestro nivel de vida. Me animaban y me daban en todo momento su apoyo, consiguiendo siempre hacerme sentir bien conmigo mismo, hasta que, finalmente, lograron embelesarme completamente con sus elogios vacíos y sus espejismos de una existencia mejor. Y me uní a ellos: una secta religiosa que afirmaba ofrecer resolución a cualquier dificultad que de ahí en adelante obstaculizara el camino de sus seguidores.”
“En un principio, mantuve en secreto mi pertenencia a esa organización ilegal, pero, con el paso del tiempo, ellos terminaron por pedirme que les ayudara a cambio de sus buenos actos por mí. Primero me exigieron exclusivamente dinero; sin embargo, no tardaron en sugerirme que mi familia se convirtiera también en “miembros de nuestra hermandad, para poder ofrecerles a ellos la ayuda que tan útil me había sido a mí”. Y, como es lógico, yo acepté sin rechistar cada una de sus peticiones y exigencias; me hallaba demasiado involucrado con ellos como para negarles cualquier cosa...”
“Así que, desde hace meses, utilizan a mis hijos como esclavos, obligándolos a realizar por ellos las tareas y trabajos que les dicen que hagan “por el bien de nuestra sagrada comunidad”; mi mujer no ha tenido una suerte demasiado diferente...; y yo sólo he sido un borrego que les ha proporcionado siempre todo lo que han querido... Y ahora no sé cómo escapar de sus garras... Conocen todos los datos referentes a mi vida, por lo que serían capaces de chantajearnos o “persuadirnos” para que entráramos de nuevo en su grupo, en caso de que nos desligásemos de él. Nuestra única vía de escape sería empezar desde cero en una ciudad diferente, donde no pudieran seguirnos el rastro, pero no tenemos los medios para hacerlo ni a nadie que pueda ofrecernos ayuda... Además, con todo lo que reunimos antes de caer en sus redes, sería demasiado duro para nosotros hacer eso y para mí, asimismo, una vergüenza ante mi familia que no soportaría...”
“Pero lo que más temo ahora son sus horribles ritos en honor a “nuestro Dios”, que en ocasiones incluyen sacrificios de personas elegidas al azar... Si alguna vez le tocase a mi esposa o a alguno de mis hijos, yo sería el único responsable... Y jamás volvería a sentirme capaz de mirar a nadie a los ojos... Yo tengo la culpa de todo lo que estamos pasando... Sólo yo cedí ante la presión de una mala etapa y sólo yo fui tan débil como para dejarme arrastrar por aquellos charlatanes roba-vidas... Fui un completo idiota... y ahora no sé cómo remediar mi error...”

Lloroso y con el amargo miedo a la pérdida de sus familiares anegando sus avergonzados ojos, llevó las manos a su faz humedecida en un vano intento de protegerse de las irrevocables consecuencias de su equivocación. La mujer que restaba por hablar se dispuso entonces a finalizar aquella improvisada sesión de consuelo psicológico.

-A mí me corresponde el lienzo 5, “El vicio desmedido aniquila la razón comedida”, y mi defecto es la ludopatía.
“Empecé cuando era aún una muchacha joven; mis amigos y yo solíamos reunirnos muchas tardes al salir de clase para apostarnos a las cartas algunas de nuestras pertenencias. Con el tiempo, cambiamos esos objetos de escaso valor por pequeñas cantidades de dinero; sin embargo, para nosotros reunir unas pocas monedas era todo un pequeño lujo, por lo que pronto mis amigos y yo decidimos que a partir de entonces jugaríamos simplemente por diversión. Desde luego, yo no estuve por completo de acuerdo pero, de cualquier manera, acepté.”
“Pero esa afición por apostar se removía en mi interior como un ferviente deseo, que no tardó mucho en asaltar mi mente y derrotar mis infructuosos intentos de evadirlo. Así que, con algo más de dieciséis años, me uní a un club de póquer profesional donde se llevaban a cabo entre sus miembros torneos periódicos de los que las apuestas constituían un factor fundamental. Y de este modo transcurrió para mí una época destacada por las largas noches que pasaba jugando a las cartas, a veces perdiendo, otras ganando, hasta que cumplí dieciocho años...”
“Al alcanzar la mayoría de edad, me dediqué a malgastar todos los días durante meses, en los salones de juego de la ciudad donde estudiaba, una porción aún mayor de mi tiempo y una importante parte de mis ahorros. Previsiblemente, aquel curso sabático significó mi declive. Ya apenas me quedaba una ínfima cantidad, insuficiente para permitirme vivir por mí misma, del dinero destinado a pagar mi carrera. Así que regresé a mi hogar familiar poco antes de acabar el curso, con la excusa de tener unos días de descanso, y una vez allí, lo ideé todo escrupulosamente: robé el dinero y las posesiones más valiosas de mi familia y me fui a Las Vegas en un corto viaje para recuperar lo que había perdido y, al mismo tiempo, disfrutar de una maravillosa noche de fiesta en aquella increíble ciudad.”
“En un principio, mi plan marchaba bien: a las pocas horas había aumentado mi cantidad de fichas hasta ligeramente más de lo imprescindible para subsanar mi derroche. Pero, al igual que en numerosas ocasiones anteriores, no supe detenerme a tiempo... Tuve en mis manos la posibilidad de reparar mi vida y, en lugar de asegurar esa oportunidad, me la jugué... y esa vez no tuve a la fortuna de mi lado... Sin embargo, no fue tan malo esto como el hecho de haber arrastrado también conmigo a mis padres y mi hermano mayor... Sobra decir que ellos se sintieron hondamente decepcionados y defraudados con mi actitud y lo que había hecho...; no obstante, nunca dudaron un segundo en permanecer a mi lado y ayudarme a superar mi ofuscación con el juego y las apuestas. Por supuesto, nuestra vida cambió bastante. Las relativas comodidades a las que estábamos acostumbrados desaparecieron casi por completo y yo me vi obligada a abandonar definitivamente mis estudios y empezar a trabajar para ayudar a mis padres a sacarnos a todos adelante. Con todo, no fui capaz de eliminar enteramente de mi pensamiento aquello de lo que en esos momentos tanto me avergonzaba y que nos había conducido a mí y a quienes vivían conmigo hasta la perdición.”
“Y a los meses volví a caer. La misma noche en que recibí la primera paga de mi recién adquirido trabajo gasté hasta la última de mis monedas, cayendo en una leve deuda que debí pagar al día siguiente con dinero robado a mi madre. La suerte me acompañó en esta ocasión y nadie se percató de mi anodino hurto, por lo que decidí planear una arriesgada jugada que aún ahora, medio año después de mi recaída, sigue funcionando. A lo largo del mes siguiente seguí yendo a trabajar, pero sin nadie que lo supiera, fingiendo haber sido despedida de mi empleo y con la excusa de salir a buscar otras ofertas, presentar mi curriculum en diversos comercios o simplemente quedar con amigos.”
“De esta forma, los días fueron sucediéndose hasta que dos semanas después logré forjar una coartada más duradera y sólida: un curso gratuito de seis meses con posibilidad de prolongación si así lo deseaba. Y, gracias a esa mentira, he mantenido oculto hasta ahora mi problema y he ido quedándome con mi paga mensual, que debía estar destinada a reunir el dinero que pagaría la carrera, y con ella el futuro, de mi hermano... Un futuro que yo le robé y que he sido demasiado egoísta para devolverle...”

Y así, con la vergüenza de haber arruinado su vida y, con ella, la de su hermano, la mujer calló y secó con sus temblorosas manos las lágrimas que decoraban de arrepentimiento su triste mirada.
Varios minutos de silencio depresivo inundaron a continuación la lúgubre atmósfera de aquella estancia, hasta que una nueva voz impuso su sonora presencia.

-“NUNCA ES TARDE PARA SEGUIR LUCHANDO POR UNO MISMO.”

Sorprendidos y alarmados, todos levantaron la cabeza hacia la puerta principal. Nadie había entrado, nadie la había abierto y, sin embargo, alguien parecía haber hablado desde allí. Siguieron alerta, pero todo quedó de nuevo en calma; durante los instantes siguientes, sólo la asustada respiración de los invitados a La Posada, ahogada en aquel ambiente melancólico, cortaba el momentáneo vacío que se acababa de instalar en el lugar.
De pronto, tres sucesos acaecieron en sólo unos segundos: los cuadros volvieron a su blancura previa, el más grande de ellos comenzó a mostrar una nueva inscripción, y bajo él, frente a la puerta cerrada, una sombra de forma humana se materializó ante el grupo, dejando emanar de ella una voz que repetía alta y claramente las mismas palabras que iban apareciendo en el lienzo sobre su cabeza.

-“Bienvenidos a La Posada, el lugar donde se les presenta a un determinado grupo de personas la oportunidad última de recapacitar acerca de sus malas acciones en el pasado, para poder de esta manera enmendar en la medida de lo posible ese error del que jamás se han percatado y por el que, por consiguiente, nunca han sentido ningún remordimiento.
Mas quienes aquí os halláis no sois las personas que han cometido dichos fallos, sino un fragmento de su interior. Sois una reducida pero esencial parte de vosotros mismos que ha logrado permanecer intacta ante la degradación interior sufrida como causa de las equivocaciones cometidas; sois lo único que os permitirá reconocer vuestro poco deseable pasado y combatir para hacerlo cambiar. Vosotros sois, en pocas palabras, vuestra propia salvación.
En efecto, a menudo existe una última esperanza para esos individuos que, debido a sus actos mezquinos, parecen no conservar nada de su esencia de ser humano. Cuando alguien yerra deliberadamente, conociendo las consecuencias de su fallo y no se arrepiente, la naturaleza ingénita que lo define como persona se ve reducida a una porción de su totalidad. No obstante, puede suceder en determinadas situaciones que uno no vea, bien por ignorancia, bien por apatía, el propio deterioro interno. Otras veces puede asimismo darse la circunstancia de que, aun apreciándolo, éste sea ignorado.
Igualmente, acontece en muchas ocasiones que una considerable cantidad de gente ha perdido completamente la capacidad para luchar por su propia recuperación, pues la ignominia de la que hacen gala resulta vencedora del conflicto personal entre su bondad y su maldad intrínsecas. Nadie ni nada es bueno o malo por defecto distintivo y ni el bien ni el mal son algo más que meras palabras incapaces de surgir como rasgo característico de alguien o algo. Unas realidades pueden ser consideradas “malas”, otras, “buenas”, mas eso no implica que el opuesto de tal juicio no esté presente entre los atributos de dichas entidades. Todos y todo compartimos dentro de nosotros las idiosincrasias tanto del “bien” como del “mal”, pero es sólo una de las dos la que destaca y prevalece. Y es por esto por lo que a menudo tendemos a confundirnos y valoramos una mera propiedad de nuestro ser como su única y verdadera naturaleza. Del mismo modo, es por ello por lo que aplicamos a un determinado objeto o sujeto la calificación de “bueno” o “malo”.
De cualquier manera, es erróneo pensar así. En el ámbito del ser humano, a menudo la gente corrompe por voluntad privativa la cualidad que lo define como tal, hasta llegar a un estado en que su lado bueno queda prácticamente inhabilitado para luchar por su subsistencia, quedando de esta manera la virtud sometida al defecto. Y es, llegados a este punto, donde vosotros os presentáis como exclusivas expectativas de reparación de los daños y heridas que os habéis ocasionado tanto como a vuestros seres cercanos, antes de que vuestras esperanzas de restauración queden enteramente anuladas.
Tal vez os sintáis llevados a creer, con esto, y no os alejaríais mucho de la verdad, que sois vuestra conciencia, ese concepto de la mente que obliga a quien ha aprendido a escucharla a reflexionar sobre la índole de sus actos. Pero no ocurre así. Vosotros sois, tal y como previamente afirmé, una reducida y esencial parte de vosotros mismos que ha logrado permanecer intacta ante la degradación interior sufrida como causa de las equivocaciones cometidas. Dicho de otra forma: sois la última fracción de vuestra alma que todavía se preserva indemne y lo único capaz de recobrar vuestra extraviada esencia de humanos.
Vuestros desaciertos os han arrastrado hacia el límite de un hundimiento definitivo y aquí reside el motivo por el cual os halláis en La Posada: en este lugar habéis percibido el arrepentimiento que os acercará a vuestra conciencia, obteniendo así la posibilidad de detener dicho proceso de auto-degeneración y dar comienzo a un nuevo camino cuyo destino es la restauración de vuestro “bien” privativo y la consecución de una vida diferente en la que ya habréis aprendido a corregir vuestros yerros pretéritos.
Obvia decir que algunos, muchos, quizá todos los invitados a La Posada fracasaréis en el intento. Pero es mi deber presentaros esta oportunidad. Ya poseéis una importante ayuda: el apoyo de vuestros allegados; y ahora habéis adquirido también el beneficio del arrepentimiento; lo siguiente deberéis aportarlo vosotros: es la fuerza de voluntad que cada uno manifieste, así como vuestros distintos objetivos personales. Doce almas, doce personas, doce luchas, y ninguna de ellas centrada en un mismo blanco. A partir de ahora, seréis devueltos al lugar donde os corresponde y lo que devenga en el mundo del exterior dependerá en gran medida de vosotros y vuestras distintas maneras de reaccionar ante la confrontación con las legítimas esperanzas de restitución de vuestra naturaleza de ser humano.
Adelante, la puerta queda abierta.”

El Lago De La Fuente

-Buenas tardes.
-Hola, compañeros, ¿cómo lo lleváis?
-Sin novedad.
-Bien. ¿Habéis ido hoy a ver la fuente?
-Aún no.
-¿Qué os parece si nos damos un pequeño paseo hasta allí?
-De acuerdo.



-He de reconocer que no me gusta nada mi imagen reflejada. La verdad es que estaba mejor antes...
-Yo me veo más estilizada.
-Pero si apenas tienes cuerpo...
-Al contrario: cuerpo es lo único que me queda.
-Bueno, ¿qué más da? Ya os he dicho que no quiero que os peleéis.
-Vaya, dando órdenes como siempre... No eres nuestro jefe, ¿está claro?
-Pero supongo que tú sí, ¿verdad?
-¡Yo al menos tengo dotes de liderazgo!
-¡No me provoques o tu cabeza acabará rodando por el suelo!
-¡Inténtalo! Lo único que lograrás demostrar será tu inferioridad.
-¡¿Sí...?! ¿Lo comprobamos?
-¡Vale, parad ya!
-¡Tú no te metas!
-¡Callaos y mirad allí!
-¿Qué?
-¿Otro más?
-¿Acaso te extraña?
-A estas alturas, ya nada me parece raro...
-Saludos, joven.
-Hola. ¿Vosotros también...?
-Sí. Eres nuevo, ¿no?
-Desde esta mañana...
-Te acostumbrarás. No se vive mal así.
-¿Nos acompañas a visitar el Lago de la Fuente?
-Claro. No conozco bien este lugar, así que me parece una idea genial para ir adaptándome a él. Hasta ahora no he hecho más que dar vueltas sin un sitio fijo a donde ir...
-Harás bien en integrarte aquí...
-Sí. Ya he hablado con otros como nosotros y me han contado algunas cosas. Aunque no imaginaba que hubiese tantos...
-Desde luego que los hay – mira, aquí está el lago –. Hay muchos más como nosotros: el Coleccionista sabe hacer bien su trabajo...

CONTINUARÁ...

8 ago. 2009

El Coleccionista

-¡Eh, oiga!
-¿Sí? ¿Qué quiere?
-¿Cómo que qué quiero? ¡Me acaba de robar!
-¿Qué? ¡Eso no es verdad!
-¡¿Cómo que no?! Entonces, ¿qué es lo que tiene en su bolsillo derecho?
-¡Esto es mío!
-¡De eso nada! ¡Enséñeme lo que lleva ahí!
-¡No!
-¡Traiga aquí!



-¿Ve? ¡Es mi alma! La reconocería incluso a diez kilómetros de distancia.
-¿Diez kilómetros? Lo dudo.
-Bueno, era sólo una forma de hablar. Quiero decir que sé con seguridad que esa es mi alma.
-No, no... a ver... usted ha dicho: “la reconocería incluso a diez kilómetros de distancia”; eso a mí no me dice que usted tiene un certero conocimiento de que este alma es suya, sino una visión muy aguda.
-¿Qué? ¿De qué me está hablando? No es más que una expresión, una manera de decir que estoy seguro de que esta alma es mía; lo que yo pretendía dar a entender es que la conozco muy bien, hasta tal punto que sería capaz de distinguirla aunque estuviera tan lejos de mí como he dicho antes.
-No estoy de acuerdo... Porque, vale, puede que sea tal y como usted lo dice, pero es completamente imposible que tenga una vista tan prodigiosa como para poder ver los objetos que estén a diez kilómetros de usted.
-Pero, oiga, ¿usted es idiota? Vamos a ver... he empleado la cifra de diez kilómetros como podría haber usado la de cinco, uno o veinte, por ejemplo.
-Primero, a mí no me insulte. Y segundo, ¿me está tomando el pelo? Osea, ¿en serio quiere que crea que tiene la habilidad de reconocer cosas que se encuentran a veinte kilómetros de dónde está usted?
-No, joder. A ver cómo se lo explico... En el supuesto de que una persona fuese capaz de contemplar con el mismo detalle algo situado a diez kilómetros...
-¿Diez? ¿Pero no ha dicho hace unos segundos que eran veinte?
-¡Váyase usted a la mierda! ¡Pero ¿cómo puede existir una persona tan estúpida?!
-De acuerdo, de acuerdo... No es necesario enfadarse. Si usted así lo quiere, me voy.
-Pero ¡deme antes mi alma!
-No.
-¡¿Cómo que no?!
-Ya no le pertenece. La acaba de rechazar.
-¿Que yo acabo de qué? ¡En ningún momento he hecho tal cosa!
-Yo tenía su alma en mi poder y el alma está ligada al cuerpo, así que durante el tiempo que yo he sido su poseedor, ella estaba unida a mí. Y me ha mandado usted a la mierda, así que, debido al momentáneo enlace que había entre su alma y yo, también la ha mandado a ella a la mierda. En otras palabras: ha renunciado a su alma.
-Pero...
-Lo siento, señor, pero me temo, para su desgracia, que ya tengo otra alma más para mi colección. Espero que no le importe haber perdido aquello que lo identifica como ser humano; espero que no le cause molestia convertirse en un animal incapaz de sentir o pensar. Aunque, si lo piensa bien – qué irónico: no podrá hacerlo a partir de ahora –, le he ahorrado sufrimiento, tristeza, dolor interno, le he quitado de encima enfados y disgustos... en resumen: he eliminado de su vida muchas penas y malos momentos.
-Sí, pero... ¿qué pasa con todo lo bueno que no llegaré a vivir?
-Oh... pues... también desaparecerá, obviamente.
-Entonces, ¿merece la pena quedarme sin alma?
-No.
-Y ¿por qué...?
-Ahh... Las típicas preguntas que todos consideran imprescindible hacer... Porque es mi trabajo y porque usted no es merecedor de una.
-¿Qué? Un momento, usted no me conoce... ¿cómo sabe que no merezco mi alma? Si se hiciese tan sólo una mínima idea de cómo he sido y cómo me he comportado hasta ahora, no me juzgaría de ese modo.
-Ahh... Ja, ja, ja... Ya... Eso está muy bien pero, sinceramente, me da igual lo que haya o no hecho hasta ahora o cuál haya sido su forma de ser. Lo único que a mí me concierne es lo que usted va a hacer. Mañana a las 23:43 usted hubiese violado a esa chica por la que profesa amor... Y, a partir de ese instante, se habría dedicado a hacer lo mismo con otras mujeres, a veces llegando incluso a matarlas.
-¿De verdad espera que yo me crea eso?
-No. Sólo resolvía sus dudas. Y ahora, si no tiene ninguna cuestión más, es hora de que termine mi tarea.
-¿Qué tarea?
-Para empezar, su alma sólo está separada de su cuerpo físicamente; sin embargo, aún tengo que desligarla espiritualmente. Además, ¿no esperará realmente que, siendo un animal destinado a seguir sus más básicos instintos, mantenga su cuerpo humano y su actual vida?
-Un momento, ¿qué piensa hacer?
-Bueno, una persona podría perder una pequeña o gran parte de su alma, es decir, de su naturaleza de ser humano, cuando obra deliberadamente mal, consciente de las consecuencias de sus actos y no se arrepiente con sinceridad; sin embargo, no se puede perder toda el alma, pues en tal caso, o bien esa persona ya no sería un ser humano, sino un animal propiamente dicho, o bien habría fallecido. Así pues, ya que lo primero es imposible, cuando alguien pierde el alma en su totalidad, es señal inequívoca de que ha muerto, puesto que únicamente en ese caso la capacidad de pensar y sentir de un individuo queda totalmente suprimida. No obstante, como ya le he mencionado, no sólo la muerte es prueba de que el alma o la naturaleza de ser humano – como prefiera llamarlo – ha dejado de existir, sino que también sería probable determinar que alguien carece de alma si se transformase en un animal. Por supuesto, como asimismo le he dicho, es completamente imposible que esto suceda... a menos que yo intervenga. A partir de ahora pasarás a ser un gato. Aunque eso sí, con cierta dote que un felino corriente jamás tendría: la capacidad de hablar.



Como veo que esta conversación ha dejado de ser productiva, me siento obligado a culminar mi cometido e irme. Así que... adiós, gatito.
-Adiós.