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14 abr. 2014

Vacíos insensibles

Siento el vacío. No hay dolor, no hay alegría; no hay nada. Sólo insensibilidad. Una oquedad desierta donde el tiempo no fluye y el espacio es infinito. Donde las cosas que fueron nunca serán, las que son no son y las que serán jamás fueron.
¿Dónde está el límite? No hay barreras en el vacío, pero no puedes escapar. Estás dentro de él, atrapado, pero no hay nada en el vacío. No existes. En el vacío nada existe. Sólo la insensibilidad. ¿Eres insensible?
No eres insensible. Estás fuera del vacío, pero no puedes escapar de él. El vacío forma parte de ti. El vacío eres tú, pero no eres insensible. En tu interior hay dolor, hay alegría. Pero no hay nada en el vacío.
El vacío está lleno de insensibilidad vacía, ajena. Ajena al tiempo, al espacio. Ajena a ti. Tú eres la alegría, el dolor. No eres insensible. Pero el vacío vive en ti. Y la insensibilidad vive en el vacío. La insensibilidad vive en ti.
Pero estás muerto, vacío. Porque el vacío vive en la muerte. La muerte es insensible y la insensibilidad vive en el vacío. Y el vacío vive en ti. La muerte vive en ti. Y estás vacío, pero no eres insensible. Porque hay vida en la muerte.
Una vida vacía, insensible. Una vida muerta. Porque estás muerto. Pero hay vida en ti. Una vida llena de muerte, de vacíos. Vacíos insensibles, donde no hay dolor, donde no hay alegría. Sólo insensibilidad. Insensibilidad vacía, donde no hay vida, donde no hay muerte. Porque en el vacío no hay nada. Sólo insensibilidad.

29 mar. 2014

Pérdida

El sentimiento de pérdida, cuando no existe la posibilidad de la recuperación, es de los peores que pueden sentirse. Una parte de tu interior se marcha, dejando tras de sí un mero vacío lleno de recuerdos, y en tu interior se abre un profundo pozo donde sabes que el agua jamás volverá a sonar.
Tu corazón se convierte en un desierto por cuyas abrasadoras arenas caminas, consciente de que no encontrarás ningún oasis donde saciar tu sed; condenado a vagar bajo el Sol traicionero de la soledad hasta que la Muerte se digne a aparecer ante ti para ofrecerte el agua maldita de la resignación.
Estás perdido en medio de un mar de dunas y no sabes cómo has llegado hasta él o cómo salir de ahí. Y en medio de la soledad, de la desesperación, una pregunta acude a tu mente: ¿Por qué? ¿Acaso la pérdida es necesaria? ¿Por qué?
Y, cuando ya has perdido toda esperanza, la Muerte, majestuosa y temible, emerge de entre la arena portando en sus manos el ponzoñoso cuenco de agua hirviendo. Y ella te lo ofrece y tú bebes de él, porque sabes que es la única posibilidad de salvación. La Muerte se apodera entonces de tu ser y, tras mucho tiempo vagando sin rumbo por las arenas del desierto, por fin todo acaba. Cierras los ojos.
Y despiertas. Ya no hay desiertos infinitos. Ya no hay arenas abrasadoras. Ya no hay soles traicioneros. Pero en tu interior se ha abierto un pozo. Un pozo profundo y vacío, donde no existe más que el recuerdo de aquel manantial que una vez albergó tu corazón.
Y, aunque ya no sientas sed, sus aguas siempre te faltarán.

19 mar. 2014

Sedme sinceros

Sedme sinceros… ¿Realmente os gusta saber la verdad?

“A mí me gusta la gente que va con la verdad por delante, porque la sinceridad es fundamental cuando te relacionas con otras personas. Si tienen que decirme algo que va a disgustarme o a hacerme daño, que lo hagan; prefiero mil veces eso a que me tengan engañado. La verdad a veces duele, pero siempre es mejor conocerla.”
¿Cuántas veces habéis escuchado afirmaciones de ese estilo en boca de personas que posteriormente se han cabreado o, como mínimo, molestado cuando les habéis dicho una verdad hiriente o incómoda de oír? Seguramente en más de una ocasión. E incluso me atrevería a afirmar que vosotros mismos habéis sido alguna vez los ofendidos por esa verdad que tanto ansiabais conocer. ¿Me equivoco?
Siendo así, ¿por qué nos empeñamos en aseverar con tanta convicción que la sinceridad nos gusta y que queremos que nos la digan siempre, por muy desagradable que sea? ¿Por qué tanto afán en intentar erigirnos como baluartes de la sinceridad y la verdad si a la mínima oportunidad demostramos lo contrario?
La respuesta es tan simple como simple es la naturaleza humana: las personas siempre pretendemos controlarlo todo y esto conlleva conocer en todo momento cualquier eventualidad que suceda en nuestro entorno o tener constancia continua de cualquier cambio en las emociones o pensamientos de cualquier persona que nos rodee. En otras palabras: no nos gusta vivir al margen ni engañados.
Pero ¿significa eso que nos gusta la verdad? En absoluto. Porque una persona puede querer saber la verdad, pero eso no implica que esté preparada para saberla y mucho menos que le guste. A modo de comparación rápida, la gran mayoría de las personas queremos encontrar un empleo, pero no todos estamos cualificados y que me aspen si a alguien le gusta trabajar.
Y es que la verdad como concepto suena muy bonito e idílico y las personas, por lo general, tendemos a idealizarlo y a fijarnos sólo en su lado más positivo. De ahí que no tengamos ningún reparo al exigirla: no nos damos cuenta de la responsabilidad que conlleva su conocimiento (y que no todo el mundo posee) ni de las consecuencias desfavorables que su entendimiento puede llegar a encerrar.
Además, sucede que la verdad es relativa hasta cierto punto y lo que para unos lo es, para otros no. Tal es así que incluso una misma persona puede considerar algo como verdadero en un momento concreto y que más adelante deje de hacerlo, o viceversa. La pregunta que deberíamos plantearnos entonces es si realmente merece la pena conocer una determinada verdad o hasta qué punto la merece.
Porque, si no es así, o no lo suficiente, quizá no tengamos motivos para querer saberla. Si los tenemos, probablemente sí queramos conocerla, pero incluso en este caso, antes de poder exigirla, debemos asegurarnos de estar preparados para escucharla. Y, así y todo, nada puede garantizarnos que nos vaya a gustar. Porque, a la hora de la verdad, no siempre le llega su hora a la verdad.

5 mar. 2014

Amgore

Contenido explícito.


Lo miré a los ojos y aparté la cabeza. Él colocó su mano suavemente bajo mi mentón y atrajo mi rostro hacia el suyo, acercándolo hasta que pude escuchar su respiración relajada. Busqué de nuevo su mirada y sonreí. En ese momento supe que aquélla sería la primera y la última vez que nos amaríamos. Lo besé. Me mordió. Sangré.
Nos dejamos caer sobre las cálidas sábanas de su cama de terciopelo y acaricié su cuello terso con mis sedosos labios recubiertos de escarlata. Clavé mis dientes en su carne y escuché un suspiro junto a mi oído, antes de sentir cómo sus incisivos atrapaban mi lóbulo con firme dulzura. Apretó, mientras yo llenaba poco a poco mis pulmones con su aliento. Apretó, mientras un hilo de sangre resbalaba poco a poco por mi cuello hasta bañar mis pechos.
Le rompí la camiseta y lo tumbé contra el colchón, deslizando mis manos por su torso atlético. Besé su abdomen descubierto y clavé mis uñas en su pecho musculado. Enseguida sentí el líquido vital pugnando por salir de su interior mientras mis uñas rasgaban su piel lenta y sutilmente.
Él desgarró mi vestido y tomó mis senos entre sus fornidas manos, masajeándolos con suavidad antes de empujarme a un lado y colocarse sobre mi cuerpo semidesnudo. La sangre de su pecho lastimado goteó sobre mi boca, permitiéndome beber una pizca de su dulce jugo. Acercando su boca a la mía, limpió la sangre derramada con su lengua y mordió mi mejilla hasta que logró arrancar un buen pedazo.
Gemí de placer y me abalancé sobre su rostro, devolviéndole el mordisco y arrebatándole la mitad del labio superior. Los dos masticamos la carne del otro mientras nos mirábamos excitados a los ojos. Yo alargué la mano hasta su pantalón y lo desabotoné para agarrar su miembro en erección; el estiró su brazo y acarició mi vientre con delicadeza antes de introducir sus dedos bajo mi tanga.
Nos acercamos el uno al otro como dos lobos acechando a su presa y en un instante nos fundimos en un sangriento beso caníbal mientras con frenética excitación nos masturbábamos mutuamente. Despegamos nuestros labios bajo una lluvia de líquido carmesí y relamí mi mandíbula despedazada mientras él se inclinaba sobre mí y me penetraba con su pene robusto.
Solté un gemido y me aferré a su espalda, hincando las uñas y presionando sobre su recia piel hasta desgarrar poco a poco su carne y sus venas. Él me follaba con pasión a la vez que mordisqueaba mi delicado cuello con lascivia, triturando con avidez mis pechos turgentes. Estábamos abandonados a una exaltación incontrolable, la excitación que sólo el más puro deseo carnal y el más auténtico afecto espiritual pueden provocar.
Seguimos haciendo el amor con lujuria sobre las sábanas ahora cubiertas de sangre y, entre ardientes gritos de excitación, alcancé un éxtasis frenético. Él sacó su polla de mis intimidades y terminó de darse placer hasta correrse sobre mi busto mutilado. Se levantó de la cama y dio media vuelta para salir de la habitación, mostrándome su espalda maltratada; piel arrancada, carne hendida y músculos magullados entre los que lentamente se escurría el mar encarnado de la vida.
Cuando regresó, dejó caer un cuchillo sobre nuestro lecho de amor y lamió con lo que aún quedaba de su lengua mascada el semen y la sangre de mi pecho desmenuzado. Yo tomé el cuchillo suavemente entre mis dedos y rasgué su estómago de arriba abajo, dejando entrever las entrañas de su interior. Él hizo lo propio conmigo y juntos nos tumbados el uno contra el otro en posición de sesenta y nueve.
Sujetando su falo fláccido con mis manos, lo introduje en mi boca cercenada y lo chupé con ternura mientras él se deleitaba con el sabor de mi vagina humedecida. Cogió una de mis tripas y la frotó entre sus labios y los míos, dándole pequeños pero impetuosos mordiscos. Yo extrajé su bazo y le clavé los dientes con fruición mientras continuaba masturbándole el pene.
Poco a poco nos dejamos llevar de nuevo por los placeres de la carne y lentamente fuimos comiéndonos con delectación el uno al otro hasta que nuestras vidas, al fin, se desvanecieron bajo una embriagadora aura de afecto y deseo.

—Te quiero, cariño.
—Yo también te quiero, cielo. Más allá de la muerte.

23 feb. 2014

Ahórrate los detalles

—Tía, no te imaginas lo que me pasó el otro día…
—¿Qué pasó, tía?, cuenta.
—Pues a ver, resulta que estaba yo andando por la calle…
—Espera… ¿Por qué calle? ¿Era ancha o estrecha? ¿Había mucha gente o había poca? Es que, si la calle era ancha y había poca gente, probablemente te fijarías más en los viandantes que si la calle fuese ancha pero estuviese llena de gente. Por otro lado, si la calle era estrecha y pasaba mucha gente, la cantidad de peatones en relación con la estrechez de la calle probablemente te hiciera caminar más despacio y con mayor agobio que si fueras por una calle estrecha y poco transitada.
—¿Qué? No sé, tía… Era una avenida y había bastante gente, pero tampoco…
—Ya, ya, ahórrate los detalles. Venga, sigue contando.
—A ver… Yo iba caminando por una avenida con bastante gente…
—Un momento… ¿Qué clase de calzado llevabas? Porque, si eran tacones, probablemente saliste para encontrarte con alguien o para llegar a algún lugar concreto, pero, si era un calzado plano, la distancia que podrías recorrer seguramente sería mayor que con tacones y, por tanto, es más probable que hubieras salido simplemente para dar un paseo.
—Pues… Llevaba unos tacones, pero no sé que…
—Ya, ya, ahórrate los detalles. Venga, sigue contando.
—Si me dejas… Pues, a ver, como ya te he dicho, iba caminando por una avenida con bastante gente y llevaba puestos mis tacones…
—Para.
—¿Qué pasa, tía?
—Puesto que la calle era ancha y estaba transitada, probablemente no irías demasiado atenta a la gente o a los vehículos, y eso me plantea un par de cuestiones: ¿caminabas absorta en tus pensamientos o, por el contrario, ibas prestándole atención a algo? De ser así, ¿a qué le prestabas atención, a una sola cosa o a muchas? Porque, si caminabas prestándole atención a una sola cosa, es porque seguramente la llevases contigo y, en consecuencia, es bastante probable que caminaras cabizbaja y no te fijases demasiado en el mundo que te rodeaba. En cambio, si caminabas prestándole atención a muchas cosas, es porque posiblemente irías mirando hacia uno o varios puntos a tu alrededor y, en consecuencia, te fijabas mucho en el mundo que te rodeaba. Por otra parte, si caminabas absorta en tus pensamientos, probablemente irías mirando uno o varios puntos a tu alrededor, pero no estarías atenta a ellos, por lo que a buen seguro no te fijarías demasiado en el mundo que te rodeaba, pero posiblemente sí que lo harías más que si fueses cabizbaja.
—Yo iba mirando el móvil y lo que pasó fue que un coche estuvo a punto de atropellarme.
—Pero ¿el coche que estuvo a punto de atropellarte venía en dirección opuesta a ti o iba en tu misma dirección? Porque, si venía en dirección opuesta, es porque ibas caminando por la acera izquierda. Sin embargo, si iba en tu misma dirección, es porque ibas caminando por la acera derecha.
—Tía, joder, que casi me mata…
—Ya, ya, ahórrate los detalles… ¿En qué dirección iba el coche?

16 feb. 2014

El edificio en llamas

En el centro de una gran ciudad, un viejo edificio abandonado empieza a arder súbitamente sin que nadie sepa explicarse el porqué. Los vecinos no tardan en llamar al cuerpo de bomberos, que despliega todos sus medios para intentar apagar las llamas antes de que se extiendan a los inmuebles vecinos.
Pero el fuego no remite. Las horas pasan inexorablemente y el edificio sigue ardiendo con más intensidad que cuando comenzó. Los bomberos, desconcertados, piden refuerzos, pero, a pesar del tesón y la voluntad de los profesionales, el fuego continúa sin dar señales de debilitamiento.
Los bomberos, contrariados e impotentes, se dan cuenta de que cuanto mayor es el esfuerzo para extinguir aquel incendio más se expanden las llamas, así que, tras dos días de incesante trabajo en vano, deciden finalmente rendirse, manteniendo únicamente dos patrullas para vigilar la zona.
Esa misma noche, una violenta tempestad azota la ciudad. Los vientos huracanados destrozan los edificios y las lluvias torrenciales inundan las calles. Las dos últimas patrullas de bomberos no pueden más que retirarse y confiar en que al menos la intensidad de la tormenta apague definitivamente las llamas.
Cuando amanece, la tempestad ha amainado, pero el edificio, insólitamente, continúa ardiendo. Sin embargo, los destrozos causados por la tormenta han alcanzado una proporción tal que a nadie le preocupa ya aquel fuego del viejo edificio abandonado.
Y así van pasando los días, y más tarde las semanas, y las llamas poco a poco van remitiendo, hasta que llega un momento en el que de aquel extraordinario incendio no quedan más que cenizas.
Pero para entonces la ciudad ya está sumida en la más atroz devastación.


Sólo con olvido, tiempo y paciencia se apaga el fuego del resentimiento. Si, por el contrario, persistimos y dejamos que estalle la tormenta, las consecuencias pueden volverse mucho más devastadoras.

1 feb. 2014

Un viejo comienzo

El blog de Dew está de vuelta. Sin embargo, esto no supone tanto el comienzo de una nueva etapa como el cierre de la anterior. Cuando suspendí temporalmente la actividad del blog hace algunos meses, dejé sin publicar varios escritos que ya estaban acabados, así que he regresado para retomar lo que, por diversos motivos, decidí interrumpir.
Quizá esto, a priori, pueda sonar a punto y final, pero nada más lejos de la realidad; sigo escribiendo actualmente, sólo que las historias que ya he empezado a plasmar en un documento de Word no están destinadas a su publicación en El blog de Dew. Tengo algunos proyectos en mente desde hace años y, tras varios acercamientos durante este tiempo, considero que ha llegado el momento de atreverme a realizar una tentativa más seria, lo que inevitablemente me quitará gran parte del tiempo que antes dedicaba al blog.
Con todo, no descarto en absoluto seguir escribiendo relatos para El blog de Dew. Además, hay algo especial que me gustaría realizar en relación con él y, si todo va bien, no tardaréis demasiado en descubrir qué es. En tanto, espero que disfrutéis de los escritos que os iré ofreciendo semanalmente y mil gracias por vuestra paciencia.

10 jun. 2013

A la atención de quien pueda interesarle

Debido a cuestiones de índole académica y personal, el blog de Dew cesa TEMPORALMENTE su actividad. Volveré tan pronto como lo considere oportuno.
Aunque mi número de escritos terminados es más que suficiente para rellenar el tiempo que finalmente decida alejarme del blog, he preferido desconectar por completo y tomarme un descanso total. Así que, entre tanto, os animo a que releáis las publicaciones que más os hayan gustado y compartáis con cualquier persona a quien pueda interesarle cualquier escrito que creáis merezca la pena compartir.
Finalmente, sin ánimo de alargar más de lo necesario esta nota, me despido de la única forma como puedo hacerlo: con un sincero agradecimiento hacia cualquiera que haya dedicado aunque sea una pequeña parte de su tiempo a leer alguno de mis escritos y, en particular, a aquellas personas que han seguido el blog con regularidad. Muchas gracias a todos.


Joseph Dew Kennedy.

21 may. 2013

Las vías del tren


Era muy tarde, de madrugada, cuando mi amigo y yo llegamos a un lugar bastante alejado de la ciudad, por donde pasaban las vías del tren. Detuve el vehículo y nos bajamos.

—¿Nos vamos a las vías?
—Como quieras.

Empezamos a caminar. El paisaje a nuestro alrededor era rústico y daba la impresión de estar abandonado: grandes bancales cubiertos de malas hierbas se extendían en la distancia y descuidados árboles de ramajes secos nos franqueaban a derecha e izquierda. Lo único en aquel lugar que aún parecía conservar algo de esplendor eran las férreas y sutiles líneas de la vía.
Continuamos caminando. La Luna llena brillaba en el cielo, iluminando con su luz alba el eterno sendero de grava y hierro; una pequeña corriente de agua se deslizaba a nuestro lado, envolviendo con su susurro suave el sosegado silencio de la oscuridad; y una leve brisa soplaba entre nuestros cabellos, abanicando como una caricia la calidez de aquella noche de verano.
Y seguimos caminando. Anduvimos durante un largo rato. Mucho rato. Hasta que nos dimos cuenta de que nos habíamos alejado demasiado.

—Creo que deberíamos regresar ya al coche…

Dimos media vuelta. Pero el mundo entero se había transformado de repente en una bruma densa que lo cubría todo a nuestro alrededor. Ahora la Luna llena se ocultaba tras un manto de nubes negras, el fluir del agua se había detenido por completo y la plácida brisa había dado paso a una inquietante quietud.
Y entonces lo vimos. Un resplandor blanquecino centelleando amenazador en la distancia, el sonido de la maquinaria pesada avanzando implacable sobre las vías y el humo ennegrecido mezclándose frenético en la niebla ceniza de la madrugada.

—Será mejor que salgamos de las vías.
—No podemos salir de las vías.
—¿Qué?

Llevaba razón: no podíamos salir de las vías. Estábamos completamente inmovilizados, atrapados en mitad de aquellos raíles malditos y con el tren acercándose cada vez más, y más, y más…

—¡Joder, ¿qué coño hacemos?!

Desesperado, levanté la vista hacia mi amigo en busca de respuesta, pero, cuando encontré sus ojos, mi desesperación se tornó en terror. Su mirada, aquella mirada, heló cada gota de sangre de mi cuerpo. En ella no había humanidad, no había nada. Era una mirada muerta, vacía… Era como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. La Luna brillaba, el agua se deslizaba y el viento soplaba. Y yo aún seguía allí. Pero mi amigo había desaparecido sin dejar rastro, al igual que el tren.
Estaba paralizado, desconcertado, sin saber qué hacer, cuando una luz brilló a mi izquierda. Intenté avanzar hacia ella, pero algo me lo impedía. Era incapaz de dirigir mi cuerpo hacia cualquier dirección que no fuese hacia adelante, hacia el mismo lugar de donde segundos antes había surgido aquel tren de la Nada.
Empecé a andar. Y caminé durante un buen rato, pero aún podía percibir la misma luz a mi izquierda, estática, perenne. Eché a correr. Y aceleré hasta casi perder el aliento, pero la odiosa luz jamás quedaba atrás. No importaba cuánto intentara moverme, estaba anclado en aquel punto de las vías del tren.
Y entonces giré la cabeza hacia la luz. Y la luz desapareció. Consternado, volví a mirar hacia delante, pero una bruma densa lo cubría todo ahora. No había Luna, no había agua, no había brisa. Y lo vi: un resplandor blanquecino, el sonido de la maquinaria, el humo ennegrecido…
Permanecí quieto, esperando, mientras el tren se acercaba más, y más, y más…
Y más.
Cerré los ojos y esperé el golpe. Fue brutal. Y entonces todo desapareció. Abrí los ojos. Estaba en mi coche. Miré alrededor. Era el mismo lugar donde había dejado el vehículo antes de que mi amigo y yo nos dirigiésemos hacia las vías del tren. Escuché unos pasos afuera y me di cuenta de que la puerta del copiloto estaba abierta. Mi amigo entró y cerró tras de sí.

—Ya podemos irnos, cuando quieras.

No sabía qué acababa de pasar, pero estaba demasiado confuso y asustado como para intentar averiguarlo. Arranqué el motor con mano temblorosa y aceleré como si quisiera atropellar a la noche. Sólo me relajé cuando por fin estuvimos en marcha, de vuelta a nuestros hogares. Allí podría hacer tantas preguntas como quisiera.

—¿Sabes? He estado pensando en la conversación que hemos tenido y he llegado a una conclusión.

Guardé silencio. No tenía ni idea de de qué me estaba hablando.

—A veces el tren te atropella sin más.
—¿Qué?

Me volví hacia mi amigo, desconcertado. Pero, cuando vi su mirada, aquella mirada, un intenso escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Aterrorizado, frené en seco e intenté abrir la puerta, pero estaba atrancada. Y entonces me di cuenta: me había detenido en mitad de las vías del tren. Intenté acelerar, pero el coche no se movió.
Aturdido, giré de nuevo la cabeza y otra vez me encontré con su mirada, aquella mirada, en la que no había humanidad, en la que no había nada. Una mirada muerta, vacía… Como observar a través de un agujero negro y ver un tren acercándose cada vez más, y más, y más…
Y lo recordé: era la mirada de la Vida. La misma mirada que pude ver aquel día años atrás en los ojos de aquel médico que diagnosticó mi enfermedad; la misma que meses más tarde me observaría postrado en aquella cama de hospital donde hube de permanecer durante el resto de mis días; la misma que ahora, en aquellas vías malditas de las que jamás pude escapar, dejaba salir su último tren.
Pero esta vez no aparté la vista. Ya no sentía miedo, ya no sentía confusión… Sólo Vida. Y la miré a los ojos. Pero en ellos sólo vi Muerte.

—¿Por qué?

Pero, cuando quise darme cuenta, una luz cegadora brilló a mi izquierda.
Y el golpe fue brutal.

16 may. 2013

Ghost walking


Nota: aunque inspirado por la canción de Lamb of God, el contenido de este escrito no tiene por qué corresponder con el de su homónima.


 Soy un fantasma que camina entre fantasmas, una sombra más oscura que la propia oscuridad, una muerte tan letal que ni la vida misma puede hacerme frente. Soy un fantasma que camina entre fantasmas.
En la vastedad de la noche, bajo la Luna resplandeciendo sobre la ciudad, camino entre sucias bolsas de plástico y malolientes contenedores de basura. Las calles están muertas y los edificios duermen. Las luces de las farolas titilan débiles, pero su brillo apenas es el reflejo de un ocaso prematuro.
Camino sigiloso, desapercibido entre los espíritus de la decadencia. Seres inconscientes y sin voluntad que bailan al son del tambor de la canción de la degeneración. Pom. Otro sorbo más. Pom. Bebida de reyes destronados, de dioses olvidados, de muertos que ríen y vivos que lloran su pérdida. Pom. Y se hace el silencio.
Camino sigiloso, desapercibido entre la decadencia de los espíritus. Otro más ha caído; otra víctima del veneno invisible del exceso, del amargo brebaje recorriendo sus venas como un virus erradicador. Me aproximo a él y me agacho junto a su cuerpo tumbado en el frío asfalto. Acerco mis labios a los suyos y expulso mi gélido vaho sobre su aliento alcoholizado. Incapaz de moverse, el adolescente cierra los ojos y su corazón toca un redoble estertor antes de detener la percusión. Pom.
Soy un fantasma que camina entre fantasmas. En la vastedad de la noche, bajo la Luna resplandeciendo sobre la ciudad, prosigo mi viaje entre sucias bolsas de plástico y malolientes contenedores de basura. Vuelvo la cabeza y echo un último vistazo al botellón. Mi nariz, asqueada, hace una mueca. El mundo apesta.

3 may. 2013

La lluvia siempre cae hacia abajo

El día que llueva hacia arriba saldré a la calle y bailaré sobre la lluvia.


Llueve. Y las gotas caen hacia el suelo. ¿Evidente? Es probable. Pero ¿y si cayeran hacia el cielo? ¿Y si las gotas de lluvia comenzaran de repente a salir de la tierra y ascender hacia las nubes? ¿Qué ocurriría entonces, lo habéis pensado?
Lo primero que yo me imagino es la sorpresa generalizada de la gente. Todos estarían totalmente desconcertados y el acontecimiento no cesaría de aparecer por activa y por pasiva en todas las cadenas de televisión; no sólo en los programas informativos, sino en cualquier mierda donde no tuviesen nada mejor de lo que hablar. Me atrevería a afirmar que incluso interrumpirían la programación habitual para ofrecer algún que otro especial. Algo así no se ve todos los días, ¿no?
Lo segundo en lo que he pensado es en que los paraguas ya no servirían para nada y las personas no tendrían, a priori, con qué protegerse de esta lluvia a la inversa. Eso supondría que muchos se quedarían en sus casas para evitar mojarse, por lo que en las calles apenas se vería un alma. Todos observarían maravillados la lluvia desde sus ventanas o a través del cristal de la televisión.
En tercer lugar, se me viene a la mente que, ante semejante acontecimiento, más de uno no podría evitar sentir miedo. Probablemente existiría una corriente de pensamiento más o menos extendida que creyera que se trataría del fin del mundo, y seguro que no faltarían tampoco los típicos pesimistas que parecen estar esperando la mínima ocasión de “peligro apocalíptico inminente” para suicidarse a la primera de cambio. También habría personas que aprovecharían la situación de desconcierto general para causar cuantos más caos y confusión mejor; éstos nunca fallan.
Y, por último, me imagino la pregunta que todo el mundo repetiría sin cesar en sus cerradas cabecitas: “¿Cómo es posible? Esto tiene que tener alguna explicación…” Porque todo en esta vida parece deber tener alguna explicación, es inconcebible que algo ocurra sin más o que alguien haga algo porque sí, ¿no? Siempre hay un motivo que lo justifica todo, y la gente no dejaría de buscarlo y de crear sus propias teorías e hipótesis mediante las que darían una justificación razonable y lógica de lo que estaría sucediendo. Algunos incluso las tomarían automáticamente por verdaderas, como si lo necesitaran para poder continuar con sus vidas.
Pero, siendo de verdad razonables y lógicos, ¿qué es exactamente lo que hay de razonable y lógico en el hecho de que la lluvia caiga hacia arriba? Nada. Porque, a diferencia de lo que el mundo pueda pensar, no todo en esta vida tiene o necesita una explicación. Hay cosas que, sencillamente, ocurren, a veces porque lo normal es que ocurran y otras… bueno, ¿quién sabe? ¿O es que acaso alguien podría saber por qué de repente empieza a llover hacia arriba?
Sin embargo, las personas son así. Rómpeles sus esquemas predefinidos y sus pequeñas mentes darán vueltas sin parar como ratitas desorientadas en un laberinto sin salida. Si una pieza no encaja en los monótonos puzles de sus vidas homogéneas e iterativas, todo su puzle se desarma entonces. A nadie se le ocurre pensar que quizá haya otros puzles distintos a los que ellos están acostumbrados o que la pieza, simplemente, no encaja en ninguno. No están preparados.
Y es que el mundo es así: un lugar en el que la gente se rige por la necesidad de que llueva hacia abajo, para poder coger sus paraguas y salir tranquilamente a la calle sin miedo a que las gotas de agua empiecen de repente y sin ningún motivo a caer hacia arriba y empapen de liberación sus pautas prefijadas.
Pero hay algo en lo que la gente no suele pensar, y es que, a veces, la lluvia también cae de lado.

29 abr. 2013

Mercado de valores


Una manzana puede alimentarte si está sana o enfermarte si está podrida.


—¡Dos euros! ¡Tres kilos de hipocresía por dos euros! ¡La tenemos en oferta, señora! ¡Llevésela, que me la quitan de las manos!
—¿Dos euros, dice? Dejámela en uno, anda, que estamos en crisis.
—Dos euros, señora. Más barata no puedo.
—Venga, dos euros y me pones cinco kilos.
—Me está pillando los dedos, señora. Mire, vamos a hacer una cosa: usted me da los dos euros y sus principios y yo le pongo seis kilos de hipocresía y, de regalo, otro más de vanidad, ¿qué me dice?
—Si te doy mis principios dejámelo todo por un euro, ¿no?
—No puedo, señora… Qué más quisiera yo, pero es que los principios ya casi no tienen valor. Si no, fíjese en los que hay ahí, de esta mañana todos; y esto se pudre enseguida… Así que, venga, dos euros y no hay más que hablar.

* * *

—Perdona, ¿la envidia a cómo la tienes?
—Pues la envidia la tengo baratica, baratica, a euro el kilo. Y es de la buena, oiga; mire, coja un poco.
—Sí, sí que parece buena, sí.
—Entonces no se hable más: un euro y es suya.

* * *

—¡Orgullo! ¡Tenemos orgullo fresquísimo, del día! ¡No se lo piensen y cómprenlo antes de que se nos acabe!
—Disculpe.
—Sí, dígame.
—¿Me pone cuatro kilos de orgullo y dos de rencor, por favor?
—Claro que sí, ahora mismo.
—Muchas gracias, ¿cuánto es?
—Cinco eurillos, nada más.
—Oiga, ¿le puedo pagar con amistad?
—Pues depende… ¿De cuántos años es?
—De unos cinco-seis años.
—Uf… A ver, déjame que piense… Uhm… Un poco de amor no tendrás también, ¿no?
—Algo tengo, sí.
—Entonces, venga, cuatro kilos de orgullo y dos de rencor a cambio de tu amor y tu amistad.
—Hecho.

* * *

—Perdone, ¿a cuánto está la generosidad?
—Generosidad no me queda, señora. Hace ya tiempo que dejaron de traernos, lo siento mucho.
—¿Y dignidad tampoco tienes?
—Pues voy a mirar, pero creo que… A ver… Uhm… No, no me queda nada, lo siento. Pero, si quiere, mire, aquí tengo avaricia de sobra y muy barata. O egoísmo, que últimamente se vende como churros. También hay desprecio, codicia… Eche un vistazo a ver qué le gusta.
—Es que, no sé, no me llama la atención nada… Sinceridad no te queda tampoco, ¿verdad?
—De eso es que ya no se produce…
—¿Ni bondad?
—Mire, señora, esas cosas ya no se venden… No las compra nadie y al final se acaban pudriendo. Si quiere, puede usted buscar en otro sitio, pero ya le digo que no las va a encontrar.

25 abr. 2013

El calor de un "Te quiero"


El amor es la llama de la vela que ilumina nuestros corazones. Cuando salta la chispa, la cerilla prende y con ella se enciende el fuego dador de la calidez que con tanta desesperación anhelan nuestras mentes. Pero, al igual que todo buen fuego, la llama del amor también puede quemar.
Y las quemaduras, no importa cuán leves sean o qué las produzca, siempre resultan dolorosas. ¿O es que acaso no apartamos nuestro dedo cuando sentimos el calor demasiado cerca de la yema? El fuego siempre va acompañado del miedo, el temor inevitable de acabar sufriendo una mala quemadura.
Y, sin embargo, lo encendemos, porque en el fondo sabemos que lo necesitamos. El fuego nos calienta cuando hace frío y nos alimenta cuando estamos hambrientos; el fuego nos sirve para incinerar nuestro pasado, pero también para alumbrar nuestro futuro. Y el amor es la llama de la vida.
Pero la llama, a veces, nos quema. Pues no todas las cerillas pueden prender ni todas las velas sirven para iluminar. A veces intentamos hacer saltar la chispa y, antes de que nos demos cuenta, es la chispa la que nos ha saltado a nosotros. Y a veces queremos llevar luz a nuestros corazones y, cegados por su deslumbrante brillo, no vemos que, donde antes había una reluciente llama, ahora no queda más que cera derretida.
Y nos quemamos. Porque en eso básicamente consiste el fuego: en quemar. El fuego abrasa indomable nuestras entrañas mientras el frío, en una sutil y destructiva paradoja de la vida, comienza a invadir todo nuestro cuerpo. Es entonces cuando buscamos otra llama capaz de aplacarlo. Porque, aunque tengamos mantas con las que taparnos y chaquetas con las que abrigarnos, al final nada nos brinda más calor que un “Te quiero”.

23 abr. 2013

Y por tu amor muero


Soy un hombre normal y corriente con una vida plena y feliz. Tengo una educación que me ha permitido evolucionar como individuo, un trabajo que me aporta los ingresos suficientes para vivir con cierto desahogo, un apartamento en alquiler que me ofrece la libertad necesaria para luchar por mi sueño y una chica estupenda a mi lado con quien me estoy planteando comenzar una relación seria.
Gracias a la educación que he recibido, he logrado desarrollar los ideales de vida y la visión del mundo que me han convertido en quien soy ahora. Me siento libre, sin ataduras que encadenen mi mente ni obstáculos que entorpezcan mi camino. Por primera vez en muchos años tengo la certeza de que por fin empiezo a ser yo mismo.
Gracias a mi empleo, en el que acaban de renovarme el contrato, puedo permitirme la vida que llevo: con mi sueldo pago el alquiler, las facturas y los gastos cotidianos, y aún me sobra dinero, haciendo, eso sí, algún que otro malabarismo económico, para costearme un curso de interpretación.
Gracias a mi apartamento puedo disfrutar de mi propio rinconcito de paz y tranquilidad donde trabajar mis capacidades interpretativas y recrearme con los placeres de la vida en soledad. La enorme libertad que el vivir solo me ha proporcionado es, probablemente, la mejor sensación que jamás he podido experimentar.
Gracias a la chica con la que llevo semanas compartiendo tantos momentos maravillosos, he recuperado la fe en el amor y he vuelto a creer en la felicidad que sólo una pareja puede darme. Después de muchos traspiés amorosos, ahora puedo decir casi con total seguridad que la suerte por fin se ha puesto de mi lado.
Y es que la vida, sin duda, me ha mostrado su sonrisa más agradable.

Dos años más tarde, las cosas han cambiado para mejor. Sigo viviendo en mi pequeño apartamento, pero ahora lo comparto con mi novia. La relación marchaba como nunca y cada vez pasábamos más tiempo juntos, así que sólo era cuestión de tiempo que al fin nos decidiéramos a dar ese importante paso.
El curso de interpretación, como imaginaréis, lo he tenido que dejar, pues, aunque tanto mi novia como yo trabajamos y eso supone más dinero, también los gastos que tenemos son mayores. Además, ese curso me quitaba bastante de mi tiempo con ella; ya sabéis lo que dicen: quien algo quiere, algo le cuesta.
Y yo a mi novia la quiero mucho. Tanto es así que, tres años después, he decidido pedirle matrimonio. Nos acabamos de mudar a un apartamento más grande, acorde a nuestra nueva vida en pareja, así que ¿qué mejor momento que éste? Además, con nuestros nuevos trabajos obtenemos mayores ingresos y, aunque la mayoría se nos va en gastos, hemos conseguido ahorrar una cantidad que debería ser suficiente para pagar la boda.
De mis antiguos sueños e ideales de vida ya no queda nada. Mi visión del mundo ha cambiado radicalmente desde entonces, y es que las personas nunca dejamos de transformarnos a lo largo de nuestras existencias. En ocasiones, incluso sin darnos cuenta. Pero la vida es así: para que algo nuevo nazca, algo viejo debe morir. Lo que a la hora de la verdad importa es que el cambio merezca la pena, y yo sé que el amor de mi pareja merece todos los cambios que sean necesarios.
En fin, ¿qué más puedo decir? Cuando nos conocimos, mi futura esposa y yo teníamos cada uno nuestros sueños y aspiraciones, pero con el tiempo nos hemos dado cuenta de que nuestro único sueño, nuestra única aspiración, es estar juntos. Ahora los dos somos un solo ser; no existen el ni el yo, sólo el nosotros. Porque ahora soy un hombre enamorado. Y, por el amor de mi pareja, yo muero.